La impostora Capítulo 21
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Capítulo 21

N o había podido dormir absolutamente nada en toda la noche y aun así se negaba a abandonar su alcoba. Sabía muy bien que lo único que estaba haciendo era huir de la realidad, pero no conseguía obtener la energía necesaria para enfrentarse a ella.

Estaba convencida de que tanto Edmund como Francis hacía rato que se habían levantado.

De hecho, podía imaginarlos en ese mismo instante desayunando juntos, enfrentando sus miradas.

El primero, sabedor de que su hermano parecía dispuesto a arrebatarle a la ignorante de la que había decidido aprovecharse esta vez.

El segundo, herido en su honor al descubrir que su propio hermano pretendía robarle a la mujer de la que creía estar enamorado.

No, no podía hacer frente a aquello.

Volvió la vista de nuevo hacia su baúl, que descansaba abierto desde hacía más de una hora sobre el suelo de la habitación. Durante la noche había tomado la decisión de marcharse de allí, pero no comprendía por qué le costaba tanto hacerlo.

Unos nudillos golpearon la puerta de su alcoba, sobresaltándola. Las palabras se negaron a brotar de su garganta y el silencio fue la única respuesta que obtuvo la persona que intentaba acceder a su habitación.

Lenore esperó inmóvil lo que le pareció una eternidad; y cuando creía que el intruso había desistido, volvió a escuchar los golpes sobre la madera lacada.

—¿Está ahí, señorita Gray? —La voz de Marguerite se escuchó al otro lado de la puerta.

Lenore soltó el aire que había estado conteniendo y se dijo a sí misma que no podía seguir alargando esa situación por más tiempo.

—Pase, señora Ashford.

La puerta se abrió y la sonrisa de Marguerite se borró en el instante en que puso sus ojos sobre ella.

—No tiene buen aspecto, querida. ¿Acaso no ha dormido bien? Se la ve preocupada. Debería haber bajado a desayunar. Un té le habría asentado el estómago y... —El soliloquio de la señora Ashford se tornó en silencio cuando divisó el baúl de Lenore—. ¿Va usted a alguna parte?

La mirada de Marguerite no era de asombro o sorpresa, sino más bien de pesar, lo que hizo que a Lenore se le encogiera el corazón. No quería disgustar a esa mujer que la había tratado como a una amiga.

—Todavía no se lo he comunicado a su padre, por lo que le agradecería que no dijera nada hasta que hablase con él.

La señora Ashford se asomó al pasillo y después volvió a entrar, cerrando la puerta tras de sí.

—Creí que estaba contenta en Rosegate. Hubiese jurado que... Bueno, me daba la sensación de que se la veía a usted feliz aquí.

Lenore bajó la vista a sus zapatos negros que estaban prácticamente ocultos bajo la falda gris que solía llevar siempre desde que empezó a trabajar en esa casa.

—Agradezco profundamente las atenciones que ha tenido para conmigo, señora Ashford, pero no puedo permanecer aquí por más tiempo.

—Si lo dice por la señorita Deveraux, debe saber que...

—No me preocupa en absoluto lo que la señorita Deveraux haga o deje de hacer. Esa mujer no tiene nada que ver con mi decisión.

—Entonces... no lo entiendo. —Lenore se giró y le dio la espalda, incapaz de sostener la mirada a la hermana de Edmund y Francis—. Señorita Gray, sabe que puede confiar en mí. Si hay algo que le preocupa solo tiene que decírmelo. Estoy segura de que podremos solucionarlo.

—Créame cuando le digo, señora Ashford, que hay cosas para las que es imposible hallar solución y no queda más remedio que apartarlas de nuestra vida.

—Si me permite la pregunta, ¿no serán sus sentimientos los que la empujan a tomar la decisión de partir de Rosegate?

Lenore no respondió. Tenía un nudo en la garganta que no le permitía hablar.

Tampoco se dio la vuelta para enfrentar la mirada de Marguerite, no podría hacerlo aunque quisiera.

Se veía incapaz de contarle que había roto el corazón de su hermano menor al haber permitido que se enamorase de ella.

Al igual que le era imposible reconocer que se había enamorado de Edmund, un sinvergüenza sin escrúpulos.

Por ello, se limitó a mantener la mirada fija en su equipaje y a retener las lágrimas que pugnaban por salir.

Finalmente, Marguerite dio un paso al frente y puso una mano sobre su hombro.

—Querida, no debe avergonzarse de lo que siente.

El hecho de ser una institutriz no la hace menos mujer que cualquiera de las damas de la alta sociedad londinense.

—Lenore se volvió y vio una dulce sonrisa en el rostro de la señora Ashford que la hizo sentirse aún peor—.

Recuerde que, para algunos, la posición social no es lo más importante.

Marguerite tomó sus manos y las apretó suavemente.

No, no podía decirle a esa mujer qué clase de hombre era realmente su hermano. Le partiría el corazón.

Porque estaba muy claro que ella no lo conocía. No tenía ni idea de la persona en que se había convertido. Hacía varios años que Marguerite había pasado a ser la señora Ashford y por tanto había dejado de tener contacto con él, por lo que ignoraba el denigrante comportamiento del señor Cavendish.

Lenore la miró a los ojos y suspiró. Después de meditarlo un instante, comprendió que sería incapaz de hacerle daño, así que decidió mentirle una vez más.

—Puede que esté en lo cierto y deba dejar de pensar en ello.

—Por supuesto, querida, por supuesto. Lo mejor será que baje conmigo. Ya verá cómo mañana ve las cosas de otro modo.

Un asentimiento de cabeza fue suficiente para que la señora Ashford volviese a ser la misma de siempre, una mujer inquieta que no sabía estar callada. Y aunque insistió varias veces, Lenore consiguió convencerla de que fuese bajando mientras ella se quedaba para terminar de arreglarse.

Una vez que cerró la puerta, Lenore se quedó contemplando su propia imagen en el espejo.

—Está claro que te has convertido en una experta mentirosa, señorita Gray.

—Pasó una mano por su mejilla para limpiarse las lágrimas—.

Pero eso no te ha traído más que problemas.

Es cierto que lograste escapar de un destino terrible, pero has caído en la trampa más vieja de todas.

Huiste de los brazos de un hombre para caer en los de otro.

No se puede decir de ti que seas una joven inteligente, desde luego.

El sarcasmo tiñó cada una de sus palabras, hasta que su propio reflejo le resultó tan acusador que le hizo apartar la vista.

Entonces, como si la acabara de invocar, escuchó en su cabeza las palabras de su tía Augusta, de la que ni siquiera fue capaz de despedirse la noche anterior: «Solo debes proponértelo y podrás forjar tu propio destino.

Ser mujer jamás podrá ser un impedimento cuando juegan a tu favor la tenacidad, la valentía y, sobre todo, la razón».

¿Cómo podía forjar su propio destino? ¿Acaso no lo había intentado y había fracasado estrepitosamente?

Sí, lo había hecho. Ahora regresaría a su hogar y afrontaría las consecuencias de sus actos, pero no sin antes intercambiar unas palabras con el señor Cavendish. No pensaba abandonar esa casa sin dejarle bien claro lo que pensaba de él.

Salió de su alcoba dispuesta a bajar las escaleras, pero se topó con Marguerite en mitad del largo corredor, esperándola.

—Por un momento pensé que tenía que entrar de nuevo a buscarla.

—Disculpe, he tardado un poco más de lo previsto. ¿Bajamos?

—Oh, si no le importa, antes querría enseñarle algo. —Marguerite la tomó del brazo y tiró de ella sin darle tiempo a responder.

Lenore pensó que, ya que iba a abandonar esa casa, debía concederle al menos eso. Sin embargo, conforme avanzaron por el pasillo, una extraña sensación se fue apoderando de ella.

—Señora Ashford...

—Puede llamarme Marguerite, querida, se lo he dicho un millar de veces. Y no debe preocuparse, no tardaremos más que un momento. Ya verá cómo después habrá merecido la pena haberme acompañado.

Las puertas se fueron sucediendo una tras otra hasta que llegaron al final del corredor.

Antes de que Lenore pudiera decir nada, la señora Ashford abrió la puerta de la sala a la que días atrás la había llevado Edmund.

La misma en la que, ahora lo sabía, pretendía convencerla de que se entregara a él.

—Señora... —comenzó a decir ella.

Pero sus labios se sellaron al ver quién se hallaba en el interior de la habitación.

El mismísimo Edmund se encontraba en el centro de la sala, mirándola con aquellos penetrantes ojos negros. Lenore apretó los puños y sus labios se transformaron en una finísima línea.

—Pase, pase —la invitó Marguerite empujándola suavemente por la espalda hasta conseguir que entrase en la habitación—. Yo los esperaré abajo.

Cuando Lenore se giró para mirar a la señora Ashford, solo pudo ver una pícara sonrisa en su rostro antes de que cerrase la puerta.

No entendía el comportamiento de aquella mujer, pero al menos acababa de brindarle la oportunidad de expresarle a ese cretino lo que pensaba de él antes de marcharse de aquella mansión para siempre.

Se volvió para mirar de frente al señor Cavendish y lo vio ante ella, demasiado cerca.

—Le pido disculpas por el modo en que mi hermana la ha traído hasta aquí, pero al ver que no abandonaba su alcoba, no se me ha ocurrido otra forma mejor de hacerlo.

—Lenore frunció el ceño ante sus palabras—.

Supongo que a estas alturas ya imaginará lo que estoy deseando decirle, y...

espero de corazón que su respuesta sea la que anhelo, pues de no ser así...

—Yo que usted... —comenzó a decir Lenore con irritación, pero Edmund la interrumpió.

—Señorita Gray, cuando supe que mi padre había contratado a una institutriz para mantener a raya a mi hermano, me puse realmente furioso y volqué de manera injusta toda mi ira contra usted.

Sin embargo, ni mis acciones ni mis palabras lograron hacerla desistir en su empeño por demostrar la clase de mujer que es: fuerte, valiente y luchadora.

—El señor Cavendish dio un paso al frente y Lenore tuvo que alzar la vista para poder mirarlo a los ojos—.

Ha sido capaz de doblegar la voluntad de mi padre, algo que hasta ahora nadie había logrado conseguir; también ha traído la alegría a esta casa, que se hallaba sumida en el silencio y la tristeza.

Y, por si esto fuese poco, ha obtenido el beneplácito de mi padre para que mi hermano ocupe el lugar que le corresponde.

Estos motivos serían más que suficientes para que mi corazón hubiese quedado prendado de usted para siempre, pero lo que realmente ha conseguido que la ame de una manera que supera toda razón es que, a pesar de que la he ignorado deliberadamente durante estas últimas semanas, ha sido capaz de contener sus impulsos y se ha comportado como una auténtica dama.

Por ello, me atrevo a hacerle una única pregunta: ¿me concedería el extraordinario honor de ser mi esposa?

El corazón de Lenore latía de manera errática a pesar de que sabía que todo cuanto había dicho el señorito Cavendish eran palabras vacías que solo pretendían que cayese rendida a sus pies para luego deshacerse de ella como si fuese ropa usada.

Pero su corazón parecía no querer ser consciente de eso.

Tuvo que coger aire varias veces antes de responder, para poner sus pensamientos en orden. Cuando lo hizo, alzó la barbilla en un intento de disimular el temblor de sus manos, del que no estaba segura si se debía a su nerviosismo o a la ira que empezaba a correr por sus venas.

—Siento mucho que haya gastado su valioso tiempo en ponerme a prueba a fin de averiguar si era o no digna de convertirme en su esposa.

Una lástima que haya realizado semejante esfuerzo en balde.

También es irónico que piense que una mujer está obligada a demostrar que lo es cuando a un caballero le basta con parecerlo, aunque no lo sea.

No obstante, aunque su proposición fuese honesta, que me consta que no lo es, me sentiría igualmente complacida en rechazarla.

Jamás me desposaría con un hombre como usted: taimado, mentiroso y deshonesto.

—El ceño del señor Cavendish estaba fruncido cuando abrió la boca para defenderse, pero Lenore lo detuvo alzando la mano—.

No trate de disculparse. Es demasiado tarde.

Puede que ni su padre ni sus hermanos sepan quién es usted en realidad, pero yo lo sé.

Y espero de corazón que algún día pague por sus actos.

Se detuvo para recuperar el aliento, agitado por la fiereza que había imprimido a sus palabras.

—N-no entiendo...

El señor Cavendish la miraba con evidente confusión. Seguramente era la primera vez que una de sus presas oponía resistencia, la primera vez que una dama descubría sus sucias intenciones. Lenore le dedicó una última mirada cargada de repulsa.

—¿Quería una respuesta? Mi respuesta es «no». Buenos días.

Pronunció las dos últimas palabras como quien lanza una piedra a un pozo antes de abandonarlo para siempre.

Salió de la estancia con paso firme y la mirada borrosa, dispuesta a hablar con Cavendish padre y anunciarle su inminente marcha.

No pensaba permanecer en esa casa ni un minuto más de lo estrictamente necesario.

Estaba tan sumida en sus pensamientos que, mientras descendía las escaleras, casi se dio de bruces con el señor Deveraux.

—Buenos días, señorita Gray. Esperaba verla esta mañana para despedirme de usted. —Lenore lo miró sin escuchar realmente sus palabras—. Mi hermana y yo partimos hacia Londres después del almuerzo. No podemos demorar por más tiempo nuestro regreso. Negocios, ya sabe.

Sí, podía imaginar la clase de negocios en los que Edmund y Benoit se verían inmersos en las libertinas noches londinenses.

—¿Se marchará el señor Cavendish con ustedes?

El rostro del señor Deveraux pareció mostrar sorpresa al escuchar la pregunta.

—¿No ha hablado mi buen amigo con usted todavía?

—Sí, precisamente acabamos de mantener una agradable conversación —replicó ella con evidente sarcasmo—. Y sería para mí una alegría saber que él también se marcha con ustedes. De hecho, Londres se me queda demasiado cerca.

—¿Cerca? No... no entiendo.

—Sí, una isla remota en mitad del océano sería el lugar ideal para que el señor Cavendish pasase el resto de sus días.

Dicho esto, continuó su descenso por la escalera hasta el despacho del señor de la casa.