Capítulo 20
A ugusta Blackwood entró en la sala con la misma solemnidad que la solía acompañar siempre.
La espalda recta, mirada al frente, barbilla levantada y labios fruncidos.
Nadie osaría acercarse a ella esperando que le contase los últimos cotilleos, porque todos sabían que la señora Blackwood era una mujer de pocas palabras y largas miradas.
Sin embargo, Lenore se demoró unos minutos para no levantar sospechas.
Y cuando entró en el salón, más de una mirada se giró hacia ella, sobre todo la de varios caballeros a los que ignoró de manera deliberada, esperando con esto poder evitar tener que intercambiar unas palabras de cortesía con ellos.
De hecho, mientras no fuese presentada, no correría peligro.
No había hecho más que poner un pie en la sala cuando la señora Moore la asaltó, acompañada de su esposo.
—Oh, señorita Gray, menos mal que la encontramos.
—¿Ha sucedido algo? —preguntó ella, dejándose llevar por el tono alarmista de las palabras de los vecinos de Rosegate Manor.
—No, no tema. Es solo que no encontramos a Francis por ninguna parte y estamos preocupados. Aunque estoy segura de que usted sabrá dónde podremos dar con él.
Lenore paseó la vista por toda la sala en un intento desesperado por localizarlo y no dar a entender la verdad: que no tenía idea de dónde se había metido el señorito Cavendish. Al fin y al cabo, era su responsabilidad.
—Pues... lo cierto es que... —carraspeó intentando hacer tiempo, pero no había ni rastro de Francis por ninguna parte—. Bueno, supongo que estará bailando con alguna dama. Al fin y al cabo, es su primera fiesta, no querrá que lo pase pegado a la pared como una joven debutante, ¿no?
Lenore sonrió de manera cómplice tratando de ocultar su nerviosismo, y por suerte la señora Moore le correspondió con otra sonrisa.
—Por supuesto, eso mismo hemos pensado nosotros —intervino el señor Moore—.
Pero debo decirle que, desde que comenzó a sonar la música, no hemos hecho otra cosa más que analizar cada una de las parejas que danzan al son de la melodía, y lo cierto es que hace mucho que no lo vemos.
Es más, podría afirmar, sin miedo a equivocarme, que la única dama con la que lo hemos visto bailar ha sido usted.
Lenore tragó saliva mientras deseaba con todas sus fuerzas que los señores Moore no hubiesen visto la abrupta salida del salón de Francis.
—Es cierto que bailamos, él me insistió reiteradamente en que así fuera. Me atrevería a afirmar que lo hizo porque no se animaba a pedírselo a ninguna otra dama —mintió ella—. Lo cual, por otra parte, resulta de lo más lógico, teniendo en cuenta que se trataba de su primer baile.
—Por supuesto, querida —admitió la señora Moore posando la mano en el brazo de Lenore—, no piense ni por un instante que la culpamos de ello, de ninguna manera. Lo único que pretendemos es averiguar quién es la dama a la que Francis pretendía impresionar esta noche y en la que tenía tanto interés.
Lenore se quedó petrificada.
¿Qué sabían los amables vecinos de Rosegate Manor acerca de los sentimientos de Francis? ¿Acaso les había hablado de ella?
—¿Se encuentra bien, señorita Gray? Parece que se ha puesto usted pálida de repente.
—Sí, sí, estoy bien. Es solo que... hay demasiada gente y...
—Imagino que, para una institutriz acostumbrada al silencio de los libros y las aulas, un baile es el acontecimiento más escandaloso y agobiante al que se la pueda someter.
Venga conmigo y sentémonos aquí un momento.
Señor Moore, vaya a por un poco de ponche para nuestra querida amiga.
—La vecina de los Cavendish la acompañó hasta uno de los sofás más alejados de la zona de baile—. Verá cómo eso la revitaliza.
Una vez que se hubo sentado, Lenore intentó coger aire muy despacio y dejarlo escapar con la misma lentitud.
Debía serenarse si no quería que todas las miradas de la sala acabaran posándose sobre ella.
¿Hasta qué punto llegaban los sentimientos de Francis si habían alcanzado los oídos de los vecinos?
—¿Qué tal, querida, se encuentra mejor? —preguntó la señora Moore sin dejar de darle aire con su abanico.
—Mucho mejor, gracias. —Lenore sonrió esperando convencerla, aunque la mirada maternal de aquella mujer le decía que no la creía—. ¿Y dice usted que Francis pretendía impresionar a... una dama?
—Oh, sí, así es. Supongo que a usted se lo puedo contar.
Al ser su institutriz tiene todo el derecho a saber cuanto le suceda al muchacho, ¿no es cierto?
—Lenore asintió con la cabeza, aunque no creía que su puesto le otorgase la facultad de invadir la intimidad del señorito Cavendish—.
Pues, como bien sabe, Francis vino el otro día a nuestro humilde hogar.
Según dijo a todo el mundo, era una visita de cortesía, pero lo que realmente quería de nosotros era que le enseñásemos a bailar.
—Podría habérselo pedido a cualquiera de sus hermanos —musitó Lenore casi para sí.
—Yo también pensé lo mismo, no se lo voy a negar. —La señora Moore se inclinó hacia delante como si fuese a contar una confidencia a Lenore—. Pero, por lo visto, Francis no quería que sus hermanos supieran nada del asunto. No me pregunte por qué, pues ignoro la respuesta.
Sin embargo, Lenore no necesitaba preguntar, porque ella sí que la conocía. Ahora tenía muy claro que el señorito Francis no había pedido ayuda a su hermano Edmund porque, de algún modo, sentía celos de él.
—La cuestión es que —continuó la señora Moore— finalmente se atrevió a confesarnos que había una dama de la que estaba completamente enamorado. ¡Imagínese, señorita Gray, nuestra sorpresa ante tal confesión, cuando Francis no es más que un muchacho!
—Lo es —corroboró ella, dando un profundo suspiro.
—Por este motivo, mi marido y yo nos vemos en la obligación de averiguar el nombre de la dama y confiar la situación a su padre.
—El corazón de Lenore empezó a latir con fuerza—.
No podemos consentir que un muchacho como Francis se nos eche a perder por alguna desalmada cazafortunas.
Porque estará de acuerdo conmigo en que, sin lugar a dudas, la mujer de la que cree haberse enamorado nuestro joven amigo debe tratarse de alguien del servicio, ya que él no abandona la mansión más que para regresar a su colegio de Londres.
—Yo... no creo que Francis... —Lenore no supo cómo defender al señorito Francis sin involucrarse a sí misma—. Jamás lo he visto conversar con nadie del servicio y créame que paso con él prácticamente todo el día.
En cuanto pronunció aquellas palabras, se dio cuenta de que había cometido un grave error. Estaba claro que acababa de colgarse la medalla de la culpabilidad cuando lo único que había pretendido era...
—Sé muy bien lo que piensa, querida, pero con los hombres nunca se puede estar segura.
Creemos que los conocemos, pero no es cierto.
—La señora Moore miró a ambos lados antes de seguir hablando—.
Fíjese en Edmund, a él sí que lo hemos visto bailar.
Demasiado, de hecho. Lo que me preocupa es no verlo en este momento.
Lenore frunció el ceño ante las palabras de la señora Moore.
—¿Le preocupa Edmund?
—No es él precisamente quien me preocupa, usted ya me entiende —la mujer hizo un ademán con la cabeza que otorgó aún mayor fuerza a sus palabras—, sino su compañía. A estas alturas ya sabrá lo que dicen de él...
—¿Qué dicen?
La señora Moore se acercó a ella un poco más y susurró:
—Lo cierto es que no son palabras que deba escuchar una señorita, pero su fama de conquistador cruza las fronteras de Rosegate Manor.
Se dice que siente predilección por las damas de baja alcurnia y las ilusiona con promesas de matrimonio, aprovechándose de su posición, ya sabe.
Sin embargo, todos sabemos que ese joven no tiene intención alguna de tomar esposa.
Cuando la señora Moore se enderezó, Lenore se quedó mirando al frente. Las parejas que se deslizaban por el salón en perfecta armonía se detuvieron cuando la música dejó de sonar.
—Siento haber tardado tanto —se disculpó el señor Moore ofreciendo a Lenore una copa—.
Me entretuve hablando con la señorita Deveraux, una mujer extraordinaria.
Por cierto —dijo volviéndose hacia su mujer—, me ha preguntado por ti, querida.
Creo que deberías ir a saludarla. Si no tiene inconveniente la señorita Gray, por supuesto.
Lenore asintió con la cabeza, porque se vio incapaz de articular palabra, y los señores Moore se alejaron de allí dispuestos a dejarse deslumbrar por la señorita Deveraux.
La música, el murmullo de la gente intercambiando los últimos cotilleos, el sonido de las copas al brindar, el perfume de las flores y el colorido de los canapés que se veían sobre las mesas se entremezclaban en la cabeza de Lenore dejándole un sabor agridulce.
Si bien era cierto que había conseguido engañar a todo el mundo haciéndoles creer que era realmente una institutriz, ahora también ella se sentía embaucada.
Desde que puso un pie en aquella mansión todo había ido de mal en peor.
De hecho, varias veces había estado tentada de abandonar aquel lugar y probar suerte en cualquier otro.
Sin embargo, la idea de que sus acciones habían logrado mejorar la vida del señorito Francis la habían ayudado, al principio, a no desfallecer.
No obstante, aquello se había vuelto en su contra, y ahora ella era la causa del profundo dolor que sentía el muchacho.
Por otra parte, había sido tan estúpida como para creer que las atenciones que tenía el señor Cavendish hacia ella eran realmente sinceras.
Debió haberse dejado llevar por su instinto cuando él le mostró la sala que utilizaba su madre para pintar.
Pero no lo hizo, sino que se dejó atrapar por aquellos ojos negros y esa media sonrisa que, ahora lo sabía, habían jugado con los sentimientos de multitud de doncellas tan ilusas como ella misma.
Recorrió la sala con la mirada en busca de su tía Augusta, pero no la vio.
Y entonces se dio cuenta de que no podía echar siempre mano de ella cuando estuviera en apuros. No, tenía que aceptar sus propios errores y afrontar las consecuencias de sus actos.
El problema era que no se veía capaz de hacerlo, porque en esos momentos solo sentía indignación y un profundo odio hacia el hombre que había estado jugando con ella.
Y lo peor de todo era que se lo había permitido.