Capítulo 10
S e había encontrado a Francis a mitad de camino, mientras volvía con el grupo.
El muchacho le había contado que habían visto muy alterada a su hermana y que esta había enviado a uno de los criados que los habían acompañado al campo a ir a toda prisa en busca de un carruaje.
Todos se habían alarmado mucho al creer que algo les había sucedido a los niños, pero el señor Ashford puso paz aclarando que los pequeños se encontraban bien y que solo estaban tomando algunas medidas como precaución ante posibles adversidades.
—No debió dejarlos entrar en el río, conociendo a mi hermana —comentó Francis con evidente preocupación mientras iban camino de regreso.
La tarde había avanzado y, aunque aún quedaban muchas horas de sol, la merienda se había dado por concluida tras el incidente.
El grupo se había visto reducido tras la marcha de los señores Ashford y sus hijos, y ahora no quedaban más que los hermanos Cavendish y los señores Moore. Y Lenore, por supuesto.
—No se lo tome a mal, señorita Gray —continuó Francis—, no es mi intención regañarla. Al contrario, temo que la ira de mi padre pueda afectarla y...
Lenore miró a Francis un momento y dejó escapar el aire.
—No se preocupe, señorito Cavendish, no temo a su padre.
—Pues debería.
Lenore recordó que no importaba que aquel muchacho fuese casi tan alto como su hermano mayor, seguía habiendo un niño en su interior.
Sin embargo, no sería ella quien le mostrara que a veces es necesario rebelarse ante la injusticia, que no siempre se puede aceptar la voluntad de los demás, sobre todo si esto implica la infelicidad de uno mismo.
No, ella no era la más indicada para educar en esos aspectos de la vida porque, aunque acababa de negarlo, tenía miedo.
Sí, lo tenía. Miedo a ser descubierta, a tener que regresar, y miedo a...
—Será mejor que vaya a hablar con los señores Moore, señorito Cavendish. Serán mejor compañía que yo.
—Permítame que lo dude, pero si así lo desea... —El muchacho se volvió, dispuesto a hacer lo que Lenore le había pedido, cuando se detuvo y giró la cabeza—. Francis.
—¿Cómo dice?
—Puede llamarme Francis. Señorito Cavendish suena demasiado... formal.
Agitó la cabeza y no pudo reprimir una sonrisa.
—Hágame caso y vaya con sus vecinos. Y, como le he dicho, fíjese en el comportamiento del señor Moore. Aprendemos observando, no lo olvide..., señorito Cavendish.
El muchacho le regaló una amplia sonrisa, a pesar de que ella hubiera ignorado su petición. Una vez que se hubo alejado, Lenore volvió la vista al frente.
La campiña a su alrededor se vestía de distintos tonos de verde y marrón.
La arboleda de su derecha seguía el curso del río, y las montañas que se alzaban a su izquierda parecían custodiar todas aquellas tierras.
Hasta ella llegaba el aroma del campo, de la hierba fresca y de la lavanda que se extendía más allá, salpicando de morado el campo. Era un paraje muy hermoso.
—El legado de los Cavendish. —La sobresaltó el hermano de Francis.
Ella ni siquiera se giró para mirarlo. Sabía lo que encontraría: un hombre altivo, luciendo un sombrero de copa y creyéndose dueño y señor de todo cuanto le rodeaba.
—¿Tiene por costumbre irrumpir en la vida de los demás sin haber sido invitado a ello?
—Algo me dice que usted nunca me invitaría.
—Me alegro de que al menos el instinto no le falle.
El señor Cavendish agitó la cabeza, pero no se alejó de Lenore, sino que continuó caminando a su lado. Ella se volvió y pudo ver a Francis acompañando a los señores Moore, que los seguían varios pasos por detrás. Se alegró de que al menos uno de los Cavendish diese muestras de buena educación.
Cuando volvió a mirar hacia el frente, aguardó unos segundos. Tal vez el señor Cavendish se había acercado a ella con la intención de disculparse por haberla puesto en una situación comprometida con su hermana.
Pero los segundos pasaron y tan solo se escuchaba el crujido de sus botas sobre la tierra. ¿Entonces para qué había iniciado aquella conversación? Reparó en las palabras que había pronunciado. Sí, todo aquel legado haría de él uno de los hombres más ricos de los alrededores.
—¿Cree usted que el dinero lo es todo? —preguntó sin poder evitarlo.
El señor Cavendish alzó las cejas durante un brevísimo instante, pero enseguida recuperó su máscara de indiferente seriedad.
—Bueno, el dinero es importante.
—¿Lo es realmente o somos nosotros los que le damos esa importancia?
—¿Qué diferencia hay?
—Mucha. —Él la miró con el ceño fruncido—. Usted mismo se acerca a mí para pavonearse de lo que un día serán sus posesiones.
—Yo no...
—Creyendo que con eso hará que me sienta en una situación inferior a usted y, por tanto, suponga que debo obedecer a todo cuanto me pida. Y no solo eso, además, pretende que piense que sus opiniones merecen más consideración que las mías porque usted es, simplemente, más rico que yo.
—En ningún momento he...
—Pues permítame decirle que se equivoca.
Sí, no ponga esa cara. Está completamente equivocado.
Ninguna persona es superior a otra por el mero hecho de poseer más bienes.
Porque el dinero no engrandece a su poseedor.
Lo que hace grande a un ser humano no es lo que tiene, sino lo que hace con lo que tiene.
El señor Cavendish detuvo sus pasos y se quedó mirándola de una forma muy extraña.
—¿Qué sucede?
—¿Es usted siempre tan elocuente con sus palabras?
Lenore se quedó muy seria, mirando al hermano de Francis durante más tiempo del aconsejado para una señorita, hasta que escuchó la voz de la señora Moore y volvió la cabeza.
—No se sienta culpable, señorita Gray. Todos podemos cometer un error de vez en cuando y no por ello debemos fustigarnos toda la vida.
—Lenore volvió la cabeza hacia la señora Moore, que pasaba por su lado en ese momento y depositaba una mano maternal sobre su hombro—.
Verá cómo los niños salen adelante. Un poco de agua no acabará con ellos, son fuertes.
Lenore no respondió, sino que se limitó a clavar la vista en el señor Cavendish. Este desvió la mirada.
—¿Está bien, señorita Gray? —musitó Francis al pasar a su lado.
Ella afirmó con la cabeza para no preocupar al muchacho, pero en su interior sentía que algo estaba a punto de estallar.
Cuando todos se hubieron alejado unos cuantos pasos, ella volvió a mirar al señor Cavendish con acidez.
—¿Ve, señor Cavendish, como el dinero no lo es todo en la vida? —Él levantó las cejas y ella dio un paso al frente—. Tener principios y ser fiel a estos merece mi reconocimiento por encima del dinero y el poder.
—¿Intenta decirme que no los tengo?
Edmund bajó la cabeza para mirarla de frente. Ahora parecía ofendido, por fin.
—No he sido yo la que lo ha dicho, pero ya que lo menciona... Cada uno debería hacerse responsable de sus actos.
—Apenas me encuentro con mis sobrinos dos veces al año. No me culpe por querer verlos felices.
—A veces hay que poner límites a los sentimientos.
El señor Cavendish abrió la boca, pero pareció pensárselo mejor y la cerró de nuevo. Después de un breve silencio, masculló:
—No todos podemos controlar nuestros sentimientos tan bien como usted, señorita Gray.
El rostro de Lenore cambió de color, pero por suerte el señor Cavendish no pudo verlo, porque se giró para darle la espalda y se alejó de ella con paso rápido.
¿Qué había querido decir aquel hombre con lo de controlar sus sentimientos? ¿Qué significaban sus palabras? ¿Acaso había descubierto lo que ella ocultaba?
Su pecho se agitó al acelerarse la respiración. No, no podía haberla descubierto. Había puesto mucho cuidado para que nadie la viera escribir a su tía. Lo mismo que en buscar quien llevase la carta al correo.
Era imposible que el señor Cavendish supiera algo. Y, sin embargo...
—¿Se encuentra bien, señorita Gray? La veo algo pálida.
Un timbre de preocupación se coló en la voz de Francis, que se había quedado rezagado. Parecía tener el don de aparecer siempre que algo la turbaba.
—No es nada, no debe preocuparse.
El muchacho dirigió la vista al frente y frunció el ceño.
—Si mi hermano ha dicho algo que la haya podido molestar, estoy dispuesto a hablar con él y...
—No será necesario, señorito Francis, estoy bien. Es solo algo de cansancio, nada más.
—Para ser la primera merienda campestre a la que asisto, he de decir que ha sido...
diferente a lo que me esperaba. —Lenore se volvió hacia él con curiosidad—.
No sé, creo que me había imaginado algo distinto.
Una conversación amena, un intercambio de anécdotas, alguna que otra confidencia o secreto familiar... Ya sabe, cosas así.
Lenore sonrió ante la ocurrencia de Francis.
—Debo decirle que es algo natural su decepción. Todos tendemos a idealizar aquello que se nos prohíbe hacer, creyendo que es siempre mejor que lo que está a nuestro alcance, cuando, en realidad, la mayoría de las veces no lo es.
—¿Está insinuando que el resto de eventos sociales de los que ahora puedo disfrutar serán similares a lo sucedido esta tarde?
—Espero que no, por mi bien. No creo que su hermana consintiese en que su padre me mantuviera como institutriz si sus hijos volviesen a correr peligro.
—Sería terrible que eso sucediera. —La sonrisa de Francis se extendió.
—Sobre todo para mí, señorito Cavendish.
—Nadie lograría hacer con mi padre el trato que usted hizo, así que con su marcha perderíamos los dos, no lo olvide.
Lenore inclinó la cabeza y le dedicó una leve sonrisa, a lo que él respondió con otra inclinación y un extraño brillo en los ojos.
Sin embargo, la sinceridad y la candidez de Francis no habían logrado acallar la inquietud que la acusación de su hermano Edmund había despertado en ella.
Y, a pesar de que en el camino de vuelta no la volvió a importunar, Lenore tampoco pudo dejar de imaginar qué sería de ella si era cierto que el primogénito de los Cavendish había descubierto su plan.