La impostora Capítulo 13
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Capítulo 13

H abía transcurrido casi una semana desde el incidente en el despacho del padre de los Cavendish, pero en la mente de Lenore todavía resonaban las duras palabras que aquel hombre le dirigió esa tarde.

«A nadie le interesa su opinión».

Eran exactamente las mismas que le había dicho su padre justo dos días antes de que...

Sacudió la cabeza, procuró olvidarse de todo y concentrarse en el lienzo que había frente a ella.

Sin embargo, sus buenas intenciones le duraron muy poco, pues una imagen se dibujó nítida en su mente, la misma que veía todas las noches antes de acostarse. Un sombrero de copa descansando sobre un busto.

Se dijo a sí misma que todo era culpa de su escrupulosa conciencia, que se sentía en deuda con Edmund por haber reconocido su culpa, y hasta que no pudiese agradecérselo, no estaría tranquila.

—¿No siente que la vida es maravillosa, Lenore?

La frescura y sinceridad de Francis la arrancaron de sus oscuros pensamientos.

—Señorito Cavendish, le he dicho más de mil veces que debe dirigirse a mí como señorita Gray.

—Y yo le he pedido otras mil que me llame Francis, pero supongo que a ninguno de los dos nos gusta que nos digan lo que debemos hacer.

Lenore apartó la vista del lienzo a medio pintar y se volvió hacia el muchacho. Era difícil molestarse con él cuando lucía esa enorme sonrisa, así que no le quedó más remedio que negar con la cabeza y volverse de nuevo hacia su paleta de madera, donde por cierto escaseaban el ocre y el magenta.

Sabía que, de seguir así, muy pronto acabaría con todos los colores, pero no podía evitarlo.

Aquel jardín era de una belleza singular y no era capaz de resistirse a inmortalizar cada rincón y cada flor que se hallaban en él, aunque con ello acabase con todas y cada una de las pinturas que había logrado traer consigo.

No obstante, era aquel rincón escondido, rodeado de setos y al que se accedía por un estrecho camino de grava y un arco adornado con un rosal, el que le robaba el corazón.

Allí se sentía libre de expresar sin miedo lo que sentía, y con gusto daba rienda suelta a los trazos que su diestra mano perfilaba sobre el lienzo.

Solía escabullirse varias veces al día para refugiarse en aquel lugar.

Le gustaba llevarse un libro para perderse entre sus páginas o, si disponía de más tiempo, como era el caso de esa mañana, acarrear con sus pinturas y su caballete para recrear el esplendor de la naturaleza.

Sin embargo, Francis había descubierto su debilidad, y, últimamente, acudía en su busca y le rogaba que le permitiera acompañarla. Lenore no podía negarse.

—Y, si me permite preguntar, ¿por qué precisamente hoy le parece todo tan increíble?

—No es solo hoy, es... este verano. —Francis se levantó del banco de piedra, desde donde solía observarla, y se acercó hasta ella—. Es la primera vez en mi vida que me siento feliz estando en casa.

Lenore depositó el pincel en el interior del vaso que contenía un agua más que turbia y se volvió para mirarlo a los ojos.

—Esa afirmación es bastante triste, si me permite ser sincera con usted.

—Supongo que sí. —Francis desvió la mirada un instante—.

Desde que tengo memoria, esta casa ha sido como una enorme cáscara de nuez.

Vacía y sin vida. Mi padre..., bueno, ya lo conoce usted, no es hombre que se prodigue en sonrisas y afectos.

Mi hermana contrajo matrimonio siendo yo un niño, por lo que apenas tengo recuerdos de ella.

Y mi hermano Edmund... Él lo fue todo para mí, un padre, un amigo, un confidente...

Pero, como ya le comenté, hace cosa de un par de años más o menos, cuando mi padre me internó en ese rígido colegio, todo cambió.

Siento que algo se interpone entre nosotros, y su trato hacia mi persona se ha vuelto frío, como si...

Francis bajó la mirada al suelo.

—¿Como si...? —lo animó ella.

El muchacho alzó la cabeza y clavó en la joven sus ojos azules. Cuando habló, la alegría que antes destilaba su voz se vio emborronada.

—Como si fuese mi padre.

Lenore percibió lo mucho que le había costado a Francis pronunciar aquellas palabras.

Reconocer en voz alta que su padre no le daba el trato que merecía era algo que ella ya había escuchado varias veces de la boca del mismo muchacho, pero afirmar que Edmund tampoco lo hacía era completamente diferente.

El señorito Cavendish siempre había defendido a su hermano ante ella y siempre había elogiado sus múltiples virtudes, incluso de manera exagerada.

Ahora, en cambio, parecía ser todo lo contrario.

Lenore sabía que la adolescencia tiende a ser bastante extremista en sus sentimientos, e intentó reconducir los del muchacho.

—Dudo mucho que su hermano se parezca tanto a su padre como dice.

Francis frunció el ceño y dio un paso al frente.

—¿Por qué dice eso?

—A su hermano se le ilumina la mirada cuando habla de usted, y lo ha defendido ante su propio padre más de una vez.

Yo misma estuve a punto de perder mi empleo por culpa de ello.

El señor Cavendish amenazó a su padre con marcharse de la casa si no me despedía.

Sus palabras exactas fueron que usted no precisaba de una institutriz porque era lo suficientemente adulto para ello.

—Pero yo quiero que usted siga conmigo.

—Esa no es la cuestión, Francis, digo, señorito Cavendish —se corrigió Lenore aprisa, aunque no pudo evitar que al muchacho se le escapara una sonrisa—.

Lo importante es que su hermano lo considera un igual y defiende sus derechos a pesar de que tenga que enfrentarse a su propio padre.

Eso, al menos, merece su reconocimiento.

Francis bajó la mirada y pareció meditar unos instantes. Finalmente, alzó la cabeza y sonrió.

—Supongo que tiene usted razón, como siempre.

—No siempre, señorito Cavendish, no siempre. Pero sí la mayoría de las veces.

Lenore sonrió también y el jovencito la observó fijamente durante un buen rato. Tanto que llegó a incomodarla, por lo que le retiró la mirada y se volvió hacia el caballete que sostenía su lienzo a medio pintar. Carraspeó antes de añadir:

—Y ya que hablamos de ello, ¿sabe algo de su hermano? Me da la sensación de que su marcha fue demasiado precipitada, supongo que se debió a que su padre no aceptó sus condiciones y, por consiguiente, yo sigo aquí.

Lenore removió los pinceles sin decidirse por ninguno en concreto.

—Lo dudo mucho. Edmund tiene un gran sentido del deber. Si es cierto que su amigo lo llamó para solicitarle ayuda, está en su carácter dejarlo todo y acudir de inmediato. No creo que tenga nada que ver con usted. ¿Por qué? ¿Le preocupa que se haya marchado?

—No, por supuesto que no. Me resulta totalmente indiferente lo que haga su hermano. Es solo que no quisiera ser motivo de enfado para su padre. Porque imagino que a él no le habrá parecido nada bien que su hijo mayor haya abandonado la casa...

Lo cierto era que a Lenore le hubiese gustado agradecer a Edmund, de manera personal, que reconociese su culpa.

Sin embargo, la apresurada partida del hombre ponía de manifiesto que el hecho de dar la cara ante su padre no había sido en ningún modo fruto del respeto que tenía hacia ella, sino más bien la excusa que necesitaba para perderla de vista de una vez por todas.

Pese a lo que Francis dijera, Lenore estaba segura de que el primogénito de los Cavendish la aborrecía.

Y, aunque no tenía claro los motivos de tales sentimientos, podía intuir que se debían a la envidia, puesto que ella había logrado en tan solo unos días lo que por lo visto el señor Cavendish llevaba intentando varios años: que su hermano fuese aceptado en la mesa familiar.

—Bueno, a estas alturas conoce de sobra a mi padre, todo le molesta —aseguró el muchacho cruzándose de brazos—. Sin embargo, mientras yo siga aquí no tiene nada que temer, soy motivo más que suficiente para acaparar todos sus enfados.

—No se torture de ese modo, antes o después su padre se dará cuenta de que se está convirtiendo usted en todo un hombre.

—Finalmente se decidió por uno de los pinceles y lo impregnó en magenta para retomar su pintura—.

No debe importarle lo más mínimo lo que él piense o diga.

Es cierto que siempre anda con el ceño fruncido y, bueno, un tono de voz tan amargo que parece que acabara de comer ruibarbo, pero nada de eso debería...

—Señorita Gray.

A Lenore le extrañó el tono formal de Francis, y dejó su pincel para girarse hacia él mientras le decía:

—Vaya, parece que por fin comprende que me debe llamar... —El mismísimo Cavendish padre estaba allí, frente a ella, mirándola—. Se-señor Cavendish...

Los labios apretados y la arruga de la frente daban a entender que llevaba allí un buen rato. Y lo había escuchado todo.

Lenore se pasó por detrás de la oreja un mechón de pelo que se le había escapado del moño, sin darse cuenta de que, con ello, acababa de manchar de magenta su mejilla izquierda.

Francis se la señaló con disimulo, pero ella solo tenía ojos para Cavendish padre, que no dejaba de mirarla fijamente sin soltar palabra.

La suave brisa agitó las copas de los árboles más allá, soltando de nuevo el mechón de pelo de Lenore. El trino de un pájaro rompió el silencio un instante, pero después calló, como si comprendiera que el señor de Rosegate Manor no le daba permiso para entonar su canto.

—Padre... —intentó mediar Francis, pero este alzó la mano y él selló los labios de nuevo.

—Tiene mi permiso —soltó de pronto Cavendish padre—. Puede celebrar su baile.

Lenore abrió los ojos de par en par, incapaz de reaccionar ante aquella inesperada afirmación.

Cuando quiso dar las gracias a Cavendish padre, él ya se había girado y atravesaba el arco de rosas que daba acceso al pequeño rincón. A Lenore le pareció ver un brillo diferente en los ojos de aquel hombre, pero supuso que era el reflejo de la luz que incidía de manera especial a esa hora.

—Su... ¿su baile?, Lenore, ¿qué ha querido decir mi padre?

Francis se había situado frente a ella, impidiéndole ver cómo se perdía entre los altos setos la espalda siempre recta del dueño de aquel lugar. Cuando fue consciente de la pregunta del muchacho, comprendió realmente lo que aquello suponía.

—Hace... —Lenore miró a Francis a los ojos—. Hace una semana pedí permiso a su padre para organizar un baile.

—Se refiere a organizarlo... ¿aquí? ¿En Rosegate Manor?

Lenore asintió.

—La idea partió de su hermana, pero yo...

bueno, me pareció que sería la mejor forma de demostrar a su padre que usted estaba preparado para formar parte de...

Un baile es un evento social muy importante, al que acude mucha gente, y es una oportunidad única para entrar de lleno en ese mundo adulto que tanto se le ha negado. Pensé que...

—Es... ¡es una idea genial!

Francis se adelantó y se situó a solo un paso de ella, pero Lenore estaba tan aturdida que no se dio cuenta de que aquella distancia la comprometía demasiado, sobre todo teniendo en cuenta que ambos se encontraban solos en un pequeño y oculto rincón del jardín.

—¿De veras lo cree? —Lenore bajó la vista a sus manos y vio que sus dedos estaban manchados de pintura, por lo que intentó restregarse unos contra otros para limpiarse—. Cuando se lo propuse a su padre estaba segura de que lo era, pero ahora... no sé, quizá no sea tan buena idea...

—No diga eso, es excelente. —Francis cogió su barbilla y le alzó la cabeza con delicadeza—. Nunca he acudido a un baile, jamás.

Lenore sonrió conmovida.

—Usted es capaz de conseguir cualquier cosa que se proponga —añadió él, mostrando un rostro demasiado serio de repente—. Y debo decirle que es usted la mujer más increíble que he conocido nunca.

—Bueno, eso se debe a que ha conocido muy pocas. —Lenore sacudió la cabeza y se apartó de él—. Cuando termine el baile, le preguntaré y ya verá cómo ha cambiado de opinión.

Se volvió de nuevo para recoger sus pinturas. La mañana había pasado deprisa y se les hacía tarde. Sin embargo, se detuvo cuando escuchó unas palabras a su espalda, apenas un susurro.

—Dudo mucho que encuentre a alguien como usted.

Cuando se giró, pudo ver cómo Francis se alejaba de allí, siguiendo el camino de grava que poco antes había recorrido su padre.

Lenore sacudió la cabeza, sentía lástima por aquel muchacho que se aferraba a ella como a la madre que nunca tuvo, pero debía concentrarse en lo que se le venía encima.

Había organizado antes muchos bailes, por supuesto, pero siempre había sabido cómo proceder y a quién invitar.

Ahora todo era diferente. Aquel lugar era desconocido para ella.

Cuanto más vueltas le daba, más perdida se sentía. Y entonces comprendió que no era ella quien debía organizar el baile, sino la señora Ashford. Marguerite era la mujer que debía cargar con aquel peso, y no una simple institutriz.

Cogió aire y lo dejó escapar de sus pulmones un par de veces antes de recoger las pinturas y encaminarse a la casa. No tenía tiempo que perder. Hablaría con la señora Ashford sobre el tema y le ofrecería su ayuda, aunque lo haría por cortesía, ya que estaba más que segura de que no la necesitaría.

Aspiró el perfume de las rosas una última vez y pensó que sería una buena idea adornar el salón con unos espléndidos centros de flores y...

No. Ella no pertenecía a la familia. No era su decisión.

Apretó el paso y pronto divisó la escalera de mármol que daba entrada a la mansión. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que había una cuestión que se le había pasado por alto.

¿Qué ocurriría si alguno de los invitados llegara a reconocerla?

Supondría el fracaso de su plan y el fin para ella.