Capítulo 16
D esde la llegada de los Deveraux a la mansión Rosegate, Lenore se había limitado a salir de su alcoba exclusivamente para acudir a la sala donde ella y Francis se ocupaban de sus clases.
No había vuelto a dar paseos por el jardín ni se había acercado al pueblo a enviar la misiva que escribió a su tía días atrás.
De hecho, sus sentimientos habían cambiado tanto que no pensaba enviarla.
La tenía guardada en el cajón del tocador e intentaba olvidarse de ella por completo.
Aunque el señorito Francis se esforzaba por amenizar sus días acercándose a visitarla a su habitación más allá de lo que se consideraba prudente, no podía negar que se sentía muy sola.
En menos de una semana había pasado de creer que se había hecho un hueco en la familia a comprender que nadie reparaba en su ausencia.
Es cierto que acudía rigurosamente a las comidas familiares, pero lo hacía solo porque sabía que su padre no dejaría ir a Francis si ella no asistía.
Sin embargo, se mantenía en un estricto silencio y nadie le dirigía la palabra.
Era como si todo el mundo la hubiese olvidado, como si fuese un espíritu que vagaba por la casa al que nadie podía ver ni oír.
Esa era la vida de la servidumbre, pensó.
Hombres y mujeres ignorados durante toda su vida que se limitaban a cumplir con su deber sin que nadie les dirigiera una palabra de gratitud.
Porque, al igual que nadie se molesta en agradecer al aire que penetra en sus pulmones y lo mantiene con vida, tampoco los señores reconocen a sus criados la labor que día a día desempeñan para que todo salga a la perfección.
Hundió las manos en su rostro mientras el corazón se le encogía lentamente. Le dolió aquella injusticia que ella misma había cometido durante años y que ahora se volvía en su contra.
Cuando logró serenarse, se puso en pie y se situó frente a la ventana de su habitación.
Contempló el cielo despejado y el sol que bañaba el jardín de la parte trasera de la casa, tiñendo de dorado los rosales.
Era hermoso, sí, y había disfrutado de las mañanas de paseo al aire libre, pero la presencia de los nuevos inquilinos era un amargo recordatorio de que nada de aquello le pertenecía.
Ni los rosales, ni el banquito donde solía pintar, ni siquiera su propia alcoba.
Todo le podía ser arrebatado en cualquier momento.
Tal vez lo más sensato sería abandonar Rosegate Manor y volver a casa, después de todo. Tal vez su padre hubiera cambiado de opinión y...
Era una ilusa. Hacía más de dos meses que había tomado su decisión, y eso había modificado su vida para siempre. Ya no había vuelta atrás.
—¿Señorita Gray? —Unos golpes en la puerta acompañaron a la adusta voz del ama de llaves.
Lenore se limpió las mejillas antes de dar su permiso para que entrase la mujer.
—La señora Ashford reclama su presencia. Inmediatamente. La espera en el salón.
Una inclinación de cabeza bastó para que la enjuta mujer se diera la vuelta y se marchase sin despedirse.
Lenore se acercó al tocador para recogerse los cabellos que se habían soltado del moño. Su tiempo tampoco le pertenecía, después de todo. Dejó escapar un profundo suspiro antes de salir de la alcoba.
—Oh, señorita Gray, cuánto nos alegramos de que haya podido bajar —exclamó Marguerite volviéndose hacia la puerta cuando Lenore accedió al salón—. Temíamos que hubiera enfermado, apenas se la ve estos días.
A pesar de las palabras de la señora Ashford, estaba claro que la señorita Deveraux no sentía la misma ilusión por verla que ella.
—Le dije que no debíamos molestar a la institutriz —dijo, con falsa modestia, la hermosa dama—. Nosotras mismas podríamos...
—He estado algo indispuesta, pero ya me encuentro mucho mejor.
El gesto contrariado de la señorita Deveraux bien merecía esa pequeña mentira.
—Eso es estupendo, querida, estupendo. —Marguerite señaló a Lenore la vajilla que había sobre la mesa—. No conseguimos decidirnos por una de estas dos. ¿A usted qué le parece?
Lenore paseó la mirada por la vajilla, así como por la cubertería y la cristalería que estaban desplegadas sobre la mesita. Sin duda, ambas eran de un gusto exquisito.
—A mi querida amiga Isabeau le gusta más una de ellas, pero yo prefiero la otra —añadió con una preocupación exagerada para el tema en cuestión—. Por eso he decidido llamarla, para que ponga fin a la tesitura en que nos hallamos.
A Lenore le hubiese gustado saber cuál de las dos era la opción elegida por la señorita Deveraux, solo para señalar la otra.
Pero la señora Ashford no añadió nada más, y sabía que preguntárselo mostraría una deficiente educación por su parte.
Por ello, se limitó a observar detenidamente y a procurar ser lo más sincera posible, rogando en su interior que sus gustos no coincidieran con los de esa odiosa mujer.
A la derecha, una vajilla de porcelana blanca con filigranas plateadas se extendía sobre el mantel. El conjunto desprendía un aire de ostentación discreta: las copas, altas y finas, estaban grabadas con un motivo de hojas de acanto que centelleaban bajo la luz de los candelabros.
A la izquierda, en cambio, la porcelana lucía un tono marfil suavemente cálido, decorada con guirnaldas de flores pintadas a mano en tonos malva y verde que a Lenore le recordaron a los campos de lavanda de su hogar. Aquella vajilla no era tan elegante como la otra, desde luego.
Lenore no tardó en decidir cuál prefería, aunque se cuidó mucho de que su expresión no lo delatara de inmediato. Después de unos minutos de silencio en los que la amiga del señor Cavendish no dejó de removerse, ajena a la meticulosa observación que Lenore estaba llevando a cabo, anunció:
—Esta, sin duda. La porcelana con motivos florales tiene algo acogedor; creo que aportará un toque alegre a su baile, señora Ashford.
Marguerite se volvió hacia la señorita Deveraux, y Lenore temió haber coincidido con ella. Pese a que el silencio apenas duró unos segundos, fue suficiente para que su corazón se detuviera.
Sin embargo, la señora Ashford sonrió complacida.
—Justo lo que pensaba, querida. Sabía que comprendería mi punto de vista.
Oh, no sabe cuánto lo lamento, querida Isabeau.
—La señora Ashford se volvió hacia su nueva amiga y le cogió las manos—.
Pero no debe entristecerse por ello. Hay muchas otras decisiones que tomar para el baile: está la música, la decoración, los aperitivos...
—No se apure, Marguerite, no estoy molesta en modo alguno, y puede seguir contando con mi ayuda en todo cuanto precise. No pienso dejarla sola.
—Es usted todo corazón, querida.
—Será el mejor baile del verano. Tan solo necesita organizarlo con la ayuda de una dama de verdad, y para eso me tiene a mí.
La señorita Deveraux tomó del brazo a la señora Ashford y la condujo hasta la mesa, donde le señaló una mantelería que, para el gusto de Lenore, era demasiado recargada.
Viendo la escena que sucedía justo delante de ella comprendió que su momento había pasado.
Solo habían precisado su opinión y, una vez dada, podían prescindir de su persona.
Dirigió una última mirada a las dos mujeres, que parecían haber sido amigas desde siempre, y lanzó un profundo suspiro.
Cuando se dio la vuelta, dispuesta a abandonar el salón, estuvo a punto de chocar contra alguien.
Edmund Cavendish.
Llevaba su sombrero de copa en la mano, como si estuviera a punto de salir, y la miraba fijamente con sus ojos negros. Lenore se quedó inmóvil, sin saber qué decir ni qué hacer, limitándose a devolverle la mirada.
—Sería bueno que... —El señor Deveraux caminaba detrás de su amigo y se detuvo al ver que este no se movía. Se asomó por encima del hombro de Edmund y la vio—. Ah, señorita Gray, es usted.
Lenore desvió la vista hacia el señor Deveraux y se las ingenió para inclinar la cabeza, todavía incapaz de articular palabra.
—Ed, ¿qué hacéis aquí? —La señorita Isabeau reclamó la atención del señor Cavendish, y este desvió la mirada hacia ella, pero no se apartó de la puerta.
—Veníamos a invitaros a dar un paseo —respondió el señor Deveraux internándose en el salón mientras pasaba junto a su amigo—. Hace una mañana estupenda.
—Imposible, señor Benoit, tenemos un millar de cosas que preparar —replicó la señora Ashford señalando la vajilla que descansaba sobre la mesa.
—No creo que esos platos se muevan de aquí, querida Marguerite —adujo la señorita Deveraux colgándose del brazo del señor Cavendish—. Cuando volvamos, podremos seguir con nuestras tareas.
—Pe-pero...
—Si lo desea —atajó Lenore—, yo puedo quedarme con usted.
Marguerite sonrió con amabilidad mientras dejaba caer ligeramente los hombros.
—Lo cierto es que creo que debería venir con nosotros, señorita Gray. —El señor Deveraux se adelantó y le tendió el brazo—. Últimamente se la ve salir poco de su alcoba, y eso no es nada bueno para su salud.
—Benoit, si la institutriz ha dicho que se queda, no deberías obligarla a hacer algo que no desea —afirmó la señorita Isabeau con un tono que denotaba su desagrado.
—¿Qué me dice? —insistió el señor Deveraux ignorando a su hermana.
Lenore desvió solo un instante la vista hacia el señor Cavendish, pero fue suficiente para comprobar que su rostro estaba más serio que de costumbre. Cuando miró de nuevo al señor Deveraux, negó con la cabeza.
—Se lo agradezco mucho, pero...
—Tienen razón, querida, debería ir con ellos. —Marguerite se había acercado a ella y le sonreía con cariño—. Un paseo le sentará bien y acabará por solucionar ese malestar que ha sentido estos días.
Lenore creyó ver por el rabillo del ojo que el señor Cavendish le dirigía una mirada, pero para cuando dio las gracias a la señora Ashford por su interés y se despidió de ella, Edmund ya había abandonado el salón junto a la señorita Deveraux.
A Lenore no le quedó más remedio que aceptar el brazo del señor Deveraux y emprender un paseo del que estaba segura se arrepentiría el resto de su vida.
—No sabía que hubiese estado indispuesta, señorita Gray —le dijo el señor Deveraux una vez que salieron de la casa.
—No ha sido nada, solo algo de cansancio.
—Supongo que debe ser agotador impartir lecciones durante todo el día.
Sorprendida, Lenore giró la cabeza hacia el señor Deveraux, cuyos ojos grises sonreían con calidez.
—Se equivoca, Francis es un muchacho muy aplicado. Sus conversaciones son de lo más interesantes y, aunque detesta la geografía y la literatura, le apasiona hablar de filosofía y matemáticas.
—Es un amante de los números, entonces.
—Parece que sí. Aunque el pensamiento humano también le atrae.
Las grandes preguntas que se ha hecho el hombre a lo largo de la vida.
—La vista de Lenore se perdió en algún punto del horizonte—.
¿Quiénes somos? ¿Hacia dónde vamos? Me hubiese gustado que estuviera aquí esta mañana para que nos hubiese acompañado, lástima que haya tenido que ir a visitar a los señores Moore.
Habría podido comprobarlo por usted mismo.
Lenore se percató entonces del silencio que se había instalado y volvió la cabeza hacia el señor Deveraux. Él la miraba de una forma extraña, casi con diversión.
—Ahora entiendo lo que quería decir mi buen amigo Edmund cuando me hablaba de usted.
—De... ¿de mí?
—No dejó de hacerlo desde que vino a Londres.
Lenore dirigió la vista al frente, donde caminaban el señor Cavendish y la señorita Deveraux. Hablaban en susurros y de vez en cuando miraban hacia atrás para después soltar una alegre carcajada.
—Ya, imagino lo que le habrá contado —aseveró ella, recordando el ultimátum que le había dado a su padre cuando intentó que la despidiera.
—Pues sí, me lo contó todo. —El señor Deveraux sonrió mirando hacia delante—. Jamás había escuchado de su boca tantos halagos, créame, Edmund no es dado a mencionar las virtudes de otro sin estar convencido de ello.
—¿Virtudes?
—No sea modesta, señorita Gray. Me contó que ha conseguido doblegar al obstinado Cavendish padre, que por fin ha permitido que el hermano de mi buen amigo ocupe su lugar en la familia, algo por lo que él lleva luchando más de dos años y ha sido incapaz de lograrlo.
—Soltó una carcajada, pero entonces su mirada adquirió un tinte pensativo y su tono se suavizó—.
De hecho, ese fue el detonante que empujó a Edmund a abandonar su hogar.
Se negó a seguir viviendo en Rosegate cuando supo que su hermano había sido internado en un colegio londinense.
Abandonó su casa y todas las comodidades que esta le ofrecía y se limitó a regresar para las vacaciones de verano, cuando lo hacía Francis.
—Dirigió una mirada cargada de compasión hacia Lenore—.
Fue duro para él comenzar desde cero en la bulliciosa Londres, créame.
—Yo... no sabía...
Lenore volvió a contemplar la figura del señor Cavendish, la silueta de sus hombros y su sombrero de copa recortados contra la luz de la mañana, y de repente ya no le pareció tan altiva.
—Pero no hablemos del pasado, sino del presente, señorita Gray, que parece ser mucho más luminoso.
Porque imagino que Edmund se habrá deshecho en elogios con usted.
—Las cejas de Lenore se elevaron—. No solo consiguió convencer a su padre de que admitiera a Francis, sino que a su regreso de Londres encuentra la feliz noticia del baile.
Tal acontecimiento era impensable que pudiera suceder en Rosegate, pero usted lo ha conseguido.
Supongo que Edmund ya le habrá dado las gracias convenientemente, ¿me equivoco?
El señor Deveraux se quedó mirándola y Lenore no supo cómo expresar lo que pensaba sin molestar a aquel hombre.
—Lo cierto es... que no me ha dicho nada. Pero tampoco espero que lo haga —trató de suavizar la situación al ver los ojos sorprendidos de su interlocutor—, todos sabemos que a una institutriz no se la tiene demasiado en cuenta.
—No puede ser cierto lo que me dice. —El señor Deveraux meneaba la cabeza con evidente disgusto—.
Ah, Edmund, tan valiente para unas cosas y tan...
En fin, no se apure, antes o después lo hará.
Mi buen amigo sabe otorgar el reconocimiento a quien se lo merece, como es su caso.
Tuvo usted una gran ocurrencia al pensar en un baile.
—Bueno, en realidad la idea partió de la señora Ashford, yo solo di un pequeño empujón al señor Cavendish.
El señor Deveraux soltó una profunda carcajada.
—¡Un pequeño empujón...! —Sacudió la cabeza de nuevo y Lenore no supo si sonreír o no—. Es usted realmente encantadora. No me extraña que el corazón noble y generoso de Edmund se deshaga en elogios cuando la menciona.
En la cabeza de Lenore se repitieron una y otra vez las palabras con la que el señor Deveraux acababa de describir a su amigo: un hombre de corazón noble y generoso. Un hombre bueno.
Cuando dirigió de nuevo la vista al frente y vio al señor Cavendish sonreír con evidente coqueteo a la señorita Deveraux, no pudo evitar preguntarse si ambos estaban hablando de la misma persona.