Capítulo 7 #2
Lenore se volvió hacia el muchacho y se tocó el lóbulo de la oreja, pero este solo tenía ojos para su hermano y no se dio cuenta.
—¿Qué hace ella aquí?
El señor Cavendish dirigió la pregunta a su padre mientras la señalaba con el dedo, pero el hombre guardó silencio al tiempo que tomaba su sopa como si nada.
—He dicho que qué hace esa mujer aquí —repitió, elevando aún más la voz.
—Edmund... —empezó a decir Francis, pero ella lo miró y negó con la cabeza.
Gracias a Dios, esta vez sí que la vio y selló sus labios al tiempo que apretaba los puños.
—No tengo que darte ninguna explicación de lo que hago o dejo de hacer —contestó finalmente Cavendish padre evitando mirar a su hijo—. Y, ahora, puedes unirte y cenar en familia o marcharte y dejarnos comer en paz.
—¿En familia? Esto no es una familia —replicó el señor Cavendish.
Dicho lo cual, dio la espalda a su padre dispuesto a abandonar el comedor.
—Edmund...
El nombre escapó de los labios de Francis como un susurro. Lenore deseó que nadie más que ella lo hubiese escuchado, pero el silencio en aquella habitación era tal que hasta el sigiloso caminar de un gato hubiese llamado la atención.
El señor Cavendish se volvió hacia su hermano menor, lo que borró la crudeza de su semblante.
Francis le devolvió la mirada con un brillo de súplica en sus ojos.
Finalmente, el primogénito de los Cavendish bajó la mirada y se sentó a la mesa junto a su cuñado, logrando arrancar con ello una sonrisa a su hermano pequeño.
La cena transcurrió en un silencio bastante incómodo, roto de vez en cuando por los monólogos de la señora Ashford, a los cuales su esposo respondió con carraspeos, monosílabos o cualquier otra expresión que no le obligara a tener que formular más de dos palabras seguidas.
A Lenore no le molestó ese silencio, al contrario, lo agradeció sobremanera.
Lo que sí le incomodaron fueron las continuas miradas de reprobación que el señor Cavendish no dejó de dirigirle desde el otro lado de la mesa.
Aquel hombre era irritante y había estado a punto de echar a perder la primera cena de Francis, pero ella era solo la institutriz, y no podía permitirse el lujo de decirle lo que pensaba de él.
Una vez concluida la cena, Cavendish padre abandonó la mesa sin despedirse siquiera de sus hijos.
Los Ashford hicieron lo propio, aduciendo que estaban cansados y que debían asegurarse de que sus pequeños estaban acostados y durmiendo.
Aunque, a decir verdad, esto último lo añadió la señora Ashford.
Cuando todos se hubieron marchado, Lenore miró a Francis. Había llegado la hora de retirarse también. Sin embargo, el muchacho tenía los ojos clavados en su hermano.
—¿Se puede saber qué te pasa, Edmund? —El aludido alzó la cabeza y frunció el ceño—. Es la primera vez que padre me permite asistir a una comida y te comportas como... como un...
A Lenore se le ocurrieron muchos adjetivos con los que podría haber completado esa frase, pero como a Francis no le convenía enemistarse con su hermano —ya tenía suficiente con su padre—, se tocó el lóbulo de la oreja. Sin embargo, su gesto pasó desapercibido para Francis, que continuó hablando:
—Hubiese esperado cualquier cosa de padre. De él sí, pero de ti, Edmund, de ti... Esperaba algo más.
Lenore decidió poner fin a las acusaciones que Francis le hacía a su hermano.
—Será mejor que nos retiremos, señorito Cavendish.
—Sí, será lo mejor.
Ambos se pusieron en pie, dispuestos a marcharse, cuando una voz los detuvo.
—¿De verdad te parece bien que esta mujer te... acompañe como si fueras un niño pequeño? No pienso consentirlo, Francis. Hablaré con padre de nuevo y le diré que la despida inmediatamente, o de lo contrario...
—De lo contrario ¿qué? ¿Qué le vas a decir a padre?
—La irritación de Francis le hizo elevar la voz—.
Has pasado los últimos años diciendo que no era justo que padre no me dejara estar con vosotros en la mesa, pero tus palabras no han logrado cambiar nada.
En cambio, la señorita Gray ha conseguido que me dejen participar no solo en las comidas, sino en todos los eventos sociales a los que los Cavendish sean invitados.
—¿Es eso cierto?
—La única condición de padre es que ella me acompañe.
—El señor Cavendish abrió la boca, pero Francis lo detuvo alzando la mano—.
Y te pediría que no pusieses objeciones a ello.
Temo que lo único que consigas sea hacer enfadar a padre, y no quiero correr ese riesgo cuando por fin he logrado alcanzar lo que deseaba.
—Pero, Francis, no entiendes que asistir a los eventos sociales acompañado por una institutriz hará que te vean como...
—No me importa, Edmund. Me da igual lo que piensen de mí en un principio, porque el respeto se gana con el trato. Pero si no alternan conmigo, no tendré esa oportunidad.
Lenore se fijó en cómo cambiaba el semblante del señor Cavendish ante las palabras de su hermano menor, lo que le produjo una enorme satisfacción.
Francis le había dado una buena lección, y ahora solo esperaba recibir las disculpas correspondientes.
Sin embargo, su semblante permaneció impertérrito, y solo dos palabras salieron de la boca del primogénito de los Cavendish antes de que abandonara el comedor.
—Buenas noches, Francis.
Sin duda, había personas a las que el orgullo dominaba como un tirano.