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R ecuerdo. Claro que recuerdo. Esa es mi maldición: me diste un lenguaje en el que guardar los recuerdos, uno que no se desgastaría con el tiempo, y ahí están, reluciendo en mi mente pese a todo.
Recuerdo que habías puesto algún tipo de música clásica de fondo; recuerdo que eran pocos invitados, los suficientes para que se formaran grupos de conversación, no los suficientes para que tu inmensa casa pareciera abarrotada.
Había algo de comida y vino servido por distintas mesas, era un mediodía de principios de junio, todo era brillante.
Yo pensaba que no encajaba, Margo, pero es mentira: si no hubiera habido una pieza disonante, algo que nadie supiera cómo etiquetar, no hubiera sido un verdadero acto tuyo.
Tu marido no estaba. Habías aprovechado que se había ido de viaje, habías mandado a tus hijas fuera, la casa estaba libre de todo aquello que te separaba en momentos aislados de la literatura.
Y la habías llenado con nosotros. Algunas de las personas que trabajaban en tus libros, alguno de los periodistas culturales que más aprecio te tenían, algún compañero escritor.
La igualdad más exacta entre la proporción de hombres y la de mujeres. Y tú y yo.
No apareciste al principio. Me habías abandonado allí, a sabiendas de que no saludaría a nadie y probablemente nadie me saludaría a mí.
Cualquier otro aspirante a escritor hubiera intentado entablar una conversación incómoda con alguno de los editores, y eso a ti te hubiera avergonzado profundamente, pero yo estaba más preocupado por saber si las cortinas taparían mis pies en el caso de que me escondiera detrás de una de ellas.
Habías puesto vino, precisamente vino, el tipo de alcohol que jamás bebería.
¿Qué iba a hacer? ¿Acercarme a tu cocina a por una cerveza, para sacar a la luz una familiaridad que no debería tener contigo?
¿Querías el secreto o querías exhibirme para escandalizar a toda aquella gente?
Era tan difícil meterse en tu cabeza, Margo, todo parecían calles cortadas, rutas que acababan en el medio de ninguna parte.
¿Qué estás pensando con tanta intensidad, mon prince ?
Y esa es la facilidad con la que un salón pasa de convertirse en territorio hostil a un hogar al que siempre regresar, por mucho que esté derrumbándose.
Esta fiesta no está a la altura, professeur . ¿No has aprendido nada de Jay Gatsby, ya hablas tanto de él?
Yo no tengo un amor imposible al que conquistar al otro lado de la bahía.
¿Seguro?
Apreciabas cada vez que no esquivaba una de tus balas, y yo ya había aprendido que no podía huir, podría correr el doble de rápido y aun así…
Ni imposible ni sin conquistar, querido Álex.
Vestías un traje azul marino. De no haber sido a medida, hubiera jurado que era de hombre, camisa y corbata incluida.
Tal vez querías disfrazarte de líder empresarial, de jefe de sala de restaurante, de director de orquesta.
No sé qué necesitabas ser aquella mañana, pero sí que me intimidaste solo con tu imagen, quién sabe cuán a propósito sería.
Un poco de entrega, un poco de escoger el camino más oscuro y peligroso, un poco de pensar en escribir, escribir, escribir, déjame escribir ahora mismo, Margo, déjame enseñarte lo grande que esto podría ser.
Pero alguien vino hacia nosotros. Americana sport , camisa rosa, reloj notable y, por supuesto, dos teléfonos móviles, uno en la mano y otro en el bolsillo del pantalón.
No era viejo, tenía una expresión moderna en un rostro antiguo, surcos alrededor de los ojos como si los hubiera entrecerrado demasiado.
Era tan raro que fuera él, maestra. Siempre lo pensé. Lo mismo que con tu marido. Por qué ellos.
Margo, ¿crees que podríamos hablar un momento en privado?
Mezclaste en el rostro fastidio y entendimiento de una manera en la que no parecía posible.
¿Tiene que ser ahora, Isidro? El almuerzo solo acaba de comenzar. ¿Por qué arrancarlo con algo tan aburrido como una conversación de negocios?
Lo siento, querida, es importante.
No respondiste al instante. Te volviste hacia mí, manos juntas en un gesto de perdón o de oración. Diste la espalda al otro, pero no pareció importarte, si podías romper de vez en cuando los límites del lenguaje también podías hacerlo con las convenciones sociales.
¿Me acompañas a hablar con mi estimado agente, Alejandro?
Creo que nunca os he llegado a presentar.
Él es Isidro Escalante, cuya madre fundó la agencia literaria Escalante (el acento en la palabra madre que no tenía nada de inocente, la espina en uno de los ojos del hijo que no había fundado nada).
Y él, querido Isidro, es Alejandro Hernández Ventura, mi proyecto de…
¿qué querrías ser, aprendiz? ¿El nuevo Roberto Bolaño?
¿Otessa Moshfegh, quizá? Sé que te consideras su fan.
Aunque tienes más de Katherine Mansfield de lo que creerías.
¿Margo te da clases de escritura?
Era la primera vez que aquel hombre me hablaba, y lo hizo como si tuviera delante a un niño de ocho años, pero niño que a fin de cuentas tenía una cerilla encendida en las manos.
Creo que más bien me enseña qué merece la pena escribir.
Aprobaste esa respuesta. Siendo sincero, maestra, creo que tenerte al lado me hacía valiente para enfrentarme al resto y cobarde porque solo buscaba complacerte, el perro de tu señorío que decía Lorca, un satélite que jamás podría abandonar la órbita de su planeta, incluso si este estaba a punto de destruirse.
Todo aquello que te robe el aliento, dijiste.
Todo aquello que aparezca en sueños y borracheras, respondí.
Todo aquello por lo que podrías jurar lealtad.
Todo aquello que nunca sale a la calle.
Todo aquello que se abre camino a través de tu dura piel, querido estudiante. ¿Y bien, Isidro? ¿Vamos al salón que usa mi marido?
No esperaste a su respuesta, ni a ver la reacción que nuestro peloteo habitual de ideas y frases sin sentido había provocado en tu agente.
Agarraste la bandeja más cercana, un surtido de quesos, y nos guiaste con ella en lo alto, tu bandera de derivados lácteos.
No había pisado nunca esa habitación, que en aquel momento estaba casi a oscuras, con las cortinas cerradas y el evidente gusto de tu marido por todos lados.
La bufanda del Real Madrid colgada de una pared.
El tocadiscos a un lado. Nada más verlo me planteé robarlo.
Me senté en una silla.
¿Qué querías decirme que ni siquiera podía esperar a que saludara al resto de mis invitados, Isidro?
Había algo cruel en tu manera de pronunciar su nombre, lanzando las vocales hacia arriba, hacia lugares que él nunca podría alcanzar. ¿Siempre buscabas rodearte de hombres que parecieran mediocres a tu lado, Margo? ¿En qué me convierte eso?
Es un tema de negocios, comenzó él.
Por supuesto. Cuéntame.
Margo, no sé si con el chico…
Me mirasteis los dos, él con un apuro cómico, comiquísimo, y tú con un cariño infinito que nunca exhibías cuando estábamos solo, un cariño desprovisto de barbarie y de sarcasmo.
Y en mi ensoñación pensé que me pedías perdón: porque solo hubiera vino para beber, porque no nos pudiéramos despegar de esa gente, esa casa, esa ciudad, porque el mundo no fuera solo literatura.
La diferencia entre un estudiante y un aprendiz es que el estudiante lee sobre el fuego, mientras que el aprendiz se quema los dedos.
Álex es mi primer y único aprendiz (mi gran logro, mi gran honor, pasan los años y eso no se va de las frases incoherentes que parecen resumir mi identidad), así que no se va a ninguna parte.
Nos lo cuentas a los dos, o te quedas sin negocio.
Había pocas cosas por las que Isidro Escalante podría ser un hombre que no desafiara al transcurrir de la escena, pero los negocios eran una de ellas.
Me han llegado unos correos seguidos de una llamada muy interesante. Preguntando por ti. Por ti como escritora, por supuesto. Esperaba tener la oportunidad de…
¿Por qué no lo dices con todas las palabras?, protestaste aburrida.
Un gran grupo editorial, cuyo nombre no voy a decir, añadió mirándome, ha hecho una oferta muy valiosa para publicar tu próxima novela.
Primera sonrisa afilada.
Una próxima novela que aún no he escrito ni tengo idea de los temas que tratará. ¿Y aun así ya hacen oferta?
Bueno, ellos están llenos de ideas.
Hubo un silencio que te encargaste de envenenar con algo que solo tú y yo sabíamos respirar sin enfermarnos.
Isidro Escalante enganchó y desenganchó varias veces el pulgar en su cinturón, pero fuera lo que fuera que estaba buscando allí, desde luego no lo encontró, y se fue empequeñeciendo.
Supongo que siempre fue su destino a tu lado.
Comprendo.
Te levantaste y tomaste un trozo de queso de la bandeja. Te giraste para darme otro a mí, y me guiñaste un ojo, dos niños demasiado acostumbrados a jugar en el mismo equipo. Esa fue tu mayor lección, maestra. Lo que duele el abandono después de la complicidad.
No creo que vayan a gustarme sus ideas.
Tu agente tuvo la buena noción de no intentar insistirte.
Tú agarraste un cuchillo y comenzaste a cortar unos trozos de membrillo, que ponías encima del queso.
La mitad me la pasabas a mí, la otra mitad te la comías con una sonrisa deslumbrante.
No hiciste ningún tipo de amago de ofrecerle algo al otro hombre.
Bueno, no tenemos que hacerles caso. Podríamos asegurar que, en cuanto acabes tu próxima novela, en el tiempo que necesites y sin ningún tipo de interferencia de la editorial, por supuesto, se la enviaremos a ellos en vez de a…
… al gran grupo que me publica ahora y que da la casualidad de que son sus enemigos de mercado, ¿no es así?
Tú sabes mejor que nadie cómo es este negocio, dijo ese pobre hombre al que estabas torturando. Pero eso no quiere decir nada. Los libros no pierden calidad por estar mejor pagados.
Te deleitaste con el último trozo de queso.
Jugueteabas con el cuchillo entre las manos.
Yo disfrutaba de ver el partido desde las gradas, intentando convencerme de que mis labios acababan de ser cosidos, porque una sola carcajada mía hubiera hecho que el pobre Isidro Escalante ya acabara en urgencias del disgusto.
Puede ser que venda libros para vivir. Ni siquiera eso lo tengo claro, dijiste, despacio. Pero no vendo mi nombre ni a mí misma.
No sería…
Esa es mi conclusión. Mis editores actuales, esos que sí me llamaron cuando mis cifras de ventas no eran deslumbrantes, están al otro lado de esa puerta. No me hagas parecer una persona desleal, mi querido agente. Sería de muy mal gusto.
Y eso para ti sería un pecado terrible, ¿no es así?
Una réplica fuera de la amabilidad y la sumisión. Solo una. Pero bastó para cambiarte el rostro, y para que él, al notarlo, se apresurara fuera de la habitación. O, al menos, lo intentara.
Isidro.
Solo el oír su nombre pronunciado por ti pareció pegar las suelas de sus zapatos al parqué.
Dime.
Aquel hombre estaba deseando cavar una madriguera, allí mismo, y no volver a la luz del sol hasta que hubieran pasado al menos dos estaciones.
Si vuelves a sugerir que podría escribir una novela cuya primera idea es de los editores (pusiste una mano sobre mis hombros en ese momento, me acuerdo, pensé estúpidamente que realmente me estabas transmitiendo algo, nos estábamos contagiando de una enfermedad incurable que jamás rechazaría porque venía de ti), te cortaré los huevos.
Todavía tenías el cuchillo en la mano, e hiciste el gesto de rajar el aire con él, mientras sonreías como si acabaran de poner tu nombre a una calle.
Ese era Isidro Escalante. Tu agente.
Y cinco años más tarde tengo que buscarlo para descubrir si conservó sus huevos.