16
E ran tus amigos, Margo, y no sé eso en qué los convierte.
Tus amistades, las pocas que me enseñaste, eran un país inestable.
Siempre tenían que ver con la literatura, y siempre eran personas de las que fácilmente podías sacar provecho, y de alguna manera ellos nunca sentían que fuera así.
Pero sé que te importaban, y que también les hubieras hecho favores y un favor de Margo Clarke era algo que merecía ser guardado y valorado. Puede que incluso venerado.
La librería es una de las más antiguas de Madrid, y es un refugio de la literatura de calidad, de las grandes espadas del país, como tú dirías entre risas y algo de envidia.
Pero a la vez no ha perdido la identidad del barrio obrero en el que se encuentra, el conocer el nombre de muchos de los que entran allí, el espíritu de mil batallas libradas y más de la mitad perdidas con orgullo.
Ellos dos, sus libreros, también tienen algo de eso.
Ella lleva una camiseta a favor de la educación pública, y él siempre reserva una parte de las mesas de novedades para libros acerca de reivindicaciones sociales diversas.
Es extraño imaginarlos contigo y con tu ropa de diseño, aunque sé que compartíais más cosas de las que pueda parecer.
El orgullo, me dijiste un día, por lo que más los quiero es por su orgullo. Y te creí.
Nunca supe si son pareja, amigos o familia.
No importa. Lo que ha unido unas estanterías y el abrir cajas cada mañana no lo separa nadie.
Tal vez debería haber intentado trabajar en una librería.
El escaparate ya me lo hace pensar. ¿Son ellos la base del sector?
¿Rendiría así el suficiente respeto a los libros?
¿Ese es el problema, que no me postré con humildad ante ellos?
¿Por qué nunca me lo dijiste? Una creyente debería saber mejor si hay que servir antes de atreverse a obtener, y si hacer lo primero pensando ya en lo segundo cuenta como acto de gracia.
Creo más en el lugar que estoy a punto de pisar que en un mundo que recompensa las buenas acciones; sé que el cinismo no es de buen gusto, professeur , pero quién puede culparnos, a mí y a todos los que hemos hecho números en alguna ocasión para independizarnos y no nos han dado las cuentas, ni del derecho ni del revés, ese es un lenguaje que tú no entenderías.
Hace tres semanas ni siquiera hubiera pasado a dos calles de distancia de aquí, para evitar los recuerdos.
Entro. Los dos debieron ser campeones de Tetris en su juventud, porque tantos miles de libros no deberían entrar en un espacio tan pequeño. Y, sin embargo, el lugar respira. Mucho mejor que yo. Mucho mejor que las calles de esta ciudad.
Él está atendiendo a una estudiante detrás del mostrador, encargándole los libros que le han mandado leer en el colegio.
Puedo perderme. Puedo estar en silencio.
Puedo, por una vez, mirar títulos, leer sinopsis, buscar autores que perdí, carreras a las que les perdí la pista.
Al final del día, lo que más libros vende es el nombre del autor, me decías siempre; portadas, temáticas, campañas de publicidad, sí, eso empuja, pero la gente es fiel o infiel a otras personas.
Y tenías razón, porque, ahora mismo, lo que busco son nombres.
Las únicas palabras sin mucho significado, los nombres. Todo un desperdicio.
Hasta que encuentro el tuyo.
Estuve aquí dos veces. En un club de lectura que pensabas que iba a ser demasiado aburrido, y al final no lo fue, y en la presentación de Me lo dijo la corriente , que tú insististe varias veces en hacerla aquí y al final fue un éxito, o al menos, todo el éxito que puede ser una presentación de una novela.
Me los presentaste, a ellos dos. Con una naturalidad que me sorprendió, que no conocía en ti.
Álex, mi alumno, mi proyecto de Kafka, pero sin todas las desgracias.
¿Os imagináis lo que hubiera escrito el buen Franz de haber tenido una vida más feliz, queridos?
Sé que aún no te leíste la Carta al padre , aprendiz, y deberías.
Qué persona más maravillosa era. Y yo te respondí que sí que había visto a Jeremy Irons interpretar a Franz, y ahora quería viajar a Praga, y cómo es que la ciudad del Gólem había creado a un escritor así.
Tu nombre, tus libros. Y otro que aún no me atrevo a llamar mío, pero que vuelvo a tomar, una vez más. ¿Fue un castigo o algo más? ¿Cómo podría averiguarlo?
¿Escribió tu historia, en La piel del centinela ?
Ella ha aparecido a mi espalda. Este es su hogar, y se mueve por él sin hacer casi ruido, hasta que necesita hacerse notar con sus clientes.
Y sí que se acuerda de mi rostro, y la pregunta me descoloca, pero no, no puedo permitirme que una simple pregunta se convierta en pólvora, el camino que me reúne contigo está hecho de pasos trazados en líneas más rectas.
Y se recorre encontrando a las personas que saben. Puede que verdades a medias, pero sin duda eso también es saber.
¿Por qué me preguntas eso?, consigo decir.
Perdona (su sonrisa es amable, siempre lo fue, esa amabilidad que es a la vez fortaleza y que ni lo más terrible del paso del tiempo puede romper).
Me ha emocionado verte, me acuerdo de ti.
Cada vez que miro el libro, de hecho. En algún momento, Margo nos dijo que estaba basado en algunas cosas reales, y lo estuve investigando y encontré parte de lo que te pasó en el instituto.
Lo siento, porque está claro que los periodistas no tomaban muchas precauciones a la hora de proteger a los menores en los reportajes por aquel entonces.
No creo que yo mereciera mucha protección, le respondo, y no sé si lo digo para dejar claro que me arrepiento, que tengo conciencia, que me merezco esa amabilidad que ella ofrece.
Margo te acogió sabiéndolo, me dice. Y yo confío en ella.
Es la primera persona que conozco que no parece tener sentimientos encontrados hacia ti, maestra, que te ve entera de blanco. ¿Sabías ser alguien a quien yo no llegué a conocer? ¿Debo tenerle envidia por la cara que le mostraste?
Pero ve una parte de mi rostro, invadida, siempre territorio invadido, y lo sabe leer mejor de lo que pienso. Tal vez los libros nos den un coraje y una hermandad que el resto del mundo solo llega a intuir.
No pidió permiso para contar tu historia, ¿verdad?
Y concedo. Concedo porque está lo suficientemente cerca de la verdad.
Pedir permiso no es la especialidad de mi maestra, contesto, y me preparo para lo que estoy a punto de decir, de traer de vuelta.
No lo supe hasta que la novela salió. La primera edición iba sin texto de contraportada, ¿lo recuerdas?
Nadie sabía muy bien de qué iba, era jugársela a vender libros solo porque llevaban el nombre de Margo.
Y funcionó. A mí no me extrañó tanto, era fan de Salinger, todos lo sabíamos, parecía un homenaje a sus libros con la contra en blanco.
Pero, claro. Le sirvió para esconder hasta el final lo que me había ocultado.
Y luego desapareció. Así que no, ni me lo dijo ni tuve la oportunidad de echárselo en cara.
¿Estoy diciendo demasiadas verdades a medias a demasiada gente?
Han pasado cinco años, y sin embargo todavía se siente como una traición.
Pero ellos eran tus amigos, Margo, así los presentabas, tus amigos.
Supongo que los amigos son personas que también saben las verdades más odiables, que no odiosas, de nosotros, y aun así escogen perdonarlas.
No lo sé, tal vez no pueda saberlo. No tengo demasiada experiencia en esto de la amistad.
¿Y qué estás buscando?
Qué estás buscando Álex. Qué intentas descifrar. Qué pedirías a los dioses de la literatura, a los demonios que te habitan y que a veces hibernan, o a Margo Clarke. Qué buscas en esta ciudad en la que solo el hecho de buscar algo ya es un privilegio.
No estoy seguro, miento, porque claro que lo estoy, te busco a ti.
Continúo. Es el aniversario de la publicación, y de su desaparición, y de repente Margo vuelve a estar en todas partes.
Y quería saber más cosas de ella, hablar con gente que la conoció y que quizá podría explicarme por qué ocurrió lo que ocurrió.
Yo pensé que sabríamos algo en algún momento. Todavía lo espero (el instante en el que mira hacia el suelo, maestra, lo entiendo, desde hace cinco años nos tienes mirando hacia las aceras y las alcantarillas). Yo no soy esa persona que puede explicarte algo más, pero, por si no lo has intentado ya…
Toma el ejemplar de La piel del centinela como si fuera un viejo amigo, y lo abre por la página de créditos, esa con la letra más pequeña porque cuenta cosas importantes que no quieren parecerlo.
Señala una línea, y me siento tonto. ¿Cómo no lo he pensado antes?
¿Por qué obligo a alguien que visiblemente te echa de menos a decirme lo que debería averiguar por mí mismo?
Le llamaré, le digo.
Que no te intente camelar.
Me hace gracia esa palabra fuera de la gravedad de nuestra conversación, otro de sus actos desinteresados.
Y le pido que me recomiende un libro, porque ella sí podrá hacerlo sin que yo tenga que decir nada más, y lo compro (no puedo evitarlo, me dice, es que me encanta McEwan, tienes que leerlo), y tú lo odiarías, porque solo querías que leyera a escritores muertos y tus propias novelas, como si tus compañeros contemporáneos pudieran alejarme de algún modo de ti.
Pero te fuiste, maestra. Y mi lealtad tal vez nunca fue hacia ti. Tal vez fue hacia las palabras.
«© Margo Clarke, 2013
Representada por Agencia Literaria Escalante».