Capítulo 12
N o se escuchaba en el comedor más que el sutil paso del servicio al disponer sobre la mesa las bandejas de pan tostado y verter el café en las tazas de porcelana.
Lenore miró a Francis, sentado justo enfrente, y se dio cuenta de que el muchacho estaba tan incómodo como ella misma.
Ni Marguerite ni su esposo se hallaban en la casa.
Se habían marchado con sus hijos la tarde anterior, sumiendo en un extraño silencio la mansión de los Cavendish.
A Lenore ni siquiera se le permitió despedirse de los niños.
—¿Y dice usted que su hijo Edmund ha tenido también que marcharse a primera hora de la mañana? —se aventuró a preguntar a Cavendish padre.
Lenore tenía pensado agradecerle que hubiese reconocido haber sido él quien había permitido a los niños meter los pies en el río, pues creía que era lo más correcto por su parte.
Sin embargo, al no hallar el sombrero de copa sobre el busto de la entrada había empezado a sospechar que los señores Ashford no eran los únicos que habían abandonado la mansión.
Lo cierto era que no le había sorprendido demasiado.
Era evidente que el hermano de Francis había abandonado la casa porque era incapaz de vivir bajo el mismo techo que ella.
Por fin había comprendido que el trato que Lenore había logrado alcanzar con Cavendish padre era muy ventajoso para Francis, y eso le había llevado a tomar la decisión de aceptar la presencia de una institutriz.
Sin embargo, el carácter orgulloso de ese hombre lo obligaba a cumplir su amenaza de marcharse si ella continuaba en la casa. Y eso era lo que había hecho.
—Por lo visto lo ha reclamado su... amigo, el señor Devereaux. Un asunto urgente, al parecer —dijo de pronto Cavendish padre, sacándola de sus cavilaciones.
—Nada grave, espero.
El hombre se llevó un trozo de pan a la boca, como si no la hubiese escuchado, y no habló hasta pasado un buen rato. Tanto que Lenore creyó que la estaba ignorando a propósito.
—Con Edmund es difícil saberlo. No es muy dado a compartir sus contratiempos. Es más, se marchó mucho antes de que yo me hubiera levantado, y se limitó a pedir al servicio que me comunicara su partida. Coincidirá conmigo en que este comportamiento es muy desconsiderado por su parte.
Lenore se atuvo a asentir con la cabeza. No quería desairar a aquel hombre, pero tampoco pensaba admitir que, si el asunto era tan urgente como mostraba la partida inmediata del señor Cavendish, era lógico no demorarse con despedidas ni explicaciones.
De cualquier modo, Lenore decidió que a ella no le interesaba lo más mínimo la vida privada del señor Cavendish, por lo que no dedicaría ni un solo minuto más del día a pensar en ello.
Una vez terminado el desayuno, Francis y ella dieron comienzo a sus clases y más tarde salieron a caminar un rato por los alrededores de la mansión. La temperatura había sido agradable y el tiempo había transcurrido muy deprisa. Todo era fácil con él.
—Resulta extraño que tomemos el almuerzo los tres solos —admitió Francis cuando caminaban de regreso a la casa.
—Tiene razón, pero le recuerdo de nuevo que no podemos faltar.
—No creo que mi padre notase nuestra ausencia, señorita Gray, apenas nos mira. Y ni hablemos de iniciar una conversación.
Lenore sabía que Francis tenía razón, pero también era consciente de que ausentarse de la comida podría ofender al padre de los Cavendish.
No por el hecho de que fuera a echarlos de menos, sino por demostrar que su interés por formar parte del mundo adulto no era para Francis un asunto trivial, y que apreciaba tanto los eventos sociales, como bailes o salidas al campo, como los momentos familiares íntimos, a pesar de que estos fuesen mucho menos agradables para el muchacho.
—Las personas adultas cumplen sus obligaciones en todo momento, señorito Francis —apostilló ella, algo molesta por tener que incidir de nuevo en sus explicaciones—, no solo cuando estas le resultan atractivas. Eso es precisamente lo que demuestra que alguien ha alcanzado la madurez.
Francis bajó la mirada hacia las diminutas piedras blancas que marcaban el camino que los conducía hasta la escalinata que daba acceso a la mansión.
A Lenore no le gustaba ver esa expresión triste en su rostro, pero ella sabía mejor que nadie que lo que hacía fuerte a un corazón eran las dificultades a las que se enfrentaba, no una vida entre algodones y dispendios.
El viento arrastró hasta ellos el perfume a rosas justo antes de que escuchasen el sonido de un carruaje acercándose a la entrada.
—¡Es Marguerite! —clamó el señorito Cavendish—. ¡Ha vuelto!
Antes de que Lenore pudiera abrir la boca, Francis ya había echado a correr para recibir a su hermana. Ella negó con la cabeza. Ese muchacho debía aprender a dominar esos impulsos si no quería que su padre rompiera el trato antes incluso de haber asistido a su primer baile.
De todas formas, Lenore se alegró de ver que la señora Ashford había recapacitado y había decidido regresar. Sin embargo, al acercarse, le llamó la atención el silencio que se percibía en torno al carruaje.
—Buenos días, señorita Gray. ¿Cómo se encuentra esta mañana? —A Lenore le cogió desprevenida la serenidad que desprendían las palabras de la hermana de Francis—. Nosotros hemos tenido un viaje de lo más agradable, ¿verdad, querido?
El aludido se limitó a ignorar a ambas y se encaminó hacia el interior de la mansión.
—Te hemos echado mucho de menos, Maguy.
—Oh, Frankie, nadie me llamaba así desde que cumplí doce años. —La señora Ashford abrazó a su hermano con cariño y este le devolvió el gesto con efusividad—. Y bien, ¿de qué humor están hoy padre y el bueno de Edmund?
Marguerite cogió del brazo a su hermano y ambos empezaron a subir juntos los escalones.
—Después del desayuno no he vuelto a ver a padre. Y Ed se marchó esta mañana por no sé qué de un asunto urgente.
La señora Ashford abrió mucho los ojos y se detuvo de forma inmediata.
—Espero que no fuera nada grave...
—Ya conoces a Edmund, cree que es indispensable en todo momento. Parece que Benoit ha requerido su presencia y él no se ha tomado ni un minuto para despedirse. Padre no se lo ha tomado muy bien.
—Supongo que no. Ayer mi marcha y hoy...
—Los dos hermanos retomaron su ascenso por la escalinata de la entrada mientras Lenore los seguía, invisible pero atenta a sus palabras—.
Lo siento mucho por ti, Frankie, justo ahora que parece que por fin había logrado aceptar que te has convertido en todo un hombre.
Al señorito Francis le brillaron los ojos con las palabras de su hermana, y a Lenore le pareció que enderezaba la espalda e hinchaba el pecho.
Poco más tarde, se hallaban sentados a la mesa del comedor. Los señores Ashford volvían a ubicarse a derecha e izquierda de Cavendish padre, que apenas había dirigido un breve saludo a su hija tras su regreso.
—Si no lo conociera, padre, diría que no le alegra de que estemos de nuevo entre vosotros.
—Eso no es cierto, pero me hubiese gustado tener a mis nietos conmigo este verano.
A Lenore le hizo gracia la respuesta de aquel hombre, cuando estaba claro que no soportaba la algarabía que rodeaba siempre a los niños. Sin embargo, se mantuvo muy quieta esperando la respuesta de Marguerite.
—Como le he dicho antes, la madre de mi querido esposo ha tenido a bien invitarlos a pasar unos días con ella. La brisa marina es muy beneficiosa para la salud.
El hombre alzó la vista de su plato y clavó sus ojos en los de su hija.
—Pues ya puestos, quizá deberíais haberos quedado vosotros también con ella.
Lenore casi pudo ver el dolor bajo aquella mirada inquisitiva. Y no entendió por qué. Estaba claro que ese hombre no soportaba las risas ni el griterío infantil y que adoraba el silencio y la soledad de su despacho. Entonces ¿por qué molestarse cuando había sido liberado de aquello que aborrecía?
No tenía ningún sentido.
—Los niños estarán bien, padre, eso es lo único que debería importarte.
Cavendish padre mantuvo durante un buen rato la mirada fija en el rostro de su hija, pero esta la había vuelto hacia su plato y no fue consciente de ello.
Durante un momento, solo se escuchó el sonido de los cubiertos, hasta que Marguerite habló de nuevo:
—Por cierto, ¿ha dicho Edmund cuándo tiene pensado volver?
—Tu hermano nunca dice nada, ya deberías saberlo —sentenció Cavendish padre.
—¿Tú tampoco sabes nada, Frankie?
El muchacho alzó la vista y negó con la cabeza.
—Es una lástima, me hubiese gustado organizar algo todos juntos.
—¿Te refieres a algo como un pícnic tras el cual todos mis hijos deciden marcharse?
Las palabras de Cavendish padre violentaron a Lenore, a pesar de que ella no tenía ninguna culpa de lo sucedido.
—No, padre. Me refiero a... no sé. Echo tanto de menos los bailes que se organizaban cuando madre estaba entre nosotros... —Marguerite bajó la vista y continuó comiendo como si nada.
En cambio, Cavendish padre alzó la cabeza y se quedó inmóvil, mirando a su hija con los ojos muy abiertos.
Francis lo imitó, volviéndose también hacia Marguerite, pero en sus ojos se leía una advertencia, la misma que mostraba el rostro del señor Ashford.
Quizá este último fue el que más sorprendió a Lenore, pues se había acostumbrado a verlo siempre completamente inexpresivo.
La tensión se podía cortar con un cuchillo, y aunque Lenore no podía estar segura por completo, todo parecía apuntar a la mención de la esposa del padre de los Cavendish. Lo que parecía claro era que algo estaba a punto de estallar.
—He oído decir que esta primavera ha sido estupenda para la caza, señor Cavendish —dejó caer el señor Ashford como si nada—. Y, según me comentaron el otro día sus vecinos, los señores Moore, ha conseguido usted hacerse con el título de mejor cazador de la temporada.
El aludido tardó un buen rato en responder, pero finalmente lo hizo con un ademán de cabeza. Para el marido de Marguerite fue más que suficiente, y Lenore vio cómo se relajaban sus hombros.
El resto de la comida transcurrió en silencio, y nadie se atrevió a abrir de nuevo la boca.
Más tarde, Lenore meditaba en su alcoba la propuesta de Marguerite.
Un baile sería un acontecimiento idóneo para que Francis lograra demostrar a su padre que merecía ser considerado un adulto si para entonces había sido capaz de dominar ese impulso que a veces lo delataba, por supuesto. Lo cual dependía en gran parte de ella.
A media tarde ya había tomado la decisión: pediría a Cavendish padre que se organizara un baile en la mansión. Además, era algo muy común entre las familias adineradas al inicio de verano. Por otra parte, eso mantendría ocupada a Marguerite y sería una buena distracción para todos.
Cuando se situó frente a la puerta del despacho, empezó a pensar que quizá no fuese tan buena idea como había imaginado. Aun así, respiró hondo y se dijo a sí misma que solo debía evitar mencionar a la fallecida señora Cavendish y todo saldría bien.
—¡Adelante! —La invitó a pasar una voz después de tocar la puerta con sus nudillos—. ¿Desea algo, señorita Gray?
El rostro de Cavendish padre se mostraba contrariado a pesar de seguir con los ojos puestos en el libro que descansaba sobre su escritorio.
—Solo he venido a... —Cuando aquel hombre alzó la cabeza y la miró por encima de sus lentes, Lenore tuvo que tragar saliva para poder continuar—. He pensado que celebrar un baile podría ser una buena idea.
Cavendish padre alzó una ceja y se quitó sus diminutos lentes. Ella lo tomó como una muestra de interés, lo que la animó a seguir hablando.
—Sería algo muy familiar, apenas una veintena de personas —añadió, dando un paso al frente—. Podrían asistir los familiares más allegados, vecinos de la mayor confianza y poco más.
—¿Y puedo saber qué interés tiene usted en que se celebre un baile en mi casa?
A Lenore no le pasó desapercibido el énfasis que aquel hombre puso en el posesivo.
—Por supuesto, sería Marguerite quien organizaría todo bajo su supervisión, y usted mismo el que elaboraría la lista de invitados.
Mi único interés estriba en la ocasión que este acontecimiento brindaría a su hijo Francis para demostrar que es capaz de tener un comportamiento impecable, a la altura de un Cavendish.
Aquel hombre depositó las gafas sobre la mesa y se puso en pie sin apartar la vista de ella.
Salió de detrás del escritorio y se acercó con paso lento.
Lenore intentó descifrar su semblante, pero le fue imposible.
No sabría decir si estaba escandalizado o de acuerdo con la petición que le acababa de exponer.
—Me pregunto, señorita Gray, qué le ha hecho a usted pensar que en algún momento podría yo aceptar la idea de celebrar algún evento en mi casa. Y mucho menos un baile.
—Yo...
—Limítese a cumplir con su obligación, mantenga a raya a mi hijo y guárdese sus ideas para usted, porque a nadie le interesa su opinión. ¿Está claro?
Lenore se limitó a asentir levemente con la cabeza, se veía incapaz de articular una sola frase coherente. Abandonó el despacho a toda prisa, con la firme resolución de no volver a entrar allí nunca más.