Capítulo 2
U n chasquido de dedos del mayordomo fue suficiente para que tanto doncellas como lacayos rompiesen la alineación perfecta que habían mantenido hasta el momento y se dispersaran en silencio como laboriosas hormigas.
Estaba claro que conocían exactamente cuál era su lugar y lo que se esperaba de ellos.
No como Lenore, que permaneció impasible viendo cómo desaparecían uno a uno los miembros del servicio.
—¿Piensa quedarse ahí todo el día como un pasmarote? —La voz del ama de llaves la sacudió por la espalda como un latigazo—. ¿Acaso no le parece suficiente que haya tenido que hacer yo su trabajo?
Lenore se giró para hacer frente a aquella mujer cuyo tono habría bastado por sí solo para desagradarle, y se dio cuenta de que las facciones de su rostro tampoco ayudaban.
El moño, tirante en lo alto de su cabeza, mantenía estirada la piel de su frente, lo que achicaba sus ojos y afilaba su mirada.
A ello se sumaban unos labios finos y una nariz aguileña que bien podrían pertenecer a un halcón a punto de lanzarse sobre su presa.
No, no podía decirse de ella que fuese una mujer atractiva ni a la vista ni en el trato.
Se obligó a recordar, una vez más, quién era y el lugar que ocupaba ahora, y bajó la vista en señal de sumisión.
—Si tuviese a bien indicarme dónde se encuentra mi alcoba y...
—Sígame —la interrumpió sin miramientos la mujer, que a cada instante se le antojaba más odiosa.
Siguió sus pasos y se adentraron en la impresionante mansión.
La puerta daba acceso a un amplio hall cuyo suelo de mármol estaba cubierto por una elegante alfombra roja que llegaba hasta la escalinata central.
Un par de columnas bajas marcaban el inicio de los escalones y sobre ellas se podían ver dos centros de flores que proporcionaban un agradable aroma y un ambiente acogedor que nada tenía que ver con el carácter que mostraba el dueño de la casa.
A la derecha de la entrada, pudo notar un sombrero de copa sobre el busto de algún antepasado de los Cavendish.
El ama de llaves meneó la cabeza al verlo, pero se limitó a pasar de largo.
Lenore supuso que sería del joven que acababa de entrar increpando a su padre.
Estaba claro que sus modales dejaban mucho que desear.
El ama de llaves la condujo hasta el primer piso, y Lenore acarició el pasamanos dorado mientras ascendía los peldaños uno a uno, sintiéndose como el reo que va directo a la horca.
Desde que tomó aquella decisión supo que no iba a resultar nada fácil llevarla a cabo, pero nunca imaginó que se vería abocada al fracaso antes de empezar siquiera.
Se esforzó por imaginar las palabras que le diría en ese momento su tía Augusta: «Si una mujer se deja vencer antes de emprender la batalla, querida, más le valdría no haberlo intentado nunca.
El valor consiste en enfrentarse, no en esconderse».
Casi podía escuchar su voz, perfilada por una media sonrisa altiva y la ironía brillando en sus ojos.
Sí, eso es lo que diría su tía. Y tenía razón. En cuanto se cambiase de ropa y se asease un poco, iría a hablar con Cavendish padre y aclararía aquel asunto.
Sus aposentos estaban, como era de suponer, junto a los de los dos pequeños que había visto hacía solo un momento.
Por suerte, el ama de llaves le indicó que los niños estaban tomando su almuerzo y que, de manera excepcional, la cocinera se ocuparía hoy de ellos.
Después, la mujer arrugó la nariz y le solicitó, o mejor dicho, le exigió, que se asease cuanto antes.
Lenore tuvo que volver a hacer acopio de todas sus fuerzas para no despacharla con una orden, recordándose a sí misma que ya no era quién para darlas.
Una vez que se hubo lavado con el agua de la jofaina y puesto un vestido limpio, se enfrentó al espejo que había apostado en un rincón.
Terminó de entrelazarse el cabello y se sujetó las trenzas con varias horquillas a la parte baja de la nuca, tal y como le había enseñado a hacer su tía hacía tan solo un par de días.
Examinó su reflejo y asintió, satisfecha.
El vestido era de un gris tan oscuro que más bien parecía negro, como todos los que había en su equipaje.
Tan solo el cuello y los puños, de un blanco inmaculado, rompían la monotonía de aquella severa prenda.
Se sintió asfixiada por las mangas, que le llegaban hasta las muñecas, y no pudo evitar pasarse un dedo por el cuello en un vano intento por encontrar algo de alivio.
Echaba de menos la frescura de sus vestidos de muselina, con sus escotes ligeros y las mangas de farol que parecían flotar sobre sus hombros.
Sacudió la cabeza y le dio la espalda a su propio reflejo. Compadecerse de sí misma no era un lujo que pudiera permitirse; esta era la primera vez que lo hacía, y sería también la última.
Abandonó su alcoba y recorrió el pasillo con la firme intención de hallar a algún criado que le indicase dónde podía encontrar al señor de la casa.
—Está en su despacho, en la parte de abajo, junto al salón principal y la biblioteca —le dijo uno de los lacayos sin detenerse apenas.
Lenore descendió hasta el hall y vio varias puertas cerradas. Las contempló con detenimiento preguntándose cuál de ellas conduciría al despacho. De pronto, una voz estalló tras la que tenía justo enfrente. La reconoció al instante.
—Esta vez no pienso ceder, padre. Francis ya no es un niño, lo acepte o no. No precisa de una institutriz.
La voz del heredero resonó firme, cargada de un desdén apenas disimulado. Desde su escondite, Lenore reconoció de inmediato el tono: aquel joven estaba acostumbrado a imponer su voluntad. No pudo evitar acercarse un poco más a la puerta.
—Lo que precisa o deja de precisar lo decido yo —replicó Cavendish padre con una calma implacable—. Y mientras viva bajo este techo, Francis obedecerá.
Un silencio espeso se interrumpió con la carcajada amarga de su hijo.
—¿Bajo este techo? —replicó con un tono cargado de ironía—. ¿No recuerda, padre, que ya se encargó de que Francis no viviera bajo él cuando lo desterró a ese internado?
Lenore contuvo el aliento. Si ese tal Francis ya estaba recibiendo educación, y los únicos niños que había eran demasiado pequeños aún como para instruirse... ¿para qué estaba ella allí, exactamente?
La discusión continuó y decidió echar un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie la viera en semejante situación antes de acercarse un poco más a la puerta. No quería parecer una metomentodo que se dedica a obtener chismes de la manera más inapropiada, pero su futuro estaba en juego.
—Si no la despide hoy mismo, le aseguro que mañana abandonaré esta casa.
Lenore apretó los puños ante la tozudez de aquel hombre.
Cuando prácticamente tenía la oreja pegada a la madera, se hizo el silencio. Maldijo su mala suerte y estuvo a punto de chasquear la lengua en un acto reflejo. Esperó un poco más, segura de que la conversación no había llegado a su fin cuando, de repente, se abrió la puerta.
El mayor de los Cavendish apareció al otro lado y estuvo a punto de tropezar con ella, aunque logró detenerse a tiempo para evitar semejante espectáculo. La observó de arriba abajo con la frialdad de quien contempla a un insecto; no con curiosidad, sino para decidir en qué momento aplastarlo.
—¿Todas las institutrices tienen la mala costumbre de escuchar conversaciones ajenas? —murmuró con acidez—. ¿O se trata de un talento exclusivo de usted?
—Venía a hablar con el señor Cavendish —replicó ella con toda la seguridad que pudo reunir.
—Todo suyo.
El hombre se hizo a un lado, pero Lenore no avanzó. Él arqueó una ceja y cerró la puerta a su espalda. Apenas se había alejado un par de pasos cuando se volvió de nuevo hacia ella con una mueca.
—Por cierto, olvidaba decirle que le deseo un buen viaje de regreso.
A Lenore se le formó un nudo en la garganta, pero se limitó a alzar la barbilla y sostener la mirada de aquel caballero que se empeñaba en echarla de la casa.
En cuanto él se hubo marchado, volvió la vista al frente y cogió aire muy despacio. No le convenía enfrentarse a Cavendish padre en aquel estado de agitación.
Un momento más tarde, tocó la puerta con los nudillos y una voz ronca le respondió desde el interior del despacho.
—Pase.
—Buenos días, señor Cavendish —saludó ella tratando de componer una sonrisa cordial pero no demasiado expresiva—. Necesito hablar con usted.
El hombre se retiró de la cara las pequeñas gafas redondas y las dejó sobre la mesa. Sus ojos la escrutaron con detenimiento durante un buen rato hasta hacerla sentir incómoda. A pesar de ello, se mantuvo firme.
—Usted es...
—La señorita Gray. Lenore Gray. —Inclinó levemente la cabeza antes de añadir—: La institutriz que contrató hace un par de días.
—Cierto, la institutriz... —corroboró entrelazando sus manos—. Y ¿se puede saber qué le da derecho a entrar en mi despacho?
Por el tono de voz de aquel hombre, Lenore supo que su respuesta carecía de importancia.
Tragó saliva, incapaz de hallar las palabras apropiadas; al final, decidió no decir nada.
El señor de la casa debió tomarse su silencio como un triunfo, puesto que asintió levemente y cogió sus lentes de nuevo para retomar su lectura como si ella no estuviese allí.
Aquella desconsideración despertó algo en el interior de Lenore. Tal vez ya había sido incitado, antes de entrar, por el señor Cavendish y su insistencia en echarla de allí, o quizá se debía a la actitud de desprecio de su padre. No importaba. No tuvo tiempo de analizarlo.
—Vengo a despedirme, señor. No pienso permanecer ni un minuto más en un lugar donde no se me aprecia ni se me valora.
En el momento en que las palabras salieron de su boca, se arrepintió de haberlas pronunciado. ¿Es que se había vuelto loca?
¿Qué le iba a decir a su tía? ¿Cómo iba a explicarle que había perdido su empleo en menos de un día? Y ahora, ¿qué sería de ella? Porque si estaba segura de algo era de que no pensaba volver a su casa. Pero entonces ¿adónde podría ir?
Todas las preguntas resonaban en su mente, mas su orgullo se había alzado por encima de ellas y ya no había marcha atrás.
Cavendish padre levantó la vista y se puso en pie, demasiado rápido para un caballero de su edad.
—No puede hacer eso —bramó, saliendo de detrás del escritorio—. No tiene ningún derecho.
Lenore frunció el ceño, mucho más indignada que asustada por las formas de aquel hombre.
—Siento decirle que soy una persona libre y puedo hacer lo que quiera.
—Tengo un contrato —insistió, rebuscando entre los papeles de su mesa.
—Contrato que yo todavía no he firmado —aclaró ella.
El hombre se detuvo de manera inmediata y se volvió lentamente, clavando sus ojos gélidos en ella.
—Si se marcha, me aseguraré de que nadie, ni en esta comarca ni en toda la región, vuelva a contratar sus servicios. Su nombre quedará manchado y cualquier intento de trabajar como institutriz será inútil.
Un escalofrío recorrió su espalda sin poder evitarlo, y el calor de su interior se apagó por un momento.
Había llegado allí para no ser un mísero peón, pero la verdad era que solo había cambiado el lugar que ocupaba en el tablero.
Ahora, una palabra contra ella bastaría para que el plan que su tía y ella habían elaborado se echase a perder. Y entonces ya no tendría a dónde huir.
Dejó escapar un suspiro con sabor a derrota mientras la indignación se marchaba, dejando paso al temor.
—Solicitaron mis servicios como institutriz, no como niñera. —Procuró suavizar el tono—. Se me ha tratado con desdén y sin consideración. Tan solo pido el respeto que merece mi posición.
Cavendish padre tardó todavía un momento en apartar la mirada de Lenore; cuando finalmente lo hizo, se lo notó más calmado.
—Ha llegado usted en un momento delicado.
—Carraspeó el hombre, como si las palabras se negasen a salir de su garganta—.
Como habrá podido comprobar, mi hijo y yo no tenemos...
la misma opinión. Sin embargo, soy yo quien toma las decisiones.
Y si digo que mi hijo menor precisa de una institutriz, así será.
Con sus últimas palabras dio un golpe en la mesa que provocó un respingo en Lenore.
—Y ¿cuándo conoceré al niño? —habló con cautela.
—Mi hijo vendrá a lo largo de esta mañana. De hecho, puede que ya esté aquí.
¿Acaso no pensaba recibirlo personalmente como al resto de la familia? Resultaba bastante desconsiderado de su parte; pero, dadas las circunstancias, Lenore prefirió no comentar nada al respecto.
—Oh, de acuerdo. En ese caso, debería comenzar a preparar el material para las clases. ¿Cuántos años tiene el infante?
—Bueno..., mi hijo debe tener unos quince o dieciséis años.
—¿Dieciséis años? —exclamó sin poder evitarlo—. ¡No puedo instruir a un muchacho de dieciséis años!
—No veo dónde está el problema —murmuró Cavendish padre, como si ella acabara de decir una estupidez.
Pero ella sí que lo veía. Era del todo inapropiado que un chico de esa edad fuese educado en casa. Y, menos aún, que lo hiciera una joven que apenas tenía un par de años más que él.
—Con esa edad, debería haberlo enviado a un colegio privado hace tiempo —sugirió ella, consciente de que se lanzaba piedras contra su propio tejado.
—Oh, por eso no debe preocuparse —agregó Cavendish padre volviendo a sentarse tras su escritorio—, mi hijo lleva más de tres años en uno de los mejores colegios privados de Londres. No le dará problemas.
Cierto, habían mencionado un internado antes. Lenore no daba crédito, y cada vez veía peligrar más su lugar allí. Pero, contra todo pronóstico, Cavendish padre parecía decidido a no dejarla marchar.
Había algo que no terminaba de encajar en aquel asunto.
—Perdone que insista, señor Cavendish, pero me temo que ha cometido un error contratando a una institutriz.
De pronto, recordó las palabras del hijo mayor, y no pudo creer que estuviera de acuerdo con él.
—No lo creo, señorita Gray —aseguró aquel hombre, volviendo a sus papeles—. Y usted tampoco lo creerá cuando conozca a Francis. Estoy convencido de ello.