Epílogo
—¡V ivienne! —gritó Lenore cuando vio a la pequeña corretear por el salón—. Una señorita no se comporta como un potrillo salvaje.
—Déjala, Lenore —habló el padre de la niña con cariño, cogiéndola en brazos—. Al menos hoy. Es un día especial. ¿Verdad, hija?
—Oh, Edmund, si sigues siendo tan permisivo con ella acabará convirtiéndose en alguien tan insoportable como su tío Francis.
—Eh —protestó el aludido—, yo no soy...
Edmund y Lenore empezaron a reír, y Francis comprendió que solo le estaban tomando el pelo.
—Muy bonito lo de aprovechar para meterse conmigo justo hoy —añadió fingiendo un enfado que no sentía—. Como si no estuviese ya lo suficientemente nervioso.
—Tienes razón, Francis, discúlpanos. —Lenore se acercó a él y le colocó el pañuelo que llevaba al cuello, como lo haría una madre. Después dio un paso atrás y se quedó mirándolo—. Estás impecable.
—Lo está —corroboró Edmund—. Y ahora, señora Cavendish, ¿me harías el favor de coger a nuestra hija? Yo debo acompañar a mi hermano hasta el altar. No sería adecuado que el novio llegase más tarde que la novia.
Edmund guiñó un ojo a su hermano y este amplió su sonrisa.
Cuando Lenore los vio salir juntos, se quedó un buen rato mirándolos, hasta que reparó en el sombrero de copa que había sobre el pequeño busto de la entrada y meneó la cabeza.
—Ah, Vivienne, tu padre ha vuelto a dejarse el sombrero.
—Un día perderá la cabeza. —Lenore dibujó una sonrisa al escuchar a su espalda la voz de Cavendish padre—. Solo espero que mi nieta haya salido a su madre, cuya cabeza está mucho más amueblada que la de mi hijo.
—Se lo agradezco —dijo ella con sinceridad mientras dejaba a la pequeña en el suelo para que diese rienda suelta a la energía que caracteriza a los niños—, pero me temo que la pequeña Vivienne tiene más de Cavendish que de Blackwood.
El hombre se volvió hacia ella y le sonrió.
—Me basta con que sepa apreciar la pintura tanto como usted y como mi querida esposa.
—Haré todo lo que esté en mi mano porque así sea, se lo aseguro.
Las palabras de Lenore fueron más que suficientes para su suegro. Después, se volvió para coger el sombrero de su esposo y se colgó del brazo que le ofreció Cavendish padre.
Ambos descendieron juntos la misma escalera en la que años atrás se conocieron.
—¿Sabe una cosa, querida? Todo esto es gracias a usted.
Lenore paseó la mirada por el inmenso jardín que lucía espléndido tras las lluvias de primavera.
—No creo que todo esto tenga nada que ver conmigo —aseguró ella con modestia—. Francis...
—No me refiero a la boda. —Cavendish padre guardó silencio un instante y ella esperó con paciencia a que él continuara—.
Cuando llegó aquel día a esta casa nos trajo la luz que hacía tiempo yo mismo me había encargado de hacer desaparecer después de que nos dejara Vivienne.
Pero usted se encargó de recordármela continuamente, tanto cuando pintaba en el pequeño jardín como cuando manifestaba sus opiniones sin ningún pudor.
Su carácter rebelde y decidido me hizo comprender que, a pesar de haberse ido, el espíritu de mi esposa seguía de alguna forma entre nosotros.
—Por eso no me negó nada de lo que le pedí... —comprendió Lenore en un susurro.
El señor Cavendish asintió con la cabeza. Daba la impresión de haber dedicado mucho tiempo a meditar aquel asunto.
—Era como si Vivienne me hablase a través de usted y me recriminase el comportamiento que había tenido con mis hijos durante los últimos años.
—No es culpa suya que el dolor... —Cavendish padre alzó la mano para detener sus palabras.
—No me ocultaré bajo excusas sin sentido. Acepto mi culpa e imploro su perdón y el de mis hijos.
—Yo no tengo nada que perdonarle. —Lenore miró al frente y divisó el jardín abarrotado de invitados y a Francis sonriente, bajo un arco de rosas blancas—. Y me atrevería a afirmar que sus hijos lo perdonaron hace tiempo.
A Lenore le pareció ver un brillo en los ojos de su suegro, pero no pudo asegurarlo puesto que el hombre se alejó de ella cuando Marguerite lo llamó.
—¡Padre, padre! —La cuñada de Lenore caminaba deprisa sin mirar atrás—. Oh, padre, la ceremonia está a punto de empezar. La novia llegará de un momento a otro y debemos estar en nuestros puestos si no queremos que todo el mundo se preocupe por nosotros.
—Querida hija, dudo mucho de que los invitados estén pendientes de nosotros.
—Pues, aunque no te lo creas, la señora Milton me ha preguntado por ti. ¿Verdad, querido? —Marguerite se volvió hacia su marido, que caminaba tras ella con las manos a la espalda, pero no esperó a que este le respondiera, sino que continuó hablando—: Y me ha dicho que...
Las palabras de Marguerite se perdieron entre el tumulto de la gente, mientras que el señor Ashford le guiñaba un ojo a Lenore antes de continuar su paso tras su esposa, lo que le arrancó una sonrisa.
Lenore cerró los ojos y aspiró el perfume de las rosas mientras una dulce melodía empezaba a sonar a lo lejos.
Cuando los abrió de nuevo, dirigió la vista hacia el arco floral bajo el que se hallaban los novios y vio una media sonrisa y unos ojos negros clavados en ella.
Alzó la mano para mostrarle el sombrero de copa y Edmund amplió su sonrisa.
De manera inconsciente, Lenore se llevó la mano al pecho y aferró el camafeo de su madre. Sabía que estaría orgullosa de ella.
Descendió los escalones y se encaminó hacia donde se encontraba su esposo. Posó los ojos en él una vez más, y el orgullo de haberse convertido en su esposa la envolvió por completo.
Amaba a ese hombre como jamás había amado a nadie. A Edmund. Su Edmund.
Fin