La impostora 19
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E ste barrio solía ser una ruina, un escombro gigantesco, y tú me lo ibas señalando mientras lo recorríamos, Argüelles fue destruido, una parte de Argüelles cayó y luego fue reconstruida en la dictadura, Ferraz fue un cementerio, Princesa fue hogar de obuses, has nacido en esta ciudad y, sin embargo, no te sabes su historia, Álex.

Y pensaba que te documentabas una y otra vez para escribir una novela sobre la guerra civil, la batalla de Madrid, aquello que era extraño que te marcara tanto cuando eras extranjera.

Pero no, lo tuyo era intentar descifrar esta ciudad una y otra vez, y de alguna manera las respuestas las encontrabas en el pasado y no en el futuro.

Quizá, como yo, solo te estabas preguntando cómo era que jamás pudieras abandonarla.

Meses antes de dejarnos me dijiste que la novela en la que estabas trabajando, porque tú no escribías, tú trabajabas y moldeabas como los artesanos, sí que tenía que ver con las Brigadas Internacionales y el Gobierno abandonando a Miaja y a Vicente Rojo y el frente en Cuatro Vientos y todas esas cosas que podías pasarte tardes contándome.

No sé si esa novela llegó a existir, o fue otra de tus mentiras, o si a lo mejor la has acabado lejos, muy lejos de aquí.

A mí me gustaba escucharte hablar de todo ello, buscabas un relato que nunca habías escuchado y que no hablara de la heroicidad ni de la derrota; era algo más, una historia que pudiera ser narrada a alguien que la vivió, pero también a un niño.

Y acumulabas datos y lecturas porque nunca era suficiente, por más que aprendieras y averiguaras y consiguieras comprender jamás sería suficiente, y esa era la Margo que yo admiraba y esa era la ciudad a la que podía llegar a querer.

Admirar, que proviene del latín admirari , que significa «causar sorpresa» (siempre lo hiciste) o «contemplar con agrado algo extraordinario» (siempre lo hice); compuesta por ad- , prefijo que indica dirección o acercamiento (¿podré acercarme más a ti si te sigo admirando?) y mirari, que significa «contemplar» o «maravilla».

Maravilla era la palabra que más usabas cuando hablabas de la escritura.

Sentido de la maravilla, buscar la maravilla, anhelar la maravilla, el tengo miedo a perder la maravilla de Lorca, tu jamás la he llegado a tocar, pero me basta con verla de le jos .

Y por un tiempo tuve la osadía de hacerla mía.

Argüelles. Argüelles, Argüelles, Argüelles.

¿Escogiste a propósito un agente literario con sede en este barrio, para poder pensar en todo esto cada vez que vinieras a verlo?

Tú siempre hacías ese esfuerzo consciente por no abandonar tus obsesiones, que importaba que te destruyeran por dentro.

Episodios históricos, personajes, lugares en el mundo o incluso frases, siempre tus frases.

Guardia, qué de la noche. Centinela, qué de la noche.

Tú coleccionabas obsesiones, y a veces pensaba que tus libros solo eran un pequeño cajón desastre de tu obsesión, y a continuación pensaba que qué manera más buena esa de escribir.

Para mí sí que tiene algo de sentido esto de venirme hasta un antiguo campo de batalla.

No te vayas nunca de Madrid, mon prince , me dijiste en una ocasión. Si lo haces, al volver, te dolerá el triple. Es más fácil pertenecer al infierno que entrar en él por primera vez. Nunca lo olvides. Tu costumbre es tu supervivencia.

¿Y entonces por qué tú te fuiste?

Estoy delante de su edificio. La sede de la agencia literaria ocupa toda la cuarta planta. El edificio es antiguo, sin duda reformado, pero mantiene la fachada vieja. Una cara vieja para un interior nuevo. Normalmente la juventud enmascara a la vejez y no al contrario.

Vengo a buscar respuestas.

Antes de decidirme a entrar, hago una llamada. Es necesario.

Ella siempre descuelga el teléfono cuando está trabajando, y, por suerte o por desgracia, siempre está trabajando.

Hay cristal y forjado negro por todos lados, y es una de esas oficinas donde solo los cargos altos tienen despacho, como si las paredes fueran el mayor de los beneficios, el hecho de no ser siempre visto, siempre juzgado.

En la entrada me han dejado pasar de mala gana al explicar que soy amigo de Isidro Escalante y Margo Clarke.

Me ha hecho gracia referirme a mí mismo así, maestra, no tengo ni idea de a cuál de los dos os ofendería más.

Las paredes están recubiertas de estanterías, por supuesto, y hay retratos de los autores más importantes de la agencia por todos lados; me saludas desde una pared, muy por encima de la altura de mis ojos, como los crucifijos que se ponen encima de las pizarras en los colegios religiosos.

Te guiñaría un ojo si no fuera porque a lo mejor me echan de aquí por ello antes siquiera de que comience la diversión.

Paciencia, Margo. Me estoy acercando. Siento tu aliento en algún lugar de esta oficina, tú estuviste aquí, el fantasma de esas visitas debe de querer torturarme un poco.

Sigo a alguien que ni siquiera se ha tomado la molestia de presentarse hasta el que parece el despacho más grande de toda la planta.

Sofá de los modernos e incómodos en un lado, mesa de trabajo de cristal en el otro, libros demasiado bien colocados detrás de él.

Las bibliotecas que están vivas son caóticas, yo ahora mismo contemplo un cadáver.

Pero el hombre que mira la pantalla de un ordenador respira mucho mejor que yo, a pesar de haberte conocido.

A pesar de que debería habérmelo encontrado en las sombras a lo largo de estos cinco años.

Señor Escalante, disculpe por…

¿Pasa algo Miguel?, ha levantado la vista, y entonces me ha visto, y entonces le ha cambiado el rostro. Oh…

Pero no parece desarmado, no parece siquiera sorprendido, sabe quién soy y aun así me acoge como si un primo lejano que está de paso por la ciudad viniera a verlo.

Despide a su trabajador con un gesto rápido y a mí me ofrece la mano, una sonrisa, una bebida y un asiento, todo en menos de cinco segundos.

El estudiante de mi querida Margo. No creas que no me he acordado en ti a lo largo de todos estos años, pensé que, cuando te recuperaras del golpe de haberla perdido, ¡y ese lo acusamos todos!

, harías algo grande, claro que sí. Qué feliz estoy de verte aquí.

Sabes que tenemos un apartado en la web para que nos contacten los autores más noveles, ¿verdad?

Aunque me gusta que seas decidido y hayas venido a ver al jefe directamente, claro que sí, apuntando alto…

Claro que sí, se dijo a sí mismo una y otra vez, doblando las afirmaciones. ¿Este era el hombre que casi no se atrevía a abrir la boca en tu presencia, Margo? ¿O quizá me está ametrallando porque tiene miedo de lo que yo podría decirle?

Solo con observar su atuendo y su rostro, está claro que siguen corriendo buenos tiempos para su agencia, una de las más importantes del sector.

Pero quizá algo ha cambiado desde la última vez que lo había visto.

Nuestro Isidro se ha d esprendido de alguno de los hilos que marcaban su danza, e interpreta su papel de manera no distinta, pero sí más… voluntaria. Vocacional, quizá.

¿Entonces usted aceptaría a representarme?, bromeo. ¿De verdad cree que tendría alguna posibilidad de colocar una novela mía?

Saco varios cuadernos manuscritos de mi mochila y se los entrego. Él los agarra, descolocado por aquel despliegue de papelería de colegio, pero los abre y lee. Con curiosidad, al principio. Con pánico, después.

Cuando levanta sus ojos ya no hay jovialidad, sino amenaza y respeto a partes iguales.

Por supuesto que representaría una novela mía, afirmo. Ya lo hizo en su momento. Y creo que lo sabía.

En la estantería que hay a sus espaldas hay innumerables ejemplares del mismo libro que le acabo de pasar, este pasado por la magia de la imprenta.

Deben de ser cada uno de los ejemplares justificativos de las ediciones que ya se han hecho, ¿treinta, cuarenta?

No lo sé. No tengo ánimo para contarlas ahora.

¿Por qué hablar de esto ahora?

Ni afirma ni niega. No necesito que lo haga.

Me están pasando cosas raras últimamente.

Fui a la fiesta del aniversario de la novela más famosa de mi maestra, y por lo que sea, alguien me manda la invitación con un mensaje que solo puede ser de ella.

Pero claro, cómo lo va a saber usted, si no estuvo allí.

¿Esquivando al marido de Margo, tal vez?

No puedo culparlo por ello, no es un hombre agradable que digamos.

¿Problemas con sus derechos de autora, tal vez?

O su silla es realmente cómoda, o su intento de reacomodarse en ella es una manera de ganar unos segundos para responderme.

¿Has hablado con tu prometido?, le he preguntado hace unos minutos por teléfono.

Yo no tengo prometido, me ha dicho ella. ¿No ibas hoy a ver al agente ese?

Virgi tenía razón cuando la llamé para contarle mi plan.

Todos esperan a día de hoy que guarde el secreto.

Lo he hecho durante más de cinco años. ¿Por qué iba a sacarlo a la luz ahora?

Ellos, que se habían acostumbrado a la oscuridad, al silencio, a cambiar de nombre y jamás volver a aparecer.

Tal vez mi visita no ha sido un gran golpe de efecto…

pero que sacara del armario los cuadernos que son una prueba, algo patética y a la vez irrefutable de mi autoría, sí que ha despertado algo.

¿Puedo ganar?, le he preguntado a mi amiga.

Lo que no puedes es perder aún más, me ha dicho.

Y donde otros verían desesperación, sé que ella ve un par de risas y un que les jodan a todos como guía en esta vida.

¿Acaso es él quien te envía a reclamarme? ¿Hasta los abogados se han cansado del marido?

Por dios, se me escapa, no le respondería el teléfono a Javier Monteverde ni aunque me pagaran por ello, aunque tengo curiosidad. ¿Los royalties no se heredan también?

Su sonrisa tiene cierta superioridad que me repatea.