12. El pequeño rey
La reina madre entró en el salón de los condes de Comillas y saludó amigablemente a doña Rosana y a su hija Victoria.
—¡Dios mío, cómo ha crecido esta niña desde que no la veo! Está muy hermosa, como su madre.
—Muchas gracias, Majestad —dijo Victoria haciendo una leve inclinación.
—Alfonso se ha quedado con Luis y Luisa.
Aquello no tranquilizó mucho a Victoria, que sabía de qué eran capaces sus hermanos.
Las mujeres se sentaron en unos sillones mientras una de las criadas les servía el té.
—Muchas veces pienso cómo sería Alfonsito si su padre viviera. Creo que le falta esa figura en su vida, por eso quería venir, para que esté más tiempo con don Álvaro. En la Corte hay de todo, pero no me gustan muchas de las personas que se acercan a nosotros.
Doña Rosana no esperaba tanta franqueza de la regente, pero le agradeció el gesto ofreciéndole unas pastas danesas.
Don Álvaro entró justo en ese momento y besó la mano de la regente.
—Majestad — dijo el hombre, antes de sentarse a su lado.
—Estábamos hablando de usted. Creo que mi hijo Alfonso necesitaría alguien que le enseñase a ser un buen hombre y un buen rey. Usted era el mejor amigo de mi esposo.
Mientras pronunciaba esas palabras, los ojos de la reina se ensombrecieron por unos instantes.
—No me siento digno de enseñar nada a vuestro hijo. Mi padre era un campesino venido a menos y yo…
—Es un hombre que se ha hecho a sí mismo. Uno de los más poderosos de España y casi del mundo.
Aquellas palabras ensancharon el orgullo de don Álvaro, que siempre se había sentido digno de todos los honores.
—Dejadlo unos días con nosotros y veremos si puedo enseñarle algo. Intentaré ser un fiel siervo de su amado esposo, el rey Alfonso XII.
—Muchas gracias —dijo la reina, mientras Alfonso y los mellizos entraban en la casa.
—Madre, ¿puedo quedarme unos días con mis primos? —preguntó el joven príncipe, que era como le gustaba llamar a los nietos de don Álvaro.
—Sí. Yo me iré pasado mañana a San Sebastián, pero tú puedes quedarte un par de semanas.
El joven príncipe gritó de alegría. Aquel era uno de los pocos lugares donde podía ser él mismo, sin pensar en el qué dirán de la gente que lo rodeaba.
Mientras tomaban el té en uno de los salones, don Luis Javier intentaba comprar algunas voluntades en los Estados Unidos para evitar la guerra.
En los últimos años, los Valdecilla habían contribuido a modernizar la Armada española, pero en aquel momento una de las marinas más poderosas del mundo era la norteamericana.
Sabía que, cuando los norteamericanos se hicieran con la isla —y eso era solo cuestión de tiempo—, su familia continuaría con sus negocios.
De hecho, había invertido en las acciones de una naviera estadounidense.
También había ampliado los viajes a Buenos Aires, al puerto de Cartagena, en Colombia, y a otros puertos de Venezuela.
Después de tratar sus asuntos con los secretarios, bajó al salón. Vio de lejos a la regente y decidió ir a la sala de billar.
A los pocos minutos de estar jugando a solas, llegó una de las nanas que cuidaban a los mellizos y, disimuladamente, le puso la mano en el hombro.
—Aquí no, Concha. Puede entrar alguien en cualquier momento.
La mujer no dejó de acariciarle el cuello y después bajó la otra mano. El hombre cerró los ojos y se dejó llevar. Llevaba el pelo moreno y rizado recogido, y su cuerpo suntuoso apenas se disimulaba debajo del uniforme.
—Quiero que me hagas un hijo —le susurró al oído.
En ese momento escucharon unos pasos y la mujer salió por la otra puerta.
Luis Javier no quería serle infiel a su esposa, pero sabía que esta ya no le amaba y que, posiblemente, jamás lo había hecho. Concha no significaba nada para él, pero al menos le hacía sentirse vivo de nuevo, y hacía mucho tiempo que no experimentaba aquella sensación.