Capítulo 3
L enore decidió dar un paseo por los suntuosos jardines que rodeaban aquella soberbia mansión una vez que se aseguró de que su pupilo aún no había llegado.
Había almorzado sola en su alcoba después de escuchar las desagradables palabras que la señora Pritchard, el ama de llaves, le había dedicado con el fin de dejar muy clara su postura respecto a ella.
Estaba claro que a esa mujer no le caía en gracia, y menos aún cuando supo que no actuaría de niñera con los nietos del señor.
Por suerte, al salir de la casa no se cruzó con nadie, lo que le concedió un tiempo muy valioso para poner en orden sus pensamientos.
El cabeza de los Cavendish aseguraba que su hijo menor precisaba una institutriz, a pesar de la edad que contaba ya el muchacho.
Por el contrario, el hijo mayor negaba de manera rotunda esta necesidad, hasta el punto de enfrentarse a su propio padre y amenazarlo con abandonar la casa.
Todo esto la llevaba a pensar que, o bien el muchacho presentaba algún tipo de trastorno, o bien su padre era demasiado exigente con la educación de su hijo.
Y, por el carácter que había mostrado ese hombre, Lenore se inclinaba más por la segunda opción.
Rodeó el jardín posterior de la casa y vio un pequeño camino de piedras blancas al que se accedía a través de un precioso arco por el que trepaba un rosal.
El aroma que desprendían las flores era más que suficiente para atraerla hacia aquel lugar que se le antojaba de ensueño.
Atravesó el arco y caminó con estudiada lentitud, cerrando los ojos un instante y aspirando ese aire limpio y fresco que solo la naturaleza puede ofrecer.
El trino de los pájaros y el zumbido de las abejas llegaron hasta sus oídos, trayendo a su memoria ese pequeño jardín al que acudía de pequeña con su madre, cuando todo era más fácil...
Abrió los ojos, sacudió la cabeza y continuó internándose en aquel pequeño laberinto.
Muy pronto, el camino dio paso a una diminuta explanada rodeada de altos setos, que hacían de aquel lugar el sitio idóneo para escapar del bullicio.
Un par de bancos de piedra invitaban al descanso y, sentado en uno de ellos, había un muchacho.
Sus cabellos dorados reflejaban los escasos rayos de sol que lograban colarse entre la vegetación.
Lenore dio un paso al frente y pisó una rama. El joven se giró de manera inmediata. Sus ojos, del color del mar, se clavaron en ella, haciéndola sentir una intrusa.
—Buenos días —saludó con una leve inclinación de cabeza—, no era mi intención molestarlo.
Dicho esto, dio la vuelta, dispuesta a abandonar aquel lugar.
—¡Espere! —gritó el muchacho con demasiado ímpetu. Ella se detuvo de manera brusca—. No desearía arrebatarle el descanso que estoy seguro merece.
A Lenore no le pareció propio de una dama permanecer a solas con un caballero en un espacio tan pequeño.
Pero lo cierto era que ella formaba parte del servicio y aquel muchacho no pasaba de ser un jovencito.
Muy agraciado, ciertamente, pero apenas debía de haber pasado la niñez hacía un par de años.
Seguramente era el hijo de la cocinera o el nieto del mayordomo, y, por su vestimenta, tal vez incluso se ocupaba de las caballerizas.
—Lo cierto es que no me vendría mal sentarme un momento —reconoció ella—, llevo un buen rato dando vueltas. Los jardines son inmensos.
Él la invitó a tomar asiento a su lado, pero ella no lo consideró apropiado y optó por el banco de piedra que había enfrente.
Eliminó las arrugas de su falda y cruzó las manos sobre su regazo.
Y decidió que, apenas recuperase el aliento, regresaría a su alcoba.
Su pupilo debía estar a punto de llegar y no quería volver a tener que sufrir el ataque de la señora Pritchard.
—Podríamos recibir una buena reprimenda si alguien nos viera aquí, solos —apuntó el muchacho mientras se pasaba una mano por sus cabellos. No había amenaza en su tono, solo un matiz de picardía inocente.
—Nadie tiene por qué saberlo si usted no se lo dice. —Lenore sonrió con complicidad sin poder evitarlo.
Resultaba fácil hablar con aquel joven.
—Es nueva en Rosegate, ¿verdad? —Se limitó a asentir—. Conozco a todo el personal de la casa y nadie se atrevería a venir a este lugar.
Lenore abrió los ojos de par en par y se levantó de manera inmediata, dispuesta a salir de allí cuanto antes. Se detuvo al instante, sin embargo, cuando un presentimiento la invadió.
—¿No me estará usted tomando el pelo? —inquirió, entrecerrando los ojos.
—¿Por qué habría de hacerlo? —El muchacho se puso de pie, situándose a su altura.
Ella echó un vistazo alrededor y no notó más que un hermoso rincón cuyo suelo refulgía con la piedra nacarada del pavimento. Era un bonito lugar de descanso donde los altos setos que lo rodeaban le conferían la intimidad idónea para ello.
—¿Qué le sucede a este sitio? —insistió Lenore con desconfianza.
El muchacho amplió su sonrisa y le mostró una perfecta hilera de dientes bien cuidados.
—Su falta de confianza en mí es insultante.
Ella alzó una ceja y se preguntó qué le hacía suponer a aquel jovencito que se había ganado su amistad solo por invitarla a tomar asiento.
—La vida me ha demostrado que la confianza es algo que puede costar años ganar y tan solo un segundo perder.
—Sabias palabras. —El muchacho asintió reiteradamente, mostrándose complacido con la respuesta de Lenore—. ¿Qué la ha traído a Rosegate Manor?
—He sido contratada como institutriz por el señor Cavendish padre —respondió ella con orgullo.
Las mejillas de aquel joven parecieron perder su color.
—¿Como institutriz?
—Así es —afirmó, pero sus palabras habían perdido firmeza al ver el cambio en el rostro del muchacho.
—¿Atenderá a los... nietos de... del señor?
—No, como le he dicho, soy institutriz. —De nuevo sus palabras se tiñeron de orgullo—. Estoy aquí por el hijo menor. Francis, creo recordar que se llamaba. ¿Lo conoce?
El silencio fue la única respuesta que obtuvo Lenore. Y, cuando fue a reiterar su pregunta, el muchacho se dio la vuelta y emprendió con diligencia el camino que lo alejó de aquel lugar, dejándola con la boca abierta.
Estaba claro que lidiar con el personal de la casa no iba a resultarle mucho más fácil que hacerlo con los señores. Por lo visto, la vida era mucho más complicada cuando no eras más que una simple institutriz que no forma parte del servicio ni tampoco de la familia.
Sacudió la cabeza y emprendió el regreso a la residencia.
Advirtió que el sol empezaba a caer, tiñendo de dorado las copas de los árboles, y apremió el paso.
No quería volver a llegar tarde. Aunque, esta vez, poco le importaba si la señora Pritchard la reprendía de nuevo.
Estaba cansada, y eso que solo llevaba un día en aquella mansión.
Ni los amplios jardines ni las elegantes columnas colmadas de flores podrían hacer que la percibiera como algo distinto de un lugar frío y amenazante.
Tal y como había imaginado, en el momento en que atravesó el umbral de la gran casa, la arruga de la frente del señor Pennington, el mayordomo, se hizo más profunda al tiempo que la informaba de que el señor Francis había llegado hacía rato y estaba a punto de tomar la cena.
Lenore solicitó un momento para asearse, pero el hombre la miró como si fuera una mancha en su porcelana fina y ella rectificó y le aseguró que no era necesario.
Con un rostro impertérrito, pidió a un lacayo que la acompañara y este obedeció sin mediar palabra.
Ambos subieron la escalera hasta el primer piso y tomaron el pasillo de la derecha.
Apenas habían recorrido la mitad de este cuando se empezó a escuchar una algarabía impropia de aquella silenciosa mansión.
De pronto, el lacayo se detuvo frente a una puerta y le dirigió una mirada significativa antes de marcharse.
Cuando Lenore echó un vistazo al interior de la estancia, se quedó sin palabras.
Una corpulenta mujer se afanaba inútilmente por mantener a los nietos del señor de la casa sentados a la mesa.
Mientras la niña canturreaba una canción de cuna a la muñeca que sostenía entre sus brazos, el niño correteaba dando vueltas y agitando una espada de madera.
Sin embargo, eso no fue lo que hizo que Lenore abriese los ojos como si acabara de ver un fantasma, no.
Lo que realmente la mantenía absorta era el muchacho con el que había hablado en el jardín hacía unos minutos, sentado ahí mismo.
Cuando el chico la vio entrar, sus mejillas parecieron teñirse de rubor, pero Lenore no tuvo tiempo de comprobarlo, pues el muchacho bajó la vista hacia la crema de puerros que tenía frente a él.
—¡Loado sea el Señor! —exclamó la mujer al verla entrar—. No habría podido permanecer en esta sala ni un minuto más sin que mi corazón hubiese sufrido las consecuencias.
Dicho esto, se levantó y se dispuso a marcharse.
—¡Espere! —intentó retenerla Lenore—. Yo no soy más que la institutriz...
—Y yo ayudante de la cocinera, querida —interrumpió la mujer mientras abandonaba la estancia—. Pero eso no parece importarle a nadie lo más mínimo.
Lenore volvió la vista de nuevo a la sala y pudo comprobar que el hijo menor del señor Cavendish continuaba dando vueltas a la crema de puerro como si fuese la rueda de un molino.
Los niños, en cambio, habían dejado sus juegos y la miraban expectantes, lo que la animó a aprovechar la situación para poner orden.
—Vayan a sus respectivos asientos —ordenó con el rostro más serio que fue capaz de mostrar. Los niños no se movieron ni un ápice, y ella añadió con más fuerza—: ¡Ahora!