Capítulo 4
—B uenas noches, señor Cavendish. —Logró articular Lenore una vez que se adentró en la biblioteca.
La sala que se abrió ante ella la dejó sin aliento. Una impresionante hilera de estanterías cubría las paredes de la amplia estancia. No había ni una sola que no contuviera una cantidad ingente de libros, perfectamente alineados, por supuesto.
Lenore dio un paso al frente y distinguió la figura del dueño de aquella magnífica colección. El hombre descansaba en un sofá situado en el centro de la habitación; sostenía, en una mano, una copa con un líquido ambarino, y un libro en la otra. Ni siquiera alzó la mirada cuando ella entró.
—Esta noche, en la cena, he tenido el placer de conocer a su hijo Francis. —Estas palabras parecieron llamar la atención del señor de la casa, puesto que dejó la copa sobre una mesita y despegó los ojos de su libro—. Me ha parecido un chico muy agradable y con una educación exquisita.
Aquel hombre alzó una ceja y Lenore aprovechó su silencio para acercarse un poco más.
—He de decir que, contrariamente a lo que me advirtió, no he hallado en él motivo alguno que indique la necesidad de que permanezca bajo la tutela de una institutriz —añadió con franqueza.
—¿Me está pidiendo usted que la despida o viene a reiterar su renuncia?
A Lenore le dio un vuelco el corazón. No había jugado bien sus cartas y estaba a punto de perder la partida.
—Por supuesto que no, señor Cavendish.
—Entonces —resopló el hombre con evidente hastío—, ¿para qué ha venido a interrumpir el único momento del día que tengo para tomarme un descanso, si es que me permite preguntar?
El sarcasmo se hizo evidente en sus palabras, y la cabeza de Lenore empezó a buscar una salida que condujera la conversación hacia donde ella deseaba.
De repente, se escuchó un grito infantil a lo lejos. Instantáneamente, la voz de una de las doncellas rompió el silencio que, momentos antes, había reinado en la mansión.
—¡Si no viene aquí ahora mismo, mandaré llamar a su padre!
La amenaza no pareció surtir el efecto deseado, pues al momento volvió a escucharse un nuevo chillido que acabó perdiéndose en la lejanía.
Cuando Lenore volvió la vista hacia Cavendish padre, pudo descubrir el desagrado en su expresión, lo que le dio una nueva idea para abordar su cometido.
—En realidad, lo que venía a decirle es que sus nietos sí que precisan de una persona que imponga algo de disciplina en sus vidas. —Esta vez el hombre cerró el libro y la miró con evidente curiosidad—. Y yo estoy dispuesta a acometer semejante tarea.
—La escucho.
Lenore sonrió y dio un nuevo paso al frente.
—Pondré todo mi empeño en lograr que esos chiquillos mantengan el orden, pero no puedo hacerlo si su hijo, el señor Francis, se halla con nosotros. Debe entender que él ya no es un niño pequeño y, por lo tanto, no se lo puede tratar como tal.
—Y usted sugiere...
—Que participe en las comidas familiares —afirmó sin dar lugar a duda—, y en los eventos sociales a los que la familia asista, por supuesto.
El hombre se puso en pie y dejó el libro junto a la copa de whisky. Después, se giró para darle la espalda y se situó frente a una de las ventanas. Aquello no tenía ningún sentido, puesto que a esas horas la oscuridad dominaba los jardines del exterior.
Durante un buen rato, Cavendish padre no se movió ni un ápice, y Lenore no tuvo más remedio que mantenerse en silencio y esperar.
Pasó la mirada por los lomos bien cuidados de los libros que tenía más cerca y pudo comprobar que la selección era muy variada.
Había libros de poesía, historia, filosofía e incluso varias obras de teatro.
Después, desvió la vista hacia el mobiliario, que se limitaba a un par de sofás, una mesa de caoba y una lámpara que desprendía una luz amarillenta y mortecina.
Empezaba a pensar que aquel hombre se había olvidado de ella cuando se giró de nuevo.
—Acepto su ofrecimiento de someter a mis nietos a una disciplina que estoy seguro precisan.
—Lenore dejó escapar el aire de sus pulmones y sonrió triunfante—.
No obstante, creo que se equivoca al afirmar que Francis se encuentra preparado para compartir mesa con nosotros y mucho menos asistir a eventos sociales. Por tanto...
—¡Pero tiene dieciséis años! —lo interrumpió ella, y al instante se arrepintió.
El señor de Rosegate enderezó la espalda y la arruga de su frente se hizo más profunda.
—¿Acaso insinúa que no sé la edad que tienen mis hijos?
—No..., no quería decir eso.
—No me importa en absoluto lo que haya querido decir, pero lo que sí debe saber es que en mi casa soy yo quien toma las decisiones. Espero que le haya quedado claro. —Su tono no daba lugar a réplicas—. Si lo acepta, es bienvenida. Si no, ya puede marcharse.
Lenore bajó la mirada, consciente de que había tensado demasiado la cuerda. Aquel hombre no era su igual, y no podía dirigirse a él como tal.
—Dicho esto —añadió Cavendish padre—, necesito tiempo para pensar en este asunto; lo considero demasiado delicado para tomar una decisión a la ligera. Cuando lo haga, mandaré llamarla para comunicárselo.
—Se lo agradezco mucho, señor. —Las palabras de Lenore sonaron tan sinceras como las sentía.
—No obstante, yo que usted no me haría ilusiones. Conozco muy bien a mi hijo, señorita...
—Gray, Lenore Gray.
—Eso, señorita Gray. Desde luego, mucho mejor que usted, que apenas ha intercambiado con él cuatro palabras durante la cena y ya cree saberlo todo.
Las mejillas de Lenore se encendieron y apretó los puños para no dar rienda suelta a sus emociones. Debía aprender a controlarse.
—No pongo en duda que sea un buen padre y que, como tal, conozca a la perfección a sus hijos. Lo único que le pido es que piense en cómo se siente el señorito Francis al verse relegado a la categoría de niño cuando en unos años tendrá la mayoría de edad.
—Pamplinas. La madurez no la marca la edad, sino el saber estar. —Cavendish padre fue hasta el sofá y se sentó de nuevo. Bebió un largo trago de su copa y cogió el libro de la mesa—. Y ahora, si me lo permite, desearía retomar mi lectura.
Lenore buscó con desesperación una excusa que resultara plausible para continuar con aquella conversación y llegar a convencer al señor de la casa de que lo mejor sería permitir a su hijo participar en la vida de los adultos, pero prefirió no arriesgarse a perder lo que había conseguido.
Al fin y al cabo, ese hombre había prometido pensarlo, y eso ya era algo.
—Buenas noches.
Aquel hombre murmuró unas palabras ininteligibles y Lenore decidió tomarlas como una despedida. Después, abandonó la biblioteca sin demasiadas esperanzas.
Mientras subía las escaleras y recorría el pasillo hasta su alcoba, pudo comprobar que la casa estaba sumida en el silencio que solo la noche puede ofrecer, lo cual agradeció en lo más profundo de su ser. No podría soportar tener que hablar con nadie más.
Entró en su alcoba y se fue directa al lugar donde se encontraba su equipaje de mano, del que extrajo unos papeles.
Se sentó en la única silla que había y los colocó sobre el pequeño escritorio.
Debía informar a su tía de que había llegado sana y salva a la mansión Rosegate y que el plan marchaba tal y como lo habían planeado...
más o menos. Comenzó a escribir hasta que la puerta se abrió de golpe.
—Señorita...
Lenore escondió apresuradamente la carta que estaba escribiendo.
—¿No le han enseñado a llamar a la puerta? —inquirió con tono severo al señorito Cavendish—. Esos no son modales.
—Lo siento, señorita Gray. Tiene usted razón. Lo lamento.
Lenore vio al muchacho bajar la mirada y se arrepintió de la dureza de sus palabras.
—¿Qué desea, señorito Francis? —preguntó, apoyando los codos en la mesa y masajeándose las sienes con sus dedos.
—So-solo quería saber qué le ha dicho mi padre.
—Nada, la verdad.
—¿Nada?
Lenore no quiso dar esperanzas al muchacho y, además, aquellas no eran horas para mantener una conversación, y menos en su alcoba, a pesar de que la puerta estuviera abierta y a él todos lo consideraran un niño. Bueno, todos excepto su hermano mayor, según había dicho el mismo Francis.
—Ha dicho que hablaremos mañana. —Vio la desilusión en los ojos del chico y quiso animarlo—. Parecía cansado.
—Tal vez no haya sido buena idea intentarlo esta noche, ¿verdad?
—Por supuesto que ha sido buena idea. —Lenore se puso en pie y le dirigió una sonrisa—. Así su padre tendrá toda la noche para pensarlo. De otra manera, habríamos corrido el riesgo de que hubiese tomado la decisión a la ligera, y eso no nos convendría en absoluto, ¿no es cierto?
El muchacho amplió su sonrisa y el azul de sus ojos se iluminó de nuevo.
—Tiene razón.
—Bueno, y ahora es momento de que descansemos. Mañana nos espera un día muy largo en el que deberemos tener paciencia. —El chico asintió y se giró para salir de su alcoba—. Y recuerde, señorito Francis, que decida lo que decida su padre, eso no cambiará quién es usted.
El hijo del señor Cavendish le sonrió y musitó un gracias antes de marcharse.
Lenore terminó apresuradamente la carta a su tía y la guardó en uno de los bolsillos de su vestido. Pensaba dársela al día siguiente a alguno de los cocheros de los Cavendish, uno que no supiera leer, por supuesto. No podía arriesgarse a que se enterasen de a quién iba dirigida la carta.
En cuanto se acostó en aquella estrecha cama, supo que no sería capaz de pegar ojo en toda la noche.
Y así fue.