La impostora Capítulo 1
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Capítulo 1

T res meses antes

El carruaje traqueteaba balanceando el cuerpo de Lenore de un lado a otro mientras ella sostenía entre sus manos el camafeo que colgaba de su cuello.

Ya ni siquiera las lágrimas pujaban por brotar de sus ojos, porque sabía que hacía lo correcto, que no había otra salida. Su tía Augusta tenía razón, huir era su única opción.

Y lo había hecho.

Repasó mentalmente las instrucciones que le dio antes de su partida. Lo había cumplido todo al pie de la letra. Se había hospedado en los lugares indicados, se había registrado con ese apellido que ya empezaba a hacérsele familiar y había dejado atrás todo cuanto conocía.

Suspiró por enésima vez, dejando caer el camafeo de su madre sobre el pecho.

Sabía que debía esconderlo, pues no era propio de su nueva identidad, pero esperaría hasta el último momento para hacerlo.

Necesitaba que la fuerza que aquel objeto tan preciado le otorgaba se mantuviese todo el tiempo que fuese posible.

Desvió la vista para admirar el paisaje que se extendía detrás de los cristales y descubrió que no se diferenciaba, tanto como había creído, de su hogar.

Ese al que había dado la espalda. El mismo al que jamás volvería.

La tristeza le oprimió el corazón una vez más, pero la seguridad de que hacía lo correcto volvió a imponerse de nuevo, acallando las dudas que la asaltaban cada vez con menos fuerza.

Cuando el carruaje se detuvo, Lenore se inclinó hacia la ventana. Habían atravesado un hermoso jardín y estaban en la parte lateral de la mansión Rosegate Manor. Su tía la había informado del cuantioso patrimonio de los Cavendish, pero aquello superaba con creces sus expectativas.

La soberbia casa se alzaba hasta cuatro pisos sobre el suelo, con elegantes columnas de mármol enmarcando la entrada e incluso una pequeña torre puntiaguda a la derecha.

Los jardines que habían atravesado se extendían hasta donde alcanzaba la vista, divididos por todo tipo de flores en pequeñas parcelas multicolor.

—¡Hemos llegado, señorita! —farfulló el cochero con desgana y ella ocultó el camafeo bajo su vestido a toda prisa.

Después, estuvo a punto de solicitarle que la llevase a la puerta principal cuando recordó el lugar que ocupaba ahora en la escala social, y se mordió la lengua.

Descendió del carruaje con cuidado y descubrió que el hombre había depositado su equipaje en el suelo de grava.

—¿No podría acercar las maletas hasta la puerta?

El cochero la miró de arriba abajo.

—Sí, por supuesto. Y si quiere también le sirvo un té, ya puestos.

Y lanzó una risotada a la que Lenore respondió con un bufido.

No le quedó más remedio que cogerlo ella misma y dirigirse a la puerta de servicio, donde la recibió un elegante hombre con librea.

—La institutriz, supongo. —Lenore asintió con un ademán de cabeza—. Llega tarde, la esperábamos hace más de una hora.

—El camino era muy abrupto; y el cochero, parco en pericia.

—No es a mí a quien debe dirigir sus excusas —dijo el hombre con el rostro contraído—.

Y le aseguro que al señor Cavendish poco le van a importar.

Así que le recomiendo que no gaste saliva y apremie sus piernas, señorita, o su estancia en esta casa será la más corta que haya tenido como institutriz.

Sin añadir nada más, giró sobre sus talones y se internó en la mansión.

Lenore sintió cómo la sangre arrebolaba sus mejillas.

Era la primera vez en toda su vida que alguien le hablaba con tanta insolencia, pero no se vio capaz de llevarle la contraria a aquel hombre.

A juzgar por su porte autoritario, supuso que se trataba del mayordomo.

Tenerlo en su contra sería un mal comienzo en su nuevo hogar, desde luego.

Agradeciendo que la prisa le hubiese hecho empaquetar solo lo imprescindible, arrastró su equipaje hacia el interior. Lo único que deseaba era encerrarse en su nueva habitación y dar rienda suelta al peso que le oprimía el pecho desde que se había subido al carruaje esa mañana.

—Deje eso ahí mismo y acompáñeme —habló el mayordomo sin girarse siquiera—. Los señores deben de estar a punto de llegar.

Lenore frenó en seco y bajó la mirada. Su vestido, cuidadosamente elegido de un discreto azul marino, estaba arrugado tras horas de viaje y tenía el dobladillo manchado de barro. No podía presentarse así ante nadie.

El hombre se detuvo al ver que ella no lo seguía.

—¿No solo es impuntual sino también torpe?

—Me gustaría cambiar mi atuendo antes de presentarme. Si pudiera indicarme dónde están mis aposentos...

—El ama de llaves lo hará tras la recepción. —Echó a andar de nuevo y, en un murmullo hastiado, añadió—: Si es que no deciden antes prescindir de sus servicios.

Las botas de Lenore repiquetearon sobre el reluciente mármol del pasillo lateral cuando echó a andar con presteza tras él, procurando no quedarse atrás.

Una puerta discreta los condujo de súbito a la solemnidad de la entrada principal.

Allí, a la sombra del pórtico, todo el servicio aguardaba en rigurosa formación, inmóvil como un regimiento.

En otras circunstancias, la institutriz habría ocupado el lugar de honor junto al ama de llaves, en la parte superior de la escalera; pero siendo tan tarde, no tuvo más remedio que descender de forma atropellada la escalinata y buscar un hueco tras la última doncella, una muchacha de constitución débil cuyo temblor apenas lograba contener.

—Respire hondo y suelte el aire muy despacio —murmuró Lenore, aproximándose a ella—. Verá cómo le ayuda.

La muchacha volvió la cabeza y la miró como si acabara de cometer el mayor de los ultrajes. Después, dirigió un vistazo rápido a la que parecía el ama de llaves y volvió a clavar su vista en algún punto del inmenso jardín que se extendía frente a ellos.

Lenore suspiró. No había ido hasta allí para hacer amigos, pero le habría venido bien tener alguien con quien conversar de vez en cuando. Tal vez los pequeños que tuviese a su cargo acabasen siendo su única fuente de diálogo.

De pronto, uno de los criados se acercó con paso ligero y susurró unas palabras al oído del mayordomo.

Este carraspeó y todo el servicio enderezó la espalda y elevó el mentón.

Lenore trató de imitarlos, sin poder evitar pensar que aquella imagen se asemejaba demasiado a un escuadrón de soldados a punto de entrar en batalla.

Un instante después, un elegante carruaje apareció frente a la entrada principal.

En cuanto se detuvo, un hombre de aspecto elegante aunque furibundo salió de la casa y se situó en lo alto de la escalinata de mármol, dejando al servicio perfectamente alineado a ambos lados.

El mayordomo y el ama de llaves se situaron flanqueándolo, exactamente a un paso por detrás de él.

Estaba claro que se trataba del señor Cavendish, Bernard Cavendish. Se decía de él que era un bloque de hielo, a pesar de que su tía Augusta se empeñaba en asegurar que hubo un tiempo en que fue un caballero amable y generoso con cuantos le rodeaban, especialmente con su esposa.

No obstante, lo único que Lenore pudo distinguir desde donde se hallaba era la espalda recta y el semblante serio de un hombre ya entrado en años.

—Terrible, padre, ha sido un viaje terrible —iba lamentándose una mujer joven mientras subía la escalinata de piedra que conducía al pórtico principal.

A ambos lados, el servicio se mantenía en rigurosa formación, con las manos entrelazadas al frente y la mirada baja, aguardando la entrada de sus señores. El señor de la casa, erguido en el centro, se mantenía firme como si de un general se tratase.

—¿De veras, Marguerite? —respondió al fin Cavendish padre, con una calma distante que rozaba la indiferencia.

—Estoy convencida de que el continuo traqueteo del camino habrá descompuesto por completo a los niños. ¿No estás de acuerdo, querido?

—Insufrible —respondió el aludido sin mirar siquiera a su esposa.

—Sí, esa es la palabra exacta. Ha sido insufrible.

—La mujer depositó un beso en la mejilla de su padre, aunque este no se movió un ápice—.

No sé por qué insiste todos los años en que pasemos aquí los meses de verano.

Este cambio de clima no les sienta nada bien a mis pequeños, y lo sabe. ¿Cierto, querido?

—Totalmente.

Lenore dejó escapar una sonrisa ante el descaro con el que aquel hombre ignoraba a su mujer. Si en algún momento se le pasaba por la cabeza dudar de la decisión que había tomado, rememorar aquella escena la reafirmaría en que había sido la correcta. Jamás podría soportar un matrimonio sin amor.

—¿Y mis hermanos? ¿No han llegado todavía? —inquirió la hija del señor Cavendish—. Entiendo que Frankie no lo haya hecho aún, pero Edmund... Debería estar aquí ya y habernos recibido. Es su deber como primogénito.

Su padre no tuvo tiempo de responder nada, pues el griterío de dos niños inundó por completo la entrada de la mansión una vez que el cochero logró sacarlos del carruaje.

—Es mío —gritaba el niño, que no debía tener más de cuatro o cinco años.

—No —replicaba su hermana mayor—, es mío. Lo he visto primero.

La niña mantenía el puño cerrado mientras su hermano intentaba, en vano, hacer que abriese la mano. Cuando estuvo seguro de que no lo conseguiría, llamó a su madre entre llantos, lo que hizo que esta se llevara una mano a la cabeza.

—No puedo soportarlo ni un minuto más. Se han pasado todo el viaje discutiendo por ese ridículo botón dorado. —Se volvió hacia el ama de llaves y le suplicó—: Por favor, Edith, ocúpese de ellos.

La mujer pareció tensar todos sus músculos, pero no abrió la boca, sino que se limitó a dirigir la mirada a Cavendish padre. Este asintió de forma leve y ella bajó los escalones para acercarse a los chiquillos, que continuaban su disputa ajenos al resto de las personas que los observaban.

Lenore se preguntó quién se ocuparía de aquellos niños, pues no pareció ver a nadie en el servicio dispuesto a hacerlo.

A ella la habían contratado como institutriz, no como niñera.

Además, no tenía ni idea de cómo hacerlo, pues su único trato con pequeños había sido el que había tenido con el hijo de la vecina de su tía, y eso fue un día puntual.

No podía arriesgarse a que descubrieran su escasa destreza en aquel asunto.

Lo mejor sería hablar con el señor Cavendish cuanto antes para aclarar aquella cuestión.

En el momento en que los gritos de los niños se fueron perdiendo entre las paredes de la mansión, un nuevo carruaje se detuvo a los pies de la escalinata.

De este descendió un hombre de porte regio y ropas elegantes.

Llevaba puesto un sombrero de copa y mantenía el ceño fruncido, como si alguien acabara de decirle algo inapropiado.

Por los rasgos de su rostro estaba claro que se trataba del hijo del señor de la casa y, por las palabras de la señora Marguerite, Lenore supuso que debía ser el mayor.

—Padre —saludó el joven quitándose el sombrero de copa e inclinando levemente la cabeza.

Sin embargo, a Lenore no le pasó inadvertido el tono cortante que utilizó.

—Edmund —respondió su padre con la misma dureza.

—Debo suponer que Francis llegará pronto, tal y como me aseguró. No me gustaría...

—Así es —lo interrumpió Cavendish padre.

Dicho esto, le dio la espalda y empezó a caminar. Su hijo lo siguió.

Sin embargo, no se adentraron en la casa, como había supuesto Lenore que harían, sino que comenzaron a descender para pasar delante del servicio mientras lacayos y doncellas bajaban la mirada al suelo, sin duda intimidados por la proximidad de aquel hombre.

Sin embargo, él no mostró pudor alguno en inspeccionarlos uno a uno.

Cuando se detenía frente a alguno, este bajaba aún más la cabeza y encogía los hombros, como si con ello pudiera desaparecer de forma inmediata, a lo que el dueño de aquella mansión respondía con un bufido.

El mayordomo que la había conducido hasta la puerta caminaba detrás de ellos, corrigiendo cada detalle que veía fuera de lugar y dejando en evidencia al desdichado que había osado llamar la atención del dueño y señor de aquel lugar.

Lenore se miró las arrugas y el barro adherido al bajo del vestido. Estaba claro que no iba a causar buena impresión.

Cuando Cavendish padre se detuvo frente a ella, la arruga de su frente se hizo más profunda. Chasqueó los dedos y el mayordomo se acercó al instante.

—Es la nueva institutriz —murmuró en un hilo de voz—, acaba de llegar.

Resultaba curioso ver como aquel mayordomo, que minutos antes la había recibido con amenazas veladas, se mostraba ahora encogido y servil ante los señores de la casa. Cavendish hijo, en cambio, la recorrió con la mirada como quien evalúa una mercancía defectuosa.

—¿Para qué necesitamos una institutriz? —increpó a su padre.

—Se nota que hace tiempo que no ves a tus sobrinos. Esos niños precisan de disciplina y mano dura.

Las últimas palabras las dijo clavando los ojos en Lenore, y ella se reafirmó aún más en la idea de hablar con aquel hombre.

—Padre, espero que no se le haya ocurrido contratar a esta... mujer para Francis.

Lenore alzó las cejas, le parecía imposible que estuvieran hablando de ella en aquellos términos y con esa falta de consideración. Estaba allí, delante de ellos, y ni siquiera le dirigían la mirada.

—Esta es mi casa —afirmó el hombre volviéndose hacia su hijo—, y ni tú ni nadie me dirá cómo debo gobernarla.

Dicho esto, subió las escaleras y atravesó las puertas de la mansión sin volver la vista atrás. Su hijo lo siguió con paso firme, y Lenore aún tuvo tiempo de escuchar las últimas palabras que dirigió a su padre.

—No permitiré que ponga a una institutriz para que se haga cargo de mi hermano. No si quiere que pase el verano en esta casa. Es ella o yo. Usted decide, padre.

Un portazo lejano fue el detonante final para hacer que la doncella que Lenore tenía a su lado comenzase a temblar de nuevo.