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S iempre supe que el tiempo volvería a traicionarme. Es un ser demasiado rencoroso. Le conté todo lo que había ocurrido, y, aun así, no conseguí que se apiadara ni un poco.
Según el calendario, han pasado cinco días desde que me entrevisté con Isidro Escalante; según mi cuerpo, hemos aguantado varias hambrunas y un par de asedios desde entonces.
Madrid nunca se detiene, aunque a veces dibuje el espejismo de que tienes todo el tiempo del mundo, y otras, que tu momento pasó hace mucho.
He recorrido varias veces esta ciudad desde entonces, y, afortunadamente, la policía todavía no me ha detenido por destrozarle la cara a alguien (una vez más) ni por exceder el límite de velocidad.
He pasado por el templo de Debod y visto los corros de muchachos con botellas de cristal, y he pensado en el cuartel de la montaña a sus pies, el principio de la resistencia de Madrid, los sublevados caídos «y qué se esperaban de una ciudad que antes sí era de obreros con conciencia antifascista, mon prince ».
He bajado hasta Atocha, saludado a la tumba de Amadeo de Saboya, soñado con que los trenes que salen de allí viajen mucho más lejos de lo que realmente lo hacen.
He recordado que antes siempre me decían que los taxis de la droga salían de Embajadores, pero ahora solo veo alquileres turísticos, no sé cómo puedo seguir pensando en literatura cuando a mi ciudad la invaden los Airbnb.
He insultado a la Almudena como muchos madrileños, por supuesto, tenemos el complejo de catedral fea, pastelón que la llamaba Margo; pero a cambio he subido andando hasta la plaza de la Villa y me he acordado de mi maestra hablando del rey francés prisionero en una de sus torres después de la batalla de Pavía.
A mí se me ha ido una parte muy importante de la vida en estas calles, sigo entregándoles demasiado a cambio de tener una historia que contar.
Quizá haya tantos recuerdos que rescatar de ellas, capas y capas de recuerdos, que es imposible que algunos de nosotros no nos sintamos desesperados mientras hacemos arqueología. Mientras escuchamos.
Los ordenadores han vuelto a su flujo habitual.
Una llamada, un lugar en los que los recojo, una estancia corta, precaria, en mi habitación, y la devolución en casa, porque al cliente le quedan más ganas de repetir si algo que necesitan, pero que en verdad no pagan con gusto, llega hasta la puerta de su hogar.
Los billetes se acumulan en mi cartera, siempre en metálico, siempre palpables.
Los que quieren facturas con IVA para poder desgravarlas jamás me llamarían a mí.
Eso sí que es justicia.
Álex.
Mamá.
¿Es un buen momento?
Sí, sí. Ya he vuelto a casa. Iba a hacerme la cena.
Oh. ¿Y qué tienes para comer?
Creo que volverá a ser arroz con pollo.
Como un chico sano.
Como un chico vago, mamá. A mí la proteína me da igual, no soy de los que ataca el gimnasio.
Pues nosotros sí que hemos hecho ejercicio hoy. Hemos subido a los monasterios de Meteora, no creerías las cuestas. Ay, Álex, te encantaría la visita a Grecia que estamos haciendo, de verdad. Cuando volvamos te enseño las fotos.
Siempre me dices lo mismo de todos vuestros viajes, mamá.
Pero es que es verdad.
Te creo.
Y nunca vienes.
Tengo cosas que hacer por aquí.
¿Cómo ha ido tu día?
He trabajado, luego he repartido los ordenadores, ya sabes. Lo de siempre.
Sí, sí. Debes de ser un buen informático si te llaman tanto.
Más bien soy barato.
Pero oye…
Venga, no te calles, mamá, suéltalo.
¿No le has dado alguna vuelta a lo de volver a la universidad?
A lo mejor así podrías conseguir algún trabajo estable, un puesto en una empresa, o algo que te…
motivara un poco más. No te quedaban muchas asignaturas para tener el título, ¿no?
No es tan tarde. Y los dos sabemos que no te costaría mucho acabar de sacártelo.
Siempre me dices lo mismo.
Ya, Álex, te sonaré pesada, pero hay que ser prácticos en esta vida.
Pero solo en esta. En las que vienen podré ser un soñador.
¿Qué quieres decir con eso?
Nada, mamá.
Bueno, hijo, no es fácil saber lo que piensas. Yo solo quiero ayudarte. ¿Qué pasa con lo de escribir?
¿Qué pasa?
No sé, si es lo que realmente quieres hacer, quizá podríamos…
¿El qué? ¿Será que los huecos en editoriales se compran? ¿Quieres pagarme otra carrera o un máster privado? En eso no necesito ayuda. Y a vosotros no os he visto nunca leer un libro, no sé por qué ahora me vienes con esas. Joder, mamá.
Está bien, Álex. Está bien.
Perdona.
…
De verdad que lo siento.
Tu padre dice que te acuerdes de enviar lo del contador del agua.
Ya lo hice.
Pues entonces te volvemos a llamar cuando volvamos.
Claro. Chao.
Buenas noches. Cuídate.
No era la primera vez que una conversación con mi madre acababa con sabor amargo, que se producía el auténtico viaje del héroe: salir de casa para luchar contra el mal y descubrir que el mal está dentro de uno mismo.
Podría explicar cómo nuestra relación se ha deteriorado en parte por el rencor de una generación que vive a base de promesas incumplidas mientras que la otra frunce el ceño y se pregunta qué va mal.
Tal vez debería de redactar un análisis, mi madre votó con convicción en los años ochenta, la estabilidad era el disparo de salida y no una meta inalcanzable.
Probablemente los dos nos sentimos un poco decepcionados con algo: con los cambios políticos, con la realidad, la comodidad de saber la pensión estable pero solo para tu generación, la hipoteca pagada, ya no hay nada que te cuide cuando no podemos cuidarnos nosotros mismos, aguantar es un limbo q ue se dilata más y más.
Pero, en lugar de escribir todo eso, me como mi arroz con pollo en la mesita del salón, sentado en el suelo y sin muchas ganas de reflexionar siquiera sobre el tema.
Hay dos monstruos en mi cabeza: uno, el del por qué; otro, el del para qué, y esta noche los dos están dormidos.
Y no parece que haya nada más reconfortante que mi arroz con pollo en este mundo.
Vuelve a sonar el teléfono. Solo dos personas me llaman, y una lo acaba de hacer. Queda la otra opción.
Virgi.
Oigo su respiración al otro lado de la llamada.
Esa es la primera señal de alerta. Las respiraciones no están hechas para ser oídas, y menos a través del teléfono, densas, niebla que te alcanza.
En las últimas semanas he visto a Virgi más veces afectada que en el resto de los años que han pasado desde que nos conocemos, y estoy aprendiendo que es algo que hace saltar todas mis alarmas.
Ponte en el ordenador.
¿Qué ocurre?
Ponte en el ordenador, Álex. De verdad. Estoy en el trabajo, pero en la sala de descanso había uno de luces leyendo las noticias y… te he llamado en cuanto he podido. Sabía que no estarías viéndolo. Tu hazme caso, por…
Vale. Lo estoy encendiendo. No me cuelgues.
Quédate conmigo. Eso es lo que de verdad deseo decirle a Virginia. Cuando haya incertidumbre, cuando los dos respiremos niebla, quédate conmigo.
¿Y ahora qué?
Me da el nombre de un diario digital, aunque probablemente esté en muchos, me aclara.
Y obedezco a mi única amiga, y abro la página sin entender lo que ocurre, sin que tenga voz ni voto en lo que estoy a punto de descubrir, en el ataque que se viene.
Ella sigue hablando, en algún momento creo que me grita, pero ya he perdido la capacidad de escucharla.
Si el universo realmente escogiera ponerse del revés, professeur .
Si el tiempo volviera a echar andar. Si todo volviera a la casilla de salida.
Estás en la pantalla, en el presente, en esta casa. Estás y vuelves a ser de verdad.
«La escritora Margo Clarke reaparece tras estar cinco años en paradero desconocido».
He subido a la torre de vigilancia, al puesto de guardia, al lugar del centinela, y por fin puedo verte en el horizonte. Mírame, Margo. Tu retorno está a punto de destruir mi mundo.