Capítulo 17
L enore había intentado retrasar lo máximo posible el momento de bajar a tomar el desayuno.
Prefería no encontrarse con nadie y, puesto que una de las criadas le había dado aviso de que Francis había pasado la noche con sus vecinos y todavía no había regresado, no sentía la obligación de compartir mesa con ninguno de los habitantes de la casa.
El baile Cavendish había sido el tema central durante las últimas semanas.
Hacía años que no se celebraba un evento así en Rosegate Manor, lo que elevaba las expectativas de todos.
Esto había hecho que la señora Ashford no dedicase un segundo de su tiempo a otro asunto.
La señorita Deveraux, que para disgusto de Lenore seguiría alojada allí hasta después del baile, se había encargado de acompañar a la señora Ashford en todos los preparativos.
De vez en cuando, Marguerite había vuelto a solicitar su opinión, pero la señorita Deveraux se encargaba de opinar por las tres.
Por supuesto, siempre optaba por las opciones más ostentosas: candelabros de cristal tallado, centros de mesa con flores exóticas, figuras de azúcar importadas de París...
Tan solo unos meses atrás, y aunque nunca lo admitiría en voz alta, Lenore habría estado de acuerdo con la mayoría de sus elecciones.
Pero lo cierto es que ya no era la dama que había organizado grandes bailes y, no poco sorprendida por ello, su estancia en Rosegate la había enseñado a apreciar la belleza de lo sencillo.
De cualquier modo, la mañana ya estaba muy avanzada, y no podía retrasar por más tiempo la salida de su alcoba o todos pensarían que era una mujer dada a la holgazanería, lo cual estaba muy lejos de ser cierto.
No sin antes dejar escapar un largo suspiro, abandonó su habitación y descendió uno a uno los escalones de reluciente mármol que la conducirían directamente hasta el comedor. Por suerte, solo la señora Ashford se encontraba allí.
—Buenos días, querida. Me alegro de que haya llegado a tiempo para tomar el desayuno conmigo. Odio comer sola. Además, tenemos mil cosas que decidir todavía. El baile es esta misma noche y no podría soportar la idea que algo saliera mal.
—Buenos días, señora Ash...
—Oh, ya sabe que puede llamarme Marguerite, entre nosotras no son necesarias tales formalidades. Es usted casi como de la familia.
Lenore sonrió, pero sabía que esas palabras estaban muy lejos de ser ciertas. Ni siquiera al propio Francis se lo consideraba un miembro de la familia con pleno derecho. Muchísimo menos a ella, que no era más que una simple institutriz en cuya presencia apenas reparaban los habitantes de Rosegate.
—... y es una lástima que nos hayamos quedado tan solas usted y yo, ¡con todo lo que hay que hacer!
En fin, de nada sirve lamentarse —continuó la señora Ashford en lo que parecía ser un monólogo eterno—.
Sin embargo, no conviene demorarnos, hoy es la gran noche y aún quedan algunos detalles que deberíamos dejar cerrados cuanto antes.
Yo creo que podríamos aprovechar la ausencia de Francis para...
—No sabrá usted el motivo que lo retiene en casa de los señores Moore, ¿verdad? —la cortó Lenore, a sabiendas de que la señora Ashford era de esas personas que no se molestaban por ser interrumpidas. Al contrario, eso les daba un nuevo motivo para seguir hablando.
—Oh, no podría afirmarlo con seguridad, pero me atrevería a decir que Frankie busca lo que cualquier muchacho de su edad.
La señora Ashford se metió en la boca un pastelito de mantequilla mientras dirigía una mirada cómplice a Lenore. Ella, en cambio, se quedó mirándola fijamente.
—Desconocía que los señores Moore tuvieran una hija de la edad de su hermano —dijo al tiempo que se servía una taza de té.
—¿Una hija? —Marguerite depositó su taza de porcelana sobre la mesa—. No tienen ninguna hija. Ni hijos tampoco. El destino a veces es así de injusto, ¡qué le voy a contar a usted! Tan joven y condenada de por vida a permanecer soltera y cuidar de los hijos ajenos.
Lenore decidió ignorar la apreciación de aquella mujer. No quería mirar al futuro y pensar que esa era la única salida que le ofrecía.
—Entonces... —se aventuró Lenore, pero la señora Ashford la interrogó con la mirada—. Ha dicho que Francis buscaba lo que cualquier muchacho de su edad...
Marguerite tardó un momento en contestar, pero cuando lo hizo una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Un buen traje, señorita Gray. Francis solo quiere destacar en el baile de esta noche.
Imagino que tendrá en mente alguna chica a la que conquistar y desea desplegar ante ella todos sus encantos.
Y no hay mejor manera de hacerlo que luciendo un aspecto deslumbrante.
—Marguerite se dio unos toques en los labios con la esquina de su servilleta y se volvió hacia Lenore—.
Y usted ¿ha pensado ya qué va a ponerse?
Ella bajó la mirada hacia su sencillo vestido de lana gris, nada apropiado para un baile, desde luego.
—¿No me irá a decir que pensaba acudir así?
—exclamó la señora Ashford abriendo mucho los ojos—.
Todo el mundo lucirá sus mejores galas. Imagínese, la señorita Deveraux ha obligado a su hermano a partir a primera hora de la mañana a Londres con la única intención de acompañarla a recoger un vestido.
Me ha dicho que era de seda importada de Francia y que lo guardaba para lucirlo en una ocasión especial.
Ya habrá supuesto usted que los hermanos Deveraux tienen raíces francesas y ya sabe lo que se dice de ellas...
—Lenore frunció el ceño sin comprender. La señora Ashford se acercó y le confió en apenas un susurro—: Que usan sus deslumbrantes vestidos para cazar marido.
Lenore estuvo a punto de soltar que no le importaba lo más mínimo lo que hiciera la señorita Deveraux, pero se contuvo y tan solo carraspeó antes de hablar:
—No tengo más vestidos que los propios de una institutriz; porque, como comprenderá, no pensaba acudir a ningún baile.
—Por supuesto, querida, por supuesto. —Le sonrió Marguerite con amabilidad—. Y no debe preocuparse por ello. Estoy segura de que encontraremos algo para usted.
—Se lo agradezco mucho, pero no es necesario que...
—Por supuesto que lo es, ¡faltaría más! Su intervención fue crucial para que este baile se llevara a cabo. Bien merece usted lucir en todo su esplendor.
Lenore sonrió. Sabía que era inútil llevarle la contraria a la señora Ashford, pero también sabía que era imposible encontrar un vestido para ella con tan poco tiempo de antelación. Sin embargo, decidió agradecer el interés de aquella mujer.
—Es usted muy amable.
—Tonterías. —Marguerite agitó la mano restándole importancia al asunto—. Solo hago lo que es de justicia.
—¿Qué es de justicia?
El señor Cavendish entró al comedor y Lenore bajó la mirada de manera instantánea hacia su taza de té.
—Oh, Ed, cuánto agradezco tu llegada. —Marguerite se puso en pie—. Acabo de concluir mi desayuno y no quería dejar sola a la señorita Gray, pero no puedo demorar por más tiempo mis obligaciones. Tengo un baile que preparar.
Y con sus últimas palabras dibujó una sonrisa y guiñó un ojo a su hermano, dispuesta a abandonar la sala.
—En realidad, yo... —comenzó a decir Lenore.
—No, no. Ni se le ocurra moverse, apenas ha tomado dos sorbos de té —la regañó Marguerite como lo haría una madre—. Seguro que a Edmund no le importará acompañarla. Además, es consciente de que un caballero que se precie jamás dejaría desayunando sola a una dama.
El señor Cavendish inclinó la cabeza en dirección a su hermana, pero dirigió una mirada de reojo a Lenore, que contenía el aliento.
—Por supuesto, Maguy, tienes toda la razón.
—Lo sé, siempre la tengo —apostilló la señora Ashford antes de desaparecer por la puerta.
Cuando el señor Cavendish se sentó en una de las sillas más cercanas a la puerta, Lenore bajó de nuevo la vista hacia su té, que empezaba a quedarse frío, mientras sopesaba la mejor forma de abandonar el comedor sin parecer demasiado descortés.
Aunque lo cierto era que aquel hombre llevaba días ignorándola, exactamente desde que había regresado acompañado de...
sus amigos. No tenía sentido que se sintiera violenta por permanecer en silencio o por abandonar al señor Cavendish cuando él, literalmente, no le prestaba la más mínima atención.
Con este pensamiento, se puso en pie dispuesta a marcharse sin mediar palabra. No le debía nada a aquel hombre, por mucho que su amigo, el buen señor Deveraux, se empeñara en hablar de él como si fuera la mejor persona del mundo.
Sin embargo, apenas había dado su primer paso cuando las palabras del señor Cavendish la hicieron detenerse.
—Todavía no he tenido la oportunidad de darle las gracias por todo lo que ha hecho por... nosotros.
Lenore se congeló en el sitio, e inmediatamente rememoró la conversación que el señor Deveraux había tenido con ella el día anterior. No podía ser casualidad. Estaba claro que su amigo había obligado al señor Cavendish a decir aquellas palabras.
No supo si reír o indignarse.
—No tiene nada que agradecerme. Y ahora, si me disculpa...
Lenore inclinó la cabeza y se encaminó hacia la puerta, pero Edmund le cortó el paso.
—Sé... que no le he... —El señor Cavendish bajó la mirada hacia sus botas de cuero pulido—. No le he prestado la suficiente atención estos últimos días.
¿Atención? La desconcertaron las palabras que había escogido, y era evidente que no le resultaba agradable pronunciarlas. Pronto, la sorpresa dio paso a la irritación.
—En efecto, no, no lo ha hecho. —El señor Cavendish alzó la cabeza y clavó sus ojos negros en ella, lo que la obligó a tragar saliva para poder continuar—: Pero, a decir verdad, me importa muy poco si lo hace o no. Mi único cometido en esta casa tiene que ver con su hermano menor, no con usted.