Capítulo 9 #2
—Quédese con ellos —añadió Lenore con una sonrisa—, escuche y aprenda. Pero procure no intervenir demasiado. Aunque su padre no esté aquí presente, para los oídos curiosos no existe la distancia.
Lenore se puso en camino y no tardó mucho en llegar hasta donde se encontraban los pequeños. Tal y como había dicho la señora Moore, un estrecho río cruzaba por delante de ellos. Sus aguas cristalinas permitían ver las piedras que la corriente acariciaba a su paso.
—Charlie —lo llamó Lenore cuando vio que el niño estaba a punto de introducir el pie en el agua.
—¡Quiero bañarme! —protestó el pequeño.
—Yo también —afirmó Mary recogiéndose la falda de su vestido.
—Lo siento, pero no será posible. —Lenore dio un paso al frente con el rostro muy serio—. Hemos venido a un pícnic, no a un baño. Además, para mojarse necesitarían traje de baño y, que yo sepa, ninguno de los dos lo lleva.
Los niños se miraron el uno al otro antes de volverse de nuevo hacia el riachuelo. Lenore se dio cuenta de que su argumento no era suficiente para ellos.
—Solo los niños pequeños se bañarían sin su traje, y ustedes son ya unos jovencitos. No desearán que los traten como a críos de pecho, ¿verdad? —Ambos se detuvieron y negaron con la cabeza; Lenore sonrió ante su gesto—. Muy bien, entonces vengan conmigo y regresemos a tomar otro trozo de bizcocho.
La pequeña Mary no tardó en acercarse a donde estaba Lenore, pero Charlie, en cambio, se quedó mirando las aguas que seguían su curso, despertando un murmullo a su paso.
—¿Te gusta el agua, Charlie? —La voz del señor Cavendish a su espalda la sobresaltó.
El niño asintió con energía y Lenore se volvió hacia el hombre para lanzarle una mirada inquisitiva. Bastante le había costado convencer al niño para que ahora viniese él y tirase por tierra lo que había conseguido.
Pero aquel caballero solo tenía ojos para su sobrino, al que sonreía levemente.
—Lo cierto es que estábamos a punto de marcharnos, ¿verdad, Charlie?
—Bueno, hace un día caluroso, ¿no cree? —Lenore abrió la boca para rebatir su afirmación, pero no tuvo tiempo de hacerlo—. Quizá a alguien le gustaría meter los pies en el agua.
Ambos niños se pusieron a gritar, y Mary no tardó en soltarse de la mano de Lenore. Ella apretó los labios con fuerza mientras alzaba la barbilla.
No tuvo tiempo de mediar palabra antes de que los pequeños se hubiesen descalzado y estuviesen chapoteando en el agua.
—Ven, tío Edmund, ven con nosotros —lo animó Charlie entre risas.
Él se acercó a la orilla y, por un momento, Lenore pensó que también iba a descalzarse.
Aquella escena le parecía de lo más inusual.
Los niños reían mientras el señor Cavendish los animaba a saltar y chapotear.
Lenore volvió la cabeza en dirección al resto del grupo un par de veces.
Si Marguerite viese esa escena, sin duda le daría un ataque.
—No creo que a la señora Ashford le agrade la idea de que sus hijos...
—A mi hermana no le agrada nada que pueda ser mínimamente divertido para los niños, señorita Gray. —Lenore se tensó al escucharlo—. En eso se parece a mi padre.
—Su hermana solo es una madre preocupada que...
Enmudeció cuando el señor Cavendish se giró para mirarla.
—Usted misma lo ha dicho: «preocupada». Demasiado, a mi parecer. —Entonces, él se acercó y se situó frente a ella—. La vida está para vivirla, señorita Gray. Si no, ¿qué sentido tiene?
Ella le sostuvo la mirada durante unos segundos que se le hicieron eternos mientras a su alrededor solo se escuchaba el piar de los pájaros y las risas cantarinas de los niños.
—¡Oh, Dios mío!
El angustioso grito les hizo girar la cabeza. La señora Ashford tenía los ojos muy abiertos y miraba a sus hijos sin pestañear. Su rostro se transformó por completo cuando se volvió hacia Lenore.
—¡Usted! —La traición teñía su voz mientras la señalaba con el dedo—. Me ha asegurado que cuidaría de ellos, que los protegería, y ahora... ahora están ahí, expuestos al frío de las aguas, a las enfermedades, ¡e incluso a la muerte!
—Cálmese, señora Ashford, yo...
—¡No me pida que me calme! No es quién para hacerlo. Su labor se limita a cuidar de niños ajenos que no significan nada para usted. No es madre y no tiene ni idea de lo que eso implica. Y, a juzgar por su actitud, espero que nunca llegue a serlo.
El señor Ashford apareció, sin duda atraído por los gritos de Marguerite, y cogió a los niños de la mano después de haberles ayudado a calzarse para llevarlos junto a su esposa. Esta dirigió una última mirada airada a Lenore antes de añadir:
—Pediremos que venga un carruaje a buscarnos. Los niños no pueden volver a casa andando tal y como llevan la ropa. Será mejor que entren en calor cuanto antes.
—En calor, por supuesto —murmuró entre dientes el señor Ashford—. ¿Quién no querría entrar en calor en pleno julio?
Lenore los vio alejarse y, tras ellos, emprendió la marcha el señor Cavendish.
De sus labios no brotó una disculpa, ni siquiera una palabra en defensa suya.
Ese hombre había guardado silencio, permitiendo que toda la culpa recayera sobre sus hombros.
Y ella se había limitado a callar, porque era lo que se esperaba de su posición.
Sin embargo, sabía muy bien lo que su tía Augusta le diría en ese momento: «Si esperas a que el mundo te dé permiso para vivir, querida, morirás aguardando».
Y, como siempre, su tía tenía razón.