La impostora 19 #2
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19 #2

¿Vienes sin estudiarte las leyes, chico?

Cómo se nota que a los escritores siempre os dio alergia el lenguaje legal.

Es más fácil de lo que parece. Hasta que no se cumplan los diez años, Margo está declarada «desparecida provisionalmente» y no presuntamente fallecida.

No es lo mismo, ¿no te parece? En este caso, en vez de sus herederos, véase, su marido y sus hijas, su patrimonio lo gestiona, hasta que la persona reaparezca o pasen los diez años, un representante legal…

que casualmente, porque Margo así lo quiso, soy yo.

Y, si su familia todavía vive en ese piso espléndido, es porque se lo estoy permitiendo.

¿Pero sus derechos de autor? El señor Monteverde no verá ni un duro de ellos. Que ladre lo que haga falta.

¿Me está diciendo que usted se queda todo el dinero?, tomo aire. ¿O quizá las transferencias viajan a alguna otra parte?

Hay un silencio. Los silencios a veces vienen de las victorias y otras veces son peleas en sí mismos, y este es de los segundos.

Los cuadernos siguen sobre su mesa, entre nosotros, la auténtica forma de una historia que nos ha marcado a los dos.

No por igual, por supuesto. Yo tengo heridas por toda mi piel. Él tiene cifras en el banco.

¿A qué has venido de verdad aquí?

Tomo aire. A qué has venido, amigo, ad quid venisti .

Un personaje siempre entra en escena queriendo algo, dispuesto a perseguir, nadie pasaba simplemente por allí.

De adolescente era el único entre mis compañeros que llamaba de usted a los profesores, y no era por respeto, todo lo contrario, me garantizaba una distancia que yo interpretaba como libertad. Como inmunidad. A qué has venido.

No puede sorprenderle ni un poco descubrir que yo escribí una de las novelas más vendidas que jamás haya representado su agencia, porque lleva viviendo con ese conocimiento durante muchos años.

Y nunca le ha importado, nunca me ha llamado.

Pero eso no es lo único que siempre supo.

Yo apuesto a que sabe, por ejemplo, qué le ocurrió a Margo Clarke hace cinco años.

Sabe que los derechos de autor de sus novelas no van a su bolsillo, sino que tiene la obligación de enviarlos, diría que bastante lejos. Sabe todo lo que yo quiero saber.

Creo que solo la propia Margo Clarke podría darte las respuestas que buscas, chico.

Alejandro (odio mi nombre completo, pero a él no podría permitirle llamarme como me llaman las pocas personas a las que quiero de verdad), me llamo Alejandro. Tal vez usted tendría que recordarlo, antes de que reclame lo que es mío.

No lo harías.

No me tiente.

No tengo respuestas para ti.

Silencio de teatro, de noche en la cima de la montaña, de funeral sin llantos y de culpa.

Silencio de culpa justo antes de que todo se rompa.

Rojo. ¿Mi libro de la adolescencia? El señor de las moscas , probablemente.

Bueno, más bien The Walking Dead , pero ese es otro tema, y delante de mí no hay ningún zombie .

Lo agarro del cuello desde el otro lado de la mesa y lo acerco hacia mí, mientras el mundo se vuelve a teñir de rojo y de amaneceres crueles, la violencia fue mi hogar y puedo regresar a ella cada vez que quiera.

El puñetazo lo tira de su silla, me levanto y voy hacia él, su rostro y su espalda contra la estantería, los libros y la madera acusando el golpe.

No hay gritos, nunca los hay, solo un quejido silencioso, de derrota. Derrota de ambos, lo sé.

Por ti, professeur .

¿Me robaste la novela sobre mi pasado, maestra? Yo te robo al Álex que creaste. Todo vuelve a la casilla de salida. Puedo volver a ser el que era antes de conocerme.

Usted ha leído una novela entera acerca de la clase de persona que soy.

No baje la guardia, le susurro, le escupo, sus ojos ya no pueden encontrarme, aunque nuestros rostros están pegados.

Si no me dice dónde está Margo voy a destrozarle la cara antes de que sus empleados puedan detenerme.

Y luego le diré a todo el mundo por qué.

Les diré a todos que los dos me robasteis mi novela, mi dinero y mi futuro, y nadie podrá culparme de dar un par de golpes a cambio.

No sé dónde está, Alejandro. Sé que se fue. Sé que está viva. No sé dónde está.

Y dice la verdad.

Me separo de él. Se recompone como puede, como si pudiera soportar un par de puñetazos sin problemas, pero no que su camisa esté descolocada.

No puede ser, me digo una y otra vez, tenía que haber un punto de luz en el mapa, una pista entre todas tus historias y tus nubes de engaños, el truco de magia debe tener una explicación.

Si él no sabe dónde estás, maestra, qué nos queda ya, realmente te marchaste sin decírselo a nadie.

¿No es insoportable el que nadie pueda encontrarte?

¿No necesitas tú también que un centinela te atisbe desde lo lejos, pueda dar la voz de alarma por tu llegada?

No sabes dónde está.

No.

Pero el dinero le llega.

No responde.

Le llega, claro que le llega.

No creo que haya ninguna manera de localizarla por ahí.

¿Sabes que podría hundiros a los dos? ¿Qué podría ir y contarle a la policía todo esto que me estás diciendo y ellos tirarían del hilo?

La sonrisa de Isidro Escalante es amarga.

No ponen tanto empeño en buscar a alguien que todos sabemos, o intuimos, que desapareció voluntariamente. Las hijas de Margo ya son mayores de edad. Ella puede hacer lo que quiera.

Pues deja de enviarle dinero.

Así de fácil.

¡Claro que así de fácil! ¡Sin dinero ella no tiene más narices que volver!

, grito. ¿O es que tiene tantos recursos como para mantenerse?

Sé que no vació sus cuentas al irse, eso sí que lo dijeron en la televisión, y no creo que lo hicieras tú a posteriori o la policía hubiera llamado a tu puerta mucho antes que yo, cuando sí quisieron encontrarla.

Así que lo que sea que le envíes, bloquéalo. ¡Oblígala a volver!

He levantado el puño otra vez sin quererlo, y lo tengo que bajar cuando lo veo reflejado en el rostro de Isidro Escalante.

Eres un niño desesperado.

El aire que respiro quema y las paredes vuelven a tener tu voz y ya no sé si hago esto por ti o por lo que sea que es tu contrario en el universo, maestra.

Margo me jodió la vida.

Si se hubiera quedado, tú se la abrías jodido a ella.

No, me revuelvo por dentro, no, yo no tenía ese poder.

Me enseñó muchas cosas, pero jamás algo que pudiera siquiera rajarla.

No, las grietas de Margo se rellenaban una y otra vez, sus ojos siempre se limpiaban, las palabras vulnerables se hacían fuertes, su cariño acababa en punta de lanza.

No, yo jamás hubiera podido ser nada que no fuera su leal y triste aprendiz. Pero no se lo digo.

Retrocedo. Agarro los cuadernos despacio, mis cuadernos, aquellos que fueron un hogar demasiado endeble, demasiado precario, durante los meses en los que creía que te conocía. Fui lo suficientemente osado como para realmente creerlo, y pagué con creces mi castigo.

O los hago públicos o los destruyo, digo en voz alta. Quiero que el agente literario me escuche. Pero, sobre todo, quiero oírme a mí mismo diciéndolo, como si el simple hecho de expresarlo en voz alta pudiera atarme a algo que aún no comprendo muy bien.

Y ahí termina todo. Con la madera oscura de las estanterías, las vistas del edificio de enfrente, una mejilla que comienza a hincharse y unos nudillos que piden sangre porque ya nadie le puede dar nada más.

No es un final a la altura, maestra. Pero hay cosas que sencillamente terminan y no hay mucho más.