La impostora Capítulo 14
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Capítulo 14

—¿E s cierto lo que ha llegado a mis oídos, querida? —la asaltó la señora Ashford nada más atravesar la puerta de la casa—. Dígame que sí, que no estoy equivocada.

—Si me dice usted de qué se trata, tal vez pueda darle una respuesta —replicó Lenore mientras intentaba que no cayeran de sus manos el lienzo y las pinturas.

—El baile, ¡qué, si no! ¿Es cierto que mi padre ha dado su beneplácito?

Los ojos de Marguerite se clavaron en ella como lo harían los de un mendigo en un trozo de pan.

—Así es, el señor Cavendish ha permitido que...

—Ah, lo sabía. Sabía que era una buena idea. —Lenore la vio gesticular de manera exagerada y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no dejar escapar una sonrisa—. Será un baile espectacular, único, fabuloso.

—Estoy convencida de ello —aseguró Lenore inclinando la cabeza para despedirse.

Pero apenas había dado un paso cuando la mujer la interrumpió de nuevo.

—No irá a marcharse a su alcoba...

—Pues, de hecho, es lo que había pensado.

—Oh, no; no, no, no. Tenemos mucho trabajo por hacer. Debemos empezar a organizarlo todo cuanto antes.

—¿Debemos?

—Por supuesto. No pensará dejarme sola en esto, ¿verdad, querida?

Lenore tuvo que retener el impulso de aceptar de inmediato. No podía levantar sospechas. Pero lo cierto era que si ayudaba a preparar el baile, podría resultar mucho más fácil para ella acceder a la lista de invitados. Y le sería sumamente útil conocer ese dato para evitar sorpresas de última hora.

—Yo... no soy más que una simple institutriz. No pretenderá que sepa cómo organizar un evento de estas dimensiones. No sabría por dónde empezar.

La señora Ashford pareció dudar un momento y Lenore temió haber sido demasiado directa y que por este motivo prescindiera de ella. Lo que, por otra parte, sería lo más lógico.

—Confío en usted, señorita Gray. —Lenore alzó las cejas.

Nunca pensó escuchar eso de los labios de la fervorosa madre que no hacía ni una semana habría sido capaz de lanzarla en mitad de una jauría de lobos hambrientos solo por haber permitido que sus hijos se refrescaran los pies en las aguas de un río.

—No ponga esa cara, señorita Gray —añadió la mujer al ver la expresión de su rostro—, sé que usted no fue la culpable de lo sucedido con mis pequeños. Y, ya que hablamos del tema, creo que le debo una disculpa.

—¿Una disculpa?

—Sí, Edmund tenía razón, fui demasiado dura con usted.

—Ed... ¿El señor Cavendish le dijo...?

La señora Ashford sacudió la cabeza y su mirada se perdió en algún punto indeterminado de la imponente entrada.

—Lo siento mucho, a veces me dejo llevar por el amor que les tengo.

¿Tiene usted hijos, señorita Gray? No, claro que no, qué pregunta más estúpida.

—Marguerite se rio de la incoherencia de su propia apreciación—.

Cuando los tenga comprenderá lo que es verdaderamente el sufrimiento.

Nunca más volverá a gozar de tranquilidad.

Una vez que nacen, comprendes que todo cuanto te rodea es un peligro potencial.

Es... como si la naturaleza estuviera acechando, como si estuviera esperando a que cometieras un error para arrebatarlos de tu lado porque, en realidad, sabe que no los mereces.

Cuando la señora Ashford terminó de hablar sus ojos estaban vidriosos, y Lenore sintió lástima por aquella mujer y por el peso que soportaban esos delgados hombros.

—Es usted una buena madre, señora Ashford. La mejor que Charlie y Mary podrían tener.

Y Lenore se dio cuenta de que lo decía de corazón, no solo para consolarla.

—Llámeme Marguerite, se lo ruego —dijo, pasándose la mano por su mejilla para retirar una lágrima.

Ella sonrió y asintió con la cabeza.

—Como desee. Y ahora, si me lo permite, dejaré esto en mi alcoba y me asearé antes de reunirme con usted de nuevo.

—¿Eso quiere decir que me ayudará con el baile? —preguntó la mujer dibujando una sonrisa en sus labios.

—Lo haré. Pero no me hago responsable de lo que suceda.

A Lenore se le cayó al suelo uno de los pinceles, pero no le pareció educado recogerlo mientras siguiera hablando con la hermana de Francis.

—¡Magnífico! Tengo que contárselo al señor Ashford, dará saltos de alegría.

Lenore dudaba mucho de que algo lograra hacer que el señor Ashford diese saltos de alegría, pero no pensaba llevarle la contraria a aquella mujer que, por otra parte, ya había salido a toda prisa a buscar a su esposo.

Cuando Lenore se agachó para recoger el pincel que se le había caído, reparó en el objeto que había sobre el busto de la entrada y que lo mantenía semioculto.

Un sombrero de copa.

Sin motivo alguno, su corazón empezó a latir con más fuerza.

Se había obligado a sí misma muchas veces a no dirigir la mirada hacia ese lugar en concreto, pero sus ojos siempre acababan traicionándola.

Y, aunque se empeñaba en pensar que le traía sin cuidado si el señor Cavendish volvía o no de su viaje, lo cierto era que en el fondo de su ser se alegraba de su regreso.

Lo había juzgado con dureza. Estaba convencida de que ocultaría la verdad y permitiría que todo el mundo la culpase de lo sucedido con los hijos de la señora Ashford, pero no había sido así.

De hecho, no solo había reconocido el error ante su padre, lo cual ya era de agradecer, sino que también lo había hecho ante su hermana.

Incluso, según la propia Marguerite le había asegurado, Edmund la había amonestado por ser demasiado dura con ella.

Además, estaba el hecho de que se había visto obligado a marchar a toda prisa a fin de ayudar a un amigo.

¿Qué decía eso de él sino que se trataba de un amigo leal?

Sí, estaba claro que ella había errado y había juzgado de manera precipitada al señor Cavendish, y que todo parecía indicar que se trataba de un caballero noble y considerado.

Con estos nuevos sentimientos, Lenore se refugió en su alcoba, donde ordenó sus pinceles y su paleta de colores.

Ojalá en la vida fuese todo tan fácil de acomodar como sus utensilios de pintura, pero por desgracia no era así.

Sus pensamientos pasaban fugaces por su mente, como caballos desbocados.

Finalmente, decidió que lo mejor sería escribir una carta a su tía, algo que siempre le ayudaba a poner en orden sus ideas.

Tenía las manos manchadas de pintura, por lo que se fue derecha al lavamanos y vertió un poco de agua.

Después de restregar un buen rato, se secó con la toalla y emprendió su tarea.

Apreciada tía Augusta,

Tengo el placer de comunicarle que nuestro plan parece estar funcionando a las mil maravillas.

Si bien es cierto que en un principio creí que dejar todo atrás partiría mi alma en dos, ahora veo que fue todo un acierto. No quiero decir con esto que no me acuerde de usted y de mi padre, por supuesto, pero siento que empiezo a hacerme un lugar en esta casa.

Pese a mi condición de institutriz, debo decirle que se tienen en consideración mis opiniones. Incluso me aventuraría a asegurar que los miembros de esta familia comienzan a sentir por mí algo parecido al aprecio. Lo cual, debo reconocer, es recíproco.

Querida tía, jamás podré agradecerle lo que hizo por mí, y no quiero ni imaginar lo que debe estar viviendo por culpa de mi marcha. Pero espero que le sirvan de consuelo las palabras de esta misiva, pues nacen de lo más profundo de mi corazón, junto a la gratitud que siento por usted.

Con cariño,

Su sobrina Lenore

Una vez que terminó de redactar su misiva, la leyó de manera reiterada.

Cuanto más lo hacía, más sentía que transmitía a la perfección la realidad, por lo que decidió doblarla y ponerle el sello.

Sin embargo, lo pensó mejor y decidió dejarla sobre la mesa, para volver a leerla de nuevo cuando regresara de la cena.

No quería ofrecer a su tía falsas esperanzas de que todo iba bien sin estar segura de ello.

Y la mejor forma de hacerlo era meditar bien esas palabras que había redactado.

Si finalmente se decidía a enviarla, aprovecharía uno de sus largos paseos.

Podría acercarse al pueblo y llevarla en persona a la oficina postal.

No debía permitir que la carta cayese en las manos equivocadas.

Alzó la vista y se vio reflejada en el espejo.

Entonces descubrió que tenía una mancha de pintura en su mejilla izquierda.

Debía de habérsela hecho mientras recogía el pincel que se le había caído al suelo del hall .

Al menos era una suerte que no la tuviese mientras hablaba con el padre de los Cavendish.

¿Qué habría pensado de ella de haberla visto de tal guisa?

Lenore puso los ojos en blanco mientras negaba con la cabeza.

Con lo meticuloso que era ese hombre, habría sido capaz de ordenarle que se deshiciera de sus preciados colores, su paleta y su lienzo.

Volvió de nuevo hasta la palangana, donde humedeció uno de los extremos de la toalla para limpiarse la mejilla a conciencia, y una vez que hubo terminado regresó frente al espejo para recoger los mechones de pelo que se le habían soltado del moño.

Cuando quedó satisfecha con su aspecto, se dirigió al arcón en busca de un vestido apropiado para la cena.

Al abrirlo, sus ojos solo pudieron ver una amalgama de telas negras y grises que se entremezclaban entre sí.

Entonces recordó que todo cuanto había llevado eran ropas propias de una institutriz.

Sacó varias prendas y las puso sobre la cama, pero eran tan similares unas a otras que prácticamente era imposible distinguirlas.

Al final, se decidió por un vestido cuyos puños eran blancos, al igual que su cuello.

Al verse reflejada en el espejo pensó que no se podía decir de ella que fuera hermosa, pero sí la mejor versión de sí misma, teniendo en cuenta las circunstancias.

Abrió la puerta, recorrió el largo corredor y bajó las escaleras hasta llegar al comedor, donde ya estaba Francis esperándola.

—Llega tarde —se quejó, dirigiendo un vistazo rápido al interior de la sala—. Al menos se ha limpiado la mancha de pintura.

—Todavía no hay nadie, señorito Francis —constató ella, algo molesta por el tono del chico.

A pesar de estar segura de que ya no tenía nada, no pudo evitar llevarse la mano a la mejilla.

—Que los demás lleguen aún más tarde no es excusa, señorita Gray.

El hecho de escucharlo llamarla así le hizo comprender que eran los nervios los que hablaban por él, por lo que decidió no darle más vueltas a aquel asunto. Ya hablarían al día siguiente del tema.

Lenore entró al comedor y se dispuso a sentarse en la silla que había estado ocupando los últimos días. Sin embargo, se dio cuenta de que la mesa había sido preparada para varios comensales más, lo que le hizo dudar de cuál debía ser su lugar.

Repasó mentalmente a los habitantes de la casa.

Estaba el señor Cavendish padre, su hija Marguerite y su esposo, Francis y ella, y ahora también Edmund.

Efectivamente eran seis platos. Sin embargo, la mesa estaba preparada para ocho personas.

Aquello no tenía sentido. A no ser que hubieran regresado los hijos de los Ashford y los admitieran en... No, eso era imposible.

Tal vez habían invitado a los vecinos de Rosegate Manor, los señores Moore, en cuyo caso ella debería ceder su lugar y situarse en el punto más alejado de la cabecera, la cual ocupaba el padre de los Cavendish.

—Señorita Gray —susurró Francis, a pesar de que no había llegado nadie todavía—, la he estado esperando para que me diga dónde debemos sentarnos. Ahora que ha vuelto mi hermano y...

—Oh, querida, cuánto me alegro de verla de nuevo. —La señora Ashford irrumpió en la sala y la invitó a sentarse frente a ella, resolviendo con ello el dilema de Francis, que tomó asiento a su lado—. Tal y como le dije, Robin está entusiasmado con la idea del baile, ¿verdad, querido?

—Exultante —respondió su marido, con un marcado tono irónico.

A Lenore se le escapó una sonrisa y le sorprendió ver que el señor Ashford le respondía con una leve elevación de la comisura de sus labios.

Después, escuchó acercarse unos pasos y, seguidamente, la voz de Cavendish padre.

—Por supuesto que es un placer para mí tenerlos hoy con nosotros, aunque hubiese preferido que mi hijo me hubiera avisado con antelación.

—Lenore enderezó la espalda y se sintió estúpida al darse cuenta de que le sudaban las manos—.

Pero ya lo conocemos, ¿verdad? Es un muchacho de corazón inquieto y muy dado a los arrebatos, y tan pronto se va de viaje como regresa de improviso.

Lenore intentó no sucumbir a sus deseos de dirigir la mirada hacia la entrada, pero le fue imposible. Y entonces, sus ojos contemplaron una imagen que se le quedó grabada en las pupilas.

Una deslumbrante mujer, cuyo vestido de seda refulgía bajo la luz de la lámpara de cristal, entró del brazo de Edmund.

Con un solo vistazo recorrió la mesa y a cuantos estaban sentados en ella, pasando de uno a otro sin detenerse en ninguno, hasta que sus ojos negros tropezaron con los de ella.

Lenore sabía que debía bajar la mirada, porque era lo que se esperaba de una institutriz, pero no lo hizo.

Y es que no podía apartar la mirada de aquella mujer de cabellos dorados y labios de rubí que la miraba como quien mira a un insecto.

El señor Cavendish, por el contrario, la ignoró por completo, y dirigió la mirada al frente mientras exclamaba con una sonrisa que Lenore jamás habría imaginado posible en su rostro:

—Les presento a la señorita Deveraux. —La mujer saludó con una inclinación de cabeza y una espectacular sonrisa.

Entonces, un hombre joven dio un paso al frente, se puso junto a la hermosa dama y carraspeó para llamar la atención del primogénito Cavendish.

—Por supuesto —añadió él—, qué torpeza la mía. También les presento a su hermano, mi buen amigo Benoit Deveraux.