La impostora Capítulo 5
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Capítulo 5

—¿Y no puede ir usted a hablar con él? —replicó el señorito Francis mientras ella limpiaba el pincel.

—Eso sería muy descortés por mi parte. —Lenore decidió que un poco más de ocre le vendría bien para darle textura a la tierra—. Lo único que podemos hacer es esperar a que su padre nos comunique su decisión.

El muchacho comenzó a caminar en círculos de nuevo.

—Y, por su bien, debería buscarse alguna ocupación que lo distraiga —añadió dirigiendo la vista al frente para retener en su memoria la posición de cada una de las rosas—. Así evitaría ponerme nerviosa a mí también.

El muchacho se detuvo de manera inmediata y se sentó en el banco de piedra que había frente a Lenore. A ella nunca le había gustado que la observaran mientras pintaba, pero prefería que ese joven lo hiciera antes de que volviera a dar vueltas por el jardín.

Al terminar el almuerzo, una vez que la criada se hubo llevado a los nietos del señor, Francis se había dirigido a ella y le había preguntado con insistencia por la decisión de su padre respecto a la propuesta que se le hizo la noche anterior.

Lenore había mirado al muchacho y, al ver su tez pálida y sus profundas ojeras, supo que había dormido aún menos que ella, pero no le había quedado más remedio que decirle que, de momento, no había recibido respuesta.

Fue entonces cuando había decidido que hacía un día precioso y que saldría a pintar al aire libre, puesto que, hasta que Cavendish padre no le contestara, no había nada que ella pudiera hacer.

Lo que no imaginó es que el señorito Francis la seguiría como perro sin amo.

Y, a pesar de que le había insistido varias veces en que debía buscarse una ocupación para pasar el día, él se había limitado a dar vueltas alrededor del pequeño jardín situado en la parte trasera de la mansión.

—Pero usted cree que se lo dirá hoy, ¿verdad? —volvió a insistir una vez más.

Lenore apartó su vista del rosal y lanzó un suspiro mientras negaba con la cabeza. Nunca hubiese imaginado que ser institutriz precisara de tal dosis de paciencia.

—¿Le gusta la literatura? —preguntó con intención de desviar la atención del joven.

—¿La... literatura?

—Mis autores preferidos son Charles Dickens y Jane Austen.

—¿Jane Austen? Nunca he oído hablar de ella.

Por fin parecía haber logrado que pensara en otra cosa.

—Pero ¿dónde se supone que lo han educado a usted? Jane Austen es una mujer extraordinaria que pasará a la historia como la escritora que logró romper las rígidas normas de la sociedad.

—¿Fue encarcelada?

Lenore se volvió hacia Francis, que la miraba con evidente curiosidad.

—¿Por qué hace esa pregunta?

El muchacho se encogió de hombros antes de responder:

—No creo que alguien rompa las reglas y viva para contarlo.

La melancolía se había colado en sus palabras. Tal vez la vida de ese chico tampoco había sido fácil, a pesar de gozar del privilegio de ser hombre.

—Ella lo hizo a través de sus escritos —puntualizó, volviendo de nuevo a mojar el pincel en el color carmesí—. Y viviendo gracias a lo que ganaba con ellos, por supuesto.

Durante un instante, solo se escuchó el viento que agitaba las copas de los árboles.

Lenore cerró los ojos y disfrutó de aquel momento aspirando el aroma de las rosas que inundaba el pequeño jardín.

Cuando los abrió de nuevo, siguió el vuelo de una mariposa que agitaba las alas frente a ella, reclamando su atención.

Esa podría haber sido su vida. Una vida serena y tranquila donde su única preocupación hubiese sido llenar las horas del día con algún que otro paseo, una buena lectura y una conversación amena.

Tal vez habría tocado un rato el piano o habría pintado algo, como estaba haciendo en ese momento. Sí, podría haberla sido.

—¿Usted también escribe? —La voz de Francis la arrancó de sus cavilaciones.

—¿Escribir? No, no, qué va.

—Pero ayer la vi en su alcoba y estaba escribiendo.

El crujido de una rama hizo que la reprimenda de Lenore muriese en sus labios. Volvió la cabeza, pero no había nadie, por lo que se centró de nuevo en la conversación.

—Un caballero no debe espiar a una dama.

—¡No la estaba espiando! —protestó con energía el muchacho—. Solo quería averiguar...

—Lo sé, lo sé. —Lenore se puso en pie y dejó el pincel sobre la paleta de madera—. Pero sería bueno que, la próxima vez que desee entrar en mi alcoba, haga uso de los nudillos para llamar a la puerta.

Francis se acercó para situarse frente a ella y la miró con esos ojos azules que mostraban el arrepentimiento de un niño.

—Lo siento.

Y Lenore supo que lo decía de corazón.

—Si quiere que esto salga bien, deberíamos empezar por...

El sonido de unas hojas secas a su espalda la hizo enmudecer de nuevo.

—¡Edmund! —gritó el muchacho, haciéndose a un lado para ir corriendo al encuentro de su hermano.

Lenore se volvió lentamente mientras pensó que esta era otra de las cosas que debía corregir aquel muchacho si quería que su padre lo aceptara como un adulto.

—No deberías escuchar a escondidas —añadió Francis, abrazando a su hermano mayor—. No está bien.

—Jamás se me ocurriría hacer tal cosa.

—No le crea, señorita Gray, Edmund es experto en escuchar conversaciones ajenas. Se entera de todo lo que sucede en esta casa. Una vez, de niño, se subió a un árbol para...

—No creo que a esta mujer le interese conocer nuestro pasado.

El primogénito de los Cavendish se quitó el sombrero de copa y la saludó con una inclinación de cabeza. Ella respondió con el mismo gesto y se acercó al caballete para empezar a recoger sus pinturas.

—Es mi institutriz —dijo Francis con una amplia sonrisa—. Pero, si no me equivoco, ya conoces a la señorita Gray, ¿verdad?

—Sí, tuve el... placer de conocerla ayer, junto al resto del servicio.

El tono seco de aquel hombre dejaba claro cuál era su posición en la escala social, pero Lenore no pensaba dejarse amedrentar por ningún caballero engreído que la mirase por encima del hombro.

—De ningún modo —dijo ella, volviéndose hacia los dos hermanos—, el placer fue todo mío al recibir tan grato acogimiento por su parte. Siempre es de agradecer encontrar tal recibimiento cuando uno llega a un lugar nuevo.

El señor Cavendish apretó los labios, dibujando una fina línea en su rostro. No era mal parecido, pero su ceño permanentemente fruncido y su forma de mirar a todo el mundo hacían que resultase bastante odioso, lo que sin duda restaba atractivo a sus facciones.

—Siéntate con nosotros, Edmund, estábamos conversando sobre...

—Entrar a las alcobas, si no me equivoco. —El señor Cavendish clavó su mirada en ella.

—¿Ve, señorita Gray? Le he dicho que era un experto.

—Ya veo, ya. Lástima que meter las narices en cuestiones ajenas no esté bien visto. Si así fuera, sin duda sería usted la admiración del reino.

Francis comenzó a reír, ajeno a la mirada que su hermano dirigía a Lenore. Entonces, el mayor de los Cavendish se enderezó y echó los hombros hacia atrás.

—Estoy seguro de que encontraría más de un rival. En realidad, solo venía a comunicarle que mi padre la ha mandado llamar.

Francis dejó de reír de manera inmediata y a Lenore se le borró la sonrisa de la cara, lo que pareció satisfacer al hombre que acababa de transmitirle el mensaje.

Podría haber enviado a un criado a dar el aviso, no hacía falta que hubiese ido él mismo.

Pero no, al parecer se regodeaba dando malas noticias.

—¿Padre? ¿Por qué no lo has dicho antes? —Francis se volvió hacia ella—. Señorita Gray...

—Sí, ahora mismo... —Lenore dejó caer al suelo un par de pinceles al intentar recoger a toda prisa—. Solo quiero...

—Por si no lo sabe, mi padre odia que lo hagan esperar —apostilló el señor Cavendish.

—Sí —corroboró Francis con inocencia—, será mejor que deje eso para más tarde.

—Claro, desde luego. —Se encaminó hacia la casa, pero volvió la cabeza una última vez—. No se preocupe, señorito Francis, y recuerde lo que le dije ayer.

El muchacho asintió, pero sus ojos y la postura de su cuerpo revelaban lo que sentía en realidad.

Antes de alejarse pudo escuchar que los dos hermanos intercambiaban unas palabras. Y decidió detener sus pasos, a pesar de la advertencia del señor Cavendish.

—Me parece que no veremos más a la señorita Gray, Francis.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, no puedo afirmarlo con total seguridad, pero diría que padre ha recapacitado y ha tomado la decisión de que no necesitas una institutriz.

—Eso es imposible, Edmund.

—Tal vez no, hermano. Tal vez no.

—Pues sería una lástima, la señorita Gray me gusta. —Después de un breve silencio, Francis añadió—: Me trata como a un adulto, que es mucho más de lo que puedo decir de la mayoría de...

Fue incapaz de escuchar nada más, puesto que era consciente de que el tiempo se le echaba encima, pero esas palabras fueron suficientes para arrancarle una sonrisa y hacerle reemprender el camino.

No quería correr el riesgo de que nadie la viera escuchando conversaciones ajenas, y menos aún el primogénito de los Cavendish. Otra vez.

Sin embargo, la idea de ser despedida de su empleo, incluso antes de haber dado comienzo, la cogió desprevenida.

Pensó que, si había superado el día anterior, su lugar en la casa estaba asegurado.

Se había relajado muy pronto. Cavendish padre no parecía un hombre que se aviniera a tratos, y menos con una institutriz a la que acababa de conocer.

Había sido demasiado osada y demasiado optimista al pensar que aquel hombre la escucharía.

Ahora tendría que hacer las maletas de nuevo y buscar un lugar donde...

Suspiró profundamente cuando divisó la puerta de servicio.

Cuanto antes hablara con él, antes saldría de dudas.

Entró en la casa, dispuesta a enfrentarse al dueño de aquella imponente mansión.

Había hecho lo correcto, y eso al menos le otorgaba la fuerza suficiente para encarar a ese hombre y aceptar lo que hubiera decidido.