Capítulo 9
L o único que Lenore lamentaba de asistir a aquel pícnic era tener que ver al hermano mayor de Francis.
No podía evitar que ese hombre le alterase el espíritu.
El hecho de que siempre le estuviera lanzando miradas furtivas con ese rostro tan serio se le hacía sumamente tedioso.
Por suerte, se habían acercado unos vecinos para compartir con ellos la merienda campestre, lo que hacía que el grupo fuese lo bastante numeroso como para no tener que cruzar una sola palabra con él sin parecer descortés.
Sin embargo, no podía evitar mirarlo, por más que lo intentara.
Resultaba increíble que se hubiera traído a una excursión campestre ese ridículo sombrero de copa del que parecía no desprenderse jamás.
Agradeció que la señora Ashford le hubiese pedido que estuviera pendiente de los niños, alegando que «el campo albergaba grandes peligros para ellos».
Lenore no compartía esa opinión, al contrario, ella era amante de la naturaleza y sabía que aquel paseo les haría muy bien a los pequeños.
Sin embargo, la excusa de vigilarlos le había venido como anillo al dedo, pues le permitía mantenerse algo rezagada del grupo, aunque lo bastante cerca como para escuchar la conversación que mantenían sus miembros.
—Me alegro tanto de que lograra convencer a su padre, Edmund —dijo la señora Moore, una mujer con aspecto maternal y mirada melancólica que parecía haber sido muy amiga de la difunta señora Cavendish—. Aunque me hubiese gustado mucho gozar de su compañía en un día tan espléndido.
—Ya sabe que mi padre no es aficionado a salir al campo.
—Bueno, desde que su esposa murió, su padre ha cambiado mucho. Puede que usted no lo recuerde, pero era un hombre muy alegre que disfrutaba con la caza, la pesca y cualquier otro entretenimiento campestre.
A Lenore le costó aceptar que la señora Moore estuviera diciendo la verdad y supuso que exageraba, como hacen quienes recuerdan el pasado como un tiempo mejor de lo que fue.
—Como bien afirma usted, no tengo recuerdo alguno del hombre que describe.
El pequeño Charlie echó a correr y a Lenore no le quedó más remedio que ir tras él, pasando demasiado cerca del señor Cavendish.
—Oh, ¿es esa la institutriz que ha contratado su padre, Edmund? —preguntó la señora Moore. Pero no dio tiempo a responder al aludido, pues añadió—: Parece una mujer competente.
A Lenore le hubiese gustado escuchar la respuesta del señor Cavendish, pero cuando la pequeña Mary se unió a la carrera de su hermano, tuvo que acelerar el paso y alejarse de ellos.
Más tarde consiguió detenerlos, gracias a la ayuda de Francis, que amenazó a ambos con comerse su postre si no le hacían caso a Lenore.
—Gracias —musitó ella cuando hubieron regresado al lugar de la merienda—. Si no hubiese sido por usted, todavía estaría persiguiendo a esos dos diablillos.
—No tiene mérito, les encanta el dulce. Si alguna vez desea conseguir algo de ellos, prométales un pastelito de chocolate. Verá cómo se transforman.
Lenore dirigió una sonrisa a Francis, y este se la devolvió.
Cuando llevó la vista al frente, los ojos del señor Cavendish estaban clavados en ella con esa expresión indescifrable.
Desvió la mirada y ayudó a la señora Ashford a extender la manta y a disponer las viandas para la merienda: algo de queso, nueces, almendras, limonada y un bizcocho de vainilla, que fue la delicia de los niños.
—¿Y cuánto tiempo dice que lleva usted ejerciendo de institutriz? —preguntó la señora Moore a Lenore cuando todos se sentaron sobre la manta.
No necesitaba tiempo para recordar los detalles de la historia inventada por su tía y ella misma, pero se detuvo unos instantes mientras acariciaba el tejido: lana merina, bordes rematados a mano y colores ricos que no desmerecían junto al brillo de la vajilla de plata.
Incluso en algo tan sencillo como un pícnic, los Cavendish encontraban la forma de recordar al mundo su posición.
—No más de dos años —respondió finalmente.
—Pero aportó unas referencias excelentes —apuntó la señora Ashford—. De otro modo, mi padre no la habría contratado.
Lenore miró de reojo a Francis, que permanecía con la cabeza baja y los puños cerrados.
—Por supuesto, por supuesto. No pongo en duda el criterio del señor Cavendish. Solo que los niños son tan pequeños que...
—Oh, no, la señorita Gray no es la institutriz de Charlie y Mary. —La señora Ashford rio ante la ocurrencia de la señora Moore—. Mis pequeños no precisan de sus conocimientos todavía, son tan solo unos... ¡No os alejéis demasiado, niños!
—¿Y entonces? —La mujer parecía confundida.
—Mi padre ha tenido la extraordinaria idea de contratar a la... señorita Gray por Francis —intervino el señor Cavendish, dando vueltas en las manos a su sombrero de copa—. Pero todos sabemos que él no precisa de ninguna institutriz. Todos menos mi padre, al parecer.
A Lenore no le pasó inadvertida la mirada que le dirigió el primogénito de los Cavendish.
—Bueno, Bernard tendrá sus razones para hacer lo que hace —insistió la señora Moore—. Todos sabemos que es un hombre razonable y de gran criterio.
—¿Sabe?, a veces pienso que no hablamos del mismo hombre.
La señora Moore se quedó mirando al señor Cavendish con la boca abierta, pero este se levantó y se alejó un par de pasos del grupo.
—Marguerite, ¿acaso he dicho algo inapropiado?
La mujer se dirigió a la señora Ashford y esta se giró para mirar una última vez a sus hijos antes de responder:
—No haga caso a Edmund, querida, últimamente está muy irascible. Debe ser que echa de menos el bullicio de Londres y los entretenimientos que esa ciudad ofrece.
—O..., tal vez, eche de menos a alguna dama.
La señora Ashford miró a su hermano con un renovado interés.
—¿Usted cree, señora Moore?
—Solo hay dos motivos para que un hombre esté de mal humor continuamente, Marguerite. O bien la comida no es de su agrado, o bien le pesa la ausencia de la mujer a la que ama.
Por primera vez desde que se sentaron a merendar, el señor Moore intervino en la conversación con tono jocoso.
—Eso es mucho decir, amada esposa. Hay una gran cantidad de razones que ponen de mal humor a los hombres.
—Ah, ¿sí? Dígame una.
El señor Moore se quedó un buen rato pensando, tiempo que aprovechó para tomar un trozo de queso y beber un sorbo de limonada.
—Por ejemplo —dijo al fin—, tener que responder a las incesantes preguntas de su esposa.
Todos comenzaron a reír ante la ocurrencia de aquel hombre. Incluso al señor Ashford, siempre de rostro inexpresivo, se le dibujó una sonrisa en los labios.
—En cualquier caso —continuó la señora Moore—, Edmund no tiene esposa, lo cual nos deja con la curiosidad de saber si hay alguna mujer en Londres que haya conquistado su corazón.
Lenore miró al señor Cavendish, que se encontraba apoyado sobre un tronco, bajo la sombra de un árbol situado a un tiro de piedra del grupo.
Estaba segura de que desde allí podía escucharlos con claridad, puesto que el trino de los pájaros era el único sonido que rompía el silencio de aquel lugar.
Sin embargo, el rostro de aquel hombre no se inmutó ante las palabras de la señora Moore.
Al contrario, se mantuvo con una expresión concentrada y con la mirada fija en sus sobrinos, que correteaban de un lado a otro.
—¿..., señorita Gray?
Al escuchar su nombre se volvió hacia el grupo y descubrió que todos tenían la mirada fija en ella.
—Disculpe, ¿me decía?
—La señora Moore le preguntaba de dónde es usted, querida. —La hermana de Francis se giró de nuevo para echar un vistazo a sus hijos y arrugó el entrecejo al verlos un poco más lejos que antes.
—Es que su rostro me resulta familiar, como si nos hubiésemos visto antes... —añadió la mujer, retocando su peinado al ver que algunos de sus cabellos grises se le habían soltado con la suave brisa de la tarde.
Lenore se quedó congelada en el sitio. Guardó silencio y tragó saliva un par de veces antes de abrir la boca, pero por suerte no tuvo tiempo de decir nada.
—¡Señor Ashford, señor Ashford! —gritó Marguerite, poniéndose en pie de manera atropellada—. Los niños se han alejado demasiado, casi no puedo verlos. ¿Es que no piensas hacer nada al respecto?
El hombre volvió la cabeza hacia donde se encontraban sus hijos y los vio persiguiendo una mariposa. Se volvió hacia su esposa y se encogió de hombros.
—¡No puedo creerlo! Mis hijos, frágiles e indefensos, expuestos a la ira de cualquier bestia del campo... ¡Me tiemblan las piernas!
La señora Ashford se llevó una mano a la frente y miró a su marido de soslayo, pero este se limitó a coger otro trozo de bizcocho.
—No les pasará nada —aseguró la señora Moore en tono conciliador—, esta es una zona segura, apenas hay un pequeño riachuelo más allá.
—¡Un río! No puede ser, mis niños ahogados mientras su padre descansaba felizmente en una merienda campestre y...
Lenore vio la oportunidad de rehuir la respuesta a la pregunta que la señora Moore le había hecho, así que se puso en pie.
—Tranquila, señora Ashford, iré con ellos y me aseguraré de que no les suceda nada malo.
—Oh, querida, sus palabras son un bálsamo para mis nervios. No sabe cuánto se lo agradezco.
—Vamos, vamos, tome asiento y beba un poco de limonada. —La señora Moore ayudó a Marguerite a recostarse sobre la manta que habían extendido en el suelo, y esta obedeció sin oponer resistencia.
Lenore estaba a punto de marcharse cuando el señorito Francis la detuvo.
—¿Quiere que la acompañe?
—No estaría bien visto que nos alejásemos juntos del grupo.
Las mejillas del muchacho parecieron enrojecer mientras bajaba la mirada al suelo, lo que a Lenore le despertó ternura.
Sabía bien que otros chicos de su edad conocían de sobra las normas sociales e incluso habrían cortejado ya a alguna que otra dama, pero Francis no había gozado de bailes ni de eventos sociales en casa, por lo que su conocimiento de las mujeres se limitaba a su niñera o a su institutriz.