La indiana 10. El paseo
35%

10. El paseo

Victoria se sentía la reina de Comillas, aunque al día siguiente estaría allí la propia madre del futuro Alfonso XIII.

María Cristina de Habsburgo se había quedado embarazada de su esposo de forma póstuma.

Había enviudado con veintisiete años y para todos era el modelo de austeridad y castidad, aunque las malas lenguas decían que su ayudante militar Emilio Díaz Moreu era su amante; otros hablaban de José Osorio y Silva, pero nadie creía que una mujer tan austera fuera capaz de cometer un pecado mortal.

El joven Alfonso era un niño alto, delgado, menos atractivo que su padre, de carácter afable, galante y muy extrovertido.

La joven iba al lado de su madre. Desde que Victoria había entrado en la adolescencia, ya no se llevaban tan bien, aunque, en el fondo, la adoraba.

—Creo que es hora de que te cases. Las mujeres que no lo hacen jóvenes terminan siendo unas solteronas.

—Me casaré cuando me enamore.

—¿Crees que yo me enamoré de tu padre?

—Eran otros tiempos.

—Siempre son otros tiempos, hija.

Hacía mucho calor. Las dos mujeres iban bajo una sombrilla, y dos damas de compañía caminaban por detrás, mientras doña Rosana supervisaba los jardines.

—Qué descuidados están. Ni las hortensias están como otros años.

—Ha sido un invierno seco —le recordó su hija.

—Pero ha llovido durante la primavera y eso no es excusa, pueden regar las plantas.

Victoria no era tan dura como su madre con el servicio. No podía evitar que su educación le hubiera moldeado un poco.

—¿Te gustaría tener esclavos como antes en Cuba?

Rosana frunció el ceño.

—¡Qué tontería! Los esclavos no vivían tan mal. Ahora nadie los protege.

—Bueno, fuimos el último país de Europa en abolir la esclavitud.

—¿Europa? Son unos hipócritas. ¿Qué crees que están haciendo los ingleses en la India y los franceses en África? ¿Repartir caramelos?

—Mi abuelo no nació rico…

—Mérito suyo, pero normalmente Dios pone a cada uno en su sitio y es mejor que no saque los pies del tiesto. ¿No estrás hablando con el plumilla ese? ¿Cómo se llama?

Victoria se ruborizó, algo que no le pasaba muy a menudo.

—Julián.

—Un anarquista y un terrorista es lo que es, y lo tenemos encima de nuestras cabezas. Creo que deberíamos regresar a la casa de tu abuelo, que es la mejor de la ciudad.

—Padre no quiere depender aún más del abuelo.

—Pues ya habría podido hacer algo por sí mismo, digo yo —comentó indignada.

Victoria pensó qué había hecho su madre por sí misma, además de parir y casarse, pero no dijo nada.

La joven quería ir a dar una vuelta con sus amigos, pero todavía no habían llegado a Comillas. Sus hermanos, Luis y Luisa, eran insoportables, pero había hecho amistad con la hija de una criada llamada Herminia, aunque su madre no veía con buenos ojos ese tipo de relaciones.

—Me voy a echar un rato, me duelen los riñones —dijo su madre y Victoria aprovechó para bajar hasta la zona de servicio y buscar a su amiga.

No tardó demasiado en encontrarla. No se abrazaron hasta encontrarse fuera de la vista de todos.

—¡Querida amiga, cuanto te he echado de menos!

—Yo también —dijo algo más intimidada Herminia.

—¿Hay algún cotilleo entre el servicio o en el pueblo?

—No mucho, la vida aquí es muy aburrida.

—No creas que en Santander es mucho mejor.

La hija de la criada sonrió, aunque sabía que su amiga no tenía razón.

—¿Cómo está Juan?

—Le llaman a filas, dicen que se está preparando una buena en Cuba.

Victoria había escuchado a su padre y su abuelo hablar de aquel asunto.

Era de las pocas de la familia que no había estado en la isla. De alguna manera la había idealizado.

—Lo siento.

—No ha podido comprar su libertad, los hijos de los ricos pagan a otros para que vayan en su puesto.

A Victoria no le gustó aquel comentario.

—Lo siento —dijo esta.

—Tienes razón. Muchas cosas deberían cambiar en este país. Pero hablemos de cosas menos desagradables.

Las dos jóvenes comenzaron a hablar de Juan.

—Bueno, ya te ha besado. ¿Verdad?

—Sí —dijo la joven cerrando los ojos.

—¿Qué se siente?

—Es difícil de explicar —dijo Herminia.

—No me dejes en ascuas.

—Se siente un hormigueo, como si te fueras a hacer pis.

Victoria no sabía si aquello le parecía agradable.

—Es muy placentero. Comienzas a sudar y a sentir mucho placer. No quiero imaginar cómo será la noche bodas. Queremos casarnos antes de que se vaya a filas.

—Pero ¿tu madre os va a dejar?

—No, pero lo hará uno de los diáconos. Una vez que seamos marido y mujer no podrán hacer nada.

Las dos amigas continuaron soñando hasta la hora de la cena.

Mientras ellas lo hacían, una gran tormenta se cernía sobre Cuba y sobre los intereses de la familia Valdecilla.

Los condes de Comillas no eran conscientes de que, desde la muerte del joven señorito don Álvaro, nada tan grave estaba a punto de poner patas arriba su mundo.