27
P iso esta ciudad, y, sin embargo, estoy en el medio del océano, allá donde la tormenta todavía va a tardar un buen rato en aparecer.
Margo utilizó unas palabras que eran suyas, suyas y de nadie más, para arreglar en un solo instante mi mundo.
Paseamos. Virginia está a mi lado, su uniforme de esmoquin negro de la ópera todavía puesto.
Se confunde con la noche. Estamos en esa plaza de Oriente que ella siempre ve desde su trabajo, y que me acaba de confesar que no pisa tanto como debería.
Las estatuas de los reyes godos nos vigilan, y, entre ellas, bancos ocupados por parejas a las que tengo una tentación insana de interrumpir en sus ocupaciones. Pero me contengo.
El teléfono vibra en mi bolsillo. Una y otra vez, incluso de noche.
Vas a tener que descolgar en algún momento, me dice mi amiga.
Han pasado cinco años. Puede pasar un día más, le respondo yo.
Y ella niega con la cabeza, sin comprenderme, pero resulta que sus pasos siguen el mismo rumbo que los míos, y que de vez en cuando nos pasamos los brazos por los hombros, y que nuestras risas coinciden lo suficientemente bien como para pensar en uno de esos coros de iglesia que nunca he escuchado, y yo qué sé.
¿Qué me espera en mi casa? Me esperan folios en blanco.
Me esperan llamadas de mis padres en cuanto la diferencia horaria y la disponibilidad de internet en sus teléfonos les permita comprobar las noticias más recientes de España.
Me esperan cientos de mails, de mensajes, de peticiones de conversaciones.
Ella no dijo mi nombre, pero salió a la luz, un dedo me señaló y de repente dejé de ser anónimo en esta ciudad en la que es difícil esconderse para siempre.
¿Seguirán llenas de susurros mis paredes?
Los vacíos nocturnos, ¿me abandonarán para buscar nuevos compañeros, o cobrarán otras formas, otros problemas?
¿Me escribirá Margo de madrugada, cuando el resto del mundo se haya callado?
¿O puedo mantener esta extraña calma unas horas más?
¿De cuánto dinero estamos hablando?
¿Te has vuelto una materialista, Virgi?
Se me acaba de antojar un helado.
¿A finales de noviembre?
Odio comer los dulces cuando me mandan. ¿Por qué las torrijas son solo de la época de Semana Santa? ¿O las rosquillas en San Isidro? No tiene ningún sentido. Prueba a comer turrón en mayo. Te aseguro que está mucho más rico. Pero suéltalo. El dinero.
Mucho. No tengo muy claro cuánto. Pero es mucho.
No me interesa la cantidad. Me interesa si va a cambiarte la vida.
Me mira fijamente, advirtiéndome ya desde detrás de sus gafas que no voy a poder escaparme.
Andamos hacia el mirador que está junto al Palacio Real, y contemplamos ese mapa de puntos de luz que ahora es Madrid.
Aquí las lámparas y las farolas siempre ganan a las estrellas, pero no creo que a estas les importe mucho.
Es una cantidad suficiente como para que tengamos una casa un poco más decente.
No creas que voy a dejar que me pagues los lujos, y parece que bromea, pero probablemente lo dice en serio.
No voy a pagártelos a ti. Si nos mudamos juntos, necesito un cuarto de trabajo propio. No pienso escribir en el salón, viendo cómo te levantas cada dos por tres a por el bote de Nutella de la nevera.
A lo mejor mañana voy a una clínica de desintoxicación de azúcar y tú tienes que cerrar la boca, Álex.
¿Mañana?
No vamos a hacer hoy lo que podemos dejar para mañana.
Seguimos paseando. Nuestros pasos vuelan por esas losas de piedra que en verano parecen devolver el calor multiplicado. Las estatuas del palacio nos miran desde su tejado. ¿Quién tendrá más secretos, ellas o nosotros?
Así que tomas el dinero y vuelves a escribir, escucho decir a mi amiga.
Así que tomo el dinero y vuelvo a escribir, repito yo.
¿Y ella? ¿Seguirás siendo su estudiante?
Por una vez, la respuesta que quiere es la que le puedo dar. Se siente bien hacer feliz a tu mejor amiga.
Ni de broma.
Se ríe. La suya es una risa de alivio. Tengo que unirme, porque el más aliviado de poder decir esas palabras soy yo.
Porque mañana me levantaré y empezaré a devolver llamadas, puede que la primera a ciertos editores porque la única cosa que he querido ser en algún momento de mi vida es escritor, y oye, uno siempre quiere tener a un editor que lo persiga un poco.
Y en algún momento del día tendré razones para jurar en arameo, o lo que es lo mismo, cagarme en los muertos que me importan y en los que no, y entonces llamaré a mi amiga, que no solo no me calmará, si no que soltará maldiciones mucho más terribles que las mías.
Hemos bajado a los jardines de Sabatini, y, quién sabe de dónde ha salido, un gato negro se cruza en nuestro camino.
Podría seguir rápidamente el suyo, pero, en lugar de ello, se detiene a mirarnos y nos sisea, enseñando los dientes.
Paso cortado, parece decirnos, dad media vuelta.
Y lo hacemos. A las mismas calles que acabamos de recorrer.
FIN