23
U na vez me preguntaste qué libros me habían cambiado la vida, quítale el tópico a esa frase, mon prince , los libros que realmente te cuentan quién eres, los que con sus palabras te han reescrito por dentro.
Si la vida es una historia más, ¿cómo esperas que las otras que se entrecruzan con ella no puedan alterarla?
¿Por qué crees que la tuya es la principal y la que otros escribieron es la secundaria? La vida también está en los libros.
Siempre hemos vivido en el castillo , te respondí.
Merricat y el té envenenado, seguir viviendo con tu hermana sin que nadie te perdone lo que ocurrió, lo que hiciste, y que no importe mucho.
Me gustan las historias del después, te aclaré, y creo que pudiste entenderlo.
Todo es el después. Incluso el brillo de las estrellas que nos llega es un después.
Siempre hemos vivido en el castillo se ríe de ello y a la vez es terrorífico, por eso abrió la puerta a que las novelas cambiaran realmente mi vida, incluso antes de que tú aparecieras.
No es que antes no hubiera leído, sí lo hacía, de manera que mis compañeros del instituto no lo supieran, pero después de que me clavaran un cuchillo no tenía gran cosa que hacer, y pedía libros mientras los días pasaban en el sofá de mi casa, uno detrás de otro, piezas de dominó perfectamente puestas que no llegaban a caer jamás.
Siempre hemos vivido en el castillo llegó en ese momento.
Incluso mi amor por la literatura es un después.
Y luego viniste tú, y cuando te expliqué aquello me regalaste Pedro Páramo , y entonces vi pueblos de fantasmas en todos lados.
No sé por qué supiste que Juan Preciado yendo a buscar a su padre a Comala también podría cambiarme la vida, pero así fue, cada personaje con el que se cruzaba parecía contarme secretos que siempre había buscado, yo también escuché al caballo de Miguel Páramo corriendo por las noches sin jinete.
A mí me mataron los murmullos, dice Juan Preciado en algún momento de la novela.
Esta noche su frase se convierte en mía, maestra.
A mí me mataron los murmullos, me siguen matando en esta casa.
Hoy no podré dormir. Hoy tengo que enterrar todo lo que me he dicho a lo largo de cinco años, la oscuridad va a durar más de lo que debería, siempre quise verte volver y, ahora que me has hablado desde una pantalla, los murmullos vienen a buscarme.
Son las tres de la madrugada. Solo uno de mis vecinos, un señor mayor que nunca parece dormir y que pasa las noches con la televisión encendida a todo trapo, sigue despierto.
He escrito cosas que no tienen sentido, y no importa, tal vez cuando llegue el sol lo encontrarán, eso es tarea de las palabras, no mía.
He escrito un par de mensajes de disculpa a Virgi en algún momento de la noche, y sé que ella lo ha leído a pesar de levantarse en unas pocas horas, y sé que esperará a estar trabajando para responderme.
He sentido que, primero mi cabeza y luego el alma de escritor, se salían de mi cuerpo y se iban a dar una vuelta, tal vez porque no podían soportar la escena.
Y entonces me he tirado en la cama, una noche más. A dejar que los murmullos me mataran.
No sé cuánto tiempo llevan habitándome cuando una ligera vibración los espanta.
Es el teléfono, por supuesto, un nuevo mensaje.
Virginia podría haberme respondido. O podría ser la otra opción.
Alargo la incertidumbre un instante más, solo uno, dejadme poneros en orden antes de que os vuelvan a derribar.
Ya traía retrasado el miedo, decía Juan Preciado, se me había venido juntando hasta que ya no pude soportarlo.
¿Cuándo llegará ese último golpe que hará que todo se derrumbe?
¿Y qué vendrá después? ¿Más ecos, o un mundo recién nacido?
Nada ha cambiado. Tu número de antes. Tu nombre en la pantalla. Mis ojos inflándose con gas caliente de la emoción.
¿Una última clase mañana por la tarde, mon prince? Te he echado de menos. Y vete a dormir, por favor.
No puedes hacer literatura sin dejarle espacio a soñar.
Las palabras no suenan en mi cabeza con mi voz, si no con la tuya.
Y sé que fui un iluso al pensar que el paso de los años lo cambiaría, o que dejarías que transcurriera el tiempo necesario para que todo quemara un poco menos.
Esperaba este mensaje, professeur . Mentiría si dijera que no sigo despierto porque te esperaba, llevo muchas noches de insomnio esperándote, un centinela siempre se queda de guardia. Qué de la noche. Qué de la noche.
Me debes mucho más que una última clase
Pero la realidad es que sé que, si tuviera que escribir una lista sobre las cosas que me debe Margo Clarke, yo me bloquearía como tren ante una vía rota y el folio se quedaría en un blanco aterrador.
Y respondes, claro que respondes. Si hubo algo que no pude robarte jamás, fue el tener la última palabra.
Ven a cobrártelo.