24
P repara su casa como si fuera la mejor escenografía, la luz adecuada, la simetría presente en todo lo que coloca, las pequeñas pinceladas de desorden también estéticas.
Su marido no tocó gran cosa del piso, otra prueba más de que siempre sospechó que iba a volver.
Hay una tensión callada que le gustó nada más volvió a pisarlo: sus hijas ya se han ido de allí, dignas representantes de la clase alta que enseñan lo que el resto de su generación, con menos recursos económicos, ya no podrá hacer.
Una estudia en Estados Unidos (si ella hubiera estado allí, jamás hubiera escogido ese destino) y la otra viaja por toda Italia en un intento de ser mejor pintora (eso sí que lo puede apreciar).
Así que su marido se quedó solo, dedujo, y cuando le preguntó abiertamente si tenía otra pareja o si había optado por aventuras esporádicas se revolvió, incómodo.
No me puedes echar nada en cara, le dijo, lo cual es la respuesta más aburrida que podría haberle dado, pero también la más previsible.
Esa tarde está fuera, por supuesto. Porque ella se lo ha pedido.
Se lo ha pedido sin dejarle otra opción.
¿Sabrá lo que piensa hacer? No importa mucho.
En algún momento va a tener que escoger si divorciarse o no.
Oh, pero ella odia esa palabra, divorciarse, y encima de su único marido, eso no es nada interesante.
Si llevara tres matrimonios fallidos al menos tendría una carta de presentación que mostrar al mundo, pero así, sin más, me casé y me divorcié y la vida siguió y nos tenemos que llevar bien por las hijas, o puede que no…
qué horror. Por suerte alguien inventó la separación de bienes.
¿Y por qué necesitaría separarse? ¿Por qué, si su alumno sigue contestando a sus mensajes y va a venir a verla cinco años más tarde?
Está feliz. No, no está feliz; está radiante, eufórica, si agarrara un bolígrafo en ese momento no podría escribir nada que mereciera la pena porque la felicidad se interpondría en el camino.
Por eso se ha puesto su vestido blanco favorito, por eso toda la casa reluce con ella, por eso abre las ventanas y el ruido del tráfico no se atreve a colarse en su interior.
Se mira un momento en uno de los muchos espejos que hay por toda la casa, y se ríe.
Esos cinco años han decidido desaparecer de su rostro.
Tal vez esté incluso más joven que justo antes de marcharse.
Suena el timbre. Si fuera un bebé o un pajarito, comenzaría a gorgorear, pero en lugar de eso se aparta un poco de cabello del rostro, se sirve una copa de vino sin demasiada prisa y, entonces sí, va a abrir la puerta.
Él sí ha cambiado.
Un Timoteo para un San Pablo. Un Arturo para un Merlín. Un Nicómaco para un Aristóteles.
Su aprendiz. Qué palabra más hermosa.
Se siente más orgullosa al verlo que al releer cualquiera de sus novelas.
¿Qué es ese corte de cabello? ¿Un mullet ?
Los rizos oscuros hacen que la rebeldía sea equilibrada, el punto de punk exacto.
Los ojos negros y a la vez más transparentes que nunca, con ese punto de luz que siempre reflejan, incluso en las habitaciones poco iluminadas.
Tiene más pasado, más historias que contar que pelean por aparecer en su rostro.
Lo que otros llamarían don, y ella, que es creyente, llama gracia, sigue acompañándolo, encerrada en algún lugar demasiado pequeño, porque él está a punto de explotar.
Sí, puede que ese sea el resumen; tiene delante de ella a alguien que está a punto de explotar de maneras impredecibles, y eso es lo que hace que sea imposible abandonar su lado, dejar de prestarle atención.
Tal vez podría describirle mejor si no lo tuviera delante de ella, piensa.
En su momento estaba muy acostumbrada a trabajar con él a apenas unos pasos de distancia.
Su presencia la centraba; era la única persona que amaba los libros incluso un poco más que ella.
La terrible diferencia entre amar y necesitar, eso era: ¿seguiría estando aquella dependencia allí?
Puestos a tener una relación tóxica con algo, por qué no podía serlo con la literatura.
Deja que entre en su casa. Siempre había estado invitado, precisamente porque no encajaba en ese lugar.
Él se dirige sin mirarla hacia su lugar de trabajo, su taller, su habitación propia.
Se niega a llamarlo despacho. Ella le da unos segundos para que se habitúe al espacio.
Cuando la había sobrepasado, sus pensamientos no se le habían pegado a la piel.
Tal vez se ha vuelto mejor en salvaguardarlos.
O tal vez ella ha perdido parte de su sensibilidad.
Está sentado en el diván, codos sobre las rodillas, cuerpo echado hacia delante. Ella se apoya sobre su mesa de trabajo, que todavía está insultantemente vacía. Tenía que ponerle remedio a eso.
—Te veo bien, mon petit prince.
Ve cómo se revuelve un poco al escuchar cómo lo llama, como siempre lo había llamado. Puede rebelarse todo lo que quiera, pero esos cinco años no han pasado entre ellos dos. Él tendrá que dejar de intentar imponer lo contrario.
—Te he echado de menos, ¿sabes?
—Eso ya lo dijiste en la televisión —es lo primero que él dice, y sigue teniendo esa voz, demasiado empalagosa para la persona que había resultado ser.
—Es la verdad. A ti no tengo por qué mentirte.
Lo ve armarse de algo que tal vez es fuerza, tal vez es valor, tal vez es control o tal vez es rabia. Sin eso, quizá se hubiera quedado callado, y no, ella no lo quiere en silencio, no ahora que por fin lo tiene delante.
—¿Dónde has estado? —pregunta al fin.
—Una parte del tiempo en Francia, por supuesto.
Mi acento había empezado a empeorar después de tantos años en España, creo que se me estaba pegando el mal oído que tenéis para las lenguas.
Desde allí viajé a Berlín, quería ver el altar de Pérgamo antes de que cerraran el museo.
Y luego ya me refugié en los Alpes. En un pueblito encantador.
Cuanto más arriba más cerca de Dios, supongo.
¿Qué has hecho tú todos estos años? Me gusta que nos pongamos al día.
Su enumeración de lugares no le ha impresionado ni un poco. Tal vez la conozca lo suficientemente bien como para esperar una respuesta así. Se sentiría muy afortunada por ello.
—Viajar al corazón de esta ciudad, darme cuenta de que es un puto basurero, y aun así quedarme. No conozco mucho más. Solo estoy un poco más jodido que la última vez que me viste.
—¿Has escrito? —pregunta ella, sin hacer mucho caso de sus escupitajos verbales.
—Ni una palabra hasta hace dos semanas.
—¿Cómo puede ser eso?
Sus ojos relucen como las monedas del barquero al responderle.
—La fidelidad mal entendida, maestra. ¿Y tú?
—Tengo una novela entera lista para ser publicada —confiesa por primera vez, y es verdad, incluso ahora la está aguardando, dormida, esperando que los ojos de lectores ajenos por fin la hagan despertar.
Qué liberada se va a sentir por ello—. Fuera de este piso la vaguería sí que me vence, pero estoy contenta de volver con algo que mostrar.
—¿Esta no la robaste?
Un disparo. El primero. Su pequeño príncipe todavía guarda algo de violencia dentro de sí.
—¿Quieres que te explique eso? Álex, te estás saltando algunos pasos.
Lo ve bajar la mirada, con los dientes apretados pero las manos acariciando el diván en el que está sentado.
¿Cuántas veces lo vio escribir allí, deseando conocer sus palabras incluso antes de que aparecieran en el papel?
¿Quería leerlo o quería entenderlo? ¿Por qué ambas cosas le parecen incompatibles entre sí?
—Por supuesto. Puedes quejarte de que no sigo los guiones —dice él con algo de amargura—. ¿Por qué volver justo ahora? ¿Tu agente te dijo algo, tus editores, cuáles son exactamente tus razones?
—¿No podría ser que simplemente echaba de menos mi casa?
—Joder, Margo. Esa es la única respuesta que nadie de tu alrededor se creería.
Ella contiene la risa, la alegría de saberse comprendida.
—Tienes razón, por supuesto que tienes razón.
Mi niño listo. Es solo que encajaba. Cinco años es una buena vida para un libro.
Para mí, también. He vuelto habiendo perdido del todo la capacidad para concebir y siendo seguro que me quedan menos años de existencia de los que tengo.
Es la mitad del asedio de Troya y la también la mitad del regreso de Odiseo.
Soy mujer, no tengo el lujo de poder dedicarle tanto tiempo a una única cosa.
—Eso es todo.
—Claro que no. He escuchado que últimamente sí que te atreves a hacer las preguntas que te importan en voz alta. ¿Por qué conmigo todavía no?
Se lo han dicho, por supuesto que se lo han dicho. Él asistió a la fiesta a la que fue invitado, él buscó a la gente que la conocía, él preguntó por ella de la misma manera que se solía preguntar cuál era la mejor manera de contar las historias que ya tenía dentro.
—Cinco años también son un buen lapso de tiempo para perder la confianza con alguien —le escucha decir, y duele un poco, claro que sí, aunque no importa, en todo el tiempo que pasó con él siempre hubo momentos de raspones.
De raspones que se curan con un soplo de aire.
—La confianza. Oh, aprendiz, qué palabras más débiles estás escogiendo. Ven aquí.
Pero él no se mueve, y ella lo entiende.
Cinco años sin moverse es demasiado tiempo como para quitarse el hábito en ese instante, apenas un punto y seguido, un único parpadeo.
Por eso lo ayuda; se acerca y lo abraza, él todavía sentado, las manos de ella sobre sus hombros, su mejilla contra su pelo.
No le estorban los reproches que él debe de tener, de la misma manera que no la molesta el zumbido de los insectos cuando lee en el campo.
—¿De verdad que no confías en mí? Eso me hace daño —dice, hablando por encima de su cabeza.