La indiana 11. Viejos métodos
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11. Viejos métodos

Sabía que sor Magdalena les iba a hacer pagar, durante el viaje, todas sus travesuras de niñas, pero no hasta ese punto.

La monja descubrió sus ropas, se enteró de su expedición a la segunda clase y, a partir de ese momento, las tuvo vigiladas en todo momento.

Las dos novicias intentaron, en dos ocasiones durante el trayecto, escapar de las hermanas, pero no lo lograron hasta un día antes de llegar al puerto de La Coruña.

La escala en Madeira había sido muy rápida. Después habían puesto rumbo a Galicia y al día siguiente pondrían los pies en la Madre Patria.

—Tenemos que salir de aquí o terminaremos en un convento el resto de nuestras vidas —dijo Marga a su amiga.

—No nos quitan ojo —le contestó Isabella.

—Tengo un plan. He puesto un purgante en los dulces para que les sienten mal. Eso nos dará margen para subir a segunda y pedir ayuda a la señora.

Isabella dudaba de la efectividad de aquel plan, pero, cuando las monjas tomaron los dulces, tuvieron que ir al baño con urgencia. Sor Magdalena ordenó que las encerraran con llave, pero no sabía que la puerta podía abrirse desde dentro.

Las dos novicias salieron del camarote. Llevaban tanto tiempo sin hacerlo que hasta se marearon un poco.

Llegaron a la escalera y vieron al mismo guardia, pero iban vestidas de monjas y Marga había logrado guardar las invitaciones que les había facilitado la señora.

El hombre las miró con desconfianza, pero las dejó pasar.

Buscaron por todas partes, pero no daban con ella. No podían regresar a tercera y, cuando llegara la noche, la tripulación las devolvería a su camarote.

Estaban comenzando a perder la esperanza, cuando en uno de los últimos comedores, vieron a la vieja dama. No pareció muy sorprendida de verlas.

—Han tardado más de lo que esperaba —les confesó.

Le contaron lo sucedido y la mujer las llevó hasta su camarote, allí tenía otros dos trajes.

—¿Por qué hace todo esto? —preguntó de nuevo Isabella.

—Ya os lo conté.

—Muchas gracias —dijo Marga besándole la mano.

No durmieron en toda la noche. Las monjas habrían denunciado su desaparición y temían que, al bajar del barco, las descubriesen. Pero aquella era la menor de sus preocupaciones.

No eran conscientes de que aquella dama bondadosa que las estaba ayudando les había mentido. No era quien decía ser y muy pronto descubrirían las verdaderas razones por las que las había ayudado.

A la mañana siguiente vieron, en la cubierta de tercera, a varios marineros buscándolas. Las dos se pegaron aún más a la señora. Era su única esperanza para escapar.

—Hagan lo que yo les diga. He pasado por esto antes.

Las dos jóvenes la miraron extrañadas. Después comenzaron a bajar por la rampa. La ciudad de La Coruña se extendía justo delante de ellas. Para ambas significaba la libertad, el amor y un futuro mejor.

Abajo, los oficiales de aduanas revisaban la documentación de los viajeros. Isabella le pidió a Dios que la ayudara, aunque sabía que había llegado a España mediante engaños y que había traicionado la confianza de mucha gente.

Llegaron hasta los aduaneros y la mujer entregó sus papeles. Los hombres miraron a las chicas e Isabella pensó que la suerte estaba echada.