La impostora 15
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L o que Margo Clarke dijo que era escribir, un miércoles a las siete y cuarto de la tarde, sentados en la terraza del Institut Français, apenas llevábamos dos meses viéndonos pero yo ya estaba obsesionado con el laberinto infinito que era la escritura, el sueño dentro del sueño, aquello que bombeaba el corazón de mi maestra y que hacía que sus pasos siempre fueran un poco más ligeros:

« Supongo que simplemente lo haces. Escribir, me refiero.

Es como un mordisco; más que el cómo, lo que cuenta es la sensación que deja detrás de sí, el dolor o el placer de las palabras ajenas, el regusto entre los colmillos.

Te sientas todos los días en la misma silla, buscas dentro de ti y encuentras un murmullo que te está matando un poco por dentro.

Y lo escuchas. Y lo escribes, aunque no en las palabras que te están susurrando, no, las palabras que salen no son ni las tuyas ni las suyas.

Si fueras creyente te diría que son las de Él, aunque claro, quién sabe si lo infinito entiende siquiera de palabras.

O a lo mejor es lo único de lo que entiende.

No importa, basta con saber que hay algo más, algo que no se puede atrapar, que ves por el rabillo del ojo.

Eso es la escritura: algo que huye de ti y que estás condenado a perseguir.

Así que sí, querido, simplemente escribes, a quién le importa el por qué. No tengo otra respuesta ».

Lo que yo escribí un treinta de diciembre por la noche, la angustia del año que se terminaba y no había cumplido las expectativas, mis lecciones de escritura con Margo interrumpidas por las festividades y las obligaciones familiares, Madrid iluminado con unas luces que a mí me cortaban la garganta porque no hay nada peor que una ciudad iluminada cuando tú tienes una infelicidad que no te sabes explicar ni a ti mismo:

« ser artista es

escribir todos los personajes que te gustaría ser

hacerte heridas para sacarte las tripas

vivir mil vidas y no adorarlas todas, pero tampoco querer cambiarlas

usar a tus fantasmas para que tus palabras sean mejores, habitar una casa encantada, dialogar con la muerte para huir de la vida, una plegaria constante

desear desaparecer y que solo importen tus historias, prender fuego al ego destructor

descubrir aquello a lo que nunca le has prestado la voz, y que te suplica por ella, sea lo que sea, cueste lo que cueste

que la escritura deje de ser un refugio de la vida para ser la vida misma ».

No puedo escribir en mi habitación. Lo he intentado demasiadas veces a lo largo de estos cinco años de tu desaparición, maestra, más de las que te he confesado, y no puedo.

Esas paredes están llenas de cortes que todavía sangran, he llorado entre ellas y no puedo escribir en los mismos lugares en los que he llorado.

Por eso me subo a la moto y voy hasta el Retiro, donde todo Madrid, incluso yo, tiene un recuerdo que te hace estar un poco más en paz con esta ciudad, si es que eso existe, la paz.

Nos damos un abrazo, Madrid y yo; es parte del abrazo de Vergara, un tratado de paz sin juicios de por medio, una tregua que los dos deseamos que no sea temporal pero que está construido con palillos demasiado frágiles.

Necesito que me dejes escuchar a las historias, le digo, y yo necesito que las cuentes aquí, me dice ella, y es cierto.

Creo que a cada año que pasa está un poco más sedienta de arte, con todo el cemento y edificio de oficinas es difícil despertar al sentido de la maravilla en sus calles.

Todavía me queda una hora de luz. Una hora es mucho tiempo si sabes cómo aprovecharla, escribir sin dar vueltas.

El crítico interior hoy no puede matarme.

Tu recuerdo no debe hablarme, maestra. Solo permito que despierte tu voz en esos momentos en los que me decías que no mirara hacia atrás, oh, mon prince , ya pensarás más tarde, las frases las tienes que escupir a la cara del enemigo.

¿Y quién era tu enemigo, Margo, tu marido, yo, tú misma? ¿Todos a la vez?

Esquivo runners por los paseos centrales.

Me acerco al Palacio de cristal, que hoy tiene algo de locura; a quién se le ocurriría hacer un palacio donde todo lo que sucede dentro se ve desde el exterior, sin secretos ni escondrijos posibles.

A su sombra, en un césped que cruza de vez en cuando algún perro, me siento.

Mi madre me contó que a veces se escapaba de casa y venía aquí a dar de comer a los patos del estanque cercano.

Siempre me pareció una imagen entrañable, mi madre con las piernas colgando como una niña, sentada en la escalinata, tirando miguitas de pan al agua.

He traído libreta, he traído bolígrafo. No soy tan joven como para que no me duela la espalda si me paso aquí una hora sentado, pero eso es problema del Álex del futuro. ¿Una molestia física por unas páginas bien escritas? A ti te hubiera parecido un trueque más que aceptable.

A ti, en algún momento, te prometí que no lo dejaría.

En eso he fallado. A Virgi, justo ayer, antes de que su jefe nos echara a patadas de los talleres de sastrería y caracterización, le prometí que volvería a escribir si ella dejaba a su prometido.

Yo regresaría a casa, mientras ella abandonaba aquello que conocía y que la estaba envenenando por dentro.

Si no cumple su parte del acuerdo, la perdonaré.

Pero no me perdonaría a mí mismo si no cumpliera la mía.

Quizá te duele, maestra, que no mantenga nuestras promesas, pero pelearé por cumplir las que le hago a otra persona. Ella se quedó, tú te fuiste. Alguien me dio, alguien me robó. Ese es un juicio primitivo, uno que hasta yo puedo hacer.

Los dedos cosquillean. Hay un camino. Sale de la cabeza, pero tiene que pasar por el nudo de la garganta y por el corazón, o si no no tendrá sentido.

Ya sabes la cita esa de Onetti sobre cómo la manera más repugnante de mentir es contar una verdad ocultando los sentimientos, el alma.

Ya sabes también que todas las cosas importantes se dicen desde las manos.

La oración está en las manos, creo que me dijiste un día, ¿o me lo estoy inventando?

No importa. Las palabras, eso sí, ahora mismo están en las manos.

Un comienzo.

La tierra había estado en guerra, y luego había dejado de estarlo, y no importaba nada más. O eso era lo que aseguraban.

Estoy harto de llevar las batallas por dentro, maestra.

Estoy harto de que me convirtieras en un campo por donde mover a placer a tus soldados.

Donde provocar incendios, ensordecerme con el sonido de las balas, donde todas las victorias son pírricas y venzo perdiendo más de lo que debería.

Voy a sacarlas, Margo, una a una. Lo que sea que escriba a partir de ahora, yo no hablará sobre lo que fuimos.

Sigue siendo una victoria desde el agotamiento.

Pero es victoria, a fin de cuentas. Esta noche una niké alada podrá enfrentarse a tu recuerdo.