La impostora Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Lenore se hizo a un lado para sortear al señor Cavendish, pero este puso una mano sobre su brazo para retenerla. Ella se quedó inmóvil; y con su corazón latiendo de manera frenética, posó la mirada sobre el punto donde él la estaba tocando.

El señor Cavendish retiró la mano al instante.

—Comprendo... —murmuró, y tuvo que aclararse la garganta para continuar con voz más firme—.

Comprendo que Francis sea su única preocupación, y es precisamente por todo lo que ha hecho por él por lo que me siento tan agradecido.

Yo... nunca lo había visto tan feliz. Y no sabe lo que eso significa para mí.

Por eso le ruego que acepte mis disculpas por no haberla tratado como se merece.

Los ojos del señor Cavendish seguían clavados en ella como estacas de tinta. Lenore se desarmó al recordar que ese hombre había tomado la decisión de abandonar su hogar y las comodidades que Rosegate le ofrecía cuando supo que su hermano había sido internado en un colegio londinense.

Apartó la vista y dio un largo suspiro antes de verse con fuerzas para volver a mirar al señor Cavendish.

—Disculpas aceptadas.

La comisura del labio de él se elevó mientras sus ojos permanecían fijos en los de ella.

Edmund Cavendish sonriéndole suponía una imagen inaudita. De repente, su rostro ya no parecía el de una estatua griega, elegante y fría. No. Ahora se veía cálido y galante, con los mechones oscuros acariciando su frente y una noche de verano danzando en sus ojos.

No fue consciente del tiempo que llevaba observándolo hasta que el señor Cavendish carraspeó. Ella apartó la vista sin saber bien dónde fijarla.

—Si tiene a bien acompañarme —dijo él haciéndose a un lado—, me gustaría mostrarle mi agradecimiento enseñándole algo.

—Lo cierto es que debería ir a ayudar a su hermana con...

—Estoy seguro de que Maguy seguirá necesitando de usted dentro de unos minutos, ¿qué me dice?

Lenore intentó no volver a mirar el rostro del señor Cavendish, pero finalmente no pudo evitarlo, y al hacerlo no tuvo más remedio que aceptar su invitación con un asentimiento de cabeza.

Edmund sonrió levemente y le ofreció su brazo.

El suavísimo tejido de su chaqueta le acarició la mano cuando la joven lo aceptó y salieron juntos del comedor.

Ascendieron por la escalera hasta el segundo piso, giraron a la izquierda para recorrer el largo pasillo y Lenore se dejó guiar hasta una habitación situada al fondo de este.

Volvió la cabeza un par de veces durante el trayecto, porque era consciente de que por aquella parte de la casa no había nadie.

Cuando el señor Cavendish metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una llave, ella dio un paso atrás; él no se dio cuenta y, simplemente, la introdujo en la cerradura y la giró.

La puerta se abrió con un quejido, muestra de que aquella habitación no se usaba de forma asidua. La luz apenas atravesaba las tupidas cortinas que ocultaban los ventanales, lo que sumía aquella polvorienta sala en la penumbra, apenas rota por un par de rayos de sol.

—Usted primero —la invitó el señor Cavendish.

Lenore no se movió un ápice de su sitio. Había escuchado historias acerca de los hombres que se aprovechaban de las muchachas del servicio, pero nunca había querido creer que fuesen ciertas. Ahora, en cambio, estaba viviendo su propia pesadilla.

Pero ella no era una inculta a la que se pudiese engañar con halagos y falsa gratitud. No, ella tenía muy claro lo que hacer, sin importarle si perdía su empleo por defender su honor.

Se giró en redondo y elevó el mentón, enterrando su decepción y haciendo acopio de todo su coraje.

—Puede que el numerito de caballero arrepentido le haya dado resultado con alguna criada desafortunada, pero sepa usted que no será así conmigo.

No soy tan estúpida como para creer que ha cambiado la opinión que tiene de mí solo por pedirme disculpas mientras se atragantaba con su propia saliva, y menos aun cuando me ha ignorado por completo durante los últimos días.

—El señor Cavendish abrió la boca para decir algo, pero Lenore lo ignoró y siguió hablando con más fervor—.

Olvídese si cree que voy a caer rendida a sus pies o que pienso acceder a entrar a una habitación a oscuras con su única compañía.

Porque ni es usted lo suficientemente atractivo como para que lo haga ni todas las promesas que se invente me arrastrarán a hacerlo.

Lenore se giró para dar la espalda al señor Cavendish cuando él habló con voz queda:

—Siento que me tenga en tan baja estima, señorita Gray. —Ella se volvió para replicarle, pero no tuvo tiempo de hacerlo porque él entró con paso decidido a la habitación y descorrió las cortinas con un enérgico movimiento—. Tan solo deseaba mostrarle el taller de pintura de mi difunta madre.

La boca de Lenore se fue cerrando lentamente según iba siendo consciente de lo que acababa de suceder. Había insultado de la peor manera posible al señor Cavendish.

Sin darse cuenta de lo que hacía, Lenore fue internándose en aquella sala llena de lienzos ocultos bajo sábanas blancas.

Pinturas resecas sobre paletas y pinceles metidos en vasos vacíos completaban la imagen de un lugar idílico para cualquier artista.

En uno de los rincones se podía ver, sobre un caballete, el retrato de una mujer.

Lenore se acercó y lo contempló largamente.

—Es...

—Mi madre —completó Edmund situándose a su lado.

Los ojos azules y la tez pálida de aquella hermosa mujer le resultaron sumamente familiares.

—Francis se parece tanto a ella...

—Lo sé, es su vivo retrato.

Lenore se volvió hacia el señor Cavendish, que contemplaba el cuadro con un brillo especial en los ojos. Cuando él se giró para mirarla, Lenore apartó la vista.

—Yo... siento lo que he dicho...

—¿Se refiere a lo de que no soy lo suficientemente atractivo?

Lenore levantó la cabeza como un resorte y sus mejillas amenazaron con estallar en llamas cuando vio la media sonrisa del señor Cavendish. Bajó de nuevo la mirada, incapaz de enfrentarse a la de él.

—Me... me refería a que yo... que usted...

—No se preocupe, la culpa es mía. Debí haberle explicado dónde pretendía llevarla.

—Lenore alzó la cabeza de nuevo y esta vez pudo sostener la mirada de Edmund, que sonreía abiertamente—.

Aunque supongo que debe tener muy mala opinión de mí cuando me cree capaz de hacer cosas tan horribles como las que ha insinuado.

—Yo no tengo mala opinión de usted —se defendió ella, pero vio el brillo divertido en los ojos de él y supo que solo bromeaba.

—¿No? Y entonces ¿qué es lo que opina de mí, si puede saberse?

Lenore abrió la boca dispuesta a responderle, pero aquello era terreno pantanoso, así que decidió meditar bien su respuesta.

—Veo que no lo tiene muy claro —añadió él, ampliando su sonrisa.

Así no podía pensar con claridad.

Él caminó hasta el amplio ventanal que ahora permitía pasar la luz del sol y le hizo un ademán con la cabeza para invitarla a acercarse.

Lenore lo hizo y vio desde allí el pequeño jardín al que solía ir a pintar y del que tanto disfrutaba. El arco de rosas, los bancos de piedra, el camino de grava..., su pequeño refugio.

—Ese era el jardín donde mi madre solía pintar cuando no lo hacía en esta sala. —Edmund se volvió hacia ella y la miró con intensidad—. Tal y como hace usted.

Lenore apartó la vista de la ventana y posó los ojos en los de él.

Quiso decir algo, pero no encontró nada apropiado, así que dejó que el silencio se extendiese sobre ellos mientras los rayos de sol acariciaban su piel.

Casi sin ser consciente, Edmund dio un paso al frente y se acercó a ella un poco más. Y entonces...

—¡Señorita Gray!

La voz de Francis resonando por el pasillo la hizo volver a la realidad y separarse de forma brusca del señor Cavendish. Sintió el rubor de sus mejillas y pidió al cielo que Francis no la descubriese allí, en aquella habitación.

—No... no deberíamos estar aquí —dijo ella, dándose la vuelta y caminando hacia la puerta.

—No se apure, nadie sube nunca a esta sala.

—No se trata de que nos descubran en este lugar, sino de que resulta del todo inapropiado que estemos... a solas.

Lenore sintió de nuevo el calor en sus mejillas, incapaz de volver el rostro al señor Cavendish, que de repente parecía no escatimar en sonrisas, y se marchó sin añadir nada más.