18
T oma aire. Cosas que traga este tipo al hacerlo: contaminación, vallas de obras, carteles de campañas electorales, facturas con IRPF e IVA, aparatos que se rompen y no se pueden reparar, tres furgonetas de repartidores, una cita con el médico que llega tarde, varios perfiles de apps de citas que se abandonan a la semana, un par de alcantarillas inundadas, otra plaza histórica a la que le talan los árboles, un sueldo entero secuestrado por el alquiler.
Expulsa aire. Cosas que expulsa este tipo y que desaparecen: cuatro noches sin dormir, dos recetas de Orfidal jamás utilizadas, una suscripción del gimnasio desaprovechada, tres multas por la moto, varias invitaciones para salir de su mejor amiga rechazadas, una camisa que nunca sabe cuándo ponerse, no tener un pasado al que agarrarse, no tener un futuro para tirar hacia él, unas enciclopedias de cuando era niño que se niega a tirar, el no poder comprender el mundo en vídeos de treinta segundos de duración, algunos mensajes borracho a un número que ya no está activo y un intento exitoso de desintoxicarse del porno.
Este tipo está delante de una boca de metro en un barrio de Madrid que huele a dinero, y la mira como si fuera lo más aterrador que ha visto en su vida, pero no tiene más remedio, su moto está en el taller, hay que cruzar una ciudad en la que las estaciones bajo tierra fueron refugios para los bombardeos y las murallas fueron destruidas hace muchos años.
Negocia consigo mismo, argumenta, discute, se grita, se calma, se reconcilia, vuelve a argumentar, se calla.
Toma carrerilla. Baja los escalones con prisa, como alma que lleva el diablo, lo cual no tiene sentido: a este tipo no lo carga ningún demonio y en su vida ha escuchado la palabra de Jesús, que supuestamente era lo que hacía correr a esas almas perturbadas cuando comenzó a usarse la frase.
No tiene ningún sentido seguir teniendo aquella fobia, sigue pensando este tipo y corre escaleras abajo.
Hace mucho que no usa su tarjeta de transportes, los hierros del torno se apartan a su paso, los pasillos tienen su reglamentario desfile de cuerpos que nadie sabe a dónde irán.
Llegada al andén. Toma aire, expulsa aire, obliga a su vista a no abandonarlo, a sus pulmones a no abandonarlo, a su recitar el abecedario del revés a no abandonarlo.
Se apoya contra la pared, más cálida de lo que debería estar, y deja las dos palmas de su mano tocándola a su espalda.
Mediante el tacto se transmiten cosas: este tipo es un perro atado y la pared es la correa, el poste, sin ella estaría perdido y abandonado, con ella está esperando.
Sonidos desde la oscuridad del túnel. El resto de las personas se echa hacia delante, pero él no; él sigue tocando su pared, todavía no puede abandonarla, abandonarse.
Toma aire, expulsa aire. El tren entra por fin en la estación, tapa poco a poco al andén de enfrente, se va situando delante de él.
Es al rebasarlo cuando por fin puede dejar su posición, y hacer cola para entrar, ha pasado una prueba y probablemente se siente así, una victoria fundada en el patetismo, pero victoria a fin de cuentas.
En cuanto se sienta, deja de necesitar recordarse el tomar aire y expulsarlo.
Hace un buen rato que ese tipo viaja más tranquilo en el tren.
Cuenta las paradas: ocho, son ocho, no sabe traducir ese número a tiempo, pero sí que son ocho.
Suspira, y, como si se resistiera todavía, saca una libreta y un bolígrafo que guardaba en un bolsillo de su cazadora, un bolsillo gigante, capaz sin duda de albergar todo un supermercado, pero no es importante.
El tipo del bolsillo gigante hace rodar el bolígrafo entre sus dedos con gesto distraído, la página en blanco camuflándose a duras penas con el resto del vagón.
Entonces su atención se centra en una mujer cercana, de mediana edad, que habla por el móvil.
Viste ropa cara y lleva el pelo cuidado, aunque sus ojeras muestran que no ha dormido bien.
MUJER
Y me dijo… no te lo vas a creer… Que no quería para sus hijos una madre con mi enfermedad, y que por eso lo dejaba. Me quedé como si me hubieran dado una paliza… pero, ¿sabes qué? Que ahora lo pienso y casi mejor. Coño, me ha abierto los ojos respecto a…
El tipo la ha escuchado con mucha atención, más sin duda de la que es respetable, y sin perderse ni una palabra, ha empezado a garabatear en su cuaderno.
Dibuja un esquema que representa… un momento, ¿Eso es una estructura en tres actos?
Su maestra va a regañarlo si lo ve emplear ese recurso, el tipo debería saberlo.
Pero su maestra se ha ido, el tipo también debería saber eso.
Una estructura en tres actos de una novela, no de un guion de cine.
Empieza a rellenarla con todo lo que está diciendo la mujer, muy concentrado.
MUJER
Creo que haré un viaje aprovechando las vacaciones que me deben en el trabajo. Necesito desconectar… Claro, es que estado demasiados años a la sombra de Fran, comiéndome las cosas que necesitaba hacer por mí misma… Tal cual… ¿verdad que sí? Siempre lo he pensado.
El tipo escribe en su cuaderno: «¿Qué podría aprender un personaje que nunca ha pensado en sí mismo en un viaje en solitario?» Luego añade: «¿A perdonarse?»
Vuelve a hacer bailar el bolígrafo entre los dedos.
Luego cierra la libreta, pensativo. De las ocho paradas ya ha pasado por seis.
Se remanga y se mira un tatuaje que tiene en la parte interna del antebrazo.
Pone: « Create Dangerously ». Tal vez por primera vez en mucho tiempo piense que debería releer esa conferencia de Albert Camus, tal vez lo de tomar las armas como escritores no le suene tan lejano.
Tal vez esas frases vuelvan a significar algo, lo escrito tiene más vidas que los gatos.
Sonríe.
¿Y de qué va esa próxima novela de la que nadie sabe nada, maestra?
Creo que de la culpa. Y del perdón, también. Difícil de hablar de la una sin el otro, ¿no crees, Alejandro?
Tengo miedo cuando me llamas por mi nombre completo.
Tú nunca deberías tener miedo de mí. Ni de nadie.