La impostora Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Comprendo. Su naturaleza no está hecha para soportar un día como el de hoy.

A pesar de lo que diga, eso siempre ha sido y será así.

Las mujeres precisan de descanso mucho más que nosotros.

Es un hecho irrefutable. —Volvió la mirada a sus papeles e hizo un gesto con la mano—.

Vaya a su alcoba y pida que le sirvan algo de comer.

Hoy está dispensada de cenar en familia.

Es más, creo que nadie querrá hacerlo después de lo sucedido.

Lenore inclinó la cabeza a modo de despedida y se dio la vuelta, dispuesta a abandonar el despacho con muchas más dudas que cuando entró. Habría podido esperar un montón de cosas de ese encuentro, pero no lo que acababa de suceder.

—Por cierto —dijo Cavendish padre, deteniendo sus pasos—, recuérdele a mi hijo Francis que él tampoco podrá asistir a la cena. Tal y como habíamos acordado, debe ir acompañado por usted en todo momento.

Lenore asintió y salió de la habitación sin mediar palabra. No pensaba llevarle la contraria a ese hombre. Al menos, no esa noche.

Si bien era cierto que estaba cansada, no era ese el motivo que la empujaba a evitar reunirse con la familia Cavendish.

La verdadera razón era que los ánimos se habían caldeado y cualquier palabra fuera de tono podría volverse en su contra.

O, peor aún, en la de Francis. Además, estaba el hecho de que Edmund hubiese reconocido ante su padre que había sido el causante de lo sucedido y, por tanto, de la marcha de su hermana.

Pensar en ello la turbaba sobremanera, porque el señor Cavendish no parecía un hombre dado a reconocer su culpa, pese a lo que dijese su padre.

Al contrario, era orgulloso y altivo. No lograba entender por qué...

Fue mientras subía con lentitud las escaleras cuando comprendió el motivo que había llevado al señor Cavendish a admitir su error, que no era otro que el de preservar el trato que Cavendish padre y ella misma habían hecho.

Por mucho que le pesara a Edmund, había sido ella quien había logrado que Francis asistiera a los eventos familiares, y si había algo que el primogénito de los Cavendish apreciara era a su hermano menor.

Eso y nada más que eso había llevado a ese hombre a admitir su culpa.

No le habría importado si ella era o no despedida de no haber sido porque ese trato proporcionaba a Francis lo que tanto había anhelado, una vida en sociedad.

Cuando Lenore llegó al final de las escaleras, dio aviso a una de las criadas de que ni ella ni el señorito Francis cenarían esa noche con el resto de la familia.

También le pidió que le subieran una comida ligera a su alcoba y después se dirigió allí para pensar en todo lo sucedido.

Estaba a punto de entrar en su habitación, cuando alguien surgió de las sombras.

—¡Señorito Francis! Me ha sobresaltado. No debería ocultarse como un vulgar ladrón.

—Disculpe, no era mi intención. Es solo que... estaba preocupado por usted. Mi padre...

—Venga, vayamos a la sala de los niños. Esta noche cenaremos usted y yo solos.

Lenore estaba segura de que Francis protestaría al escuchar sus palabras, pues apenas acababa de empezar su vida en sociedad y ya se había visto truncada por los acontecimientos, pero no fue así. Al contrario, el muchacho dibujó una amplia sonrisa que la desconcertó.

Lenore supuso que Francis estaba convencido, al igual que ella, de que su padre la despediría, y el hecho de cenar juntos le había hecho ver que no era así.

Por lo visto, no se le pasaba por la cabeza pensar que hubiese revocado el trato que ambos hicieron, lo que le impediría participar de los eventos sociales, que habría sido lo más lógico teniendo en cuenta lo acontecido.

Lenore hizo llamar a una de las criadas para informarle del cambio de planes y se encaminaron juntos hacia la sala.

Apenas unos instantes más tarde, ambos se hallaban sentados a la mesa, donde había algo de carne asada, un poco de queso, frutas variadas y unas rebanadas de pan, y charlaban de manera cordial.

—Pues sí, a mí también me ha sorprendido que su padre no me haya puesto de patitas en la calle, no se lo voy a negar. Pero, al igual que usted, me alegro de que no haya sido así.

El muchacho amplió su sonrisa y bajó la mirada hacia su plato.

—Por cierto, no le he pedido disculpas por lo sucedido —musitó Francis cogiendo lentamente un trozo de queso y una rebanada de pan—. Siento que haya tenido que escuchar la discusión entre mi padre y mi hermano.

—No se preocupe, no es culpa suya.

En realidad, ella era la única culpable, ya que había escuchado a hurtadillas. Pero estaba segura de que Francis nunca la reprendería por ello.

—A veces Edmund es demasiado protector, ¿sabe? Lo cierto es que él no quiere que usted sea mi institutriz.

—Su hermano lo estima, y piensa que no lo necesita.

—Lo sé y se lo agradezco, desde luego. Pero a veces...

Francis se detuvo y negó con la cabeza de manera reiterada.

—¿Sí?

—A veces quiere tener todo bajo control. Incluidos mi vida y mis decisiones. —El muchacho guardó silencio un instante y después continuó—: Por eso creo que discute tanto con mi padre.

—Si me permite preguntar, ¿siempre han mantenido una relación tan poco cordial?

—No, por supuesto que no. Edmund siempre ha sido muy alegre.

De hecho, nos hacía reír a todos. —Lenore enarcó una ceja, pero dejó continuar a Francis—.

Sin embargo, hace unos dos o tres años hubo algo que lo hizo cambiar.

Desde entonces, la tensión con mi padre se ha hecho cada vez más evidente, hasta convertirse en lo que usted ha comprobado por sí misma.

—Y ¿qué cree usted que lo ha llevado a comportarse de esta manera?

—Una mujer.

—¿Una mujer?

—Uno de mis profesores dice que los hombres han hecho grandes locuras a lo largo de la historia por culpa de las mujeres. Asegura que se emprendieron guerras, que cayeron imperios y que desaparecieron países enteros.

Lenore no pudo evitar resoplar ante tamaña sarta de estupideces.

—¿Y usted qué piensa de ello?

—Nunca he sabido bien qué pensar, aunque me parecía que un hombre de su edad, que jamás había tenido esposa, no debía conocer mucho a las mujeres. —A Lenore se le escapó una sonrisa ante la lógica de Francis—. Sin embargo, ahora estoy seguro de que estaba equivocado.

—¿Y a qué se debe ese cambio de opinión?

Francis depositó sobre el plato el trozo de queso que iba a llevarse a la boca y clavó en ella sus ojos azules. El rubor de sus mejillas tiñó de rojo su tez siempre pálida, y el silencio inundó la estancia hasta que él lo rompió.

—Yo..., señorita Gray, yo... —El señorito Cavendish desvió la mirada un instante y después carraspeó antes de continuar—: Me alegro mucho de que mi padre haya decidido mantenerla con nosotros. Y..., bueno, me hace muy feliz que usted y yo sigamos juntos.

El tono de voz del muchacho se le hizo muy extraño, casi como...

Pero Lenore no tuvo tiempo de pronunciar una sola palabra, porque el señorito Francis se puso en pie atropelladamente y abandonó la estancia.

Ella se quedó allí, contemplando los higos secos que había sobre su plato y pensando en lo inusual que había resultado aquel día. Aunque lo más extraño de todo, sin duda alguna, era que el señor Cavendish la hubiera exculpado ante su padre.

Dejó escapar un suspiro al comprender que esos pensamientos la acompañarían durante horas y le robarían el sueño. Le esperaba una noche muy larga.