13 #2
Ella me pregunta en voz baja si quiero seguir, si quiero que ella me toque o que me la coma o lo que sea, pero no.
He bebido demasiado, me disculpo, y sé que se lo traga a medias.
A lo mejor no era la noche para ello, me dice.
Casi quiero besarle los pies por su comprensión.
Y entonces me pregunta si necesito algo.
¿Te refieres a un vaso de agua o a un psicólogo?
Sé cómo llegar a ambos.
En las editoriales solo trabajáis gente competente.
Te corrijo: en los puestos de base solo trabajamos gente competente. Arriba, según se mire.
Valoro a alguien que sabe soltar comentarios mordaces todavía desnuda en la cama, tengo que reconocerlo. No sé si es por eso por lo que lo digo. No lo sé.
La novela es mía.
Cejas que se juntan, dos instantes de silencio, lo ha entendido y ella sabe que lo sé, pero no cómo continuar la conversación.
¿La novela?
La piel del centinela . La escribí yo. Margo me la robó, y cuando había dejado todo listo para publicarla, desapareció. Pero es mía. Ella me vio escribirla durante un año entero. Le iba enseñando los capítulos de los que estaba orgulloso. Y…
Y estoy llorando.
Joder, maestra, estoy llorando porque tu sombra está en este dormitorio, en cada paso que doy, y no sé cómo desprenderme de ella.
No hay nada más profundo que la piel, me decías, y por eso te has pegado a la mía.
Esta chica me está abrazando, y no debería, Margo, por qué me consuela ella de lo que me has provocado tú, menuda estupidez. Todo es una mierda.
Pero me cree, claro. Quién no querría a alguien que se derrumba así.
Tiene el buen juicio de no empezar a insultarte de todas las maneras que contempla el diccionario; es algo que yo hago de vez en cuando mentalmente, y luego me arrepiento, siempre el arrepentimiento, maestra, siempre algo que tira de mí hacia atrás.
Tengo que correr con todas mis fuerzas si quiero permanecer en el mismo lugar, en el aquí y el ahora.
Pero a veces estoy demasiado cansado. Y vuelvo a la casilla de salida con los hombros caídos y la derrota corriendo por las venas.
No creo que sea algo particular, no, mi generación sabe demasiado de derrotas y de promesas rotas.
Pregunto lo que realmente me importa:
Si supiera a ciencia cierta que está viva, pero no dónde se encuentra, ¿qué debería hacer?
¿Por qué me dices eso?
No lo sé. Quizá porque eres a la única persona a la que puedo decírselo. Hay otra chica que lo sabe, mi mejor amiga, pero ya está. Dos. En todos estos años, solo lo he confesado dos veces.
Tarda en continuar la conversación:
¿Podrías probar tu autoría?
No es eso lo que te estoy preguntando.
No insiste. Se lo agradezco. Tampoco hace ningún otro gesto cariñoso; somos dos personas desnudas en la cama separadas por un par de palmos, que no se tocan. Tampoco nos tapamos ni apagamos las luces. Esconderse es imposible.
Deberías seguir el dinero, me responde al final con un suspiro.
No sé gran cosa, pero sí me cotillearon una vez que el marido de Margo no está cobrando sus derechos de autor, y está hecho una furia por ello.
¿Lo de esta noche, la fiesta? Una farsa.
Le han pagado por aparecer, y mucho. El director editorial y él llevan años de abogados y mails incendiarios de por medio.
Como algún día le dé por cantar a los periodistas…
¿Cómo es que no sabía esto? A pesar del desconcierto, lo disfruto, maestra; por supuesto que ibas a encontrar la manera de que tu marido no viera un duro.
Me hablabas de la separación de bienes como si fuera tu mayor victoria.
También era la razón de que el buen Javier te obedeciera siempre.
Si no lo hacía, si a ti se te ocurría separarte, se acabó el ático con molduras en el techo, los viajes en primera clase, el coche que se gastaba. Todo era tuyo. Absolutamente todo.
Y puede que todavía lo sea.
Seguir el dinero…
Sé que no es una gran pista. No soy detective, y la policía ya miró el tema, pero yo qué sé, Álex. Es lo que puedo decirte.
Me sirve. Es un lugar tan bueno como cualquier otro para empezar.
¿De verdad quieres buscarla?
Verdades. Tú y yo no nos movíamos en el terreno de las verdades, professeur . Tal vez por eso las he esquivado tanto estos años.
Necesito hablar con ella.
Carmen asiente y, sin mucho más, se levanta, recoge del suelo una camiseta grande que debe usar a modo de pijama, toma un vaso y va hacia el baño, donde la oigo beber.
Le digo que aproveche para mear, porque ya se sabe, hay que evitar las cistitis, aunque quizá con lo que hemos hecho no corre demasiado riesgo, la verdad.
Oigo cómo se ríe. Eso está bien. La noche es extraña, está llena de grietas, pero de alguna manera encaja.
En realidad, soy un tópico dentro del mundillo, me dice cuando vuelve a la cama.
Muchos de los que trabajamos allí tenemos la esperanza de llegar a ser algún día editores, y aceptamos estar en otros puestos unos años a cambio de que en el futuro se nos abran las puertas.
Yo no quiero leer libros, quiero ayudar a crearlos. ¿Crees que tiene sentido?
Creo que soy la última persona que puede juzgarte por eso.
Si alguna vez escribes otra novela, ¿me la mandarás?
¿Pregunta en serio? Estoy a punto de reírme un poco de lo que ha dicho, hasta que me digno a mirarla, y entonces lo entiendo.
Soy el polvo de una noche al que ni siquiera se le ha puesto del todo dura, sí, pero también resulta que escribí algo que la marcó.
Y supongo que todavía tiene que juntar todas las piezas dentro de su cabeza, pero me ha leído, maestra, como me han leído miles y miles de personas, aunque solo pienso en ellas en momentos excepcionales como este.
Momentos que son puntos de luz en mitad de la noche.
Te la mandaría, sí. Querría que me la editaras, de hecho. Aunque no sé si te dejarán acostarte con tus autores.
Es bastante osado pensar que voy a querer repetir después de esta noche, Álex.
Nos reímos. Qué importa que no se repita. Nos reímos. Llevaba mucho tiempo sin reírme así, tumbado en una cama. A lo mejor le pido dormir aquí. Necesito todos los refugios que otros puedan construir por mí.