Capítulo 11
C uando llegaron a la mansión, Lenore estaba completamente abatida.
Si bien era cierto que Edmund no había vuelto a molestarla con insinuaciones de ningún tipo, ella seguía preguntándose si él habría descubierto algo.
Además, también estaba el hecho de que todos la consideraban culpable de lo sucedido con los hijos de la señora Ashford, y, aunque nadie lo había mencionado en todo el trayecto, el espeso silencio que se había instalado en el grupo había resultado más inquietante que cualquier palabra que hubieran podido decirle.
Ese fue uno de los motivos que la llevó a subir a la alcoba de los niños una vez que se hubo aseado mínimamente. Quería saber si se encontraban bien y si su madre había logrado serenarse. Sin embargo, la escena que se abrió ante ella la dejó sin palabras.
—Nunca debimos haber traído a los niños, querido, nunca. —La señora Ashford se movía de un lado a otro dando órdenes a una de las criadas—. No, eso no lo ponga ahí, mejor aquí. No, aquí.
Las camisas y los pañuelos volaban de un lado a otro en manos de una criada confusa, mientras los tacones de Marguerite repiqueteaban en el suelo con su andar frenético de allá para acá.
Sin saber qué decir, Lenore carraspeó suavemente y la mujer se volvió hacia ella. Al ver que no le decía nada, se atrevió a preguntar:
—¿Se marchan? No... no será por culpa de lo sucedido, ¿verdad? ¿Los niños se encuentran bien?
Recorrió la alcoba con la mirada, pero no los vio por ninguna parte.
—Sí, están bien, de momento —habló Marguerite sin mirarla, mientras rebuscaba en un baúl—. Pero el clima tan cambiante que se respira en el campo no es el más idóneo para ellos, y menos si... En fin, he decidido llevarlos de vuelta a casa.
—Señora Ashford, yo...
—Lo siento, pero tengo mucho que hacer. Ya he dado aviso a mi padre para que sepa que partimos de inmediato.
Entenderá, por tanto, que no tengo tiempo para atenderla.
—La mujer encontró lo que buscaba en el baúl, le dio la espalda y continuó con sus quehaceres—.
Solo faltaría que se nos echara la noche encima antes de llegar al pueblo.
Lenore quiso defenderse, decirle que no había sido culpa suya, que en realidad había sido su hermano el que... Pero ¿a quién iban a creer? ¿A una institutriz recién llegada o al primogénito de los Cavendish? No tenía nada que hacer.
Por otra parte, era muy probable que Cavendish padre hubiera decidido ya prescindir de sus servicios, después de haber hablado con su hija. Y, por supuesto, no le daría la oportunidad de explicarse.
Lenore se preguntó si el mundo siempre había sido así de injusto o si solo lo era desde que ella... qué importaba, su situación era la que era. No podía seguir dirigiendo la vista al pasado si quería que su plan funcionara.
Bajó las escaleras y se fue directamente al despacho de Cavendish padre. Intentaría convencerlo de que ella no había tenido nada que ver con el incidente. O, al menos, no directamente.
Unas voces al otro lado de la puerta la detuvieron en seco.
—¡Inadmisible! —La ronca voz le hizo apretar los dientes—. Lo sucedido es simple y llanamente inadmisible. ¿Así pagáis mi confianza?
—Padre, no creo que merezca que se comporte usted de esta manera. Está sobrepasando los límites de la educación.
Las palabras de Edmund encendieron aún más a su progenitor.
—¡Quién eres tú para decirme cómo debo o no comportarme! Tendrás desfachatez. Tacharme a mí de no mostrar educación. Debería echarte ahora mismo de mi casa.
—No, padre, por favor, a Edmund no... —Algo detuvo el ruego de Francis, y Lenore pudo imaginar la mirada inquisitiva que su padre le debía estar dirigiendo en ese mismo instante.
Después, se hizo el silencio durante un buen rato; tanto que Lenore temió que se abriera la puerta y le descubrieran allí, escuchando a hurtadillas. Por segunda vez.
—En realidad —comenzó a hablar el mayor de los Cavendish, aún con dureza en su tono de voz—, no debe usted culpar a nadie de lo sucedido. Los niños solo querían divertirse, es lo natural a esa edad. Aunque eso escape a su entendimiento.
—Sé perfectamente lo que se precisa a esa edad, y eso fue lo que me llevó a contratar a una institutriz. Algo que, si no recuerdo mal, tú mismo me echaste en cara.
—Lo hice porque no creo que Francis la necesite, pero jamás dije nada de Charlie y Mary.
—Los niños siempre son niños. No importa la edad que tengan.
Lenore cerró el puño en torno al picaporte. Su corazón le dijo que alguien debía contestar a ese hombre, pero la razón le aconsejaba permanecer inmóvil.
Finalmente, dejó caer la mano.
—Siento mucho, padre, que sea incapaz de ver al hombre en el que se está convirtiendo su hijo menor. Se perdió su niñez, y ahora se está perdiendo su juventud. Es una lástima que esté tan ciego.
Lenore esperó el estallido de cólera de Cavendish padre, pero no escuchó nada al otro lado. Y para cuando quiso darse cuenta, era demasiado tarde. La puerta se abrió de golpe y el primogénito de los Cavendish se vio obligado a detenerse de golpe para evitar tropezarse con ella.
Permaneció inmóvil, mirándola fijamente lo que a ella le pareció una eternidad, y en su interior se debatió entre decirle algo o guardar silencio.
Quería recordarle que no había sido ella la que había incitado a los niños a descalzarse y entrar en el agua, pero la expresión de su rostro la detuvo.
Había algo en él que Lenore no supo descifrar.
Él apartó la vista y se fue directo hacia las escaleras.
—Señorita Gray...
La voz de Francis le hizo volver la cabeza. El muchacho estaba bajo el dintel de la puerta y la miraba con un brillo en los ojos.
—Francis, déjanos a solas.
El joven ni siquiera se dio la vuelta para mirar a su padre, sino que se limitó a dejar escapar un «lo siento» entre sus labios, tan sutil y liviano que Lenore creyó haberlo imaginado por un momento.
Cuando el chico se marchó, ella entró en el despacho y cerró la puerta, sin saber muy bien qué esperar de aquel hombre que gobernaba su casa de manera tan severa. Apenas llevaba unas semanas allí y ya era la tercera vez que veía peligrar su puesto.
—Siento que haya tenido que presenciar una situación tan... desagradable.
Cavendish padre permanecía de espaldas a ella, mientras mantenía la mirada fija en los cristales de la ventana. Desde allí no se apreciaba más que una parte de los jardines, exactamente el recóndito lugar donde Lenore había estado pintando aquel magnífico rosal.
Estaba pensando lo violenta que se habría sentido de haberse sabido observada por aquel hombre cuando este se giró para mirarla.
—Supongo que a estas alturas ya sabrá que mi hija se marcha.
—Lenore se limitó a asentir, prefería dejarlo hablar y explicarse después—.
Ha decidido que el campo no es un lugar seguro para sus hijos.
Desconcertante, teniendo en cuenta que es donde se han criado los míos, incluida ella, por supuesto.
Cavendish padre agitó la cabeza como si estuviera intentando disipar esos recuerdos de su mente. Se acercó a su escritorio y se sentó tras la imponente mesa de roble.
—Comprendo la preocupación de la señora Ashford...
—No, no la comprende —cortó el padre de Marguerite con firmeza—. Ni usted ni nadie. Mi hija siempre ha sido una niña asustadiza, pero los años la están volviendo histérica. Supongo que es algo usual en las mujeres, pero comprenderá que yo no esté acostumbrado a ello.
Lenore se mordió la lengua para no decir que el hecho de ser mujer no lleva implícito una exagerada preocupación por todo. Aunque, por otra parte, si ese hombre la iba a despedir de todas formas, era un buen momento para hablar sin tapujos.
—Perdone que discrepe con usted, señor. —Dio un paso al frente a fin de dar firmeza a sus palabras—.
Dudo mucho de que sea tan usual, como afirma, encontrar mujeres cuyo exceso de preocupación se acerque lo más mínimo al de su hija.
Puede resultar común en los padres primerizos tener cierta obsesión en que su hijo crezca sano y fuerte, pero esto sucede tanto en hombres como en mujeres.
Aunque, ciertamente, ellos procuran no demostrarlo, pues los hace parecer débiles ante otros hombres.
Y eso, sin duda, es algo que los aterra.
Cavendish padre se quedó mirándola tanto rato que pensó que ni siquiera le pagaría los servicios que había prestado desde que llegó a la mansión.
Y lo cierto era que del dinero que le había dado su tía para el viaje apenas le quedaban unas monedas.
Aun así, no se movió ni un ápice ni se retractó de una sola de las palabras que había pronunciado.
Finalmente, aquel hombre se puso en pie y habló:
—Debo reconocer que es usted una mujer de carácter, señorita Gray. Y eso... me gusta. —Lenore no podía dar crédito a lo que escuchaban sus oídos —. Creo que, de otro modo, no podría ejercer su profesión.
Durante unos confusos segundos, Lenore solo pudo escuchar los atronadores latidos de su corazón. Cogió aire con cautela.
—Quiere decir que... ¿puedo permanecer en su casa?
—Por supuesto. ¿Es la duda lo que la ha traído hasta mi despacho?
—Cavendish padre cogió uno de sus papeles, como aburrido de la conversación—.
En ningún momento se me había pasado por la cabeza despedirla.
Tiene que ocuparse de mi hijo menor. Un trato es un trato.
Además, usted no tiene la culpa de que Edmund sea tan... permisivo con sus sobrinos.
Los ojos de Lenore se abrieron de manera desmesurada.
—¿Cómo sabe que fue él quien...?
—Al menos tuvo la decencia de venir a contármelo.
—Alzó hacia ella una mirada cansada por encima de sus gafas—.
Es un hombre incapaz de dominar sus emociones, señorita Gray, pero no un sucio mentiroso que oculta la verdad para librarse de su responsabilidad.
—Lenore casi jadeó ante esas palabras—. ¿Le sucede algo? Se ha puesto usted pálida de repente.
—No... no es nada. Solo algo de cansancio.