La impostora 25
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E sta es una historia construida de conversaciones entre ella y yo, y por eso lo que me he llevado conmigo no es su risa, aunque también resuena de vez en cuando; pero lo que me acompaña todo el rato es el peloteo, tú sacas, yo la devuelvo, drive , revés, dejada, otra dejada, lucimos todo lo que tenemos y aun así el otro la devuelve, yo soy más de Murray que de Federer y Nadal.

Dos personajes y unas líneas de diálogo, siempre me dijo que no había mucho más, un protagonista que quiere cambiar algo, un antagonista que se opone, esas son las fronteras de la ficción.

Quién quiere algo de los dos y quién se opone es lo difícil de decidir.

Puede que ella y yo hiciéramos, hace mucho tiempo, un pacto para intercambiar los papeles en los momentos clave que ya hemos olvidado, un juego tan próximo a nuestra piel que no nos queda más remedio que seguir jugándolo, a pesar de que en algún momento creí que realmente se había agotado.

¿Quién decide? ¿Manda uno de los jugadores, el otro, el propio juego, el espectador?

¿Cuándo terminará este páramo de nieve, cuándo esta ciudad se deshará bajo nuestros pies?

Puede que nunca. El círculo es la única forma que no tiene principio ni final, y por eso es la más utilizada a la hora de representar el tiempo.

He pensado en irme a Irlanda. O a Suecia, tal vez.

Virginia me encontró anoche a la vuelta de su trabajo sentado en su portal, no voy a decir que como un perro abandonado, pero puede que tuviera algo de eso.

Me preguntó qué había ocurrido y yo le dije la verdad, que había ido a ver a mi maestra, porque mi amiga suele necesitar al menos una respuesta.

Se conformó. Subimos, rechacé la cena, dormí en su sofá como si me hubieran enterrado vivo.

No creo que me oyera llorar de noche; se hubiera levantado, ella sí, a pesar de que en sus abrazos suele haber un punto de dureza.

La cafetera que tiene, que hace un ruido infernal, me ha servido de despertador.

Está bien. He dormido. Mi mente no quería la tregua, pero mi cuerpo sí.

¿Por qué a esos países?

Porque tienen trabajo para los informáticos, respondo. En Irlanda están muchas de las grandes compañías, y en Suecia también hay cosas, es donde Spotify tiene su sede. Tengo dinero para arrancar allí, o si no mis padres seguro que insisten para pagarlo si tengo un plan hecho.

Virgi me estudia, más que mirar, desde la otra punta del salón. De pie, porque sospecho que descansar se ha vuelto algo ajeno a ella.

Pero hace mucho frío en Suecia…

A mi alrededor está la casa que ella me ofreció compartir, el hogar perdido ¿por mi propia estupidez?

Es muy distinta a la mía, por supuesto. Es pequeña, abarrotada a pesar de que mi amiga no es persona de poseer muchas cosas, con una cocina vieja y limpia, muebles anticuados combinados con los de Ikea que se han añadido a posteriori , la colada en un radiador, y la colección de tazas, de dibujos y temas a cada cuál más excéntricos, por todos los lados.

Yo estoy tomando mi café en una de Parque Jurásico .

Virgi, en cambio, sostiene otra de la oficina de turismo de Cáceres.

No sé qué hacer, le digo, y aunque le he repetido esa frase millones de veces, aunque tiene óxido ya de todo el tiempo que ha vivido al aire libre, esta vez suena distinta.

Y, como no lo sabes, te quieres ir.

A lo mejor.

A ver si la respuesta te aparece en Suecia.

Entre los alces.

Eso es una gilipollez, Álex.

Y yo le sonrío al responder de nuevo:

A lo mejor.

Está enfadada, y es lo suficientemente sabia como para no enseñarlo, y también como para entender que aun así se le nota, pero solo un poco, y yo fingiré que no lo estoy viendo.

Acompañar a tus amigos en sus engaños no está tan mal, es otra forma de mantener el pacto ficcional.

Hay varios bollitos en sus envases de plástico tirados por el sofá.

Agarro uno porque si lo tengo en la boca puede que también me trague las palabras que no quiero decir, las cosas que no quiero contar.

Quiero matarla, dice Virgi de repente, y a lo mejor es preocupante lo muy en serio que va.

Puedes tirarla desde la cuarta planta de la ópera. ¿Cómo se llamaba esa zona, la de las butacas más lejanas, donde me llevaste para que viera la lámpara?

Delantera del paraíso.

Pues eso. Desde la delantera del paraíso. Siempre me ha hecho gracia que a las peores butacas de todo el teatro las llamen el paraíso. Tal vez intentar ver una ópera desde ahí hace que te lo ganes.

Ella resopla, y viene a sentarse conmigo, y por supuesto toma el bollito que más chocolate tiene y se lo mete de un bocado, porque esa es mi amiga, una Nora camuflada, aunque su casa de muñecas es no llegar a fin de mes.

Puedo escribir en cualquier parte del mundo, le digo, porque una vez más, siempre claudico cuando la tengo cerca. Pero no puedo respirar en cualquier parte del mundo. No en esta ciudad.

¿Porque ella está aquí?

A lo mejor. No lo sé. O porque aquí solo hay recordatorios de lo que pudo ser y acabé perdiendo.

No te tienes que ir lejos para empezar de cero, protesta Virginia, y quiero creerla, de verdad lo deseo, con todas mis fuerzas.

Sé que la situación es una mierda, los precios parecen un castigo por algo que no hemos hecho, de repente todas las cafeterías son para turistas y están siempre llenas, lo de buscar trabajo te convierte en un villano sin quererlo, y si no lo hace tomar el cercanías, ¿pero que nos queda?

No es muy justo lo que te he hecho, Virgi. La agarro de de la mano y eso es pura medicina, qué miedo da necesitar tanto a alguien. Llevas años siendo lo único soportable de esta ciudad, y lo sabes, y no te has quejado ni una vez. No quiero que sigas cargando conmigo.

Con mis padres hablo del tiempo y con mis compañeros del trabajo de sus planes para el fin de semana, que jamás podrán ser los míos.

Los domingos caigo rendida de puro cansancio, y ahora mismo lo único que puedo decidir es si me hago una app para intentar hablar y salir con gente cuando no tengo tiempo de hablar ni de salir con mi único amigo de verdad. ¿Quién sostiene a quién?

¿Soy tus vigas y columnas?

Eres el único imbécil al que le permito terminarse mi café, asegura, y probablemente sea cierto, a lo mejor dejó a su prometido cuando se dio cuenta de que tendría que compartir con él sus dosis de cafeína.

¿Sería posible? En el dormitorio que ella no utiliza, ¿entraría una cama individual y una mesa para escribir?

¿Habría que montar alguna estantería más para mis libros, o tendría que alquilar un trastero para guardarlos?

Las noches incontables que he perdido por un luto que ni siquiera tiene un objeto claro de pérdida, ¿podría ella eliminarlas a base de ver Megalodón cuando estemos hartos de todo?

¿Y podría yo quitarle algo de carga cuando se levante un lunes y se dé cuenta de que tiene por delante seis días enteros trabajando?

¿Es justo que nos lo pidamos el uno al otro?

Vuelvo a comer. Un cruasán relleno para ella, una magdalena para mí. Proust y la puta magdalena. He ahí una metáfora que nunca lograron colarme.

No sé si podría escribir si luego tú no vas a leerme, le digo, y me asombro a mí mismo. No sé qué puedo hacer sin ti.

¿Ella ha escrito durante estos años?

Eso me dijo, sí. ¿Por qué te interesa?

Y hay una sonrisa, y luego una risa mirando al cielo, y si tuviera que seguir de guardia por las noches, sería para encontrar algo parecido a este momento.

Ve, y pon un centinela para que tu mejor amiga nunca tenga que regresar a una casa en solitario, para que entienda que no tiene permitida la soledad, puede que sí el agotamiento, pero no la soledad.

Querer a alguien es vigilar el camino que sabes que recorrerá.

¿Le robamos el puto manuscrito?

Y me río.

«Desaparecida» proviene del verbo «desaparecer», formado por el prefijo latino des - (negación) y aparecer (del latín appar ē scere , hacerse visible), más el sufijo participial - ida , y significa «la que ha dejado de ser visible o perceptible».

«Centinela» proviene del italiano sentinella , derivado del verbo sentire (sentir), y designa a quien está apostado para vigilar o percibir el peligro, es decir, «el que está atento para sentir».