La impostora Capítulo 24
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Capítulo 24

C onforme Lenore fue descendiendo los escalones de la casa de su tía, se fue percatando de lo difícil que le resultaría hablar con Francis.

No quería hacer daño al muchacho, pero sabía que no había otra forma de hacerlo.

Se aferró con fuerza al pasamanos y cogió aire un par de veces antes de llegar al final de la escalinata.

Estaba a punto de entrar en la salita cuando vio un objeto que llamó poderosamente su atención. Un sombrero de copa permanecía inerte sobre la mesita situada al fondo de la habitación.

Su corazón dejó de latir.

No era Francis quien había ido a verla, sino Edmund. En ese momento comprendió el semblante de su tía al darle la noticia.

Justo antes de entrar, escuchó a su tía pedir al señor Cavendish que tomase asiento y a él negarse después de agradecer su ofrecimiento.

Por un momento, pensó en darse la vuelta y regresar a su alcoba. No estaba preparada para enfrentarse a esos ojos negros que tantas emociones provocaban en su interior. Pero no tenía sentido demorar por más tiempo aquel encuentro, así que se armó de valor y entró en la sala.

Edmund estaba allí, de pie, mirándola. Tenía ese aire desolador que Marguerite había descrito en su carta, lo que hizo que a Lenore se le encogiese el alma.

Quería decirle que lo sentía, que todo había sido una confusión, que había sido una estúpida por no haber dudado en ningún momento que la señora Moore se refería a él cuando le contó...

Daba igual lo que dijera. Nada sería suficiente para disculparla.

—Ya estás aquí, querida.

Tía Augusta la invitó a acercarse y ella apartó la mirada de esos ojos negros que no dejaban de observarla para ir hasta donde se encontraba su tía.

Edmund se mantuvo en pie mientras ella tomaba asiento en el sofá, junto a Augusta.

El silencio se extendió sin que ninguno de los dos lograse apartar la mirada del otro. Ni Edmund abrió la boca ni Lenore bajó la vista. Todo parecía haber quedado congelado como en uno de esos cuadros de Rossetti.

—¡Por el amor de Dios! —estalló finalmente tía Augusta—. Podemos quedarnos así toda la eternidad, pero preferiría que nos dijera lo que ha venido a hacer aquí, joven.

Lenore volvió la cabeza hacia su tía, mortificada. No podía creerse que estuviera presionando al señor Cavendish de esa manera.

—Tía, no creo que...

—Tiene razón, señora Blackwood —la interrumpió Edmund, dando un paso al frente—, he irrumpido en su casa y tiene todo el derecho del mundo a conocer el motivo. Sin embargo, me gustaría primero que me dejara a solas con...

—¡No necesito que nadie me anuncie, pardiez! —Se escuchó una voz grave y unos pasos firmes—. Y menos aún en casa de mi propia hermana.

Un hombre de aspecto fornido y frente despejada atravesó el umbral de la puerta y se plantó en mitad de la sala.

—¿Es así como tratas a tu padre? —Un dedo acusador señaló a Lenore y ella se levantó inmediatamente.

—No creo que sea este el momento más adecuado para conversar, padre. —Lenore hizo un ademán con la cabeza para que el señor Blackwood reparase en la presencia de Edmund—. Lo mejor será que me acerque más tarde a casa y hablemos con tranquilidad.

—Sí, querido hermano —apuntó Augusta Blackwood acercándose a él y tomándolo del brazo—, será lo mejor.

Pero el padre de Lenore se sacudió la mano de su hermana de malas maneras y su rostro enrojeció de cólera.

—Si crees que vas a casarte con este cazafortunas de pacotilla y a romper el compromiso que tanto me costó conseguir, estás muy equivocada, Lenore.

—Señor Blackwood, yo...

—¡Cállate! No te he negado la entrada a mi casa por gusto, sino porque no quiero saber de ti ni de tus intenciones, sean cuales sean.

Lenore se volvió hacia Edmund.

—¿Ha ido a... a hablar con mi padre?

—Por supuesto que ha venido —gruñó el señor Blackwood de nuevo—.

Se habrá puesto su mejor traje esperando engañarme con eso, pero está muy equivocado.

Distingo a un mentiroso en cuanto lo veo.

Y este lleva la culpabilidad escrita en el rostro.

Así que ahora mismo vendrás conmigo a casa y harás lo que yo te diga.

—No, padre.

—¿Cómo has dicho?

—Que no pienso ir con usted y mucho menos casarme con ese hombre al que me prometió y que no conozco de nada. Es... es un anciano.

—Solo tiene algo más de cuarenta años —adujo el señor Blackwood como si fuera una cifra cualquiera—. ¿Acaso prefieres a este jovenzuelo que se casa contigo por tu dinero?

Tía Augusta meneó la cabeza.

—Hermano, creo que mi cuñada era una persona encantadora, pero aún me pregunto cómo se pudo enamorar de un hombre tan idiota como tú.

El rostro del señor Blackwood se contrajo de pura indignación, pero Lenore no pudo reprimir una sonrisa.

—El señor Cavendish —continuó explicando Augusta Blackwood con una mezcla de condescendencia e irritación— es hijo de mi buen amigo Bernard Cavendish, el viudo de Vivienne.

Te he hablado de ella miles de veces, ¿recuerdas?

En concreto, nuestro querido Edmund es el hijo mayor de los Cavendish y, por tanto, heredero de una gran fortuna.

Así que dudo mucho de que su interés por Lenore sea precisamente económico.

—¿Los... los Cavendish? —farfulló el señor Blackwood, mirando con renovado interés a Edmund.

—Así es —aseguró la tía Augusta, tomándolo de nuevo del brazo—. Y ahora, si tienes a bien acompañarme, creo que el señor Cavendish tenía algo que preguntarle a nuestra querida Lenore, ¿no es así?

Edmund intercambió una mirada cargada de significado con tía Augusta, y esta vez la mujer pudo sacar a su hermano de la sala, sin detener con ello sus incesantes murmullos.

—Señorita Gr... Blackwood.

—Señor Cavendish.

Edmund y Lenore se situaron uno frente al otro y comenzaron a hablar casi al tiempo.

—He venido hasta aquí para decirle...

—Permítame que antes le pida mis más sinceras disculpas.

—No tiene por qué hacerlo. No es usted culpable del comportamiento de su padre.

—No es por eso por lo que..., bueno, sí, por eso también, pero lo que quería decir es que siento...

—Lenore tragó saliva sin saber cómo continuar sin hacer daño a ese hombre que la miraba como nadie nunca antes lo había hecho—.

Siento todo lo que le dije en la salita de su madre.

Fui una estúpida al creer que la señora Moore hablaba de usted cuando dijo que se aprovechaba de las mujeres del servicio y...

no sé cómo pude pensar que sería capaz de realizar tales actos cuando yo...

Lenore bajó la vista al suelo porque no podía hacer frente a esos ojos negros que seguían brillando con afecto a pesar de lo que ella había hecho. Pero Edmund la tomó de la barbilla y alzó su cabeza para poder seguir mirándola a los ojos.

—¿Cuando usted...?

—Cuando yo... —musitó Lenore— sabía perfectamente que usted jamás actuaría de ese modo, porque...

—Porque...

—Porque sé cómo es, lo conozco, y... y usted...

Sin dejar de mirarla con intensidad, Edmund tomó su mano e hincó una rodilla en el suelo.

—Lenore, la amo desde el momento en que la vi con ese vestido manchado de barro y esa mirada desafiante en el rostro.

La amé cuando fue a hablar con mi padre para defender sus derechos y cuando la contemplé desde mi ventana recorriendo el jardín con la mejilla manchada de pintura.

La amaba cada vez que su mirada se enfrentaba a la de la señorita Deveraux y no se dejaba amedrentar por ella a pesar de que su condición de institutriz la situaba en una supuesta desventaja.

—El rostro de Edmund se emborronó y tuvo que alzar la mano libre para secarse las lágrimas—.

Es usted la mujer más valiente que conozco y jamás me perdonaré el haberla hecho sufrir con mi comportamiento.

Debe saber que nunca he sentido ni sentiré nada por Isabeau Deveraux, y si le permití que me acompañara a Rosegate Manor fue por respeto a mi amigo Benoit. De otro modo yo...

—No... no es necesario que me dé explicaciones —logró balbucear Lenore.

—Sí que lo es —insistió Edmund incorporándose de nuevo—.

Porque me marché a Londres sin decirle nada, y luego regresé y la ignoré por completo.

Y después, cuando llegó el baile y la vi con ese vestido, no pude seguir controlando el impulso de acercarme a usted y me dejé llevar por mis sentimientos.

Entiendo que mi comportamiento debió de resultarle de lo más extraño y comprendo perfectamente su negativa a la proposición que le hice, pero lo cierto es que llevaba pensando en usted desde que la conocí, aunque solo mi hermana Marguerite conocía mis verdaderos sentimientos.

También lamento el comportamiento que tuve en su último día en Rosegate Manor.

Me dejé llevar por el dolor de saberme engañado, pero en seguida comprendí los motivos que la llevaron a abandonar su apellido y ocultarse en nuestra casa.

Es más, conocer su historia no ha conseguido sino lograr que admire incluso más su fortaleza y valentía.

Por eso le pido... le suplico que reconsidere mi propuesta y me haga el hombre más feliz del mundo aceptando ser mi esposa.

Con el pecho a punto de estallarle de pura felicidad, Lenore se limitó a asentir con la cabeza, pues le era imposible articular palabra.

—La amo, señorita Blackwood, y debe saber que estoy a punto de besarla.

Sin darle tiempo para reaccionar, Edmund se inclinó y selló con sus labios el profundo amor que le había profesado, cálido y real como una promesa eterna.

Lenore sintió que su algo en su pecho se rompía y liberaba el torrente de sentimientos que había estado reprimiendo durante meses, inundándola por dentro con una certeza incuestionable.

Sí, sin duda amaba a ese hombre con todo su corazón y con todo su ser. Y nada ni nadie podría evitar que pasara junto a él el resto de su vida.