Capítulo 23
E sta vez Lenore no pudo retener las lágrimas. Había luchado mucho por contenerlas durante las dos semanas que llevaba alojada en casa de su tía, pero en ese momento le resultó del todo imposible.
Cuando logró serenarse de nuevo, tomó entre sus manos la carta que había abandonado sobre la cama y comenzó a leerla de nuevo.
Querida Lenore,
Le ruego me disculpe por haber sido tan desconsiderada con usted el día que se marchó de Rosegate Manor.
Comprenda que fue para mí un duro golpe saber que había rechazado a mi hermano, tal y como él mismo me confesó antes de partir a Londres, y esto sumado a la noticia de su auténtica identidad...
Admito que me vi superada por la situación, pero no trato de justificar mi comportamiento con ello.
Debo admitir que la juzgué con dureza al considerar que había dado esperanzas a Edmund cuando la verdad es que no pensaba corresponder con su afecto al amor que mi hermano le profesaba. Aquello me dolió profundamente, pues estaba segura de que sentía algo por él.
Sin embargo, también debo ser sincera con usted y confesarle que no apoyé en un principio los sentimientos de mi querido Edmund.
No me siento orgullosa, pero comprenderá que, dada la diferencia de posición y fortuna, temía que su afecto no fuese más que una treta para ascender en sociedad.
Ahora sé que esto no podía estar más lejos de ser cierto, pero en aquel momento temí que se tratara de una cazafortunas.
De hecho, cuando Edmund me comunicó lo que sentía por usted, yo misma lo animé a pasar unos días en Londres para que tratara de olvidarla.
A su regreso, me confió que no había dejado de pensar en usted ni un solo momento y que había decidido pedirle a su amigo que lo acompañara para presentarle a la mujer que sería su esposa.
Yo lo conminé a ignorarla, a fin de poner a prueba su amor.
Ahora que había traído consigo a otra mujer hermosa dispuesta a brindarle todo tipo de atenciones, era el momento de saber si la amaba tanto como él creía.
Días más tarde me confesó que ni la belleza de la señorita Deveraux ni el cariño de su amigo, el señor Benoit, habían sido capaces de apartarla de su mente. Y que estaba decidido a pedirle matrimonio.
Como comprenderá, después de ver sufrir a mi hermano de esta manera, sentí su rechazo como un acto imperdonable. Descubrirlo tan abatido tras su negativa me rompió el corazón. Y ese fue el motivo de que me negara a despedirme de usted el día que se marchó.
No obstante, apenas unos días más tarde, llegó a mis oídos la conversación que mantuvo con usted nuestra querida vecina, la señora Moore, el día del baile.
Me confió que le había compartido una información delicada acerca de un primo lejano nuestro, Edmund Kingsley, y de su despreciable comportamiento con las damas en general y las mujeres del servicio en particular.
Según las palabras que me transmitió mi hermano sobre la conversación que mantuvieron tras su proposición y lo que me contó la señora Moore, he deducido que usted se formó la equivocada idea de que mi hermano Edmund era el Edmund al que se refería nuestra vecina.
Y nada más lejos de la realidad, puesto que, como le he dicho, ese otro Edmund es nuestro primo Edmund Kingsley, un libertino con el que apenas tenemos contacto y que acudió al baile por razones que aún escapan a mi conocimiento.
Por este motivo, le ruego tenga en cuenta de nuevo la proposición de mi queridísimo hermano, el cual me consta que está destrozado, según me cuenta su amigo Benoit en su última carta.
Y si, por alguna causa, pesa sobre usted lo que Frankie pueda sentir al respecto, debo decirle que nuestro padre lo ha eximido de volver este año al internado londinense y permanecerá en nuestra casa por tiempo indefinido.
También le alegrará saber que ha conocido a una joven dama que resulta ser sobrina de los señores Moore y que ha venido a pasar con ellos el invierno.
Se los ve muy felices juntos y todo parece indicar que, con el tiempo, entre ellos habrá algo más que amistad.
Permítame que le dirija una última súplica.
Si, tal y como yo anhelo, guarda en su corazón sentimientos de afecto hacia mi apreciado Edmund, le ruego responda a esta misiva para que yo pueda alimentar esa esperanza que él cree del todo perdida.
De no ser así, no ha de preocuparse, guardaré igualmente un grato recuerdo de usted.
Al fin y al cabo, consiguió transformar la oscura Rosegate Manor en un hogar lleno de luz.
Gray o Blackwood, de cualquier manera, reciba un sincero abrazo de la que espera ser siempre su amiga,
Marguerite Ashford
Cuando dobló el papel, tuvo que limpiarse las mejillas de nuevo, pero ello no consiguió evitar que se sintiera tan ruin como desdichada.
Había mentido e insultado de la peor manera al hombre que amaba; porque sí, lo amaba.
Desde el mismo instante en que se acercó a la orilla del río y vio al verdadero Edmund, al que reía con sus sobrinos, al que luchaba por los derechos de su hermano, al que no se dejaba atrapar por una cara bonita con acento francés.
Al hombre que le había abierto su corazón y le había mostrado lo más íntimo que tenía: la salita que guardaba los recuerdos de su difunta madre.
Por mucho que Marguerite pensara que una carta podría solucionar el malentendido, no sería así.
Hacía falta mucho más que una disculpa para que pudiera volver a mirar a la cara al señor Cavendish.
Haría falta tiempo. Un tiempo que ella no tenía, pues su padre se había enterado de su regreso y había exigido verla de manera inmediata.
De hecho, ya llegaba tarde, por lo que se lavó la cara con el agua de la jofaina para disimular las lágrimas derramadas y se retocó uno de los tirabuzones que enmarcaban su rostro.
Aunque el vestido de muselina color crema que llevaba ahora era mucho más agradable que su tosco vestido de institutriz, no pudo evitar, de alguna forma, echarlo de menos.
Se dirigió a la puerta, pero alguien la abrió al otro lado antes de que pudiera hacerlo ella.
—Lenore.
Tía Augusta la miraba con el rostro descompuesto, lo que la alarmó de manera instantánea.
—¿Sucede algo, tía?
—Hay... alguien que desea verte.
Lenore se imaginó a su padre, hecho una furia, esperando en la salita. Suspiró profundamente y pensó que había llegado el momento de enfrentarse a la realidad. No volvería a huir.
—Dile a padre que ahora mismo estoy con él.
—No es tu padre, Lenore.
Ella frunció el ceño. Nadie sabía aún que había regresado de ese largo viaje por Europa al que, según su tía, se había marchado a principios de verano.
—Si no es él, ¿quién...?
—Es el hijo de los Cavendish quien pregunta por ti.
¿Francis? ¿Qué pretendía conseguir presentándose en casa de su tía de aquella forma? ¿Y cómo había conseguido obtener esa dirección?
Enseguida comprendió que debía haber sido Marguerite quien se la había facilitado.
—Por favor, tía, dígale que en un momento estoy con él.
Cuando Augusta Blackwood desapareció por la puerta, Lenore dejó caer sus hombros.
No deseaba enfrentarse a Francis, pero sabía que debía hacerlo.
Creía haberle dejado claro que nunca podría haber entre ellos nada más allá de una buena amistad, pero por lo visto no había sido así.
Se armó de valor a sabiendas de que debía terminar con esas esperanzas de una vez para siempre, y salió de la habitación con ese firme propósito.