La impostora Capítulo 19
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Capítulo 19

S e dispuso a soltar el brazo de Francis para poder hacerle una señal a su tía con la única intención de que ambas lograsen acercarse lo suficiente como para intercambiar unas palabras. Como salido de la nada, el señor Cavendish apareció frente a ellos, frustrando su plan.

—Espero que no haya olvidado mi propuesta, señorita Gray —advirtió con esa media sonrisa en su rostro.

Por un momento, Lenore se olvidó de su tía Augusta, su vestido prestado y su plan de evitar al señor Cavendish.

Se dejó atrapar por los ojos negros y el rostro anguloso de Edmund, olvidando con ello que se había hecho pasar por institutriz y que lo había estado engañando desde el mismo momento en que sus vidas se habían cruzado.

Durante un instante, lo olvidó todo, y solo quedaron ellos dos en mitad de una sala vacía en la que se escuchaba una melodía lejana que los invitaba a danzar juntos hasta el amanecer.

Sus pensamientos se deshicieron como las nubes de verano cuando escuchó la voz de lady Deveraux a su espalda.

—¿Es que no piensa presentarnos, querido Edmund?

Cuando Lenore se dio la vuelta para enfrentarse a ella, pudo ver cómo el rostro de esa mujer pasaba de una sonrisa forzada a un rictus de desprecio.

Sus labios carnosos, pintados de un rojo vibrante que contrastaba con el blanco de su piel, se transformaron en una fina línea.

De alguna manera, aquel cambio le produjo algo de satisfacción a Lenore, a pesar de que debía reconocer que la señorita Deveraux estaba especialmente hermosa aquella noche.

—Vaya, qué desilusión... —admitió, meneando la cabeza—. Y yo que pensaba que podría hacer nuevas amigas y resulta que solo se trata de la anodina institutriz a la que esta noche le ha dado por disfrazarse de distinguida dama.

—Isabeau —comenzó el señor Cavendish—, esas no son maneras de dirigirse a...

— Vous êtes une femme insupportable —interrumpió Lenore con un francés impecable.

Los hermanos Cavendish volvieron la cabeza al tiempo, pero ella no apartó la vista de la señorita Deveraux, cuyos ojos la taladraban sin piedad.

Lenore vio cómo tragaba saliva varias veces y abría la boca otras tantas, aunque de su garganta no salió una sola palabra. Finalmente, la señorita Isabeau atinó a decir:

— Je... je ner por vous... surfle.

La sonrisa de Lenore se ensanchó cuando comprobó que, tal y como ella pensaba, esa mujer no tenía de francesa más que el nombre.

—Querrá usted decir je ne puis vous souffrir. Tenga en cuenta que en un correcto francés...

Sin darle tiempo a terminar, la señorita Deveraux se giró y le ofreció la espalda para después ser engullida por los invitados que comenzaban a ocupar el centro de la sala, animados por la música que ya empezaba a sonar.

—¡Habla usted francés! —exclamó el señorito Francis con evidente admiración.

—Parece que nuestra institutriz es una caja de sorpresas, querido hermano.

—Nuestra no, Edmund. Mi institutriz. —A Lenore le pareció que el señorito Francis ponía demasiado énfasis en sus palabras y que su rostro no se mostraba tan cordial con su hermano como en otras ocasiones—. Y ahora, si nos disculpas, es nuestro baile.

Francis la arrastró al centro de la sala y se situaron junto al resto de los participantes.

Mientras ella trataba de fingir que no conocía bien los pasos para no levantar sospechas, reparó en la concentración del muchacho para seguir el ritmo.

Parecía que la disputa por el primer baile había hecho mella en él, así que pensó que tal vez unas palabras de elogio ayudarían a cambiarle el ánimo.

—No imaginé que bailara usted tan bien, señorito Cavendish. No me habrá mentido al afirmar que nunca antes había asistido a un baile, ¿verdad?

—Yo jamás le mentiría, Lenore —respondió él con voz solemne—. Al igual que nadie construye una casa sobre barro, una relación no puede construirse sobre falsedades.

Al escuchar aquellas palabras sintió que las piernas le temblaban.

Se había dicho a sí misma una y otra vez que todo era fruto de su imaginación, que resultaba del todo imposible que ella hubiese despertado en Francis sentimientos distintos a los que corresponden a una relación entre institutriz y pupilo: afecto y respeto.

Sin embargo, la mirada penetrante que le dirigía el señorito Cavendish en ese instante nada tenía que ver con la de un ferviente pupilo a su maestra.

—Señorito Francis, yo...

—No es necesario que diga nada, Lenore —aseguró él dando una vuelta sobre sí mismo mientras la música seguía sonando—, leí la carta que guarda en su tocador. Sé que no debí hacerlo, pero lo hice. Y no me arrepiento.

A Lenore empezó a darle vueltas la cabeza. No sabía si era el hecho de bailar, el bullicio de la gente o la idea de que su tía debía de estar mirándola en ese mismo instante sin comprender por qué actuaba de esa manera.

—Debo decirle —continuó Francis, ajeno al efecto que sus palabras estaban produciendo en Lenore—, que fue para mí un enorme alivio comprobar que la diferencia de edad no pesa sobre usted como tampoco lo hace sobre mí.

Sé que muchas personas me consideran aún demasiado joven para tomar esposa y que, de hecho, les costará aceptar que sea usted mayor que yo y, además, mi institutriz, pero debo decirle que nada me importa lo que piensen los demás, porque...

Lenore dejó de escuchar al pobre muchacho que continuaba con lo que parecía ser una propuesta de matrimonio algo atropellada y se detuvo en seco, interfiriendo con ello en el baile de los participantes de su alrededor.

Aquello no podía estar sucediendo.

¿Cómo había sido tan estúpida de permitir que Francis se enamorase de ella? ¿Cómo era posible que no se hubiese percatado de ello y lo hubiera atajado a tiempo? Ahora... ahora...

Por suerte, la pieza llegaba a su fin y la música en seguida dejó de sonar. Francis la miraba con un brillo esperanzado en los ojos, a la espera de su respuesta.

A Lenore se le encogió el corazón.

Apreciaba a ese muchacho, lo apreciaba de veras, pero jamás lo había visto de otra forma que no fuese la de un pupilo al que instruir o la de un joven amigo al que ayudar. Y nunca podría hacerlo.

En ese momento no tenía más remedio que hacérselo ver, y sabía que no sería nada fácil, porque no quería hacerle daño. Tragó saliva y trató de hablar con voz suave pero firme.

—Señorito Cavendish, debo decirle que creo que interpretó usted mal lo que leyó en la carta. Mis apreciaciones no fueron en ningún momento referidas a usted, por lo que debo decirle que agradezco sus palabras, pero mis sentimientos no van más allá del aprecio que una institutriz siente por...

—Espero que ahora sí se me permita bailar con usted, señorita Gray. —La voz grave de Edmund irrumpió entre ellos.

Lenore se volvió y no pudo evitar quedar atrapada unos segundos por la sonrisa del caballero que le tendía la mano.

Edmund Cavendish estaba deslumbrante aquella noche.

El traje negro se amoldaba a sus hombros con un ajuste impecable, y el chaleco de seda gris pálido reflejaba la luz de las lámparas como si la habitación girara en torno a él.

El cabello oscuro, perfectamente peinado, enmarcaba una línea de mandíbula que parecía tallada con intención.

Sí, desde luego, Lenore había mentido aquella mañana: Edmund era, de forma innegable, lo suficientemente atractivo como para tentarla.

Apenas fue consciente de que estaba dando un paso al frente para aceptar la mano del señor Cavendish cuando escuchó la voz de Francis en casi un murmullo.

—Eras tú.

Ambos se volvieron hacia él, repentinamente conscientes de la situación. El rostro del muchacho se fue transformando conforme pasaba de la sorpresa al entendimiento, y finalmente a... la traición. Dio un paso hacia su hermano mayor.

—Francis, ¿qué...?

—Siempre has defendido que se me tratara como a un adulto, pero al final ha resultado que eras tú quien nunca me ha visto como tal. —Lenore abrió la boca, pero el muchacho no se detuvo—. Ni me respetas a mí ni... —Desvió la mirada a ella—. Ni respetas mis sentimientos.

Francis no les dio oportunidad de decir nada, porque se marchó de la sala dando largas zancadas sin volver la vista atrás.

Edmund dirigió una mirada interrogante a Lenore, cuyo rostro había perdido el color, pero al ver que ella no decía nada musitó una disculpa claramente irritada y salió de manera apresurada tras su hermano.

Ella se quedó sola, en mitad del salón, justo cuando la música estaba a punto de comenzar.

Dirigió un vistazo rápido y localizó a su tía, que en ese momento se encontraba hablando con el padre de los Cavendish. Al instante supo lo que debía hacer.

Se acercó de manera cautelosa, segura de que su tía sabría cómo solucionar la delicada situación en la que se encontraba metida, y se colocó junto a ellos para tomar una copa de la mesa.

Su tía no tardó en comprender.

—Vaya, no recuerdo que me haya presentado aún a esta hermosa joven, querido Bernard.

Cavendish padre se volvió hacia Lenore y esta vio cómo su tía le guiñaba un ojo.

—Oh, es la señorita Gray, la institutriz que usted misma me recomendó, ¿recuerda?

—Por supuesto, por supuesto —aseguró tía Augusta dirigiendo una sonrisa a Cavendish padre—. Pero resulta del todo imposible reconocerla tal y como va vestida.

—Bueno, decidí que entre sus funciones debía figurar el acompañar a mi hijo en todo momento y supongo que en un baile se le permite a una institutriz variar su atuendo.

—¿A su hijo?

—Francis, ¿se acuerda de él?

—Desde luego, cómo iba a olvidarme de Francis si es la viva imagen de mi queridísima Vivienne.

—Cierto, Francis es idéntico a... mi amada esposa. —La mirada de Cavendish padre se desdibujó por un instante, pero enseguida se volvió hacia Lenore de nuevo—. Señorita Gray, supongo que debe agradecerle a la señora Augusta Blackwood su presencia en esta casa, ¿no cree?

—Desde luego, siempre estaré en deuda con usted, señora Blackwood.

Lenore inclinó la cabeza hacia su tía y esta le respondió con el mismo gesto, aunque vio con claridad que estaba conteniendo una mueca divertida.

—Si fuese usted tan amable de acompañar a esta anciana a dar un paseo por la sala, daría por saldada su deuda —habló su tía con un suspiro.

—De haber sabido que se encontraba tan cansada se lo habría ofrecido yo mismo, Augusta —objetó Cavendish padre.

—Oh, de ninguna manera, usted tiene que atender a sus invitados. Mire, allí mismo lo reclaman. —La tía de Lenore señaló con su barbilla a alguien al otro lado de la sala—. Vaya, vaya sin demora, esta joven me atenderá.

Cavendish padre se apartó de ellas con reticencia mientras Augusta se agarraba del brazo de su sobrina, dispuesta a buscar un lugar seguro donde ambas pudieran ponerse al día.

—Veo que no ha perdido usted el tiempo, señorita Gray —soltó de pronto su tía.

—Yo... —Lenore bajó la mirada sin saber bien qué decir—. Tengo mucho que contarte, tía. Estoy en un aprieto. Esta noche se me ha declarado el hijo del señor Cavendish.

—Shhh —chistó su tía entre dientes mientras miraba a uno y otro lado con una sonrisa—, aquí hay demasiados oídos indiscretos. Ríe suavemente como si acabara de contarte algo gracioso y deja que te lleve a un lugar donde podamos hablar con tranquilidad.

Sin embargo, al otro lado de la sala, alguien observaba con curiosidad cómo las mujeres abandonaban el baile y decidió salir tras ellas.

Cuando tía y sobrina llegaron al jardín, caminaron hasta encontrar un lugar alejado del resto de los invitados donde, con toda seguridad, nadie las escucharía.

—¿Amas a ese hombre? —soltó de pronto Augusta.

Lenore la miró con los ojos muy abiertos.

¿Era amor lo que sentía por Edmund? Deseaba verlo y pasar las horas con él, le gustaba su media sonrisa y esa forma que tenía de fruncir el ceño cuando no estaba de acuerdo con algo.

Admiraba su tenacidad y el amor que profesaba por su familia. Pero ¿era eso amor?

—Es una pregunta sencilla, Lenore, ¿lo amas o no? —Ella bajó la mirada en un intento por disimular su rubor—. Está bien, no necesito que me respondas. Está claro que sí. Pues acepta su petición.

Lenore levantó la vista.

—Pe-pero él no...

—Has dicho que se te había declarado esta noche, ¿no? Pues no debes preocuparte por nada, yo misma hablaré con el señor Cavendish y conseguiré que tu padre cambie un compromiso por otro.

—No lo entiendes tía, quien se me ha declarado ha sido Francis, el hijo menor. No Edmund, a quien yo... amo.

En el mismo momento en que pronunció las palabras comprendió que eran ciertas. Amaba al hombre al que había estado engañando y sabía que, en cuanto se enterase de todo, la odiaría para siempre.

—Oh, vaya, eso lo cambia todo... —La señora Blackwood se llevó una mano a la barbilla y meditó un instante—. Bueno, encontraré una solución, seguro que se me ocurrirá algo. Por ahora volvamos al baile antes de que alguien se percate de nuestra ausencia.

Lo que ni tía ni sobrina podían imaginar es que era tarde para eso. Una dama de cabellos dorados y labios de rubí salió de entre las sombras justo cuando ellas desaparecieron. Mantenía una ceja elevada y una sonrisa ladina en su rostro cuando de su boca brotó un susurro con sabor a venganza.

— Oh la la.