Capítulo 6
o re abrió la puerta después de escuchar la voz de Cavendish padre permitiéndole entrar.
El hombre que vio frente a ella no se parecía en nada al de la noche anterior.
Aquellas pequeñas gafas redondas y el cuerpo encorvado sobre la mesa de caoba le daban un aspecto mucho más frágil y vulnerable.
Al ver que no se movía, ella carraspeó con suavidad para llamar su atención.
Él le sostuvo la mirada en silencio durante un buen rato, como si estuviera esperando algo, y después se quitó las gafas y enderezó la espalda.
Volvía a ser el hombre implacable de rostro adusto y mirada seria.
—¿Me ha hecho llamar? —preguntó ella desde la puerta.
—Pase y cierre, por favor.
Ella hizo lo que se le había ordenado y luego dio un paso al frente. El señor de la casa se mantuvo sentado tras su escritorio.
—He tomado una determinación respecto a lo que me planteó ayer. —Lenore contuvo la respiración—. Aunque temo que mi decisión no sea de su agrado.
Sintió una ligera debilidad en las piernas que la obligó a hacer acopio de todas sus fuerzas para mantenerse en pie. El hijo mayor tenía razón.
Sentía que le faltaba el aire.
Había sido una idealista en pro de una causa perdida, como siempre le echaba en cara su tía.
¿Qué le importaba a ella si aquel muchacho gozaba o no de los placeres de la vida social?
¿Acaso no podía haberse mantenido al margen y haber aceptado de buen grado lo que se le ofrecía?
Podía haber tenido un plato de comida y un techo bajo el que dormir.
Y, lo más importante, un lugar donde ocultarse.
Y lo había echado todo a perder.
—¿Me ha escuchado, señorita Gray?
Cavendish padre había abandonado su escritorio y ahora estaba de pie frente a ella, mirándola con el ceño fruncido.
—Perdón, me decía...
El hombre resopló.
—Que, como condición, debe usted acompañar en todo momento a mi hijo, ya sean comidas familiares, cenas o eventos sociales. ¿Comprende?
—Pero entonces... no estoy...
—¿Le sucede algo? —La pregunta no denotaba preocupación, sino más bien una acusación implacable—. Parece que tuviera la cabeza en otra parte.
—Discúlpeme, señor Cavendish, creo que me ha sentado mal el almuerzo —mintió ella—. Entonces, si no he entendido mal, acepta mi propuesta.
—Con la condición mencionada, por supuesto. —El hombre puso las manos a la espalda y empezó a dar vueltas por su despacho—. En todo momento mi hijo deberá ir acompañado por usted.
El alivio que sintió al saber que no la estaban despidiendo se vio pronto opacado por una nueva preocupación. Trató de pensar con rapidez.
—Si me permite preguntar, ¿ha pensado lo que supondría para un joven como él mostrarse en público acompañado por una institutriz?
Cavendish padre agitó la mano en el aire.
—No me importa lo más mínimo cómo se sienta, solo que cumpla mis órdenes.
—Puedo entender que quiera que lo acompañe a las comidas familiares, aunque me parezca del todo inapropiado, pero al menos no será tan humillante para él como hacerlo en eventos sociales o reuniones públicas. En esos casos creo que mi presencia estaría del todo fuera de lugar y...
—Parece que no lo ha entendido, señorita Gray. —El hombre volvió a sentarse tras su escritorio y a ponerse sus diminutas gafas redondas—. No hay ninguna posibilidad de que cambie mis condiciones. Puede aceptarlas o marcharse de mi casa en este mismo instante, como le dije ayer. Usted decide.
Estaba claro que aquel hombre no atendía a razones, había tomado su decisión y esta era inapelable.
Pero Lenore no podía ceder en este asunto, ya no por Francis, sino porque ella misma no podía asistir a ninguno de los eventos sociales que se organizaran en aquella mansión, como tampoco a los que tuvieran lugar en los alrededores de esta.
Era un riesgo demasiado grande que no pensaba correr.
No, Lenore debía conseguir que Cavendish padre la liberara de aquello para poder mantenerse al margen de la sociedad.
—Si me permite usted una última observación —empezó a decir ella mientras se acercaba al escritorio repleto de papeles—, he tenido la oportunidad de hablar con su hijo menor y creo que su educación es exquisita.
—No es para menos, teniendo en cuenta lo que me cuesta el internado de Londres.
El hombre ni siquiera levantó la vista de los papeles de su mesa.
—Entonces, estará usted de acuerdo conmigo en que esta medida es algo desproporcionada.
—Ante esta afirmación, él alzó la cabeza y miró a Lenore por encima de sus gafas—.
No digo que no sea necesaria, pero puede que solo al inicio, hasta que su hijo aprenda las normas sociales, que a mi entender será muy pronto.
—¿Insinúa que no conozco a mi propio hijo?
—No, de ninguna manera.
—¿Está diciendo entonces que no sé cómo educarlo?
—Tampoco quería decir tal cosa, solo que...
—Escúcheme bien, señorita, tengo muy claro que mi hijo no sabe comportarse como un adulto. —Cavendish padre se puso en pie y apoyó las manos sobre la mesa—. Y no consentiré que ninguna jovencita, por muy institutriz que se crea, venga a decirme lo contrario.
—No pretendía...
—Tenga usted claro que si no la he puesto ya de patitas en la calle ha sido por el respeto que le tengo a lady Blackwood.
Considero a Augusta una vieja amiga y no querría desairarla despidiendo a la persona que ella misma me recomendó con tanto ahínco.
Sin embargo, si mi hijo Francis no se comporta como es debido, si tiene un solo fallo ante la familia o los conocidos, será usted la única responsable de ello.
Y ni siquiera la recomendación de lady Blackwood logrará salvarla. ¿Le ha quedado claro?
Lenore asintió con la cabeza, porque en esos momentos habría sido incapaz de pronunciar una sola palabra. Solo cuando Cavendish padre volvió a sentarse, se atrevió a darle la espalda.
Aquel contratiempo daría al traste con su plan.
Ni ella ni su tía Augusta habían imaginado que el señor Cavendish la obligaría a asistir a los eventos sociales, que en verano solían ser muy variados debido al buen tiempo: paseos, excursiones, comidas al aire libre, bailes...
No podía permitirse arriesgarse de esa manera.
Cuando su mano tocó el picaporte de la puerta, decidió que debía hacer algo. Si dejaba las cosas tal y como estaban, su estancia en aquella casa no duraría más de un mes. Alguien la reconocería y todo habría terminado. Y entonces...
No, no podía permitirlo.
Soltó el picaporte y se volvió de nuevo hacia Cavendish padre. Al ver que él no le prestaba la más mínima atención, dio un paso al frente y enderezó la espalda. Tenía una última baza que jugar antes de ceder a la condición impuesta por aquel hombre.
—Y si... —se aventuró a decir en un intento por seguir manteniendo su plan intacto—. Y si su hijo demuestra estar a la altura de sus expectativas, ¿sería entonces posible que mis obligaciones volvieran a limitarse a la educación de sus nietos?
El hombre alzó la cabeza y la miró un buen rato antes de responder.
—Creí que como institutriz no le interesaban en absoluto unos niños de tan corta edad.
—Permítame decirle que, después de ver lo inadecuado de su comportamiento, siento que no me puedo mantener al margen —mintió Lenore, alzando su barbilla para dar más crédito a sus palabras.
El señor Cavendish se quitó las gafas y pasó una mano por su rostro. Aquel hombre que parecía ser frío y duro como una roca también tendría momentos de debilidad. Y, con suerte, este podría ser uno de ellos.
—Está bien —dijo al fin—. Si consigue que mi hijo se comporte como un Cavendish en todo momento, la liberaré de la carga de tener que acompañarlo.
Lenore estuvo a punto de decir que no consideraba una carga acompañar a un muchacho tan agradable, pero eso habría supuesto tener que ofrecer unas explicaciones que no estaba dispuesta dar.
—Se lo agradezco enormemente.
—No obstante, si así fuera, su cometido pasaría a ser lograr mantener a raya a mis nietos. Y, en eso, sí que debo desearle buena suerte.
A Lenore no le afectó lo más mínimo el sarcasmo de aquel hombre. Al contrario, tuvo la sensación de haber ganado la partida. Y eso la colmó de un placer indescriptible.
Sin embargo, se tragó la sonrisa que pugnaba por dibujarse en su rostro e inclinó la cabeza como señal de que aceptaba aquel nuevo trato. Se despidió del señor Cavendish con la seguridad de que su tía estaría orgullosa de ella y salió de la habitación.
Sus pasos la llevaron de vuelta al jardín. Necesitaba respirar aire puro después del mal trago que acababa de pasar. Además, también había dejado allí sus pinturas, y no quería que nadie la acusara de ser desordenada.
Lo que no imaginó era encontrar todavía allí al señorito Francis.
—¡Por fin ha regresado! —Se acercó a ella en un par de zancadas—. ¿Qué le ha dicho mi padre?
—No ha sido una conversación fácil —empezó a decir ella, acercándose a su caballete—. El señor Cavendish no es hombre que dé su brazo a torcer así como así.
—Se ha negado. —El muchacho se dio la vuelta y fue hasta el banco de piedra, donde dejó caer su cuerpo como si fuese un saco de harina—. Lo sabía. Jamás me permitirá participar de su misma vida social. Él... me odia.
Algo se rompió en el pecho de Lenore.
—No lo odia. Ningún padre odia a sus hijos. —El muchacho mantuvo la vista en el suelo mientras Lenore se sentaba a su lado, buscando las palabras adecuadas—. Es solo que... a veces toman decisiones erróneas creyendo que hacen lo mejor para ellos. Pero en ningún caso pretenden hacerles daño.
El señorito Francis levantó la vista y a Lenore le pareció ver sus ojos vidriosos.
—¿De verdad lo cree?
Su tía le había repetido esas mismas palabras tantas veces, y ella había deseado con tanta fuerza creerlas, que ya le era imposible no hacerlo. Así que se limitó a asentir con la cabeza mientras miraba al muchacho a los ojos.
Cuando él desvió la vista, lanzó un suspiro y sus hombros parecieron descender de golpe.
—De todos modos, debe saber que su padre no se ha negado por completo a nuestra petición. —Francis alzó la cabeza con interés—. Sin embargo, ha puesto una condición que, a pesar de parecerme totalmente injusta, le permitiría asistir a todos los eventos que se realicen en esta casa y fuera de ella.
El muchacho abrió los ojos y se levantó como si acabara de morderlo una serpiente.
—¿Dice que mi padre ha aceptado que asista a las comidas familiares? —Lenore asintió—. ¡No me lo puedo creer!
—Y a todas las reuniones y bailes que se organicen.
—Bueno, aquí no se celebran ese tipo de eventos. —Lenore levantó las cejas ante tal afirmación—. Y mi familia no suele asistir a los que organizan otros. Pero... podré comer con mis hermanos como un... como un adulto más.
El señorito Francis lanzó una risa sonora que hizo elevar las comisuras de los labios de Lenore. Por ese motivo le dolió todavía más tener que recordar la condición que aquel hombre imponía a su hijo.
—Sin embargo, como ya le he dicho, su padre ha impuesto un requisito que, estoy convencida, no le agradará en absoluto.
La sonrisa del muchacho desapareció de golpe de su rostro. Parecía ser muy consciente de lo que su padre era capaz.
—He deseado poder participar de las comidas familiares desde hace años.
La exclusión de estas me ha dolido desde el día que solicité permiso a mi padre para compartir la mesa con ellos y él me la negó sin mirarme a la cara siquiera.
Créame cuando le digo que no importa la condición que mi padre haya impuesto, la cumpliré de buen agrado si ello me permite ser aceptado por fin en la mesa de mi familia.
A Lenore le conmovieron profundamente las palabras de aquel joven que solo deseaba la consideración de su padre y sentirse arropado por su familia. Y, por un momento, se sintió más cerca de él que de ninguna otra persona que hubiera conocido jamás.
—Espero que su deseo por ser aceptado a la mesa sea lo suficientemente grande como dice, porque asumir la condición que ha impuesto su padre puede resultar humillante. Así que aférrese a ese deseo y téngalo presente en todo momento. Solo así podrá conseguir que él llegue a verlo como a un igual.
La mirada interrogante que el señorito Francis le dirigió a Lenore lo hizo parecer mucho mayor de lo que en realidad era.