La impostora 14
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H ay arias encerradas en este edificio que tiene forma de ataúd, y que tal vez por eso siempre me hace sentirme un poco en casa.

Virginia todavía no me ha invitado a una ópera que no acabe con una muerte, pero no me parece mal, es como terminan las grandes historias.

Aunque eso querría decir que la vida tiene ingredientes para ser una gran historia.

¿Me he puesto demasiado metafísico para tu gusto, maestra?

Pues es solo una impresión, porque en absoluto.

Escribir es un acto solitario, la soledad no tiene nada que ver con ese fantasma poético en las novelas del condenado Murakami, y, por contraste, la amistad para las personas que escribimos es medicina.

Virgi y yo, caminando por los pasillos de su trabajo, es la mayor revolución que se me podría ocurrir.

Y qué revolución sería si no hubiera carcajadas.

Hoy el mundo está del revés: hoy es ella la que viste de luto, porque su uniforme de trabajo es un esmoquin completamente negro, mientras que yo he traído algo de luz con las decisiones que he tomado.

O quizá debería reconocerle a mi mejor amiga que ella es la única persona capaz de hacerme volar lejos de las nubes de tormenta.

Estamos en el área artística del Teatro Real, allí donde el público de la ópera no puede entrar, solo sus trabajadores.

Casi desde cualquier lugar de los metros y metros de pasillos que recorremos podemos escuchar los ensayos de El barbero de Sevilla .

¿Qué hace un desgraciado como yo entendiendo de ópera?

Cosas de la vida, maestra y de la persona que llevo a mi lado.

Hablamos.

¿Y si un ovni aterrizara en el medio del teatro?

¿Y si todos los acomodadores se convirtieran en vampiros?

¿Y si el edificio entero viajara en el tiempo a la época de los dinosaurios?

¿Y si nada más pisar este lugar nos volviéramos ciegos?

¿Y si la única manera de entrar fuera caminando con las manos?

¿Y si todo el vestuario de la ópera se volviera invisible?

¿Y si a los actores les dieran sarpullidos en cuanto pisaran el escenario?

¿Y si la soprano fuera un fantasma?

¿Y si estuviera enamorada de un tenor que sí es un humano?

Cada paso que damos es una pregunta nueva, y somos los dos demasiado buenos para la partida que jugamos, aunque no tenemos ningún problema en que acabe en tablas.

Mi amiga solo tiene que vigilar un poco el ensayo, y estar pendiente de si los artistas necesitan algo, cosa que le avisarían por teléfono.

Agua, humidificadores, toallas nuevas, comida, deseos demasiados mundanos.

El aparato no suena. Los cantantes de ópera parecen reconocer que se está construyendo otro tipo de arte entre estas paredes, y nos respetan casi tanto como nosotros a ellos.

Pasamos por delante de sus camerinos, con sofás, pianos y duchas individuales los de las estrellas, colectivos y con bancos de madera los del coro.

Sería incapaz de guiarme en este lugar que es una ciudad en miniatura, quince pisos del suelo hacia arriba y aún más hacia abajo, pero mi amiga está en su casa, y hay algo terriblemente atractivo en esto de ver a alguien haciendo lo que más domina, una fiera en el reino que le corresponde, ni más ni menos.

No es la primera vez que me cuela en su trabajo.

Si no tengo tiempo libre para verte, tendrás que venir, porque no hablar contigo ya no es una opción, me dijo una vez.

Y, como siempre, tenía razón. Me gustó que lo diera por hecho, que ni siquiera me lo pidiera.

Igual que me gusta que se pare un momento cuando pasamos cerca de una de las salas de ensayo para los ballets , y dé la vuelta a nuestra partida.

¿Y si tuvieras el manuscrito original del libro?

La pregunta que Carmen intentó hacerme y yo esquivé.

Le he contado a mi amiga todo lo que ocurrió en la fiesta del aniversario de La piel del centinela , salvo que intenté acostarme con alguien y no me funcionó, pero no puedes culparme por no decirle eso, maestra.

Una mezcla de vergüenza, una mezcla de que no quiero que me vea como quien no soy.

Y si dijera la verdad tendría que empezar a explicarle que hacía mucho que mi lívido no daba ni los buenos días, y que a diario me pregunto si hay algo malo con eso, y no sé si podemos sostener esa conversación.

Parece más pesada que una de las columnas de este lugar.

De cara a Virginia, prefiero ser un ser asexuado, muchas gracias por comprenderlo.

Tengo el manuscrito original del libro.

Eso ella ya lo sabe. Y tú, maestra, tú lo sabías mientras decidías hacer lo que hiciste.

¿Podrías probar que es tuyo?

Claro que podría. Es lo más fácil del mundo.

Pero no quieres.

No.

¿Por las razones de mierda que me has ido dando todos estos años, o por algo más?

Podría encogerme de hombros, volver a los ovnis y los acomodadores vampiro, mentir o prender fuego a este lugar decimonónico, quién sabe.

Podría hacer muchas de esas cosas, pero en cambio digo lo que creo que es la verdad.

Creo, solo creo. Nada de lo que crece dentro de mí tiene el don de la certeza.

No lo haría sin hablar antes con ella. Dañar su imagen, hacerle daño… no puedo.

Ella sí pudo.

No es lo mismo.

Es peor, Alejandro, es peor.

No dejaría a nadie más llamarme por mi nombre completo. Y lo sabe. De vez en cuando, se aprovecha de ello.

Tengo una manera de buscarla, le confieso. Bueno, como mínimo tengo un hilo del que tirar. Solo saber cómo arrancar me consuela un poco.

Estamos por la quinta planta, o al menos eso me asegura mi amiga, que abre puertas como si fueran accesos a otro mundo.

Y puede que tengan algo de eso. En esta planta hay almacenes y almacenes de vestuario, pelucas, maquillaje, y no podemos evitarlo cuando pasamos delante de una estantería de pelucas que nadie ha usado en varios años.

¿Y si estuviéramos invitados a la inauguración de la ópera?

Llevaríamos una de estas.

Le lanzo una de las pelucas más recargadas que encuentro, con el pelo rojizo y un recogido que bien podría doblarle el cuello a alguien.

Ella se la pone, sus rizos negros asomando por debajo y sus gafas de pasta desentonando a más no poder.

Yo aprovecho un sombrero que le hubiera dado celos a Napoleón, y en un momento somos la peor pareja de nobles decimonónicos que existe.

Hago una reverencia delante de ella y le extiendo una mano, pero se muere de vergüenza y no piensa aceptarme el baile. Una pena.

Podría dejarlo aquí, en las risas. Pero no tenemos ese tipo de amistad. Nosotros permitimos que las heridas se curen al aire libre, por mucho que así corramos el riesgo de que otro nos ponga un dedo encima y apriete.

¿Dónde está tu prometido, Virginia?

Se detiene en seco. Agita una máscara de Polichinela delante de su rostro, una muralla demasiado pobre. Virgi no es alguien que esté acostumbrado a guardar secretos, maestra, y le pesan, ella es una casa de puertas y ventanas abiertas donde la luz viaja libre.

Quién sabe. En Madrid no, desde luego.

Nunca está en Madrid.

A lo mejor me lo he inventado. A lo mejor es una alucinación mía. O un espectro. ¿Eso no te serviría para escribir?

El misterioso caso del prometido invisible, de la trabajadora adicta al euromillón, y del anillo que dejó de estar en tu mano hace una semana.

No sé si me di cuenta el primer día que se lo quitó o tuvieron que pasar varios.

Solía producirme un sentimiento extraño el verlo allí, como si no perteneciera al territorio de los dedos de mi amiga.

Hablaba poco de su novio, una presencia más imposible de hallar que el pobre Godot.

Algún día le oí decir de broma, aunque broma cruel, que lo tenía de adorno, y yo le respondí que al menos los adornos de Navidad los veía una vez al año.

Y, un día, el anillo. No quiso decir nada.

No quiso explicarme por qué. Sus ojos estaban demasiado oscuros para esperar una boda. Y luego, los dedos nuevamente libres.

¿Sigue siendo tu prometido?

Mientras no se diga lo contrario, supongo que sí.

¿Y está en su ciudad o pueblo, sea ese cuál sea?

No le he puesto un localizador, pero debería.

¿Y has hablado con él?

Tú eres el que escribe, esa pregunta debería ser un poco más exacta.

Suspiro. No es tan común que quiera estrangular a mi única amiga, pero a veces ocurre.

No me lo estás poniendo fácil, Virgi.

Ella deja la máscara en el expositor, y recorre con sus dedos las cabezas de corcho que sostienen pelucas, coronas, tocados, adornos diversos.

Son los espectadores sin ojos ni boca de nuestros intentos de comunicarnos como si no hubiera una ciudad despiadada y una forma de vida incierta entre nosotros.

Lo siento, me dice taciturna, y sé que lo dice en serio, y en parte me odio a mí por ponerla así, y en gran parte odio a ese prometido que no cumple sus promesas, lo cual era su única tarea.

Podría partirle la cara si hiciera falta, ¿sabes?

De eso estoy bastante segura, pero pensaba que ya habías dejado esa pequeña manía tuya.

Por ti la recobro.

En la cárcel podrías escribir bien. Y el alquiler está barato. A lo mejor hasta sales ganando.

Saca un traje de una percha. Creo que intenta imitar la ropa del Antiguo Egipto, así que probablemente sea vestuario de alguna Aida , aunque este es por completo plateado. La estética del faraón que a la vez es Silver Surfer no me la vi venir en el Teatro Real, la verdad.

¿Qué es lo que quieres?

Tiene gracia. En todos estos años, es una pregunta que solo ha ido en una dirección, de ella hacia mí.

Pensaba que mi amiga lo sabía, que de los dos era la que tenía el camino pintado a sus pies y que los obstáculos que la vida se empeñaba en lanzarle solo podían detenerla por un tiempo.

Pero ¿ahora? Ahora yo no parezco el descarriado de los dos.

A lo mejor en esta ciudad solo viven los descarriados; a lo mejor estamos todos aquí juntos, haciéndonos compañía, a veces fingiendo y a veces desesperándonos, encontrando maneras de estar los unos al lado de los otros y aun así sentirnos solos.

Qué es lo que queremos.

No tener dos trabajos. No querer llorar cuando miro mi cuenta corriente. Eso es lo que yo quiero, responde al final.

¿Y casarte?

¿Qué me importa a mí casarme o no? Me estaba alejando poco a poco de él, y cuando me lo pidió parecía tan desesperado que…

yo qué sé. No quería soltar más cosas. Estoy harta de perder, perder de todo, perder amigos, dinero, planes, oportunidades, todo.

Como las bicicletas esas que ves que llevan semanas en la calle, y han robado todo lo que se podía robar, ruedas, sillín, todas las piezas valiosas, y solo quedan los hierros atados a la farola.

Esa soy yo. No quería perder también a mi pareja de toda la vida.

Podría decirlo de manera lastimosa, pero no, esa no es Virginia.

Si algo, hay un punto de rabia bajo su voz, pero está controlada.

Y la recuerdo diciendo que no tiene tiempo para deprimirse, y en verdad es así, las emociones son tiempo tirados en la cama, explicaciones dadas a amigos, horas que pasan sin hacer demasiado, y mi amiga probablemente no puede permitirse esos lujos. Por eso no hago el amago de abrazarla.

Solo una proposición:

Yo empiezo a escribir si tú lo dejas, Virgi.

¿Es esperanza lo que aparece en sus ojos? ¿Le da esperanza que yo le diga eso?

¿Me lo prometes?

Claro que te lo prometo. Pensaba que ibas a rebelarte. No es el trato más justo del mundo.

Agarra una corona con cruces por todo su perímetro y me la pone.

Es más pesada de lo que parece. ¿Así se sentía Ricardo Corazón de León?

¿Como si un gesto tan sencillo como asentir con la cabeza fuera a dejarlo en ridículo?

Él era rey de tu tierra, maestra; a lo mejor indirectamente eres descendiente suya.

No me puede importar menos ahora mismo.

Mi única amiga vuelve a reírse, y me arranca la promesa de que, una vez acabe su turno, le compraré un cupón del euromillón (es la emoción, Álex, todo puede suceder mientras sostienes ese trozo de papel, no lo entenderías) y que vamos a cenar fuera (¿cuántos miércoles por la noche vas a ser exactamente igual de joven que ahora, eh?

¿A que ninguno? Pues tenemos que celebrarlo), y el tenor canta acerca de una barbería de calidad en Sevilla desde el escenario y todo encaja de alguna manera.

Nos asomamos a la sala principal, a uno de los palcos, apenas dos rostros que asoman entre unas cortinas en uno de los lados de la tercera planta, donde somos casi invisibles.

Virginia me recuerda en qué lugares del teatro se metían mano los nobles, y yo confieso que hacerlo en un lugar diseñado específicamente para ello me daría menos morbo, y los dos miramos hacia los cantantes; es extraño esto de los ensayos, están sobre el escenario dando lo mejor de sí mismos, pero con la escenografía a medias y en ropa de calle.

¿Cómo puede Fígaro unir a dos enamorados si va en vaqueros?

Pero hay algo grandioso en ver así la ópera, al descubierto, una fuerza bruta imparable.

Nosotros estamos arriba, viendo, pero no siendo vistos, que era la función que le encomendaron a quien se subía a la torre: al centinela.

¿Y si el éxito no existe, solo hay tipos con menos miedo a mentir?

¿Y si todo esto de cumplir años es algo más que acostumbrarnos a estar cansados?

¿Y si lo de perseguir los sueños era solo marketing emocional?

¿Y si Madrid nos quiere, pero solo de noche y borrachos?

¿Y si estudiar tanto fue solo una forma elegante de aplazar la ruina?

¿Y si el sistema no está roto, sino que justo así es como tenía que funcionar: jodiéndonos?

¿Y si el éxito está sobrevalorado y el fracaso es más honesto?

¿Y si nunca vamos a tener casa propia, pero sí playlists que nos entienden?

¿Y si la promesa de que baje el alquiler es como la del paraíso, para cuando llegue ya estás muerto?

¿Y si hubiera una manera de poder con todo esto?

¿Y si resultara que lo único que me ha mantenido cuerdo estos últimos años es reírme contigo, Virgi?

¿Y si cada vez que nos vemos te estoy pidiendo vivir juntos porque entonces podría soportar mejor mi vida, Álex?