Capítulo 7
—N o moverse de forma brusca, no iniciar una conversación, responder de manera breve para no acaparar la conversación, evitar mirar a alguien fijamente... —enumeró Francis de manera reiterativa, gesticulando mucho con sus brazos—. Son demasiadas apreciaciones para recordar.
—Lo sé. Y eso que solo le he dicho lo mínimo para pasar inadvertido, que es de lo que se trata en esta cena.
Lenore había pasado la tarde con el muchacho repasando cada una de las normas sociales.
Francis había demostrado ser un chico muy maduro en algunas cosas y bastante infantil en otras.
Tenía grandes conocimientos de historia, geografía o matemáticas y, sin embargo, cuando se relacionaba con otros adultos parecía querer llamar la atención, como si tuviera una sed de cariño que nadie lograba saciar.
—Pero usted estará a mi lado, ¿no es cierto?
—Lo estaré, es el requisito impuesto por su padre, como le dije.
Había pensado que el orgullo de aquel jovencito se vería herido por la afrenta de su padre al obligarlo a que una institutriz lo acompañase durante todo el día.
No obstante, para su sorpresa, había sucedido lo contrario: Francis agradecía mucho su presencia y se aferraba a ella como un náufrago a una tabla de madera.
—Podríamos establecer algún tipo de señal para que pueda indicarme si estoy cometiendo alguna incorrección sin necesidad de decírmelo.
—Gran idea —convino Lenore, colocándose la horquilla del moño una vez más.
Era muy lógico que Francis no quisiera quedar en evidencia, aunque a la cena solo fuesen a acudir su padre, sus hermanos y su cuñado.
—Podría... rascarse la cabeza —propuso él con gran entusiasmo.
—Sería de mala educación hacer eso en la mesa.
El muchacho bajó la mirada y guardó silencio.
—Entonces... ¿tocar los cubiertos?
—Los tocaré varias veces a lo largo de la cena. No sabría si estoy intentando decirle algo o simplemente haciendo uso de ellos. —Él meneó la cabeza con evidente disgusto—. La oreja.
—¿La oreja?
—Me tocaré el lóbulo de la oreja. Es sutil y no llamará la atención. Cuando vea la señal, deje de hacer lo que quiera que esté haciendo, ya sea comer, moverse o hablar. Eso sí, no debe hacerlo de forma abrupta, llamaría demasiado la atención.
—El lóbulo de la oreja, estupendo. —El señorito Francis se acercó a la puerta, pero se detuvo de forma brusca—. ¿De qué oreja? Si se sienta a mi derecha, no podré ver su oreja izquierda. Y si lo hace al otro lado...
—Tranquilo, me aseguraré de que pueda verlo.
El chico asintió y se puso en camino de nuevo. Una sonrisa se dibujó en los labios de Lenore sin poder evitarlo. Jamás había visto a nadie tan nervioso por asistir a una cena familiar.
Salieron de la habitación de estudio donde habían pasado la tarde y cruzaron el pasillo en dirección a la planta baja. Al descender las escaleras, el señorito Francis se detuvo y se volvió hacia ella.
—No debemos retrasarnos, ya conoce a mi padre.
—Llegaremos a tiempo.
—No si se sigue retrasando.
Lenore suspiró y se preguntó dónde diantres había pasado ese chico los últimos diez años de su vida.
—Camino detrás de usted porque no podemos hacerlo juntos. Recuerde, señorito Francis, que yo estoy por debajo de usted en la escala social. Que su padre me haya... permitido acompañarlo no es porque me considere una igual, sino porque quiere asegurarse de que se comporta como es debido.
No le dijo que también pensaba que su padre pretendía humillarlo y demostrarle que seguía siendo un niño, porque aquello habría sido bochornoso para el pobre muchacho.
Tampoco que estaba segura de que ese hombre pretendía darle a ella una lección demostrándole que conocía a su hijo y que sabía perfectamente que seguía siendo un niño.
Pero por más que Lenore miraba al muchacho, no veía en él más que a un joven educado y agradable al que no se le había permitido participar de los placeres de la vida en sociedad, lo que le había impedido madurar en ese sentido.
—No tenga miedo. Haga lo que le he dicho y todo saldrá bien —añadió con intención de infundirle ánimos.
Escuchó un sonoro suspiro proveniente del muchacho justo antes de acceder al comedor, donde solo se hallaba el marido de la hermana, el señor Ashford.
La suntuosa mesa central estaba adornada con un par de candelabros dorados que destacaban entre la impecable vajilla. Un centro de flores a cada lado terminaba de ofrecer una imagen espectacular. El olor a fruta y a lavanda la hizo estremecer y, por un instante, Lenore se sintió en casa.
—Buenas noches —saludó Francis con una inclinación de cabeza.
El señor Ashford respondió con una especie de gruñido, pero ni siquiera se molestó en despegar los ojos del vino que ocupaba su copa.
El muchacho se volvió hacia Lenore y ella le hizo un ademán con la cabeza para que siguiera avanzando.
Al ser la primera vez que iban a participar de una comida familiar, ninguno de los dos tenía claro qué sitio les correspondía ocupar en la mesa, por lo que no les quedaba más remedio que esperar a que llegasen el resto de comensales y se sentaran.
Por suerte, no tardaron mucho.
—¡Estás aquí, querido! Te he buscado por todas partes.
La señora Ashford entró al salón haciendo aspavientos con las manos. Era una mujer joven, de tez pálida y demasiado delgada para haber tenido dos hijos.
—Oh, Francis, tú también estás aquí —dijo, volviéndose hacia él cuando vio que su marido la ignoraba por completo—. Espero que padre no se moleste cuando...
—Tengo su permiso, Marguerite, no te preocupes.
Lenore se tocó el lóbulo de la oreja, consciente de que Francis acababa de interrumpir a su hermana, y el muchacho selló su boca y bajó la mirada en cuanto advirtió el gesto de ella.
—¡Maravilloso, maravilloso! —exclamó Marguerite, ignorando el azoramiento del muchacho.
Después, dirigió la mirada a Lenore—. Espero que los niños hayan cenado bien.
Me preocupa enormemente que el cambio de clima les siente mal.
La última vez que estuvimos aquí, contrajeron unas fiebres que por poco les causan la muerte, ¿verdad, querido?
La señora Ashford se volvió hacia su marido, pero este la ignoró de nuevo.
—Claro que entonces era diciembre —continuó sin importarle lo más mínimo el desaire de su esposo—, y el clima era mucho peor que el de ahora. Sin embargo...
La mujer habló del tiempo, de las múltiples enfermedades que habían padecido sus hijos —lo que le hizo pensar a Lenore que era casi un milagro que continuaran con vida— y de lo mucho que echaba de menos su hogar.
Ella escuchó con paciencia el monólogo de la señora Ashford hasta que, finalmente, entró Cavendish padre al salón y la hizo enmudecer.
Al momento, el señor Ashford se puso en pie y depositó con disimulo su copa sobre la mesa.
Como era de esperar, Cavendish padre se dirigió hacia la cabecera de la mesa y no se molestó en dirigirle la mirada a ella ni una sola vez.
Sin embargo, lo que no había imaginado era que tampoco repararía en la presencia de su hijo, actuando como si no fuera más que un fantasma.
La sonrisa del señorito Francis se iba diluyendo con cada paso que daba su padre.
Cuando aquel hombre hubo tomado asiento, su hija lo imitó, situándose a su derecha, mientras el señor Ashford se colocaba frente a ella, a la izquierda de su suegro. El señorito Francis interrogó a Lenore con la mirada, pero ella no supo qué decir.
Quedaban tres sillas.
Dos habían sido preparadas para ellos, y la tercera correspondía al primogénito de los Cavendish.
Lenore sabía que su lugar estaba en el puesto más alejado de la cabecera de la mesa, por lo que pensó que lo más indicado sería que Francis se sentara junto a su hermana, la cual parecía tener una conversación muy fluida, y no junto al esposo de esta, que sería lo mismo que acomodarse junto a un jarrón.
De esa manera, cuando el hermano mayor de Francis fuese, si es que tenía a bien agraciarlos con su presencia, no le quedaría más remedio que sentarse junto al señor Ashford, frente a Francis.
Una vez tomada la decisión, solo tuvo que hacer un pequeño ademán con la cabeza para que el señorito Francis la comprendiese a la perfección.
—¿Toma usted asiento con nosotros, querida? —La sorpresa en las palabras de la señora Ashford le revelaron que nadie había sido informado de su presencia.
Lenore guardó silencio un instante, dando con ello tiempo por si Cavendish padre tenía a bien explicarles su decisión. Pero no fue así, por lo que no le quedó más remedio que responder:
—Su padre ha decidido que acompañe a su hermano en todos los eventos a los que asista.
Recalcó la palabra todos esperando encontrar en la señora Ashford una aliada a la hora de defender los derechos de Francis. Pero se equivocó.
—Me parece una idea extraordinaria. La supervisión de un adulto es algo que nunca debería faltar. —Se volvió hacia su hermano y le sonrió—. No me malinterpretes, Francis, eres todo un hombrecito, pero nunca está de más que alguien vele por ti. Yo no pienso dejar que mis pequeños...
Lenore dejó de escuchar a la señora Ashford y puso toda su atención en que su pupilo no echase a perder, antes incluso de que empezaran a cenar, la oportunidad que su padre le había brindado.
Sin embargo, pudo comprobar que el muchacho tenía más entereza de la que había imaginado, y lo vio extender una sonrisa forzada y asentir con la cabeza varias veces.
—¡Alfred! —llamó Cavendish padre al mayordomo, interrumpiendo la perorata de su hija—. Sírvanos la cena.
—Pero, padre, falta Edmund.
—Llegar tarde es una falta de respeto hacia el resto de la familia, Marguerite, ya deberías saberlo.
La mujer bajó la cabeza y nadie puso más objeciones.
El mayordomo hizo una señal a los criados y estos empezaron a moverse.
—Disculpen el retraso —dijo de pronto el mayor de los Cavendish irrumpiendo en el comedor—. Estaba...
Sin embargo, se detuvo de manera inmediata en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Lenore.
—¡Edmund! —El nombre brotó de los labios de Francis con demasiada emoción.