Capítulo 8
L a mañana había amanecido soleada y Lenore había decidido salir a dar un paseo.
Al ver el sombrero de copa sobre el busto de la entrada, supo que el mayor de los Cavendish estaba en la casa y decidió darse prisa para no cruzarse con él.
Hasta ahora había sido un buen día y no quería echarlo a perder.
Por ello, después de repasar algunas lecciones con su pupilo, que más le parecieron un intercambio de opiniones que clases en sí mismas, abandonó la casa y se adentró en los jardines.
Durante su paseo estuvo pensando en el muchacho.
Francis era un chico culto que había sido educado en uno de los mejores colegios de Londres.
Un colegio rígido y severo donde las normas jamás debían ser quebrantadas.
Él mismo le había reconocido que odiaba estudiar allí, pero que llevaba tanto tiempo haciéndolo que no conocía otra cosa.
A Lenore le sorprendió que, a pesar de haber sido criado en un ambiente tan estricto, fuese un chico tan agradable.
Hablaba con cariño de su hermano Edmund, al que no dejó de disculpar por la cena del día anterior desde que empezaron a conversar.
También tenía buenas palabras para su hermana, a pesar de que la consideraba muy habladora, algo que Lenore no se molestó en negar.
Incluso llegó a defender a su padre diciendo que lo había enviado a Londres porque quería la mejor educación para él.
Lenore decidió no llevarle la contraria, pues no quería añadir más dolor a un corazón tan sensible como el que parecía ser el de ese muchacho.
En aquel momento de paz que se había tomado tras las clases, se dedicó a recorrer el inmenso laberinto que suponían los jardines traseros de la enorme mansión.
Después de caminar durante un buen rato, se había dado cuenta de que los altos setos que conformaban las paredes de ese laberinto floral encerraban a su vez pequeños jardines que suponían tesoros en sí mismos.
Se había detenido a descansar en un banco situado en uno de ellos, rodeada del perfume de las malvarrosas y de la exuberancia de las dedaleras.
Sin embargo, estaba a punto de regresar a su habitación para descansar cuando al girar para dejar atrás uno de los altos setos se tropezó con el primogénito de los Cavendish.
—Disculpe —dijo ella, a pesar de que el error había sido claramente de él, por caminar mirando al suelo.
—Está aquí... —fue lo único que expresó él.
—¿Me buscaba?
—No. Bueno, sí —carraspeó, echando los hombros hacia atrás y poniendo las manos a la espalda.
Lenore alzó una ceja y lo miró en silencio, esperando a que se aclarara de una vez.
—¿Está Francis con usted? —preguntó finalmente.
—No. Terminamos las clases hace un rato.
Lenore se hizo a un lado dispuesta a continuar su camino, pero el señor Cavendish dio un paso lateral y le cortó el paso. Ella alzó la mirada.
—¿Necesita algo más de mí? —No era un ofrecimiento, sino más bien una acusación.
—Solo... quería decirle...
—¡Tío Edmund!
El niño salió de la nada y se lanzó corriendo hacia su tío para abrazar su pierna, que era lo único que le permitía su altura.
—¿Charlie? ¿Charlie, dónde estás? —Se escuchó la voz angustiada de la señora Ashford, que apareció corriendo y con el rostro sudoroso—. Oh, por fin te encuentro, diablillo. Ah, Edmund, eres tú. Señorita...
—Gray —apuntó el señor Cavendish.
Lenore se volvió hacia él; ignoraba que supiera su nombre. Pero el hermano mayor de Francis no apartó la vista de su sobrino, al que intentaba separar de su pierna con poco éxito.
—Gray, por supuesto, discúlpeme. —Lenore le dirigió una sonrisa acompañada de una inclinación de cabeza y la mujer le correspondió con el mismo gesto—.
Edmund siempre ha tenido buena memoria, por eso se hizo abogado.
Cómo, si no, iba a recordar todas esas incontables leyes que rigen nuestro país, ¿verdad?
—Ignoraba que su hermano ejerciera una profesión, señora Ashford —dijo Lenore con tono de sorpresa, tratando de infundir al hombre una dosis de humildad.
Si ejercía una profesión, entonces no eran tan distintos. Pero el rostro del señor Cavendish no dejó traslucir vergüenza alguna, y la señora Ashford respondió sin darle más importancia.
—Oh, Edmund es un caballero demasiado inquieto para vivir entre cuatro paredes sin hacer otra cosa que admirar el reloj para ver cómo transcurre el tiempo.
—Se acercó a su hermano y cogió al pequeño Charlie en brazos—.
A él siempre le ha gustado luchar por las causas imposibles e imponer justicia donde no la hay.
Ah, no sabe la de quebraderos de cabeza que le ha dado a mi padre. Una vez...
—No creo que a la señorita Gray le interese conocer mi vida —intervino el aludido dando un paso al frente, sin más expresión en el rostro que una mezcla entre irritación e indiferencia.
Sí, sin duda haría buena carrera en los tribunales. A Lenore no le costaba imaginarlo en el estrado fulminando con su implacable mirada a culpables e inocentes.
—Vamos a jugar, tío Edmund —suplicó el pequeño Charlie, extendiendo una mano hacia el señor Cavendish.
—Otro día. Lo prometo —respondió él, y el niño escondió el rostro en el hombro de su madre como respuesta a la negativa.
—Hay que ver lo serio que estás esta mañana, Edmund. No te reconozco. —La señora Ashford abrazó a su hijo, apretándolo contra su pecho—. ¿He dicho algo que te haya molestado? ¿Lo ha hecho acaso Charlie?
—Dudo que haya podido molestar al señor Cavendish —apostilló Lenore sin poder evitarlo—. Hasta donde yo sé, los abogados carecen de sentimientos.
La risa cantarina de la señora Ashford resonó más allá del pequeño jardín que los rodeaba, pero los labios de su hermano se transformaron en una fina línea mientras la miraba fijamente. Lenore fingió no darse cuenta.
—Tiene usted razón. Pero Edmund no fue siempre así, ¿verdad, querido hermano? Hubo un tiempo en que fue un joven muy divertido. Recuerdo un día que padre...
—Marguerite, como te he dicho antes, no creo que...
—Por favor, continúe —dijo Lenore escondiendo una sonrisa.
—¿Has visto, Edmund? La señorita Gray tiene verdadero interés —se regocijó la hermana—.
Como le iba diciendo, mi padre nos prohibió ir a las caballerizas, pero Edmund me convenció para desobedecer.
—Lenore volvió la vista hacia el señor Cavendish para dirigirle una mirada de reproche, pero él tenía los ojos clavados en algún punto lejano más allá de ellas dos—.
Cuando llegamos y vimos el caballo de mi padre, a Edmund no se le ocurrió otra cosa que...
—Marguerite, no... —El aludido resopló justo antes de dar media vuelta y alejarse de ellas negando con la cabeza.
—Pero ¿qué le sucede a mi hermano esta mañana? Se comporta de una manera... de lo más extraña.
—Será el tiempo, señora Ashford —comentó Lenore de manera distraída mientras sus ojos seguían clavados en la espalda del hermano mayor.
—¿El tiempo? —La mujer alzó la mirada al cielo como si lo estuviera inspeccionando—. ¿Usted cree que lloverá? Espero que no, por nuestro bien.
El pequeño Charlie dejó escapar una leve tos que, instantáneamente, agitó a su madre.
—Oh, no, ahora no, hijo mío —se lamentó mientras le daba unos suaves golpes en la espalda al niño—. No me gustaría nada tener que renunciar al pícnic de esta tarde.
—¿Pícnic? ¿Qué pícnic?
—¿Nadie se lo ha dicho, querida? Como la vi hablando con mi querido hermano, supuse que él se lo había contado.
—Lenore negó con la cabeza, para nada sorprendida—.
Esta mañana lo escuché conversando con mi padre sobre ello.
Y parece que ha logrado convencerlo, porque vino a buscar a los niños para darles la noticia.
Sabe lo mucho que les gusta jugar en el campo.
Pero si usted cree que el tiempo podría cambiar, quizá deberíamos quedarnos en casa.
Al menos mis hijos. No quiero que se enfermen, usted ya me entiende, los niños son muy delicados.
—Yo quiero ir a jugar con el tío Edmund —protestó el pequeño Charlie.
—No creo que llueva, señora Ashford.
Lenore lamentó haber hecho ese comentario sobre el tiempo. Lo había hecho por educación, pero debería haber imaginado que la señora Ashford se lo tomaría en serio.
—¿Está segura? Si tiene cualquier duda, no iremos. No me importa que el pobre Edmund se haya esforzado tanto para convencer a nuestro padre.
—Bueno, tampoco creo que le haya supuesto tanto esfuerzo. Al fin y al cabo, no es más que un pícnic.
—Oh, querida, cómo se nota que no ha vivido usted nunca en Rosegate Manor.
—La señora Ashford bajó de sus brazos al pequeño Charlie, que ya empezaba a removerse—.
Desde que mi madre falleció, que en paz descanse, en esta casa no se ha organizado absolutamente nada.
Ni salidas al campo, ni visitas sociales, ni invitaciones a amigos o familiares ni mucho menos bailes.
Como comprenderá, un pícnic es todo un acontecimiento para nosotros.
Lenore no pudo evitar preguntarse cómo se podía sobrevivir todo un invierno en una mansión tan grande sin gozar siquiera de visitas.
—Y, si me permite preguntar, ¿hace poco que perdieron a su madre?
Charlie tiró de la falda de la señora Ashford y esta le dirigió una mirada de reprobación, a lo que el niño respondió con un gruñido y salió corriendo.
—No, querida. Mi madre falleció hace años, durante el parto de Francis. Y ahora, si me disculpa...
Lenore vio cómo la mujer salía a toda prisa tras su hijo, que ya se había perdido entre los altos setos que rodeaban el pequeño jardín.
Mientras la veía alejarse, pensó en lo difícil que debía haber sido la vida para ellos.
Crecer sin una madre era una de las peores cosas que podían sucederte en la vida. Ella lo sabía bien.
Mientras caminaba, intentó comprender al padre de los Cavendish, que había enviado a su hijo a estudiar fuera en vez de retenerlo a su lado y aferrarse a él para llenar el hueco que había dejado su esposa al marchar.
A menos que no hubiese hueco que llenar, claro.
Lenore conocía demasiados matrimonios concertados donde marido y mujer apenas se toleraban.
Sin duda, la falta de uno de ellos no conllevaría pena alguna para el otro, tan solo, quizá, hastío por tener que hacerse cargo del hijo pequeño.
Tal vez por ello Cavendish padre, en el momento en que tuvo oportunidad, envió al señorito Francis a un internado, para deshacerse de la obligación de cuidarlo.
Lenore sintió lástima por ese hombre amargado que había hecho de su casa una prisión, pero más aún por su hijo menor, al que jamás había querido.
Si en algún momento dudó si seguir o no adelante con su plan, fue en este instante en el que se disiparon sus dudas.
Liberaría al señorito Francis de las cadenas que su padre le había impuesto, porque ella creía firmemente que nadie debía obligar a otro a cumplir su voluntad.
No, todo ser humano debería poder tomar sus propias decisiones. Fuese hombre o mujer.
Y lucharía hasta su último aliento por demostrarlo.