La indiana 9. Barco
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9. Barco

Decidieron que, para el viaje a España, se harían con un pequeño cuchillo para protegerse. Santiago era una ciudad relativamente segura, pero no sabían lo que podían encontrarse en España.

No viajarían solas. Sor Magdalena iría con ellas. Sabían que las protegería; parecía más un sargento del ejército que una monja. Sin embargo, tampoco les quitaría los ojos de encima.

A primera hora de la mañana, las cinco monjas se encontraban delante del transatlántico. Junto a él permanecía el buque de guerra que las escoltaría durante la travesía.

Las dos novicias buscaron con la mirada al teniente Ordoño, pero no lograron verlo en cubierta.

—Niñas, dejad de mirar a esos marineros con tanto descaro —les reprendió sor Magdalena.

La madre superiora, que había acudido al puerto para despedirlas junto a sor Gracia, sonrió con afecto.

—Portaos bien. Van a la Madre Patria y serán ordenadas en el principal convento de nuestra orden. Hemos dedicado muchos años a formaros para que sean unas dignas hijas de Dios y buenas hermanas.

Isabella sintió un nudo en el estómago al escuchar aquellas palabras. No tenía vocación religiosa. Lo único que deseaba era conocer a su padre y sentir que, al menos para alguien en el mundo, ella era importante.

—Madre, seremos un ejemplo —respondió Marga, que siempre sabía disimular mejor.

Las cinco religiosas subieron por la pasarela. El barco estaba a punto de zarpar.

Sus camarotes se encontraban en tercera clase, pero, después de haber pasado casi toda la vida durmiendo en celdas, para las dos amigas aquello era poco menos que un palacio.

—No vamos a salir mucho de aquí —les advirtió sor Magdalena—.

Sor Flor y sor Agnes serán vuestras sombras.

A la madre superiora y a la buena de sor Gracia quizá puedan engañarlas, pero a mí no.

Ustedes quieren ir a Europa para encontrar marido y abandonar la orden. Pues les aseguro que eso no sucederá.

Las dos novicias guardaron silencio.

Sin embargo, cada vez que sor Magdalena se ausentaba, se asomaban por el pequeño ojo de buey para contemplar el mar y el barco de guerra que navegaba junto al transatlántico.

—Necesito ir al baño —dijo Marga a sus vigilantes.

—Sor Magdalena nos ha dicho...

—¿Preferís que me orine encima?

Las dos religiosas se miraron horrorizadas.

—Está bien, pero sor Flor os acompañará.

Las dos novicias salieron del camarote. Los pasillos estaban llenos de pasajeros y enseguida consiguieron darle esquinazo a la pesada y anciana sor Flor.

—¿Qué quieres hacer?

—Subir a la cubierta principal.

—Con estos hábitos llamaremos mucho la atención —dijo Isabella, inquieta.

Su amiga le retiró el velo, le remangó ligeramente las mangas y se recogió también un poco el hábito.

—Así pasaremos algo más desapercibidas.

Las dos jóvenes llegaron hasta la escalera y comprobaron que un marinero impedía el paso a los pasajeros de tercera clase para subir a las otras cubiertas.

—¿Adónde van, señoritas? —preguntó un hombre corpulento, de largos bigotes y abundante papada.

—Nuestras amigas viajan en segunda y queríamos saludarlas.

—No está permitido acceder a cubiertas que no les corresponden. El hombre tenía un marcado acento andaluz.

—Bueno, pero se van a preocupar.

Marga deslizó unas monedas en la mano del marinero. Este las guardó discretamente y se apartó.

—No se demoren mucho o me buscarán un problema.

Las dos novicias subieron a cubierta. Aquello no tenía nada que ver con la tercera clase. Los pasajeros vestían con elegancia. Había restaurantes, tiendas y toda clase de comodidades.

—¿Cómo será la primera? —preguntó Marga con los ojos muy abiertos.

—Eso no lo vamos a intentar.

Estaban caminando sin dejar de observar nada cuando una anciana elegantemente vestida, aunque con un traje algo anticuado, se acercó a ellas.

—¿Qué hacen ustedes aquí?

Las dos jóvenes se asustaron.

—Somos... —balbuceó Marga. Pero las palabras se negaban a salir.

—Sois dos novicias. Estudié con las hermanas del Carmen y conozco perfectamente ese hábito. Yo misma estuve a punto de hacerme monja.

—No nos denuncie —le suplicó Isabella.

La anciana sonrió.

—Yo también fui joven. Este será mi último viaje a España. Quiero morir en mi tierra, igual que los elefantes.

Las dos muchachas intercambiaron una mirada de sorpresa.

—Vengan.

La mujer las condujo hasta la mejor tienda de segunda clase.

—Si vais vestidas así es porque pensáis abandonar la orden. ¿Cierto?

Las dos monjas agacharon la cabeza.

—Con ese aspecto no vais a engañar a nadie.

La anciana las animó a probarse dos preciosos vestidos, cada uno con su sombrero. Jamás se habían visto de aquella manera. Ni siquiera había espejos en el convento.

—Son preciosas. Creo que Dios podrá prescindir de ustedes. Seréis unas magníficas esposas y unas madres excelentes.

Las dos novicias se ruborizaron. Después las invitó a tomar el té.

—¿Por qué hace esto por nosotras? —preguntó Marga.

—Yo también estudié con las hermanas. No me trataron demasiado bien. Lo que no soporto es que mujeres inteligentes terminen haciéndose monjas porque no tienen otra salida. Si fuera verdadera vocación, las animaría a seguir. ¿La tienen?

Las dos negaron con la cabeza.

—Entonces, al menos tendré algo de compañía durante el viaje.

Sacó dos tarjetas del bolso.

—Guardadlas debajo del hábito.

—¿Qué son? —preguntó Isabella.

—Pases. Se entregan a los pasajeros para que puedan visitar a familiares que viajan en tercera clase. No los pierdan.

—¿Y por qué regresa a España? ¿No tiene familia en Cuba?

El rostro de la anciana se ensombreció al escuchar aquellas palabras.

—Digamos que no. Mi hijo murió en esta maldita guerra que desangra la isla.

Luchó con los rebeldes. Los jóvenes siempre son idealistas y las palabras de José Martí terminaron por convencerlo.

En España aún me quedan algunas primas. Soy de Vigo y espero morir en mi tierra.

Allí, al menos, no habrá un rincón que me recuerde constantemente a mi hijo.

Las lágrimas humedecieron sus ojos.

Isabella apoyó una mano sobre su hombro.

—¡Venga!, será mejor que regresen antes de que sus hermanas las echen de menos.

Las dos novicias volvieron al baño, se colocaron de nuevo los hábitos y emprendieron el camino de regreso. Antes de marcharse, se despidieron de la anciana.

—Mañana volveremos —le prometieron las dos jóvenes. Ella les dedicó una sonrisa, aunque detrás de ella seguía ocultándose un inmenso dolor.

Cuando regresaron a tercera clase comenzaron a inquietarse. Si sor Magdalena llegaba antes que ellas, tendrían un serio problema.

La divisaron al fondo del pasillo entre la gente. Echaron a correr hasta el camarote y entraron.

—¿Dónde se metieron? —preguntó sor Agnes, muy enfadada.

Sabían que no las delataría. Las responsables eran ella y sor Flor, y no querían enfrentarse a la ira de sor Magdalena.

—Nos perdimos —respondió Marga, que siempre encontraba una explicación para todo.

Sor Magdalena entró en el camarote. Aún tenía restos de azúcar en los labios; debía de haberse dado un buen festín mientras ellas apenas habían probado bocado.

—Esta noche saldréis a cenar, pero bajo vigilancia. Este barco está lleno de hombres peligrosos.

Las dos jóvenes intercambiaron una mirada cómplice.

No sabían cómo lo conseguirían. Pero al día siguiente volverían a ver a aquella anciana.

Entonces cayeron en la cuenta de que ni siquiera le habían preguntado su nombre.

Isabella sonrió para sus adentros. Durante unos instantes pensó que quizá los ángeles de la guarda existían de verdad.