La impostora Capítulo 22
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Capítulo 22

N o podía creer que su tía se hubiese quedado a dormir en Rosegate y no se lo hubiese dicho.

Aunque, pensándolo bien, tenía todo el sentido.

Lenore no había salido de su alcoba en toda la mañana y, además, lo último que sabía de tía Augusta era que se había distanciado de ella en el baile para no levantar sospechas.

Después fue cuando Lenore se enteró de la verdadera cara de Edmund y subió a su cuarto, de donde no había vuelto a salir hasta hacía un momento en que Marguerite había ido a buscarla y...

Lo peor de todo era que de lo último que había hablado con su tía había sido de lo sucedido con Francis y cuáles eran sus sentimientos hacia el primogénito de los Cavendish.

Por eso, cuando entró al despacho de Cavendish padre y la vio allí, su mundo se vino abajo.

Estaba convencida de que a esas alturas ya le habría contado que estaba enamorada de...

, se sentía estúpida solo de pensar en ello.

Y todavía se sintió peor cuando el padre de los Cavendish la invitó a dejar su despacho de manera inmediata sin dar lugar a réplica.

Por si esto fuera poco, su feliz idea de abandonar la mansión y no volver a ver jamás a ninguno de los Cavendish se tornó del todo imposible, pues recibió un aviso por parte del ama de llaves para que fuese puntual al almuerzo.

La mujer se esforzó en dejar claro que dicha invitación tenía poco de cordial y que no daba lugar a negativa.

Más aún cuando descubrió el baúl de Lenore junto a su cama.

Siguiendo tales instrucciones, se hallaba en esos momentos sentada a la mesa del salón presidida por Cavendish padre, que no le quitaba el ojo de encima. A la derecha de él se encontraba su primogénito, mientras que a la izquierda estaba su tía.

Ella había puesto mucho cuidado en llegar lo más pronto posible para ocupar el lugar más alejado de la cabecera de la mesa, como era lo indicado.

Y, una vez allí, bajó la mirada y esperó al resto de comensales mientras se repetía a sí misma, una y otra vez, que ni su tía ni Cavendish padre se atreverían a decir nada de sus sentimientos sin haber hablado antes con ella.

De hecho, lo más probable era que el señor de la casa hubiera declinado de manera cortés la oferta de tía Augusta de comprometer a su hijo con una mujer que había decidido desobedecer a su padre y escapar a escondidas de su casa.

Sí, no tenía nada que temer. Y, aun así, la mirada penetrante del padre de los Cavendish la inquietaba sobremanera.

Los últimos en acceder al salón fueron los hermanos Cavendish, cuyos rostros mostraban las desavenencias que aún perduraban entre ellos.

Lenore no podía dejar de sentirse culpable porque hubiese permitido que Francis se enamorase de ella, pero ¿acaso el corazón atiende a razones?

Si así fuera, ella no sentiría nada ante la presencia del inmoral de Edmund y, sin embargo, no pudo evitar que su pulso se acelerase cuando lo vio atravesar el salón.

Su semblante transmitía a la perfección lo que sentía en su interior. Había sido descubierto y su objetivo de hacerse con los favores de una institutriz le había sido arrebatado. Lo habían humillado al exponer sin tapujos qué clase de hombre era, pero Lenore no se arrepentía ni lo más mínimo.

—La felicito, querida Marguerite —dijo la señorita Deveraux rompiendo el silencio—, el baile de ayer fue todo un éxito. ¿No le parece, señorita Gray?

A punto estuvo Lenore de dejar caer la cuchara sobre el plato.

Si había algo que jamás esperaría de esa mujer era que la tratase con amabilidad solicitando su opinión.

Preparó una respuesta ácida, acorde a quien había realizado la pregunta, pero los ojos de Marguerite se posaron anhelantes sobre ella y, dado que había permanecido inusualmente callada, sintió lástima y decidió responder con amabilidad.

—En verdad lo fue.

—Me alegra que su opinión coincida con la mía. —La señorita Deveraux inclinó la cabeza y dibujó una sonrisa de lo más extraña—. Y supongo que también estará de acuerdo conmigo en que fue un momento ideal para intercambiar confidencias .

Esta vez Lenore no pudo evitar atragantarse con la sopa y tuvo que taparse la boca con la esquina de la servilleta en un intento por disimularlo. ¿Qué había querido decir con eso de «intercambiar confidencias»?

Por suerte, tía Augusta también había percibido el timbre venenoso en la voz de la señorita Deveraux y se adelantó.

—Un baile suele ser motivo de cotilleos y chismes a los que no siempre hay que dar crédito, señora...

— Señorita Deveraux —replicó la hermosa mujer alzando la barbilla—. Mi apellido procede de...

—Pasé tres años viviendo en Francia, jovencita, no necesito que me dé lecciones de lingüística.

—¿De veras? —intervino el hermano de la señorita Deveraux—. Es fabuloso encontrar a alguien que conozca nuestro país de origen. Lo cierto es que nuestro padre viajó a Londres de niño y jamás hemos estado allí. ¿Cómo es?

—París no tiene tanto glamour como nos quieren hacer creer, joven, pero debo admitir que sus calles no huelen a pescado como las de Londres.

La respuesta de tía Augusta arrancó una risa al señor Deveraux, mientras que su hermana desvió la mirada hacia su plato, apretando los labios con firmeza.

—Desde luego, tiene usted toda la razón. El olor nauseabundo del puerto puede ser a veces asfixiante, ¿verdad, Edmund?

El aludido apenas asintió de forma leve.

—¿Vive usted cerca del puerto, señor Cavendish? —preguntó Augusta Blackwood con la mirada fija en él—. Me ha dicho su padre que tiene... negocios en Londres.

Antes de contestar sin emoción alguna, Edmund dirigió una mirada fugaz hacia Lenore, que a la tía Augusta no le pasó desapercibida.

—Mi buen amigo Benoit y yo abrimos hace un par de años un bufete de abogados. Pero no, no queda cerca del puerto.

—Me complace saberlo —dijo Augusta Blackwood sin añadir nada más, lo que hizo que el señor Cavendish la mirase con extrañeza.

Pero Lenore sabía exactamente lo que significaban sus palabras. Planeaba el futuro de su sobrina, en Londres, junto al señor Cavendish. Y no fue la única que se percató de la apreciación y el tono de las palabras de Augusta.

La señorita Deveraux dejó el tenedor sobre la mesa y entrecerró los ojos.

—¿Ha estado alguna vez en Londres, señorita Gray? ¿O quizá debería decir... señorita Blackwood ?

El apellido resonó por la sala mientras todos los rostros se volvían hacia ella.

Hasta el señor Ashford, que siempre se limitaba a comer de forma parsimoniosa cuanto le ponían en el plato, alzó la vista y volvió la cabeza.

Lenore dejó de respirar, con los ojos aún clavados en el rostro triunfante de la señorita Deveraux.

Hasta aquí había llegado su farsa. Aquí acababa todo. Si había llegado a oídos de la señorita Deveraux, no había escapatoria posible. Se sintió empequeñecer bajo las atentas miradas de todos los presentes, humillada hasta el tuétano.

El primero en romper el silencio fue Francis, que, sentado junto a ella, la miraba como si estuviera viendo un espíritu.

—¿Qué... qué está diciendo, Lenore?

La figura del muchacho se desdibujó por culpa de las lágrimas que acudieron a sus ojos. ¿Tenía sentido negarlo, acaso? ¿No había sido su reacción lo suficientemente reveladora?

—Yo... Se trata de... una larga historia que no podrías comprender.

—Porque no soy más que un niño, ¿verdad? —La voz de Francis se terminó de romper mientras se ponía en pie de un salto—. Me equivoqué con usted, es igual que el resto de los habitantes de esta casa.

Aquel reproche la hirió en lo más profundo de su ser, y no pudo más que contemplar cómo el señorito Francis abandonaba la estancia haciéndola sentir despreciable mientras el resto alternaban la mirada entre Augusta Blackwood, la señorita Deveraux y ella.

Desde luego, tenía problemas mayores a los que enfrentarse.

Entonces, sus ojos se encontraron con los de Edmund, que también se había puesto en pie a pesar de que su hermana lo increpaba con insistencia para que tomara asiento de nuevo.

—Oh, querido Ed, ¿no me digas que no lo sabías?

—arremetió la señorita Deveraux elevando las cejas con fingida preocupación, pero él ni siquiera la miraba—.

Pues al parecer nuestra querida señorita Gray nos ha estado mintiendo y, en realidad, no es una institutriz, sino la sobrina de la señora Blackwood.

Ah, hoy cualquiera se cree con derecho a tomarnos el pelo.

Tía Augusta, que había permanecido sorprendentemente callada hasta el momento, se puso en pie de manera inmediata.

—Ya he oído suficiente. No le consiento que hable así de mi sobrina.

—Oh, no importa lo que yo diga de ella, han sido sus propias acciones las que han dejado claro qué tipo de persona es.

—Exijo ahora mismo que...

—¡Basta! —gritó el señor Cavendish golpeando la mesa con fuerza—. No permito este tipo de comportamientos en mi casa. No admitiré que se ponga en entredicho el honor de esta familia.

—Es tarde para eso, padre —espetó Edmund con dureza—, cuando se nos ha mentido en nuestras propias narices.

***

El carruaje traqueteaba balanceando los cuerpos de las dos damas que había en su interior. Lenore miró a su tía, pero esta no apartó la vista de la ventana.

—Lo he hecho todo mal —murmuró en un hilo de voz.

Tía Augusta se mantuvo en silencio, y cuando Lenore pensó que ya no iba a hacer ninguna apreciación, comenzó a hablar con voz solemne:

—Poner la vista en el pasado para aprender de él demuestra sabiduría. Hacerlo para proferir quejas indica necedad.

Lenore suspiró. Sabía que su tía tenía razón, pero no podía evitar repasar cada momento de los últimos tres meses de su vida y arrepentirse de ello.

Incluso lo sucedido ese mismo día había sido un completo desastre.

No se había despedido de Francis, quien se había refugiado en casa de los señores Moore, sin duda para no tener que verla de nuevo.

Edmund había partido a Londres de manera inmediata tras la comida, junto a los Deveraux.

Su tía le había insistido en que no hablase con Cavendish padre, pues no estaba de humor para tratar con nadie tras lo ocurrido y, además, ya se había encargado ella de despedirse de él de parte de las dos.

Además, le apenaba no haber intercambiado unas últimas palabras con Marguerite, pero su marido le comunicó que se había retirado a su alcoba y que necesitaba estar a solas, por lo que le rogó que no la molestase.

Desvió la vista hacia la ventana y vio cómo el paisaje se movía veloz tras los cristales.

No importaba lo que dijese su tía. No importaba si era necia o no.

Sentía todo lo sucedido y, aunque no le pesaba haber escapado del compromiso al que su padre quería obligarla, tampoco estaba orgullosa de cómo había actuado.

Huir no era nunca la opción acertada, y es lo que había hecho desde el mismo momento en que decidió no enfrentarse a su padre.

—Te haré la pregunta solo una vez —volvió a hablar su tía con los ojos de halcón fijos en ella—, así que piensa bien tu respuesta antes de contestar. ¿Amas a ese hombre?

El golpeteo de las ruedas contra las piedras del camino fue la única contestación que recibió la señora Blackwood.