La impostora 24 #2
90%

24 #2

¿Qué le sobrevolará a él? Su representación favorita del Espíritu Santo, la menos inocente, es la de las llamas por encima de las cabezas de los apóstoles en Pentecostés. ¿Él también tiene ese fuego? ¿O quizá, al contrario, hay algo de agua, de invierno, de montaña por descubrir?

—Mercutio.

Tiene que pararse a pensar en qué acaba de escuchar. No lo esperaba.

—¿Cómo?

—¿Cuántas veces me contaste eso? —le pregunta él, mientras se aparta de ella—.

Shakespeare mata a Mercutio en el acto tres de Romeo y Julieta porque si no Mercutio se hace con la obra y acabaría asesinando al propio autor.

Tu agente me dijo… que tú te habías ido porque si no yo iba a acabar destruyéndote.

No lo entendí al principio. Pero ahora sí. ¿Para eso has vuelto?

Tendría que estar orgullosa. Siempre atento a sus lecciones, siempre recordando sus palabras.

—Mercutio —saborea ese nombre entre los labios—, probablemente el más encantador y atractivo de todos los personajes del bardo, aunque él mismo no lo sabe porque está demasiado sumido en su propio desencanto, en su congoja.

Qué buen paralelismo ese que te haces con él, mon prince .

¿Empiezas a ver tus atributos? ¿Has dejado de lado el autodesprecio?

—No me comas la oreja.

—¿Cinco años escuchando elogios a tu novela no han sido suficientes?

Vuelve a cernirse sobre él para acariciarle la mejilla en un gesto que entiende como maternal, pero él, con un desprecio horrible, le aparta la mano.

No encaja bien el rechazo. Se siente como si la hubieran golpeado, entre las costillas, justo debajo de ese escudo demasiado pequeño que es el esternón.

—Me jodiste la vida —él está escupiendo las palabras, realmente las escupe—, y me quitaste la única oportunidad que tuve de salir del agujero. Y quieres que te perdone y que diga que no pasa nada, que puedes seguir haciendo conmigo lo que te dé la gana.

La respuesta sale antes siquiera de pensarla:

—Nunca he hecho contigo lo que quería. Creía que eso estaba claro.

El silencio los invade.

Se aleja de él. Lo necesita, para poner sus pensamientos en orden. Vuelve a reconstruirse. La conversación todavía puede seguir por el camino que desea. Por eso vuelve a hablar, y por una vez no lo mira a él, mira a esas paredes que ya conocen sus secretos:

—Odiaba mi vida, Álex. La odiaba de verdad.

Odiaba vivir con las personas con las que vivía, odiaba el hecho de ser madre a pesar de que en realidad nunca lo quise, odiaba que mi ecosistema fuera tan pequeño y previsible y, sobre todo, odiaba que nadie se diera cuenta de todo ello.

O que sí lo supieran, pero pensaran que no pasaba nada, que me mantendría aquí, que aguantaría como parece aguantar todo el mundo.

Sí, odiaba mi vida, más de lo que tú crees que odias la tuya.

Y lo peor es que fingir que no hace que sea mucho más difícil salir de ella.

Tú siempre tuviste la oportunidad de construirte una nueva. Yo no.

—Estaba en ello. ¡Empezaba a sentirme mejor, Margo! ¡Quería escribir, quería recorrer el camino que tú me estabas enseñando!

Está alzando la voz. ¿Puede que eso sea bueno? ¿Puede que ella deseé un aprendiz capaz de gritar?

—¿Escribiendo sobre lo que te atormentaba, una y otra vez? Yo jamás te enseñé eso —rebate, y ahora sí, lo mira a los ojos—. No vas a convencerme. Puede ser una gran novela para el público, pero a ti nunca te hizo ningún favor. Había que alejar al autor de su historia. A veces ocurre.

Él la mira con incredulidad. No sabe cómo tomárselo.

—Vas a decirme que lo hiciste por mi propio bien, dice al fin.

—Lo que hayas hecho con esos cinco años que te he dado es tu elección. No intentes culparme de eso.

Él no estará de acuerdo, pero esa es la visión de ella y va a defenderla, por supuesto. Y puede que en algún momento consiga convencerlo.

—Qué opción tenía, Alejandro —le dice más despacio, más afectada—, después de nuestra última discusión. Me dijiste que todo este tiempo yo solo había jugado contigo. Que no creía en ti como escritor. Que empezabas a odiarme.

—¡Estaba enfadado! Me habías dicho que tirara esa novela y no la volviera a mirar.

—Y tenía razón.

—Hubiera acabado haciendo lo que querías —asegura él—. Lo sabes. Siempre lo hacía.

—Por aquel entonces, no me lo pareció.

Silencio.

Si lo pensaba, el silencio era el reflejo oscuro de la palabra.

También sus límites. También las paredes de los laberintos en los que estas acababan encerradas.

¿Podía el silencio tener más peso entre ellos dos que todas las cosas que se habían dicho?

Los problemas solían venir cuando se callaban.

El contacto físico con ecos de accidente nuclear.

Las cosas que ocurrían que quizá no podían disfrazar de literatura.

En ese momento el silencio es un alimento indeseado, y del que, sin embargo, ninguno de los dos sabe bien cómo despegarse.

—Ya —suspira él, y es una respuesta demasiado débil, tal vez el silencio venza—. A lo mejor tienes razón. ¿Podemos volver a entendernos?

—Un chico de rodillas en un descampado. Una chaqueta rajada. Unos nudillos manchados, no de sangre, sino de lágrimas —ella lo enumera todo con cierta maestría, se lo aclara—: sé las imágenes con las que podría hablar de ti. Dime, ¿han cambiado? ¿Quién eres?

Otra vez el silencio.

Él se toma sus instantes para pensárselo. Y la respuesta no es la esperada, ni la deseada, ni nada que pueda ser estudiado:

—Un chico jugando al «Y si» con su mejor amiga y una corona de Ricardo Corazón de León.

Más silencio.

Más.

—Esa imagen no soy capaz de entenderla —confiesa ella.

Por alguna razón, es aquello, y no las cosas dichas anteriormente, lo que hace que él reaccione. Que se levante por fin. Que la ataque por encima de su altura.

—No. No eres capaz. Tú sigues siendo una mujer de blanco en una casa aún más blanca que querría jugar en el barro, y ni siquiera puede.

Esta vez sí, el ataque es frontal y puede que un poco kamikaze.

—Claro que puedo —replica ella con fiereza.

—No, maestra. Es como cuando los romanos inundaban el Coliseo para recrear una batalla naval.

No es la guerra, no van a tener una guerra delante de ellos, solo la representación controlada de una.

Si quieres el barro, divórciate de una maldita vez.

Cuéntanos la puta verdad, a todos. A lo mejor entonces hasta dejas de querer acostarte conmigo.

Al escuchar eso último, Margo Clarke, se echa a reír. Se echa a reír como si aquel fuera el momento más feliz de su vida, como si finalmente hubiera sido bendecida, como si toda la fortuna del mundo la estuviera buscando.

Y, al escuchar esa risa, Alejandro Hernández Ventura se marcha de una casa demasiado blanca. Sin patadas, sin destrozos, sin heridos a su paso. Simplemente se marcha.