La impostora Capítulo 18
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Capítulo 18

E l espejo le devolvió la imagen de una joven hermosa, demasiado para tratarse de una institutriz, tal y como había apostillado alguien días atrás.

Pero lo cierto era que Lenore no veía el fulgor que arrancaba la seda color marfil de su vestido ni los encajes de las mangas que dejaban entrever sus brazos. Tampoco le llamaba la atención el entalle del corpiño, que resaltaba su cintura, ni el recogido perfecto de su cabello dorado.

No. Era incapaz de percibir toda aquella hermosura que el espejo le mostraba, porque ella solo alcanzaba a ver la verdad que se escondía tras la imagen de su propio reflejo.

La de una impostora.

Cuando escuchó de nuevo golpear la puerta, supo que debía salir antes de que la excitación de lo que estaba por suceder se apoderase de él y entrase a buscarla.

Suspiró profundamente, se armó de valor y adoptó la identidad falsa que tan útil le había resultado durante las últimas semanas y de la que ya no podía desprenderse.

Había mentido a todos, y ahora eso le oprimía el pecho hasta dejarla sin aliento.

Lenore se giró para dar la espalda a esa imagen que le revolvía el estómago, se acercó a la puerta y compuso una sonrisa forzada en sus labios. Mientras lo hacía, sintió cómo su corazón la acusaba de traidora por primera vez desde que decidió tomar las riendas de su propia vida.

—No puedo creer que los hombres sean tan impacientes. —Marguerite entró en su alcoba como una exhalación—. No hay quien les haga entender que... ¡Oh, querida, estás preciosa!

Los ojos de la mujer brillaron al contemplar a Lenore.

—Le agradezco profundamente que me haya prestado este vestido, pero creo que es demasiado para...

—Tonterías. Una mujer nunca está demasiado hermosa. —La señora Ashford se acercó a ella y la tomó de las manos con cariño—. Además, si hay alguien que lo merece es usted, por haber logrado que se celebre en Rosegate el primer baile en años.

—En realidad, lo conseguimos las dos. No se quite usted mérito, señora Ashford.

—Marguerite, querida, llámeme Marguerite.

Lenore asintió, aunque era muy consciente de que había líneas que no debía traspasar si no quería que su corazón la traicionara. Y encariñarse de la hermana del señor Edmund Cavendish era una de ellas.

Unos golpes en la puerta arrancaron un suspiro a Lenore.

—Creo que deberíamos salir si no queremos que alguien pierda la paciencia.

—De vez en cuando viene bien hacer esperar a los hombres. —Marguerite le guiñó un ojo con complicidad—. No conviene que piensen que somos fáciles de conquistar, ¿no es cierto?

—Como comprenderá, yo no pretendo conquistar a nadie. —Se vio en la obligación de aclarar—. Asisto al baile obligada por su padre. De otro modo, el señorito Francis no podría...

—Lo sé, querida, lo sé, y se lo agradezco sobremanera. Pero no he venido hasta aquí por eso, sino para traerle esto.

Marguerite se giró para coger una caja de terciopelo azul que había dejado en el tocador al entrar en la habitación.

Cuando la abrió para mostrar su contenido a Lenore, ella se quedó sin aliento.

La señora Ashford sostenía entre sus manos un deslumbrante collar de perlas, y cuando le pidió a Lenore que se diese la vuelta para poder ponérselo, ella negó con la cabeza de manera reiterada.

—Vamos, señorita Gray, no sea modesta. Un baile es la ocasión ideal para que una hermosa joven pueda mostrar sus encantos sin que la tachen de ser superficial ni presumida. Ha de aprovechar la oportunidad.

No sin un deje de culpabilidad, Lenore dejó que le pusiera el collar. Cuando se giró, Marguerite la contempló largamente.

—No sé cómo agradecérselo, señora Ash... Marguerite.

Esta hizo un gesto con la mano restándole importancia, pero en su mirada se hizo patente el afecto que había crecido entre ambas las últimas semanas.

Lo cierto era que Marguerite era una mujer mucho más apacible cuando no tenía que estar pendiente de sus hijos.

Más que reprochárselo, Lenore no podía sino compadecerse de su carácter sobreprotector.

—No hay nada que agradecer, querida. Tenerla a usted aquí supone una alegría para mí.

—Se acercó un poco más y, aunque no había nadie más en la sala, bajó el tono cuando añadió—: Y, entre nosotras, prefiero que sea usted la que brille por encima de la señorita Deveraux.

No me malinterprete, aprecio a la amiga de mi hermano, pero hay algo en ella que no acaba de convencerme, como...

No lo sé, como si nos estuviera ocultando algo.

Lenore tuvo que cerrar la boca para no dejar escapar un leve jadeo, pero Marguerite no se dio cuenta y avanzó hacia la puerta.

—Vamos, querida, no queremos que el baile dé comienzo sin nosotras. —La señora Ashford se volvió hacia ella para admirarla una última vez—. Recuerde que solo debe ser usted misma y todos la adorarán.

Lenore se forzó a dibujar una sonrisa mientras su pecho la oprimía por momentos. Había mentido a todos, pero lo más desolador era sentir que se había mentido a sí misma.

Su única intención había sido huir de una vida impuesta, escapar de los brazos de un hombre. ¿Todo para qué? ¿Para que ahora su corazón la traicionase haciéndola suspirar por otro?

Dirigió un último vistazo a la imagen del espejo. No era la de una institutriz sumisa y obediente. Era la de quien deseaba ser en ese momento: una dama deslumbrante dispuesta a conquistar el corazón de un hombre.

No, Lenore ya no quería ser institutriz. Solo quería volver a ser ella misma.

Pero no podía.

La señora Ashford abrió la puerta y él sonrió al verla.

—Está usted... increíblemente hermosa, señorita Gray —dijo el señorito Francis, ofreciéndole su brazo.

—Es usted todo un caballero —respondió ella, inclinando su cabeza como si todo se tratara de un juego.

Sin embargo, a Lenore le pareció ver que el muchacho se ruborizaba, y se sintió culpable de nuevo.

Tal vez, a lo largo de los días y sin ser consciente de ello, le había dado pie a pensar algo que no era.

Quizá su cercanía y su confianza habían crecido demasiado entre ellos y, aunque ella lo veía solo como un adolescente encantador, puede que él hubiese interpretado mal su comportamiento.

A pesar de ello, Lenore aceptó el brazo de Francis, porque en ese momento nada podía hacer.

—Recordad que no debéis apresuraros al descender por la escalera ni al caminar por el salón.

La lentitud es siempre muestra de elegancia.

—La señora Ashford caminaba con estudiada parsimonia por delante de ellos mientras hablaba.

Por supuesto, ignoraba que Lenore ya había asistido a decenas de bailes y no necesitaba de sus instrucciones—.

Tampoco os debéis dejar intimidar por el resto de invitados.

Lo mejor siempre es sonreír y asentir con la cabeza.

Cuanto menos ofrezcáis vuestra opinión, mejor impresión se llevarán de vosotros.

En realidad, a la gente no le gusta conversar, lo que realmente le agrada es ser escuchada y admirada, así que os recomiendo que seáis comedidos con vuestras palabras.

Hay muchas personas ahí abajo a las que no conoceréis, pero eso no os debe abrumar, yo iré presentándoos a algunas para que no estéis exentos de atenciones.

Por lo demás, Francis, nunca hables con una señorita que no te haya sido presentada antes; y usted, señorita Gray...

, bueno, usted limítese a aceptar todos los bailes que le pidan. Con eso estará más que ocupada.

Marguerite rio ante su propia apreciación y Lenore intentó sonreír como muestra de agradecimiento a sus palabras, pero lo cierto era que no pensaba bailar con nadie esa noche.

Su intención desde el principio había sido pasar desapercibida, dado que no había podido hacerse con la lista de invitados y no tenía ni la menor idea de quiénes acudirían al baile.

Y, aunque dudaba que hubiera alguien conocido estando tan lejos de su hogar, nunca se podía estar seguro de ello.

Aunque, a decir verdad, el increíble vestido que le había prestado la señora Ashford junto al espléndido collar de perlas hacían que fuese casi imposible no reparar en ella, lo que la preocupaba sobremanera.

—Y hasta aquí los acompaño —concluyó Marguerite finalmente—. A partir de ahora, seguirán ustedes solos. Mi última recomendación es ¡que disfruten del baile!

Cuando la hermana de Francis los abandonó, Lenore sintió algo de vértigo, y sin ser muy consciente de ello, aferró con más fuerza el brazo del señorito Francis.

—No tema, señorita Gray, no la dejaré sola.

Lenore lo miró y lamentó profundamente haber mentido a ese muchacho cuyo corazón todavía era puro y limpio.

—Gracias —musitó, sintiendo que la garganta se le cerraba.

Continuaron avanzando por el largo corredor hasta llegar a lo alto de la escalera central.

Desde allí se divisaban las puertas de la mansión abiertas de par en par mientras un buen número de invitados eran recibidos por el servicio y acompañados al salón donde tendría lugar el baile.

A los pies de la escalera se encontraba el padre de los Cavendish junto a su primogénito.

Ambos inclinaban la cabeza para dar la bienvenida a los asistentes.

Lenore pensó que era una suerte que padre e hijo estuvieran ocupados en esos menesteres, pues le hubiera resultado muy embarazoso que la observaran mientras descendía los escalones.

De cualquier modo, no les sería fácil llegar al salón sin pasar junto a ellos y, por otra parte, antes o después tendría que encontrarse con el señor Cavendish, no podía evitarlo durante toda la noche.

No habían vuelto a verse desde su encuentro en la salita de pinturas.

Lenore todavía no sabía cómo sentirse al respecto.

No obstante, en el momento en que empezó a descender la escalera, Edmund se giró, como si alguien acabara de advertirle que debía hacerlo.

Sus miradas se cruzaron y Lenore sintió la presión del corpiño impidiéndole respirar.

Intentó calmarse, desviando la mirada y centrándose en un punto cualquiera de la entrada, pero sus ojos se posaron en el busto que siempre solía estar oculto por un sombrero de copa.

Se dijo a sí misma que aquello era un error, que debía mantener la cabeza fría y desterrar los sentimientos que ese hombre despertaba en ella, pero no le resultaba nada fácil cuando sentía los ojos negros del señor Cavendish siguiendo cada uno de sus pasos.

Cuando finalmente logró llegar al final de la escalera, no le quedó más remedio que saludarlo. Él la miraba de una forma extraña.

—Está usted arrebatadoramente hermosa, señorita Gray. —Edmund inclinó la cabeza a modo de saludo y ella hizo lo propio, ruborizada por el abierto halago—. Francis, eres un hombre afortunado de poder disfrutar de una compañía tan especial.

—Lo sé, querido hermano —respondió el aludido, hinchando el pecho como un gallo presumido.

—Espero que no te importe permitir que te la robe un momento para gozar aunque sea de un solo baile a su lado.

—Si ella acepta, yo no tengo inconveniente. —Francis la miró con una amplia sonrisa—. No obstante, deberá bailar primero conmigo.

—¿Qué me dice, señorita Gray, me concederá un baile antes que a mi hermano o debo esperar a que lo haga primero con él?

—Yo... en realidad... no tenía intención de...

—Tal vez deberíais dejar de abrumar a la señorita Gray con vuestros ofrecimientos —intervino Cavendish padre con voz grave, y Lenore nunca se alegró tanto de escuchar su voz—.

Estoy seguro de que es una joven muy capaz de decidir por sí misma con quién desea bailar y con quién no, y os lo hará saber a su debido tiempo.

Y ahora es momento de seguir dando la bienvenida al resto de los invitados. Si nos disculpa, señorita.

Las palabras cordiales que le dirigió la dejaron casi tan descolocada como lo había hecho la disputa de los hermanos por saber a quién iba a conceder su primer baile, por lo que a duras penas consiguió hacer una inclinación de cabeza antes de darse la vuelta para dirigirse al salón.

Cuando atravesaron las puertas dobles de madera oscura, descubrieron la suntuosidad de aquella mansión en todo su esplendor.

Lenore había recorrido decenas de veces la sala principal, pero nunca había disfrutado de ella decorada con todo lujo de detalles, haciendo muestra de la grandiosidad de los Cavendish.

El amplio espacio se veía interrumpido por las columnas corintias que sostenían el alto techo.

Las paredes estaban cubiertas de seda en tonos verde esmeralda y sobre ellas relucían las molduras doradas de los espejos, que multiplicaban la luz de la impresionante lámpara que colgaba del techo.

En los laterales descansaban sillones tapizados y mesitas con copas y bandejas de porcelana con fruta confitada.

Lenore sonrió al percatarse de que finalmente Marguerite había elegido la vajilla que ella le había aconsejado.

Lirios, rosas y camelias impregnaban el aire con su perfume, mezclándose con el aroma de la cera derretida y el barniz de la madera. Aunque era el primer baile que Lenore vivía en Rosegate Manor, todo aquello le resultaba tremendamente familiar. Era el olor a casa.

Al fondo, violines, flautas y cellos se preparaban para ejecutar la primera de las piezas que sería la alegría y el regocijo de cuantos se hallaban en aquel lugar.

Lenore dirigió una mirada rápida a su alrededor, temiendo encontrarse con alguna cara conocida. Conforme vio a damas y caballeros pasar a su lado sin reconocer ni uno solo de sus rasgos, su espíritu se fue serenando lentamente.

Poco después, se hallaba junto a Francis en el centro del salón, contemplando la entrada de Cavendish padre y su hijo, junto al resto de los invitados.

Desde donde se encontraba, pudo ver con claridad cómo los ojos de Edmund recorrían la sala y no se detenían hasta tropezarse con los suyos. Ella desvió la mirada rápidamente.

Entonces fue cuando la vio.

El porte regio y el tocado de plumas malva la hacían inconfundible, pero Lenore solo reparó en la mirada intrigada que le dirigía su tía Augusta desde el extremo opuesto del salón.

No podía acercarse a ella ni explicarle por qué participaba en aquel baile, ni mucho menos el motivo que la había llevado a ostentar ese precioso vestido y aquel collar de perlas.

Resultaría demasiado llamativo que osara conversar con una dama de tal alta posición de forma tan directa, por lo que bajó la mirada mientras se mordía el labio inferior.

Tenía que encontrar la manera de hablar con su tía. Y debía hacerlo pronto.