La impostora Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Los dos pequeños corrieron a la mesa y se sentaron de manera inmediata.

A Lenore casi se le escapó una sonrisa de satisfacción.

Siempre había pensado que era muy complicado manejar a los niños, pero estaba claro que estos solo precisaban algo de disciplina.

Después, recordó la imagen que le había devuelto el espejo de su alcoba y comprendió que tal vez no había sido su orden ni el tono severo de sus palabras, sino su aspecto el que había logrado la sumisión de esos niños.

Fuera como fuese, ahora reinaba el silencio en la estancia, y ella lo agradeció enormemente.

Tomó asiento entre los dos niños, por lo que el hijo menor de Cavendish padre quedó frente a ella, y comenzó a cenar en silencio.

Al contrario de lo que había supuesto, los pequeños se comieron todo sin tener que llamarles la atención ni una sola vez.

Y, justo cuando empezaban a removerse en la silla, llegó una doncella y pidió permiso para llevarlos a dormir.

Los niños se lanzaron a sus brazos como lo haría un náufrago a una tabla de madera. Al punto, Lenore los escuchó correr y gritar por el pasillo mientras la doncella los llamaba una y otra vez.

Ahora entendía por qué era tan necesario el atuendo rígido y sobrio que lucían siempre las institutrices. No era agradable, pero comprendía las ventajas que suponía.

Cuando volvió la cabeza de nuevo, el muchacho que había mantenido el silencio durante toda la cena se levantó, dispuesto a marcharse también.

—Puede quedarse un poco más, a usted todavía no lo ha reclamado ninguna doncella —bromeó, dejando atrás su papel de institutriz severa.

El jovencito la miró con el rostro serio y, por un momento, pareció dudar entre abandonar la estancia o volver a sentarse.

Lenore comprendió el error que acababa de cometer.

Aquel chico dudaba si su chanza era en realidad una orden.

Finalmente, debió decidir que así era, pues tomó asiento de nuevo y bajó la mirada.

Sin embargo, bajo esa aparente sumisión latía una profunda rebeldía.

Lo demostraba el hecho de que sus puños se mantuvieran cerrados y su mandíbula apretada.

Ella intentó reconducir la situación y mostrar la sinceridad de sus pensamientos.

—Quiero que sepa que estoy en desacuerdo con su padre. —El muchacho alzó la mirada, suspicaz—. No creo que usted precise de una institutriz. Como tampoco me parece apropiado que, con su edad, comparta mesa con los niños.

El hijo del señor Cavendish pareció dudar de sus palabras, pero ella le sostuvo la mirada. Finalmente, los hombros de él descendieron levemente.

—Mi padre se niega a verme como un adulto.

—Pues se equivoca. —El muchacho sonrió de medio lado y sus ojos se iluminaron un poco, lo que la animó a seguir—. Tal vez sea hora de que alguien se lo haga ver.

—Edmund lleva intentándolo mucho tiempo, pero es imposible hacerlo razonar.

—¿Edmund?

—Mi hermano mayor —aclaró el chico, poniendo los codos en la mesa—. Si él no lo ha logrado, nadie lo hará.

Lenore estuvo a punto de indicarle que retirara los codos y enderezara la espalda, pero supuso que tratarlo como a un niño no era la manera más adecuada de demostrar sus palabras, así que lo dejó pasar.

—Que su hermano no lo haya conseguido no implica que nadie pueda hacerlo —apuntó ella con firmeza, recordando sus palabras unas horas antes.

«Le deseo un buen viaje de regreso», había dicho. Contuvo una sonrisa. Parecía que finalmente sería él quien tendría que regresar a donde quiera que pasase los inviernos. Su pequeña victoria la animó.

—Es más, ¿sabe qué? Estoy segura de que puedo hacer cambiar a su padre de opinión y lograr que lo admita en las comidas familiares.

—¿De veras?

El entusiasmo en las palabras del muchacho hizo tambalear la seguridad de Lenore. Tal vez se había precipitado en su afirmación. ¿Y si Cavendish padre no la escuchaba? O peor aún... ¿Y si decidía que prefería contar con otra institutriz que no se inmiscuyera en su vida personal?

—Muchas gracias, ¿señorita...?

—Gray —respondió ella, saliendo de sus cavilaciones—, Lenore Gray.

—Francis, aunque todos me llaman Frankie. —Sonrió y extendió su mano.

—Si queremos que lo tomen en serio, empezaremos por cambiar eso, señorito Francis.

Ella tomó su mano y le devolvió la sonrisa. El muchacho la apretó con entusiasmo.

—Mi padre suele ir a la biblioteca después de la cena, le gusta pasar un rato allí antes de acostarse.

—Lenore lo miró sin comprender dónde quería ir a parar con esa observación—.

Creo que podría... aprovechar la ocasión para hablar con él.

La biblioteca es uno de sus lugares favoritos y suele estar de buen humor allí.

Bueno, o lo que puede significar para mi padre estar de buen humor.

Ella se quedó sin palabras. No entraba en sus planes volver a importunar a Cavendish padre de nuevo. Al menos, no tan pronto.

—Claro que... —continuó el señorito Cavendish al percibir sus dudas—, entendería que no quisiera hablar con él...

—Oh, por supuesto que lo haré.

Iba a añadir que había pensado hacerlo a primera hora de la mañana siguiente, pero al ver el cambio que se produjo en el rostro de aquel muchacho, fue incapaz de añadir nada más.

—No sabe lo que le agradezco que lo haga, de verdad, señorita Gray.

Ella compuso una sonrisa forzada y él pasó la mirada de ella a la puerta, en una clara invitación a que se pusiera en camino.

Lenore inclinó la cabeza a modo de despedida y se dio la vuelta, dispuesta a salir de la habitación.

—Consiga o no convencer a mi padre, para mí ya ha sido de gran ayuda escuchar su opinión al respecto.

Volvió la cabeza para dirigir una última sonrisa al señorito Cavendish y abandonó la estancia.

Mientras descendía los escalones, se preguntó cómo había sido capaz de meterse en aquel embrollo y en qué momento había decidido dar al traste con su plan de pasar lo más inadvertida posible.

Su tía Augusta le había insistido en la importancia de el arte de ser invisible .

No quería saber qué diría si la viese ahora.

Lo último que necesitaba era armar un escándalo en aquella familia y que Cavendish padre acabase cumpliendo su amenaza. No encontraría otra casa donde ocultarse.

Pese a su miedo, se encaminó a la biblioteca que, según le dijo uno de los lacayos, estaba en la parte baja de la casa, junto a la puerta principal de la mansión.

Ensayó el discurso que iba a dirigir al dueño de aquel lugar una y otra vez, y preparó los argumentos necesarios que apoyaban su punto de vista.

Sin embargo, una vez que tocó con los nudillos la puerta y la voz de aquel hombre la invitó a entrar, su mente se quedó en blanco y sus piernas empezaron a temblar.