Capítulo 15
A nte la llegada de los nuevos comensales, Lenore decidió levantarse de su silla y dirigirse a la más alejada de la cabecera de la mesa, mientras que Francis ocupaba la contigua a ella.
Al otro lado del muchacho se colocó Edmund y, frente a él, la señorita Deveraux.
El señor Benoit tomó asiento junto a su hermana, lo que lo situaba frente a Francis.
Sin embargo, la silla que había delante de Lenore quedó vacía, lo cual ella agradeció profundamente.
Una vez que todos estuvieron acomodados, los sirvientes comenzaron a moverse de un lado a otro con presteza para dar comienzo al almuerzo. Se sirvió vino en las copas y un caldo de carne que desprendía un agradable olor.
Durante la comida, Lenore prefirió mantenerse callada y se limitó a escuchar cómo el resto de comensales conversaba con alegría.
Se habló del precipitado viaje de Edmund, de lo agradecido que estaba su amigo Benoit por haber acudido con tanta premura a su petición de ayuda, de cómo el señor Cavendish había tenido la amabilidad de invitarlos a pasar unos días en casa de su padre, de lo bueno que era el campo para olvidarse de los problemas...
Sin embargo, prácticamente la totalidad de la conversación la acapararon la señora Ashford y la señorita Deveraux, mientras que los hombres se limitaron a reír o negar las apreciaciones que tanto la una como la otra les hacían.
Lenore, por su parte, mantuvo la cabeza baja, y tan solo dirigió una mirada de soslayo de vez en cuando a los hermanos Deveraux.
En concreto a la mujer, que parecía ser el centro de atención de todas las miradas, lo cual era evidente que le agradaba sobremanera.
—Él mismo se lo puede confirmar, ¿no es cierto, padre?
—Marguerite se volvió hacia el señor de Rosegate, pero no dio tiempo a que este respondiera a su pregunta, puesto que se giró de nuevo hacia su hermano Edmund y añadió—: Será un baile modesto, desde luego, pero un baile al fin y al cabo. ¿No es maravilloso?
—Si tú lo dices, Maguy... —dijo el señor Cavendish con fingida desidia.
—Oh, Edmund, no seas tan desconsiderado —replicó la señorita Deveraux como si la ofensa hubiese sido dirigida a ella misma en persona. Después, se volvió hacia la señora Ashford y puso una mano sobre su hombro—. No haga caso a su hermano, querida, un baile siempre es una idea maravillosa.
—¿Verdad? Yo opino lo mismo. Es cierto que acarrea grandes preparativos, pero la señorita Gray me ayudará en todo. Me lo ha prometido.
Cuando Lenore escuchó su nombre, alzó la vista y pudo ver los ojos de la señorita Deveraux clavados en ella.
A su lado, la señora Ashford la miraba con una sonrisa radiante, y a ella no le quedó más remedio que responder con otra.
Sin embargo, la amiga de Edmund levantó la barbilla y se giró hacia Marguerite de nuevo.
—¿No es algo inusual que los miembros del servicio se sienten a la mesa junto a los señores?
A pesar de que esa mujer había bajado el tono de voz, estaba claro que no había sido suficiente y que todos habían podido escuchar su apreciación. Por supuesto, esa había sido su intención.
—Oh, querida, la señorita Gray no es parte del servicio, ella es la institutriz de mi hermano Francis.
Lenore giró la cabeza de manera instantánea hacia su pupilo y lo vio apretar los labios hasta formar una fina línea.
Recordó la señal y se tocó el lóbulo de la oreja antes de que al muchacho se le escapara alguna palabra inapropiada.
Al verla, el joven bajó la mirada hacia su plato y se obligó a continuar tomando su caldo.
—Entiendo... —musitó la señorita Deveraux—. No obstante, sigue siendo algo insólito que una institutriz colabore en la organización de un baile. ¿A ti qué te parece, Ed?
A Lenore le pareció que el señor Cavendish le dirigía una mirada fugaz, pero todo sucedió tan rápido que no podría haberlo asegurado sin temor a equivocarse. Lo que sí le pareció totalmente fuera de lugar era que la señorita Deveraux hubiese tuteado al primogénito de los Cavendish sin ningún pudor.
—¿No creerá que mi hermana hablaba en serio?
—Edmund soltó una sonora carcajada que a Lenore le pareció impropia de él—.
Una institutriz es la persona menos indicada para organizar un baile.
¿Qué sabrían ellas de música o de diversión?
No son más que mujeres taciturnas que se encierran en sus libros con intención de huir del mundo que las rodea.
—Lenore no podía despegar los ojos de él, aunque el hombre no la hubiese ni mirado mientras hablaba tan descaradamente de las mujeres que ejercían tan noble oficio—.
Está claro que Maguy intenta tomarle el pelo, pero lo que ella no sabe es que es usted demasiado inteligente para dejarse engañar.
Esta vez fue la señorita Deveraux la que lanzó una risa cantarina que hizo que hasta Cavendish padre despegara los ojos de su bistec y frunciera el entrecejo. Si había algo que molestaba a aquel hombre eran los sonidos fuera de lugar, y esa mujer era todo menos silencio y discreción.
—Eres incorregible, Edmund. Siempre lo has sido y siempre lo serás —sentenció con otra de sus alegres sonrisas.
Por su parte, Lenore se tragó el orgullo y decidió no contestar al señor Cavendish con alguna frase inapropiada que solo perjudicaría a Francis.
Pero eso no impidió que sus puños se cerrasen mientras sus ojos se clavaban en el rostro alegre de ese caballero.
No la conocía, y no podía permitirse la desfachatez de llamarla «taciturna» ni mucho menos afirmar que los libros eran su refugio para huir de la realidad.
Sin ser consciente de ello, soltó de golpe el aire que había estado conteniendo, lo que hizo que Francis le dirigiera una mirada de preocupación que ella ignoró deliberadamente. No tenía tiempo ni ganas de dar explicaciones, además de que aquel lugar no era apropiado para ello.
Volvió la vista hacia su plato sintiéndose estúpida.
Había estado a punto de mostrar un profundo agradecimiento al señor Cavendish.
Sin duda, cuando reconoció su culpa ante Marguerite o ante su padre, debió de sentir un impulso momentáneo.
Estaba claro que de ningún modo sus actos fueron motivados por el peso del remordimiento ni mucho menos por librarla de unas represalias que habrían sido totalmente injustificadas.
No, al señor Cavendish no le importaba en absoluto lo que le sucediera a ella. A ese hombre solo parecía importarle él mismo y esa dama con la que compartía sonrisas y halagos.
—Estoy segura de que a mi hermano le vendrá bien alejarse unos días del ajetreo de Londres —estaba diciendo la señorita Deveraux—. Es un hombre tan entregado a sus deberes que apenas tiene tiempo de disfrutar de la vida.
—No seas exagerada, Isabeau, todas las semanas asistimos a algún evento social.
Lenore se fijó en que el señor Deveraux no destacaba especialmente por su atractivo, la naturaleza parecía haberle otorgado ese privilegio a su hermana; no obstante, era un hombre de aspecto amable y mirada limpia, algo que no podía decirse de ella.
—De vez en cuando asistimos a una representación teatral, una ópera o quizá uno o dos conciertos, a lo sumo, al mes.
Señora Ashford, ¿no le parece insuficiente?
—Marguerite abrió la boca, pero no pudo decir nada, puesto que la señorita Deveraux enseguida añadió—: Y se hace llamar «mi hermano»...
Menos mal que cuento con la compañía de Edmund, él sí que sabe cómo entretener a una dama.
Tras estas palabras, la señorita Deveraux se volvió hacia Lenore y la miró con desidia, alzando una de sus cejas perfectamente perfiladas. La institutriz no pudo contenerse.
—Será una desgracia para usted, entonces, que la hayan arrastrado hasta este insólito lugar en mitad del campo donde sin duda no encontrará tales distracciones a su alcance.
Por un breve instante, la señorita Deveraux pareció sorprendida de que se atreviera a replicarle, pero enseguida recompuso su expresión vanidosa.
—Lo importante no es la calidad del evento, sino con quién se tiene la suerte de asistir. —Giró el rostro hacia el señor Cavendish y batió las pestañas con deliberada lentitud—. Y yo gozo de la mejor compañía de todas.
El señor Cavendish inclinó la cabeza con mesura; ella respondió con el mismo gesto antes de volverse de nuevo hacia Lenore.
—Pero no espero que una mujer como usted, habituada a la soledad y al aislamiento, comprenda a qué me refiero.
Lenore apretó los puños bajo la mesa.
—Puede que la entienda mucho mejor de lo que cree.
Francis carraspeó a su lado, y Lenore casi habría jurado que lo vio llevarse la mano a la oreja, pero se negó a apartar la mirada de la mujer, que la observaba desde unos asientos más allá.
—Permítame que lo dude —aseguró la dama meneando la cabeza con compasión—.
Entre usted y yo hay una diferencia tal que sería imposible que llegara a comprender mínimamente a lo que me refiero, por mucha imaginación que tuviera.
—Su tono se volvió más punzante—. La posición social es algo insalvable, y usted mejor que nadie debería saberlo si de verdad pretende mantener su puesto de institutriz durante mucho tiempo.
La espalda de Lenore se tensó; alzó el mentón con dignidad, aunque la sangre le ardía bajo la piel. ¿Cómo se atrevía aquella mujer...?
—No lo haga —musitó entre dientes el señorito Francis—. No permita que tire por tierra lo que tanto nos ha costado conseguir.
El silencio cayó sobre la mesa como una pesada manta.
Los ojos de la dama seguían clavados en ella, brillando con provocación.
Su tono había sido de fingida lástima, casi como si se compadeciese de ella, pero a Lenore no la engañaba esa fachada inocente.
Ambas sabían que su intención había sido de todo menos altruista.
Lenore cogió aire y lo soltó lentamente. Francis tenía razón, no podía dejarse arrastrar por una presuntuosa y deslenguada mujer que no sabía nada de su vida.
Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, bajó la mirada y se limitó a terminar el almuerzo en el más absoluto de los silencios.
No volvió a dirigir la mirada hacia la señorita Deveraux ni mucho menos hacia el señor Cavendish.
Se limitó a remover las patatas que acompañaban al bistec de un lado a otro y aferrarse a los cubiertos de plata con fuerza cada vez que las carcajadas de la señorita Deveraux trinaban en la sala, agudas como el tañido de una copa de cristal.
Cuando el resto de los comensales había abandonado el comedor, Francis se volvió hacia ella y le dijo:
—Apenas ha probado bocado, Le... señorita Gray.
—No tengo apetito.
El muchacho guardó silencio durante un tiempo tan largo que Lenore pensó que no iba a añadir nada más. Cuando habló, lo hizo con un lánguido suspiro.
—Espero que el resto de comidas en familia no sean como esta, porque empiezo a pensar que estaba mejor antes.
Lenore se volvió hacia él. Tenía los hombros hundidos.
—No debe hablar así, señorito Francis, su lugar está aquí, con su familia.
—Ella bajó la vista antes de añadir—: Como ya le dije una vez, es cierto que a veces la familia puede ser...
irritante. Incluso sucede que en muchos casos sus opiniones difieran por completo de las nuestras; pero, a pesar de las diferencias, ellos siguen siendo lo más importante de nuestras vidas, porque su amor es incondicional.
El silencio volvió a dominar el salón por completo, roto solo por alguno de los sirvientes que trataba de recoger la mesa.
—¿Usted tiene familia?
Lenore alzó la mirada y descubrió los ojos azules del muchacho clavados en ella. Mostraban una auténtica preocupación, no solo mera curiosidad, lo que la conmovió en lo más profundo.
—Sí, la tengo. Pero... —tragó saliva con dificultad— es una larga historia. Y se ha hecho muy tarde, deberíamos retirarnos.
—Me la contará algún día, ¿verdad?
Lenore inclinó la cabeza, a pesar de saber que jamás lo haría. Él sonrió y se puso en pie, dispuesto a abandonar la sala.
—Nos vemos en una hora para las clases de Geografía, si le parece.
—Las clases, por supuesto. —El señorito Cavendish asintió con la cabeza—. Debo decirle, señorita Gray, que hay veces que olvido para qué la contrató mi padre.
—Pues no debería hacerlo.
—Supongo que una vez más debo darle la razón, pero es que Es usted demasiado hermosa para tratarse de una institutriz.
El señorito Cavendish bajó la mirada y abandonó el comedor de forma apresurada.
Lenore permaneció con la boca abierta observando cómo el muchacho se alejaba de ella.
Cuando logró recuperarse, se puso en pie y siguió los pasos de Francis.
Lo cierto era que no se sentía con fuerzas para enfrentarse a la señorita Deveraux ni al señor Cavendish, por lo que decidió refugiarse en su alcoba, a pesar de que lo que más deseaba era perderse por los jardines de la mansión.
Sin embargo, si lo hacía corría el riesgo de encontrarse con alguno de ellos, por lo que subió lentamente los escalones que la llevarían al piso superior.
Al girar hacia el corredor que daba a su habitación, vio la espalda de Francis perderse en el final de este.
¿Qué hacía él allí? Su cuarto quedaba lejos de esa ala de la mansión...
Un extraño sentimiento la atenazó y sus pasos se dirigieron prestos a su alcoba. La puerta estaba entreabierta y la carta que había escrito a su tía Augusta parecía ligeramente fuera de lugar sobre su escritorio.
Se dijo a sí misma que era imposible que el muchacho la hubiese leído, que él nunca haría algo así. Pero... ¿y si estaba equivocada?