La impostora 26
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V uelve a ser la primera hora de la tarde.

De alguna manera, es un momento importante: el momento en el que tienes que decidir si echarte una siesta o si hacer algo un poco más (o menos, según se mire) interesante.

En el caso de ella, dormir siempre es pospuesto.

En el caso de los trabajadores de la editorial que revolotean por su despacho, dormir nunca fue una opción.

No tienen ni idea de lo que se propone, y el desconcierto es casi masticable, pero qué importa.

Su mesa está dispuesta como el mejor de los platós, la cámara en un plano frontal que sería digno de un presidente del gobierno, partes de las cortinas cerradas y los ruidos externos aniquilados.

Le han puesto un micrófono sujeto en el escote de su vestido; ha tenido que quitarse un collar para que no interfiera.

Sabe muy bien que ese vídeo, al principio, solo se colgará en la web y en el resto de canales de difusión de la editorial, pero luego se extenderá y seguramente llegará a la televisión.

Si su reaparición causó revuelo, esto va a hacer que el suelo se abra un poco a los pies del mundo literario, lo cual no les viene nada mal.

Demasiada seguridad, si a ella le preguntan. Han vivido de certezas falsas.

Lo tenía todo pensado. ¿Cómo es que no han confiado más en ella?

No ha sido tan difícil convencerlos de que va a anunciar así su próxima novela, a pesar de que su editor ha intentado sacarle algún que otro dato más.

No, querido, le h a respondido ella, igualdad en el reparto de la información, te enterarás con el resto.

Lo bueno de ser conocida como una excéntrica es que ya pocas personas se atreven a discutir con ella, sobre todo cuando miran sus números de ventas.

Da igual lo que haga, van a sacar dinero de ello. Por eso se lo permiten todo.

Tiene los folios con su discurso encima de la mesa, aunque se lo sabe lo suficiente como para no leerlo.

Todo parece más profesional cuando se demuestra que ha sido preparado de antemano.

Se sienta, la cámara está perfectamente ajustada a la altura de la silla.

Comienza a hacerse el silencio en la sala, y ella recuerda a su aprendiz, sentado en el diván, con unas ataduras que él mismo era incapaz de ver.

Va a liberarlo. El plan no ha cambiado ni un poco, no, se siente como una atracadora de bancos que consigue llevarlo a cabo todo de manera fluida.

Ojalá pueda ver lo que está a punto de grabar lo antes posible.

Puede que se lo envíe ella directamente. Entonces comprenderá.

La pomposidad es uno de los pecados menores que se permite tener. Quiere creer que no le sienta mal, y siendo sincera, es demasiado tarde para quitárselo.

Margo Clarke: Hay tantos comienzos memorables en la historia de la literatura.

Yo soy británica, y supongo que por ello ustedes podrán comprender mejor que mi favorito sea un prólogo de Shakespeare, el de su Enrique v .

¡Quién tuviera una musa de fuego para escalar el cielo más resplandeciente de la invención!

¡Un reino por teatro, príncipes como actores y monarcas para espectadores de la escena sublime!

En ese primer monólogo el bardo solicita, no solo la atención del público, sino también el que su capacidad de fantasear pueda suplir las carencias del teatro, «porque son vuestras imaginaciones las que deben hoy vestir a los reyes».

Yo no pido que vistáis monarcas, ni que imaginéis que dentro de un escenario hay un campo de batalla; tal vez pida algo mucho más difícil que eso, que es poder ponerse en los zapatos de otra persona, de mí misma.

Las mujeres de mi edad, sin duda, estamos hambrientas de comprensión; aquí no pido perdón por mis actos, pero sí, y sentidamente, que se intenten entender.

Muchos de ustedes, tal vez los lectores más ávidos, habrán seguido una parte de mi carrera, y otros tantos, puede que el porcentaje mayor, llegaron a mí a través de La piel del centinela .

Se trabajó en aquella novela en el momento más desolador de toda mi vida; no puedo entrar en detalles por las personas que se verían afectadas de esa explicación, mi marido, mis hijas, mi círculo cercano, al que no deseo ningún mal.

Baste con decir que mi día a día no podía satisfacerme ni recordarme las razones por las que seguía escribiendo.

Había una cosa, una única cosa, que me salvaba durante algunas horas a la semana.

Muchas de las personas que trabajaban conmigo lo saben.

Yo por aquel entonces tenía un aprendiz, un chico universitario cuyo amor por la literatura lo estaba salvando de los males de la juventud en este país y en este tiempo.

Y les prometo que verlo progresar y ver cómo poco a poco se iba construyendo como escritor de primer nivel, si es que tal cosa existe, fue lo mejor de aquella época, de los meses previos a mi desaparición.

Él estaba escribiendo una novela que tenía mucho que ver con su experiencia terrible de adolescente, con cómo los delitos que cometemos en esa etapa en la que nuestros juicios aún no se han formado del todo pueden destruirnos.

¿Comienzan a adivinar lo que estoy a punto de confesarles?

Muchos críticos y lectores se preguntaron como una mujer de mi edad era capaz de hablar tan bien de los males de la juventud, y la respuesta es: no lo era.

Le robé la novela a mi alumno y la publiqué sin su consentimiento, sin que él lo supiera hasta la fecha de lanzamiento y mi desaparición.

Tengo mis razones para haberlo hecho, y les aseguro que lo que para otros puede parecer imperdonable para mí es un acto de cuidado y de amor.

Y de servicio a la literatura. La piel del centinela debía ser publicada, sí, pero a la vez seguir atado a ella hubiera dañado a mi querido estudiante más de lo que él llegaba a adivinar.

Él tenía que liberarse de aquella historia a la que estaba escogiendo escuchar por encima de las otras, y que tanto tiene que ver con la suya propia, para poder desarrollar realmente su literatura.

Si me equivoqué o no en mis decisiones, el tiempo lo decidirá.

Sé que causé daño, y por eso, desde aquí, pido perdón, y a la vez hago un llamamiento a que se haga justicia; el libro no debe comercializarse bajo otro nombre que no sea el suyo, y las ganancias que he obtenido de sus ventas serán devueltas.

Todos los elogios y reconocimientos que recibió tras su lanzamiento espero que se multipliquen ahora que se conocen que el autor fue un chico de veinte años que solo cometió el error de confiar en su profesora de escritura.

En cuanto al juicio público sobre mi persona y mis actos, no pretendo guiarlo.

Por suerte escribir no es una práctica que requiera de ejemplaridad moral, ni mucho menos.

Como les digo, no quiero explicar mucho.

Pero eso no significa que no pueda escribir sobre ello.

Muchos saben las pegas que le pongo a la etiqueta de autoficción, que suele estar relacionada con la escritura de las mujeres.

Tal vez tenga gracia que precisamente en ese género es en el que puede catalogarse mi próxima novela, que saldrá tan rápido como mis editores puedan conseguirlo.

Su título será La impostora . Para mí, esta novela es una disculpa, un intento de arreglar lo que se hizo mal en el pasado, de echar luz sobre algo que se ha teñido de oscuridad.

Y también el aprender a aceptar una vida que, con sus errores, con sus momentos extremos y con los rutinarios, sí puede ser lo suficientemente buena.

Lo que puedo asegurar, y espero que me permitan la broma, es que no he plagiado ni una de sus líneas. Ni del resto de mis novelas anteriores.

Comienza un ciclo nuevo en el que, espero, tengan a bien acompañarme, incluso si hay ocasiones en las que no puedan comprenderme.