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Q uería estar solo en el vestuario del instituto, pero él estaba allí.
Eso fue lo primero que me enfadó, mi casa era una isla de soledad y el instituto todo lo contrario, yo era incapaz de cruzar entre los dos extremos como si nada, necesitaba respirar, siempre respirar.
Pero él estaba allí, a pesar de que lo había torturado durante todo un curso, y lo peor, había convencido a toda la clase para que también lo hiciera o para que al menos callaran.
¿No decías tú que los silencios de los personajes siempre deben ganarse, maestra?
Yo gané muchos de esos, a mí me escoltaban los silencios y no dejaban que nada me alcanzara.
Él estaba allí, sentado, esperándome, y me preguntó con voz de anciano que cuándo pensaba parar.
No se dio cuenta de que en aquel momento hablaba con alguien que no existiría en el futuro, solo habitaba el presente, y por eso jamás tenía respuesta.
Tal vez quisiera suplicarme porque también había empezado a meterme con la chica que sabía que le gustaba, y porque intuía que si no lo hacía nos precipitaríamos hacia un mar oscuro del que ya no hallaríamos la salida.
Yo no lo hice en muchos años. Y el barco que me rescató, la escritura, me ha hecho ir a la deriva desde entonces.
Suenas como una chica enamorada a la que han rechazado, Luisito.
Casi. El año pasado pensé que acabaríamos siendo amigos.
Yo nunca sería amigo de alguien como tú.
Y así. Una y otra vez. Aquel compañero mío tenía demasiada bondad como para que nuestros caminos se cruzaran tan pronto, si hay un dios, maestra, déjame decirte que fue muy cruel en eso.
Él nunca se defendía. Yo nunca sabía cuándo frenar la tormenta.
Había una furia dentro de mí que no encontraba dianas, y, en cambio, apuntaba a todo aquel que me recordaba que no era feliz, que había descubierto lo que era no tener mucha esperanza en el futuro demasiado pronto.
En algún momento, lo adivinó. No con esas palabras, claro, pero él lo sabía, sí que lo sabía.
Aquella mañana en un vestuario de instituto que estaba vacío, le pegué por primera vez.
Vinieron más, era una puerta que jamás tendría que haberse abierto.
Con el labio ya partido me suplicó que no lo hiciera, y cosa extraña, creo que lo decía más por mí mismo que por él.
Creo que él sí veía el mañana en ese momento.
Pero yo no escuchaba nada que no fuera mi propia ira.
Te conté todo esto, Margo. Te lo conté avergonzado, porque se supone que hay un abismo insalvable entre la adolescencia y la madurez, se supone que las cosas que nos pasan de jóvenes no deberían dejar herida en las personas en las que nos convertimos, pero años más tarde yo era incapaz de olvidar.
El mundo se había dado la vuelta y se había cobrado venganza por aquel compañero.
¿Cuándo empezaste a arrepentirte?, me preguntaste, y entonces yo me levanté la camiseta para enseñarte una cicatriz que tenía.
La fiesta de fin de curso, te dije, ya todo había acabado, no teníamos que volver a vernos si no queríamos.
Pero él estaba allí. Lo empujé contra una mesa.
Y justo en ese momento su mejor amigo entró en clase, ¿y sabes qué es lo peor de todo?
, que ese amigo lo había abandonado hacía meses, por miedo a que yo también me fijara en él.
Si quieres hablar de culpa, tenemos que hablar de la cara que puso en cuanto vio a Luis contra el suelo un día más.
Pero era la fiesta de fin de curso, había algún cuchillo entre los cubiertos que habíamos usado para la comida por allí, lo agarró y me apuñaló.
El apuñalamiento más ridículo que nadie debe haber visto.
Me llevaron al hospital, me anestesiaron un poco para desinfectarme la herida y luego ponerle puntos, también la maldita vacuna del tétanos.
Pero, cuando se pasó la anestesia y comencé a sentir el dolor, comencé a casi no poder girar el torso…
me alivió, Margo. Era un dolor que me merecía.
No me había sentido tan bien en mucho tiempo. Y ese era el problema.
Un único dedo tuyo sobre mi cicatriz, solo uno, recorriéndola una, dos, tres, cuatro, hasta cinco veces. Luego te separaste de mí, pero diste un beso suave a la yema de ese dedo que me había tocado.
Retrato del artista adolescente , de James Joyce. El amante , de Marguerite Duras. Demian , de Herman Hesse. El guardián entre el centeno , de Salinger. ¿Qué tienen todos en común, mon prince ?
Eso era tan propio de ti. Encontrar en la literatura respuestas a la vida. Por supuesto, clásicos, nunca referentes de nuestro tiempo.
Los protagonizan adolescentes.
Como tantos otros. Deja de decirte a ti mismo que tu historia a lo mejor no es tan importante justo antes de contarla. Es la peor presentación que podrías hacer. ¿Volviste a ver a esos dos chicos?
Nunca.
Que siga así. No intentes buscarlos para pedir perdón. Ni tú ni ellos lo necesitáis.
¿Y qué necesito, maestra?
«¿Perdonar? Aquello sonaba demasiado a una forma de romperse a sí mismo una y otra vez, una elección hacia la catástrofe.
No era cómodo, nadie se quedaba en paz después de perdonar.
Por qué debía darle ese premio a su enemigo; por qué no podían vivir todos con el recuerdo de lo que habían hecho sin intentar alterarlo.
Había que perdonar por lo hecho y por lo no hecho, por ambas cosas.
No se sentía capaz de volar por encima de todo lo que había ocurrido; si él perdonaba, lo haría desde el suelo, desde el barro, todavía mirando el camino destruido a sus pies».
La piel del centinela , Margo Clarke